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Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

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Día 26 – ¿Blanca y radiante?

27/12/2009

-Pola: Disculpame que te lo diga así, Lucha, pero Rubén es un pelotudo.

-Lucha: Todo bien… hoy se lo merece.

-Sol: Y, sí. Mirá que llamarlo a Juan…

-Pola: Pobre, porque ni enojado estaba. Estaba como triste. Pero no importa. En realidad, Rubén es lo máximo.

-Sol: ¿Eh?

-Lucha: ¡Juan le propuso casamiento! –mírenla. Ella, la que no quería que nadie se adelantara a su relato, estaba anunciando uno de los grandes momentos de Pola, quien absorta desde su lugar asentía con la cabeza y después se tapaba la cara con las dos manos.

-Sol: ¡¿Qué?! ¡Me muero! –se me estrujó el alma de alegría y no sabía cómo reaccionar, porque mi felicidad contrastaba con la cara de preocupación de Pola. Finalmente, no pude con mi genio y los brazos no me alcanzaban para darle todos los abrazos que quería.

Lucha y yo empezamos a gritar como histéricas. Gabriel vino a ver qué pasaba, pero la noticia le pareció irrelevante y se retiró cabizbajo a seguir con su tarea.

-Sol: Jurame, jurame, jurame que no vas a hacer carnaval carioca, porfa –le supliqué, sin dejar de dar pequeños saltitos abrazada a Lucha.

-Pola: No sé, no sé, no sé… pará, pará –nosotras ya estábamos pensando cómo iba a ser nuestro vestido, recomendándole lugares para ir de luna de miel, pero Pola tenía otras cosas en la cabeza-. Le dije que sí, pero ahora me da miedo.

-Sol: ¿Por? Siempre le reprochabas que no se iban a vivir juntos. Ahora te ofrece casamiento y te da miedo. Estás loca…

-Pola: ¡Es que no sé, Sol!

-Lucha: Es por lo de los hijos, ¿no?

-Pola: Sí. Mirá, jamás pensé que nos íbamos a casar. Pensé que íbamos a vivir juntos para siempre y ya. Obvio que no tengo los mismos derechos siendo concubina…

-Sol: ¡Ay, Pola! ¡Qué importa eso! ¡Te casás! –Lucha y yo volvimos a los alaridos, pero esta vez sonaban bastante forzados y no alcanzaron para contagiar a Pola de nuestra alegría.

-Pola: Es que si ahora se quiere casar, después va a querer tener hijos.

-Sol: Y los van a tener. Vos siempre quisiste adoptar… -entonces, entendí- ¡Ah! Hijos naturales…

-Pola: Técnicamente, os hijos naturales son otra cosa –la miramos molestas. Siempre se esconde detrás de sus tecnicismos de abogada para evitar hablar de lo importante.

Desde que éramos nenas, Pola siempre quiso adoptar. Nos parecía muy noble de su parte y es un gesto que resume toda su generosidad. Con el tiempo, decidió que sólo adoptaría y hace años que lo sostiene. Difícilmente cambie de parecer y, eso, es algo que no sólo enerva a su suegra, es algo que a Juan le duele mucho.

-Sol: ¿Y cómo surgió esto del casamiento?

-Lucha: Rubén –se cruzó de brazos y continuó-. El tarado llamó a Juan para decirle que estábamos con otros chicos.

-Pola: Sí, pero Juan no le dio importancia. Mirá si iba a ir para controlarme…

-Sol: ¿Y por qué fue?

-Pola: Bueno, sí… en realidad, fue por Rubén. Me dijo que cuando Rubén lo llamó para contarle que estábamos con otros tipos, la idea de pensar que podía efectivamente estar con otra persona le hizo un click en la cabeza. Así que cayó de la nada con esta bomba…

-Sol: ¿Qué vas a hacer?

-Lucha: Sí, ¿qué vas a hacer?

-Pola: No sé.

Día 26 – Vení que te hago un perreo

12/12/2009

-Lucha: ¡Y dejala que se vaya ofendida! ¡Dejala a esa roñosa que duerme sin pijama! -falataba que se tirara de los pelos y se pusiera a hervir a Benito.

