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Día 29 – V.I.P.

21/01/2010

Todos amamos a Ramón, el verdulero-almacenero-kiosquero del barrio. ¿Cómo no hacerlo? Ramón escribe poesías con tiza en pizarras que cuelga en las paredes de su local en la esquina. Conoce el nombre de todos los históricos del barrio, pregunta por los parientes y siempre elige la mejor verdura. Ramón no le cobra los envases de cerveza a los conocidos y siempre tiene cambio. La venta ilegal del etílico elixir le ha costado más de una clausura, pero jamás te va a negar una botella después de las once de la noche.

Ramón me cuida el ficus cuando viajo y, la última vez, me lo devolvió disfrazado de arbolito de navidad con una caja de chocolates con moño improvisada como regalo.

En el negocio de Ramón estoy autorizada a abrir la caja, cobrarme el vuelto, abrir la heladera, agarrar los cigarrillos y jamás hago cola. Soy una especie de clienta VIP, a la cual hacen pasar adentro, mientras el resto de los clientes son atendidos tras las rejas de la puerta.

Pero no sería hasta esa tarde que comprendería mi status de clienta Premium.

-Ramón: El envase me lo traes después, piba. Vení. Antes de que te vayas, quiero que conozcas a alguien –me dijo serio, casi como si fuera una orden, y me hizo pasar al comedor de su casa, anexada al local-. Ni te imaginás quién está almorzando conmigo, piba. ¿Querés una milanesita?

Sentados a su mesa, había dos hombres. Apenas me vieron entrar, hicieron de lado las milanesas y se pusieron de pie, como dos verdaderos caballeros. Uno se sacó la gorra para saludarme, y me pareció un lindo detalle. El otro me miraba raro: levantaba y bajaba las cejas como esperando alguna reacción de mi parte. Asentí con la cabeza, como dándome por aludida, pero el tipo insistió con el gesto de las cejas y me sonrió con todos los dientes, mientras señalaba su rostro con ambas manos.

-Ramón: Te presento a un gran amigo mío, aunque no creo que haga falta.

-Sol: Ehhh… no, claro que no, Ramón. Por supuesto que no hace falta.

-Megaestrella: Tomá, querida. Podés venir a verme cuando quieras –me dijo, sin dejar de masticar el pedazo de milanesa que tenía en su boca y me extendió una invitación.

-Sol: ¿En serio?

-Megaestrella: Claro, querida –aseguró como si me estuviera dando acceso al evento de mi vida.

-Sol: Bueno, caballeros. Los dejo continuar con su almuerzo. Un gusto, un honor haberlos conocido.

Ambos hicieron una reverencia y Ramón me escoltó hasta la puerta.

-Ramón: ¡Viste, piba!

-Sol: ¡No lo puedo creer, Ramón! –dije con una emoción fingida, pero bastante convincente.

-Ramón: Y… hace años que es mi amigo –se sonrió satisfecho y me abrió la puerta de la verdulería.

-Sol: Un verdadero orgullo. Te felicito.

Ramón se quedó en la puerta, viéndome mientras me iba y adiviné en sus ojos que tenía ganas de gritar a los cuatro vientos: ¡Joe Rígoli está almorzando conmigo!

Joe Rígoli, lo recordarán de películas como… “El novicio rebelde” o “El desastrólogo”