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Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita II

07/11/2009

Ya estaba llegando tarde al recital y pensé que si me apuraba, podía llegar a los últimos temas y ver entonces al Rockstar. Después de darme cuenta de que el control era mío otra vez, acepté ir caminando hasta el evento en compañía de Federico. Travolta me poseyó nuevamente y, sin siquiera intentar disimularlo, comencé a balancear mis brazos y a tararear el soundtrack de “Saturday Night Fever”, mientras interiormente divagaba con la idea de que el “Saturday” era más bien un “Friday” para mí.

Algo interrumpió el aparatoso movimiento de mi cuerpo. Era la mano de Federico que estrechaba la mía, pretendiendo que así recorriéramos la distancia hasta el recital. Toda la música se convirtió en ruido blanco. Algo de toda la situación no me cerraba y, obviamente, era ese gesto tan tierno y afectuoso en una situación que yo había determinado de antemano que no lo sería.

Caminamos en silencio y tomados de la mano no más de diez metros, hasta que un maravilloso objeto se interpuso en mi trayecto: la taza de un auto. Me apuré a soltarme y agarrarla, lanzarla al aire y volver a agarrarla. Me felicité por tener tanto talento para los malabares y agradecí los aplausos de Federico.

-Fede: Deberías dedicarte a hacer malabares en los semáforos –dijo muy convencido antes de reírse e intentar sacarme la taza para volver a darme la mano.

-Sol: Dejámela. Esta taza me va a hacer millonaria, mirá –después de forcejear suavemente, me paré enfrente de los autos que esperaban a que el semáforo cambiara de color e hice mi gracia con la taza. Para mi sorpresa y la de Federico, en dos semáforos hice $20.

Debo confesar que los taxistas son muy generosos y aconsejarle a los que hacen esto como profesión, que el vestido es más efectivo que la cara pintada y la ropa hecha con patchwork.

También debo confesar que me sentí bien, plena. No eran las cervezas que había tomado: era yo misma, sin miedo al ridículo, divirtiéndome de verdad, sintiendo que la gente encontraba en mí ese encanto que siempre me distinguió. La misma espontaneidad que había enamorado a Javier en nuestra primera cita, cuando lo obligué a quedarse hasta la madrugada en una plaza, viendo cómo yo tocaba para todo el mundo, sin siquiera reparar en su presencia.

El sexo en sí, para mí, no es más que otra fuente de placer. Después de vivir mucho tiempo con culpa, creyendo que lo correcto era dejar pasar un determinado tiempo hasta llegar a ese nivel de intimidad, por el solo hecho de pensar que el otro debía sufrir hasta obtener lo que –en realidad- ambos queríamos, como prueba de su real interés en mi persona o de mi valía como mujer, me había dado cuenta de que todos estos rituales de espera, sufrimiento y culpa eran un sinsentido. El sexo no era más que otra fuente de placer: comer, leer un libro, escuchar música, tener relaciones. Si se hace responsablemente, dejándole saber al otro dónde está parado, la función que cumple y el lugar que tiene en tu vida, cuidándose y previniendo consecuencias no deseadas, no es más que eso: un momento en el cual dos personas la pasan bien, propinándose afecto o entregándose al más primitivo de los impulsos.

Al quitarle toda la carga moral y no dejar que la sociedad y sus imperativos se interpusieran entre mi deseo y su concreción, aprendí a disfrutar verdaderamente. No sólo en aquellas relaciones esporádicas, casuales, sino en aquellas otras que encierran un profundo amor y una promesa de futuro cierta.

Pero éste no fue el descubrimiento más importante que hice. Esto no era más que una pista que me iba a llevar a la esencia de la cuestión: la elección.

Cuando ocurrió lo de Ramiro, por momentos, sentí culpa y hasta bronca por Javier. Sentía que él me había obligado tácitamente, me había puesto en la situación de estar con otra persona. Pensaba que si él hubiera venido con el ramo de flores antes, jamás hubiera pasado algo “tan terrible” como que yo pudiera estar con otra persona como si nada cuando nuestra separación todavía era reciente. Sin embargo, yo había cumplido con todos los mandatos sociales: estaba soltera, ya no vivía con mi novio y era libre de hacer lo que quisiera. Pero tenía otra obligación y no era para con nadie más que para conmigo misma. El haber estado con Ramiro no había cambiado ni un ápice de lo que yo sentía por Javier. Era una sensación rara y completamente novedosa: ¿cómo podía haber estado con alguien y que no significara nada más que un momento de placer que no influía en lo más mínimo en lo que sentía por otra persona? Me habían enseñado que amar a una persona no es decirle que “sí” a ella, sino decirle “no” al resto. En esa elección también se escondería la fidelidad. Sin embargo, yo no estaba siendo infiel, porque estaba soltera. Ahí me di cuenta de que a los mandatos sociales no sólo había que alejarlos de la cama, sino de las elecciones. Jamás dejé de elegir a Javier y, por más que tuviera todas las credenciales de inocencia y libre culpa, esa elección conlleva una responsabilidad y consecuencias. Lo que yo había hecho no tenía nada de malo, no era incorrecto, no era moralmente sancionable, pero podía herir a quien yo amaba. Seguir sintiendo lo mismo por Javier, también tenía que implicar demostrarlo del mismo modo. Hay quienes nos quieren y hay quienes nos quieren bien. Elegir a Javier también implicaba evitar hacer cualquier cosa que pudiera lastimarlo. Eso sería quererlo bien.