-Pola: Yo tampoco uso pijama… -confesó avergonzada.

-Sol: Y yo nada más me lo pongo cuando me ves, para que no me retes… -agregué con un poco de miedo.

-Lucha: ¡Roñosas! ¡No se dan cuenta de que transpiran las sábanas!

Lucha estaba hecha un demonio de Tazmania y no podía esperar a contar lo que le había pasado aquella eterna noche. Sin embargo, le cedió el lugar a Pola:

-Lucha: Empezá vos, que yo no puedo ni hablar -dijo y se cruzó de brazos.

-Pola: ¿Viste que fuimos a la Bizarren?

-Lucha: ¡A la Bizarren Miusik Parti! -gritó y se acomodó en su lugar, se sonó los dedos y, finalmente, comenzó a contar- A esa fiesta bizarra, que van los mediáticos y cantantes pasados de moda y que…

-Sol: Sí, a la que va Rubén -me miró y gruñó:

-Lucha: ¿No querés contar vos? Parece que tenés mucha información… -me dijo con tono sarcástico. La miré descolocada y, creo, entendió que estaba fuera de sí-. Disculpame, Solcito… ¡es que fue terrible!

-Pola: Sí, le bailó un reggaeton enfrente de todo el mundo.

-Lucha: ¡Bueno! ¡Contalo vos! ¡Contalo vos!

-Pola: No, está bien, Luchita… es que… no sabés, Sol, estábamos bailando y…

-Lucha: Cortala -dijo tajante, soltó la tostada que tenía en la mano, se paró en el medio de la cocina y escenificó la situación- “La gasolina”, y dale que “dame más gasolina” -empezó a hacer un meneaito muy pronunciado. Cuando sus pompas ya casi tocaban el piso, se levantó de un tirón-. Cuestión que estábamos bailando “dame más gasolina, la gasolina…” -retomó su sensual trayectoria hacia abajo y la tuve que frenar. Me estaba empezando a poner nerviosa.

-Sol: ¡Ya entendí! ¡Estabas dale que te dale con tu culo jugoso! -dejó de bailar y me preguntó extrañada:

-Lucha: ¿Cómo sabías, eh? ¿Te lo contó ésta? -se refería a Pola- Claro, ustedes se drogan y el mundo desaparece.

-Pola: Nada que ver, Lucha. Seguí contando, que viene lo mejor.

-Lucha: Estábamos bailando con unos chicos y…

-Pola: Pará, pará -se puso seria-. ¡No sabés lo bueno que estaban esos chicos, Sol! Eran unos bombones… Yo no hice nada, ¡obvio! ¡Pero Lucha estaba como loca!

-Lucha: ¡Mosquita muerta! ¡Bien que “La gasolina” y “la gasolina” y… bueno, no importa… lo importante es que estábamos en la pista bailando y alguien me toca el culo.

-Sol: Rubén, seguro.

-Lucha: Le contaste… -increpó a Pola-. No importa… ¡es que fue terrible!

-Sol: ¡Basta, Doña Misterio! ¡¿Qué pasó!?

-Lucha: Me doy vuelta para boxear al que me había tocado el culo y siento una voz en el oído que me dice: “ay, qué culo jugoso”.

-Sol: ¿Viste? ¡Te lo dije!

-Pola: No te adelantes…

-Lucha: Me agarró delante de todo el mundo.

-Pola: Incluídos los bombones.

-Lucha: ¡Sí! Y me dijo: “vení que te hago un perreo”.

-Sol: ¡¿Qué?!

-Lucha: Se me prendió como una garrapata. Se movía y cantaba: “soy Elvis, soy Elvis y mírame cómo muevo la pelvis”.

-Pola: ¡Te juro, Sol! ¡Parecía un epiléptico!

-Sol: ¡No te puedo creer! ¡Se supera!

Pola y yo nos moríamos de risa.

-Lucha: Yo trataba de sonreir y hacer como si nada, pero era obvio que estaba incómoda.

