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Día 20 – Merienda en Caballito’s

10/08/2009

Merendar entre dos heladeras en un tres ambientes en Caballito, tiene menos glamour que desayunar en Tiffany’s, por supuesto. Pero saborear los deliciosos mates de Lucha encandilada por el brillo de la cocina, era un verdadero placer. Para no perder la costumbre, cocinó una infinidad de tostaditas de baguette y las guardó en un frasco que, definitivamente, no era mío.

-Lucha: Es lo único que me traje de la casa de Rubén. No puedo vivir sin tostaditas y éste las conserva como a mí me gustan. Odio las tostaditas húmedas.

-Sol: Hmmmm… eshhhtán riquíshimash –le dije, mientras masticaba una llena de manteca y mermelada de rosa mosqueta.

-Lucha: Era la mermelada que le gustaba a tu mamá, por eso la compré –sonrío de medio lado y siguió untando como si fuéramos ocho personas en vez de dos, pero en ningún momento se me ocurrió frenarla -. ¿Te acordás de cuando tu mamá estudiaba de noche en el comedor y nosotras íbamos gateando a robar salsa que había quedado en la sartén?

-Sol: ¡Parecíamos dos ratas! –le respondí entre risueña y melancólica-. Lo mejor era cuando nos descubría y nos corría dándonos pataditas en el traste.

-Lucha: Sí, ¡qué susto le dábamos! -untó otra tostadita y me preguntó- ¿Querés que te prepare más?

-Sol: No. Ni sé cómo me voy a terminar todas las que hiciste, pero lo voy a lograr. Igual, debería ponerme a dieta ahora que estoy soltera, ¿no? ¡Ni loca!

-Lucha: ¡Ja! ¿Te acordás cuando mi mamá te decía “lombriz fajada”?

-Sol: Pffff… qué buenas épocas. Comía como un cerdo y no engordaba nada –había dicho una gran verdad. Cuando tenía catorce años ya medía 1,74 y pesaba 45 kilos. Todos pensaban que era anoréxica o bulímica, excepto las personas que me conocían.

-Lucha: Cómo comías… era un asco verte –hizo una mueca de desagrado y cerró el frasco.

-Sol: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vas a volver a la casa de tu mamá?

-Lucha: No, no, con lo que me costó irme, si vuelvo ahora no me voy más. Encima, el otro día, fui a visitarla y estaba viendo otra vez el video del “Niño Predicador de Las Vegas”.

-Sol: ¡No te puedo creer! Tenemos que conseguir una copia –Rita tenía un hermano que vivía en Estados Unidos y, cuando lo fue a visitar, quedó fascinada con el Niño Predicador. Honestamente, el mejor orador que escuché en mi vida-. Sí, es verdad, no podés volver con tu mamá. Mirá si trata de exorcizarte otra vez…

Cuenta la historia que, después de una fuerte pelea con su madre, Lucha se puso a mirar televisión en el sillón del living cuando, inesperadamente, Rita apareció sosteniendo un crucifijo y, mientras rezaba en voz alta, le arrojó una botella entera de agua bendita.

-Lucha: Sí, por mi salud mental y espiritual, no voy a volver y no da que duerma en el consultorio –ella era dentista, pero su verdadera pasión era la docencia. Por eso, apenas sí atendía a pacientes particulares, sacrificando gran parte de lo que podrían llegar a ser sus ingresos-. Me parece que voy a tener que dejar alguna cátedra, pero mejor espero a que termine el próximo cuatrimestre y después me pongo en campaña para alquilar algo.

-Sol: ¿Próximo cuatrimestre? –pensé-. Eso significa que se va a quedar como… ¡hasta Navidad! ¡Año Nuevo!

-Superyó: ¡Jeloouuuuuu! ¿Pensaste que me iba a quedar callado durante mucho tiempo? No te diste cuenta, pero yo te convencí para que le mandaras el mail al Rockstar. Ezequiel es tu amigo y lo tenés que ayudar sin esperar nada a cambio. Y ahora tenés que bancar a Lu, que es como tu hermana.

-Ello: ¡Quiero mi estudio! ¡Necesito mi estudio! ¡Quiero andar en calzones por mi casa!

-Yo: Basta, Lucha es nuestra amiga, no como ese gil de Ezequiel. Esperemos a ver qué pasa, seguro se nos ocurre algo.

-Lucha: Tiré tu cepillo de dientes, Sol. Lo tenés que cambiar una vez al mes y no me digas que exagero. Tampoco tenías hilo dental, ¿cómo podés no usar hilo dental? Encima, tomás mucho mate. A ver, mostrame tu sonrisa –tragué rápido y le mostré todos mis dientes-. Tomás mucho mate, Sol. Mañana te venís al consultorio y te blanqueo los dientes. El cigarrillo tampoco ayuda, ¿sabés? Además, qué olor, por favor… si al menos fumaras cigarrillos rubios. Te voy a traer un enjuague bucal que me regala un laboratorio para que combatas ese aliento a pucho -siguió enumerando una lista de reglas básicas de higiene y convivencia y, con cada ítem, se me dificultaba cada vez más tragar las tostadas-. Tenemos que fijar un día para limpieza, otro para lavar la ropa, otro para ir a hacer las compras, otro para armar el menú de la semana, otro para…

-Sol: Lucha, Lucha… lo vamos viendo, ¿dale? Por ahora, yo estoy atrasadísima con la entrega de la composición y toda la situación con Javier, con Gabriel, los amigos que resultan no ser tales… no me puedo concentrar. Nada me inspira. Lo único que necesito es tranquilidad.

-Lucha: No te preocupes, Sol. Por ahora, yo me encargo de todo. Vos ocupate de limpiar el chiquero que tenés en tu habitación, así mudamos los instrumentos y el resto de tus cosas. Eso sí, del blanqueo no zafás. Ya te reservo un turno. Después, nos vamos de shopping juntas.

-Sol: Pero, Lucha, no tengo nada de plata, gasté todo en lo de Benito y no sé cuándo voy a cobrar lo del largometraje.

-Lucha: De eso también me encargo yo. Te quiero hacer un regalo sorpresa por todo lo que estás haciendo por mí y, de paso, darme un gusto.

-Sol: ¿Otra cartera?

-Lucha: Ni cartera, ni zapatos. Me voy a dar un gusto de verdad –hizo una pausa y agregó con voz pícara-. Ya lo estoy disfrutando.