Yo sabía que podía llevar a Federico a mi casa, sabía que eso no cambiaría en nada lo que yo sentía por Javi, que estaba soltera y la mar en coche. Pero ahora también sabía que algo así podía lastimarlo y eso era lo último que quería hacer. Aunque no me respondiera los mails, aunque no me hablara, aunque me hubiera dicho que nuestra relación se había acabado y para mí un momento con Federico no fuera más que un espacio de placer instantáneo y perecedero, la cuestión ya no se dirimía en el ámbito de lo que está bien o lo que está mal.

Supe que era el momento de huir.

-Superyó: Con el último aliento no etílico que me queda, te recomiendo que huyas ya. Yo ya no soy responsable por lo que hagas. ¡Hic!

-Ello: ¡Ay, sí! ¡Qué divertido! ¡Vámonos al recital!

-Sol: Dishculpame, Fererico… pero lo nuestro nou puede zer… ¡hic! –dije antes de apoyar la taza en el asfalto y abordar el taxi de uno de los espectadores de mi maravilloso show.

Federico se quedó en su lugar, saludando con la mano alzada y una sonrisa de satisfacción. “Mañana te llamo”, alcancé a oir mientras me alejaba de él y me acercaba al que sería el papelón de mi vida.

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Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.

Día 22 – El pasado me condena

04/09/2009

Mi valija estaba armada hacía días, aunque la amenaza de mi partida pasó a ser cierta una mañana de sábado. Javier me pidió que lo hiciera en su ausencia y se fue a almorzar a la casa de sus padres. Después de llorar desconsoladamente en la escalera, cerré la puerta de la que era nuestra casa con llaves que dejaron de ser mías en el mismo instante en que las deslicé por la ranura del buzón.

Le di la dirección al taxista y fumé todo el viaje. Me sentía mutilada, amputada de la parte que más amaba de mi vida pero, al mismo tiempo, me sentía entera, decidida. Nuestra relación no podía seguir así. Definitivamente, éste no era nuestro momento. Nos habíamos convertido en dos extraños que se saludaban por la mañana y evitaban verse hasta la noche, aunque sólo nos separaran un pasillo de tres metros y dos puertas. Las discusiones se habían vuelto constantes y lo que en algún momento nos pareció encantador del otro se había transformado en algo irritante. Esa no podía ser mi vida, pensaba. Si era así después de dos años de convivencia, no quería imaginar lo que el futuro nos deparaba dentro de veinte años. Ya casi no salíamos y sólo nos sacábamos el jogging para ir a comprar algo, estábamos las veinticuatro horas del día juntos y sintiéndonos solos. Aunque más no fuera para preservar la posibilidad de reencontrarnos en algún otro momento, yo tenía que irme y lo sabía.

Un amigo que me había hecho recientemente en una productora para la cual trabajaba me invitó a quedarme en su casa: un ph enorme con ocho habitaciones que compartía con otros amigos. Para pagar el alquiler, solían albergar a estudiantes extranjeros que pagaban en moneda del mismo tipo, pero a mí me aceptaron sin pedir nada a cambio. Al principio tuve una habitación sólo para mí, pero convinimos que cuando Maxi se fuera de vacaciones a Colombia con Ramiro, otro de los chicos que vivía ahí, yo me mudaría a la suya para que un chico estadounidense ocupara la mía y así saldar la abultada deuda que tenían con el proveedor de Internet.

Ramiro era alto, pelirrojo de ojos verdes y estudiaba sociología. Desde el principio demostró estar interesado en mí y en lo que hacía. Había aprendido a tocar la guitarra por su cuenta y lo hacía muy bien. Yo estaba profundamente agradecida con ellos por haberme recibido y, para demostrárselo, solía cocinar casi todas las noches y cenábamos todos juntos en el inmenso patio del caserón. Uno a uno, los chicos se iban a su habitación y yo me quedaba con Ramiro tocando hasta cualquier hora. Cantábamos temas de The Cure, de Radiohead y Nirvana, tomábamos vino, conversábamos. En el último tiempo de nuestra convivencia, Javier siempre me pedía, algo enojado, que tocara con auriculares, que cantara más bajo. Ramiro, en cambio, venía a estudiar a la cocina mientras yo trabajaba, porque decía que le encantaba escucharme mientras leía.

Dos semanas después, cociné una cena especial para Ramiro y Maxi, porque al día siguiente partían a Colombia. Nuevamente nos volvimos a quedar solos, pero esta vez noté que el resto de los chicos se habían ido a sus habitaciones más temprano que de costumbre y que Ramiro me miraba de un modo especial. Tocamos un rato, él con su guitarra criolla y yo con mi bajo acústico y cuando le propuse intercambiar instrumentos, me besó. Hacía tanto tiempo que no besaba a otra persona que no fuera Javier, que sentí un vacío en la panza y las manos se me aflojaron hasta dejar caer el bajo. Esa noche dormimos juntos, pero amanecí sola en una habitación que no era la mía. Sobre la mesa de luz, Ramiro dejó una nota de despedida en la cual me decía que me quedara en su habitación, que era la más linda de la casa y tenía aire acondicionado.

Durante su estadía en Colombia intercambiamos varios mails y hasta me llamó tres veces. La última vez fue para confirmar que lo nuestro había sido algo que no iría más allá de aquella noche: Javier había vuelto con una propuesta que no pude rechazar. Me ofreció que volviéramos a ser novios, que viviéramos en casas separadas hasta concretar nuestro sueño de una casa enorme que mitigara los efectos de la convivencia full time a la cual nos exponían nuestros trabajos. Me invitó a salir, me llevó al lugar donde fuimos en nuestra primera cita y yo volví a ver en sus ojos ese halo de para siempre.

-Gabriel: ¿Javier sabe de Ramirito, eh? –dijo desde el suelo mientras se tocaba la mandíbula- ¡Mentirosa!