-Pola: Sí, no sabés… Rubén la agarraba y se movía y Lucha se hacía la que quería dar una vueltita para escaparse.

-Lucha: ¡Pero era imposible! En un momento, me tiró al piso y siguió con lo suyo. Me dijo que lo había visto en la tele…

-Pola: El tipo que estaba bailando con Lu, lo agarró a Rubén del cuello y lo levantó de un tirón.

-Sol: Están locas, chicas. ¿Para qué fueron si sabían que iba a estar Rubén?

-Pola: Preguntale a tu amiga… -le tiró la pelota a Lucha.

-Lucha: Mirá, según él, estaba muy deprimido. ¿Cómo me iba a imaginar que terminaría a las trompadas?

-Sol: ¿Eh?

-Pola: ¡Sí, Sol! Cuando el tipo lo levantó, Rubén le preguntó. “¿Qué? ¿Te querés quedar con mis pechugas de pollito?”

-Lucha: El tipo casi le pega… le tuve que aclarar que era mi novio.

-Pola: ¿Novio?

-Lucha: Le dije eso para que lo soltara. Lo iba a matar. Después le aclaré que no era mi novio.

-Sol: ¿Al tipo? ¿Te quedaste con el tipo? -por un segundo, todas mis esperanzas de que Lucha se fuera de casa se diluyeron.

-Lucha: No, a Rubén, para que me dejara en paz…

-Pola: Si te encanta… te encanta que se ponga celoso… ¡qué histérica que sos!

-Lucha: ¿Vos viste lo del perreo?

-Pola: Sí, qué vergonzoso…

-Lucha: ¡Y bueno! Pero eso no es todo…

-Sol: ¿No?

-Pola: No.

Día 26 – El gato volador

08/12/2009

Lucha me miró, Pola bostezó, Benito maulló y todo fue una confusión.

-Sol: ¡El coco! ¡El coco! -grité imitando la voz de Homero Simpson y su gesto de doblar los deditos de ambas manos y saltar en puntitas de pie. Las chicas estaban atónitas. Nada encajaba, nada tenía sentido.

Lore se levantó de golpe al escuchar mis gritos y empezó a buscar con qué cubrirse. Gabriel se limitó a taparse la cara con la almohada, girar y seguir durmiendo. Apenas Lore trató de esbozar alguna explicación, mientras miraba hacia los costados, como tratando de encontrar su ropa, Lucha bufó fastidiada y sentenció:

-Lucha: Me sacaste las ganas de comer, hija de puta. Vamos, chicas. Ustedes cómanse las facturas que yo me unto unas tostaditas.

Yo también tenía el estómago revuelto, producto de la resaca y la dantesca escena, pero no iba a sacrificar mis cañoncitos de pastelera por nada del mundo.

Lore gritaba desde el cuarto, pero nos importó muy poco lo que tuviera para decir. Pola y yo ya estábamos disfrazadas con las túnicas y girábamos alocadamente como creíamos que los umbandas lo hacían en sus rituales de gallinas degolladas y exorcismos.

Lore suplicaba a los gritos que le alcanzáramos la ropa que estaba sobre la colchoneta de Gabriel.

-Sol: ¡Que te la alcance tu novio! -grité sin dejar de dar vueltas. La túnica era bien amplia y daba gusto verla formar una especie de escarapela al girar.

Pola cayó rendida, víctima de un mareo atroz. Cuando vio a Lorena acercarse envuelta en mis sábanas, no pudo controlar su risa.

-Pola: ¡Decí que en este país hay libertad de culto, hija de puta! ¡No vas a ir presa por adorar eunucos!

Toda roja, Lore apenas levantaba la vista para no chocarse contra las paredes del pasillo. Estaba por llegar al living, cuando Lucha deja la bandeja sobre la mesa y, en una corrida digna de ganar los 100 metros llanos en cualquier olimpíada, la intercepta y le saca la sábana de un tirón.

-Lucha: ¡Cómo vas a arrastrar la sábana! ¡¿Te drogó ese pelotudo?! ¡Mirá, mirá! -señalaba la aureola negra que se había formado en la tela- ¡No te vayas! -le ordenó a Lore, que corrió a esconderse en el baño.

Pola y yo prendimos un porro a medio fumar que había en la mesa ratona y seguimos rodando en el piso. Lucha golpeaba la puerta del baño, sin dejar de increpar a Lore a los gritos. Súbitamente, se calló. Pola y yo nos miramos: sabíamos que era la calma que precede a la tormenta de Lucha.

-Lucha: ¡Salí de ahí, hijo de puta!

-Sol: Che, ¿tan mal les fue hoy, Pola? -le pregunté en voz baja, tapándome por momentos la boca para que Lucha no enloqueciera aún más por las risas.

-Pola: No creo que sea por eso, debe ser por…

-Lucha: ¡Hijo de puta, vení para acá! -escuché que mis bongos caían estrepitosamente y los pesados pasos de Lucha seguían un rumbo errático.

-Pola: Va a cagar a palos a Gabriel, otra vez. Andá a frenarla o nos va a denunciar…

-Sol: Ufa… ahí voy…

Afortunadamente, mis movimientos y mi perspectiva del mundo iban en cámara lenta y no me había movido del piso cuando lo peor pasó, y por encima de mi cabeza.

Después de unos segundos en silencio, Pola se paró, se acomodó delicadamente la túnica, levantó ambos brazos y entonó:

-Pola: ¡El gato voladoooooooooooor! ¡El gato voladoooooooorrr!

-Benito: ¡Miau!

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo

14/11/2009

-Disculpá que te joda a esta hora…

-Me estaba preparando para salir, pero me quedo. No te preocupes, Solcito –me abrazó y supe que estaba donde tenía que estar- ¿Te preparo un té?

-Si después no me proponés casamiento, sí –le dije en broma, sin soltarlo-. ¿Me puedo bañar? Estoy hecha un asco.

Siete años atrás, después de intentar por todos los medios estar juntos en una fiesta, buscarnos entre la gente sin éxito, Alfredo me llevó afuera del bar, me miró serio y me propuso: “casate conmigo”. Le dije que estaba borracho, que al día siguiente se iba a olvidar. Respondió que no, que no se olvidaría. Me advirtió que al día siguiente se levantaría, me prepararía una taza de té de canela y me lo volvería a preguntar. Esa noche no dormí. A la mañana, me acosté en silencio en el sillón del living de la casa de su madre, que estaba de viaje, y esperé a que se despertara. Cuando lo vi asomarse por la puerta y levantar las cejas, como ensayando una dulce amenaza, supe que no se había olvidado. Lo terminé de confirmar cuando fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de té y, con toda la seriedad que puede tener un hombre en bóxers de ositos, reiteró su propuesta: “casate conmigo”. En ese momento, fui realmente feliz. Sin embargo, me ganó la razón y le contraoferté una convivencia que aceptó entusiasmadísimo. Según él, no sería más que un paso previo antes de lo inevitable: estar juntos hasta que la muerte nos separara.

Yo creo que amar es para siempre. Si así no lo fuera, ¿qué valor tendría? El amor cambia de lugar, se transforma, pero no desaparece. El enamoramiento, en cambio, sí. Eso es otra cosa. Siempre voy a amar a Alfredo. Lo hago desde la primera vez que se lo dije a los dieciséis y jamás dejé o dejaré de hacerlo. Una de las pocas certezas que tengo en esta vida, es que Alfredo también me ama, desde aquella vez que me lo dejó saber frente a todos sus amigos en medio de un brindis, y que me va a amar por el resto de mi vida.

Cuatro años atrás, buscando terminar definitivamente una relación, acepté ir a la casa de un amigo de Rubén. Recuerdo que durante todo el trayecto en taxi me sentí una vaca desfilando hacia el matadero y que me negaba a que me abrazara y todo eso con codazos bastante antipáticos. No necesitaba crear una falsa atmósfera de romanticismo envasado para consumir antes de la fecha de vencimiento cuando sabía lo que realmente quería. O no.

Todo el tiempo me preguntaba qué hacía con ese tipo, en ese taxi. No la estaba pasando bien, pero aún así me estaba forzando a hacer algo que no quería, con la estúpida creencia de que, prostituyendo mi afecto por el tipo que quería dejar definitivamente, iba a lograr darle un cierre irreversible a nuestra relación.

Al llegar a su casa: el horror. Tenía una de esas camas funcionales de una plaza, con los cajones de abajo abiertos y llenos de medias y calzoncillos sucios. El olor a humedad era penetrante y las sábanas estaban roñosas. Sentada en el borde de la cama, lo vi prender velas sobre ceniceros de aluminio de McDonlad’s, sin dejar de preguntarme qué carajo hacía ahí. Decidí ir a meditarlo al baño, sin saber que ahí me esperaba lo peor. Mis ganas de hacer pis eran incontenibles y el inodoro estaba lleno de hongos, igualitos a los champignones del Mario Bross. Me quedé parada en una esquina mirando alternadamente mis pies y el inodoro. Pensé en usar el bidet, crasso error: tenía una de esas bañaderas repugnantes que en un borde tienen calada la silueta del tuges y largan el chorro desde donde uno apoya los pies para ducharse. El suelo de la bañadera estaba negro y podía ver la marca de los talones y los pulgares del tipo. Volví a mi esquina y me quedé ahí, parada, al menos quince minutos. Ya no me preguntaba qué hacía ahí, sino en quién me había convertido, qué me estaba pasando, qué estaba buscando. Mi vejiga estaba a punto de estallar y el tipo ya había tocado dos veces la puerta para ver si estaba bien. Entonces, tomé coraje, agarré una botella de Pino Lux que había ahí, la vacié en el inodoro, cerré los ojos, e hice lo que tenía que hacer. Salí y le pedí al tipo que me bajara a abrir. De más está decir que ni me acompañó hasta el taxi, así que caminé sola abajo de la lluvia hasta encontrar uno libre. Sin pensarlo dos veces le pedí que me llevara a la casa de Alfredo. Cuando llegué, el té de canela ya estaba listo. Me senté sobre su falda, le conté todo lo que había pasado y se rió. Me sentía la cosa más insignificante del mundo, pero él me miraba como siempre, como si hubiera algo especial en mí que, ante sus ojos, jamás podría cambiar.

Esa forma que tiene de verme como yo quisiera verme a veces fue lo que me llevó a bajarme del auto del Rockstar sin darle explicación alguna y tomarme un taxi hasta la casa de Alfredo.

Cuando terminé de bañarme, las tazas de té estaban sobre la mesa y Alfredo prendía dos Parisiennes a la vez, mientras miraba algo en la computadora.

-Alfredo: Mirá, Sol. Sos la nueva sensación de YouTube –me alcanzó uno de los cigarrillos y le dio play al video.

-Sol: No me digas que… -me agarré la cabeza.

-Alfredo: Sí. Vení para acá, loca linda. No parás de superarte, eh… el video ya tiene 100 visitas.

Por un segundo me quise morir, pero Alfredo miraba la pantalla como si fuera lo más encantador que hubiera visto en su vida y se reía. Me dijo que por cosas como esas me quería tanto y que dejara que la gente pensara lo que quisiera. Armó un porro, fumamos y vimos el video quinientas veces sin parar de reírnos.

Dormimos juntos, vestidos y abrazados, hasta las 5.30 am, cuando sonó la alarma de mi celular. Tenía que apurarme a llegar a casa a las 6 am, porque Lucha me iba a estar esperando en la puerta de entrada del edificio. Tratando de no hacer ningún ruido, me calcé, le di un beso en la frente a Alfredo y me fui sintiéndome liviana, contenta.

-Sol: Lucha, ¡no sabés todo lo que me pasó! –le dije, todavía agitada por las cuadras que había corrido.

-Lucha: Vos no sabés lo que me pasó a mí…

-Pola: Sí, Sol, ¡no sabés lo que nos pasó!

Creyendo ingenuamente que ya nos había pasado todo lo que nos podía pasar por una noche, decidimos ir a comprar facturas, desayunar juntas en casa y contarnos lo ocurrido.

Cada una estaba convencida de que lo peor le había pasado a ella. Lucha y Pola me decían que esperara a escuchar lo que tenían para contar y, obviamente, yo estaba segura de que su historia jamás superaría a la mía.

Qué equivocadas estábamos las tres.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita II

12/11/2009

Hay gente que quiere escuchar lo que quiere. Esta clase de personas suele tener una visión muy distorsionada de sí misma y de lo que ocurre a su alrededor. Tienen una medida propia para cuantificar y cualificar, además de mostrar una fuerte tendencia a la auto-referencia. De alguna manera, perciben que todo pasa por ellos, a través de ellos o a pesar de ellos. Su radio de observación tiene por punto de referencia su orificio umbilical y, aún así, no llegan a ver la pelusa que acumula.

-Rockstar: Mirá, nena, yo no tengo tiempo para perder –no sé si en algún momento me miró, porque jamás se quitó los anteojos-. Está muy claro que acá pasa algo –hizo un rulo en el aire con un dedo y, luego, me ordenó-. Vení, dame un beso.

-Sol: ¿Sabés qué me vendría bárbaro ahora? Una cerveza –en el backstage las había de todas las marcas y, aunque mi estómago me pedía que parara, mi cabeza se estaba acomodando, señal de que en cualquier momento se despertaría La Pandilla y me torturaría con el recuerdo reciente de lo sucedido.

El Rockstar chistó una vez y un plomo se acercó a preguntarle qué quería. Su respuesta fue sucinta y precisa: “birra”.

-Plomo: ¿Vos sos la chica que se subió al escenario, no?

-Sol: En realidad, me subieron mis amigos… -algo me dijo que iba a tener que practicar el speech o iba a pasar a la historia como “la chica que se subió al escenario”.

-Rockstar: ¡Estuvo bárrrrbara! –exclamó buscando la complicidad del plomo y la consiguió.

-Plomo: ¡Sos un canpión, Rockstar! –le dijo mientras estiraba su brazo para estrecharle la mano.

-Rockstar: Traeme una birra para la nena, ¿dale? –fue toda su respuesta al gesto del plomo-. Bueno, nena, ya te dije, no tengo tiempo para perder.

-Sol: Ehhh… yo, en realidad, quería…

-Rockstar: Lo que quieras. Todo afirmativo. Todo –era el momento de usar mi baile engatusador para concretar el objetivo que me había llevado hasta ahí.

-Sol: Tengo un amigo, Ezequiel, que tiene una banda, y…

-Rockstar: Un fan. Seguro. ¿Qué quiere? Todo afirmativo, ya te dije.

-Sol: Sí, sí, tu fan. Traje un disco de su banda, mirá –metí la mano en mi cartera, pero no llegué a sacar nada. Por primera vez, el Rockstar giró en dirección a mí y se sacó los anteojos.

-Rockstar: ¿Es bueno?

-Sol: Sí –mentí con total naturalidad.

-Rockstar: ¿A vos te gusta?

-Sol: Sí, claro, por eso…

-Rockstar: Bueno, listo. Es todo lo que me importa. Todo afirmativo. La semana que viene toco. Decile que su banda puede tocar antes.

-Sol: ¿En serio? ¿En el festival de…? –me interrumpió.

-Rockstar: Todo afirmativo para vos, nena. Qué lindo momento… y la gente gritaba… ¿te subiste por mí, no? –en realidad, no me lo estaba preguntando: lo estaba afirmando con total certeza.

-Sol: ¿Eh? Colmillo te acaba de decir que…

-Rockstar: ¿Quién es Colmillo? –pasó otro integrante de la banda y le palmeó la espalda como felicitándolo. Entendí, por segunda vez en la noche, que había llegado la hora de huir con el festival para Ezequiel como botín-. Ah… ya sé. Es el fan, ¿no? Pero vos te subiste por mí.

-Sol: Sí, Rockstar, es tu fan y yo me subí por vos –si Charly García alguna vez le juró a sus seguidores “Me tiré por vos”, yo podía dejarle creer al tipo que me había subido por él.

-Rockstar: Sabía. Bueno, nena, dame un beso. La histeria no tiene rock –“¡Pomelo!”, exclamé mentalmente, “una curita en la herida de tu adolescencia”.

-Sol: Mirá, no te voy a dar un beso. De hecho, me tengo que ir… ¡adeus! –en silencio, me observó incrédulo unos segundos. Torcía la cabeza como una tortuga y yo no sabía si estaba tratando de ver a través de mis pupilas o se estaba haciendo el galán.

-Rockstar: Es por mi edad, ¿no?

-Sol: No, nada que ver –“ouch, hubiera sido la excusa perfecta, este tipo podría ser mi padre”, pensé y me contuve para no darme un golpecito en la frente-. Es que no me gustás… –“¡Ouch! ¡Callate, boluda!”

-Rockstar: Ah, ya sé… ya sé… mis groupies… mis fans… el noviazgo no tiene rock -dijo y se volvió a poner los anteojos.

El Rockstar es una de esas personas que escuchan lo que quieren, que tienen una percepción bastante distorsionada de la realidad. Yo quería dejarle en claro que no tenía la más mínima chance y sabía que para él nada era un obstáculo. Lo mismo pasa cuando le decís que no a alguien y la excusa es “porque tengo novio”: la persona piensa que, de no tenerlo, accederías. Tenía que ser implacable, de otro modo, sabía que iba a intentar cobrarse el favor.

-Sol: No, no es eso. No me gustas. No-me-gus-tás.

-Rockstar: Claro… es un bardo… mis groupies… los fans… claro… -volvió a ponerse los anteojos y levantó la mano para pedir otra cerveza para mí.

-Sol: No, Rockstar, no me gustás y me voy. Chau –cuando me estaba yendo, me suena el celular.

Era Lucha, avisándome que estaba en una fiesta con Pola y que volvería a casa recién a las 6 am. No sabía qué hacer, porque mis amigos ya se habían ido a otra fiesta y no tenía la dirección. Tampoco podía volver a casa sola, porque Gabriel se iba a dar cuenta de que no había salido con Lucha. Estaba pensando qué hacer, cuando escucho: “nena, vamos que te llevo”. Y acepté.

Día 24 – El pollo de la discordia (II)

12/10/2009

Cuando Lucha conoció a Rubén aquella Navidad, hace diez años, nosotras teníamos un ritual que se mantiene hasta el día de hoy: después de ir a bailar, vamos a desayunar a la misma estación de servicio y, en esa ocasión, Rubén vino con nosotras. Él era el típico punk que cada tanto va a un boliche “normal” a ver si se levanta a una chica del mismo tipo. Era flaquísimo, raquítico, usaba chupines negros y una remera con dragones estampados. Tenía aparatos y cada vez que contaba un chiste, aunque fuera pésimo, sonreía con todos los dientes y los brackets brillaban. Rubén es de esas personas que, no importa lo que digan, todo lo que sale de su boca suena gracioso.

En la estación de servicio el sistema es simple: uno elige lo que quiere, pasa por la caja y después se sienta a consumir. Aquella Navidad, había una promoción de un tostado y un jugo de naranja por $2. Lucha, con cara de nada, puso un tostado arriba del otro e intentó hacerlos pasar por uno. De lejos, Rubén y yo veíamos como ella se acercaba a la caja con cara de nada, mirando para los costados como la Monalisa, verificando que nadie descubriera su pequeña estafa. Rubén me relataba toda la escena: “ahí va, ahí va, nadie se dio cuenta, nadie se dio cuenta… está a punto de cruzar el disco… vamos Lucha, vamos, ¡dos tostados! Mirá Sol, ¡tiene un pollo en la cartera! ¡Y una Freshy!”. Acto seguido, hizo el “pasito para atrás” y esperó a que el cajero descubriera el artilugio de Lucha para gritar “¡Uh!”, agarrándose la entrepierna. Lucha lo escuchó y nos vio muriéndonos de la risa de ella. Rubén sonrió, sus aparatos brillaron y Lucha hizo un gesto de “no puedo enojarme con vos” y pagó por todo lo que llevaba en la bandeja.

El problema fue que cuando nos sentamos en la mesa, Pola nos preguntó de qué nos reíamos y Rubén le explicó: “Lucha quería pasar dos tostados, tres medialunas, un pollo, una freshy, un pernil de cerdo y pagar la promoción. Revisale la cartera que tiene un plato de pasta y un pollo al spiedo”. Sonrió, sus aparatos brillaron y Pola y yo empezamos a reir descontroladamente. Pasaron cinco minutos y Rubén seguía repitiendo “pollo al spiedo”, nos mostraba los aparatos y nosotras renovábamos la risa. Pasó una hora y nosotras seguíamos igual. Llegó el novio de Pola, Rubén volvió a contarle la historia y ahora éramos tres los que nos reíamos a carcajadas. Nadie pudo siquiera detenerse en la cara de culo de Lucha. Después llegó el que era mi novio, le pedimos que le contara la historia y así lo hizo, esta vez, en forma teatralizada. Recién había conocido a Lucha, pero ya su imitación era perfecta. No contento con esto, agarró su cartera y empezó a enumerar todas las comidas que Lucha, supuestamente, llevaba ahí. Cuando dijo “pollo al spiedo”, todos estallamos de risa y Lucha de ira. Le sacó la cartera y se levantó con la clara intención de irse. Rubén intentó con el “pasito para atrás”, pero no funcionó. Entonces, la tomó del brazo, la besó, se alejó un poco, sonrió, sus aparatos brillarlo y gritó “¡Uh!” Recién ahí, Lucha accedió a quedarse con la condición de que cambiáramos de tema.

Desde aquel día, “pollo al spiedo” se convirtió en un tabú. Un tabú que Rubén decidió romper de la peor manera.

Día 24 – El pollo de la discordia (I)

12/10/2009

-Lucha: Siempre me hace lo mismo. Siempre. Siempre –las palabras de Lucha parecían digitadas por un DJ: mucho loop, mucho scratch y un pulso de fondo que ya me estaba poniendo nerviosa.

Para que el plan funcionara Lucha tenía que dejar de vivir en mi casa, por el simple motivo de que Gabriel no debía sospechar bajo ningún concepto que yo quería que se fuera. Obviamente, iba a ser muy difícil que él lo creyera si mi mejor amiga le pegaba, le decía que armara las valijas todo el tiempo y no podía disimular su rechazo. Pero más difícil iba a ser que Lucha se fuera de casa con su sueldo de docente y teniendo como únicas dos opciones volver a vivir con Rita a.k.a. “El Pastor Giménez” o Rubén a.k.a… bueno, no hay qué o quién pueda representar todo lo que es Rubén.

-Sol: Tranquilizate, Lu. Sentate, vení –la tomé de la mano y la llevé hasta el sillón-. Contame qué pasó.

-Lucha: ¿Viste que me mandó entradas para el cine con el helado? Bueno, no eran las entradas en sí, eran unos cupones que después se canjean en el cine por entradas. Como consiguió una promoción, tuvimos que ir hasta Martínez en colectivo. Digamos que lo que se ahorró con la entrada lo gastamos en el colectivo, porque insistió en que fuéramos en colectivo y yo quería ir en taxi, porque estuve trabajando todo el día, Sol. ¡Todo el día arriba de estos tacos! Pero me hizo un “pasito para atrás”, ¿te acordás? El pasito de Michael Jackson que hace siempre y me compra. Cuando gritó “¡Uh!” y se agarró la… la… la entrepierna, me hizo reir y zafó. No sólo no me enojé, sino que le di el gusto y fuimos en colectivo. Al principio tuvimos que viajar parados y yo ya me estaba poniendo de malhumor. ¡Mirá estos tacos, Sol! –me dijo mientras los señalaba.

-Sol: Sí, la verdad, vos sola podés usar eso todo el día. ¿Por qué no fuiste de zapatillas?

-Lucha: Porque quería estar linda, pero él ni lo notó.

-Sol: Hombres… -bufé con resignación.

-Lucha: Bueno, te sigo contando. Entonces, estábamos en el colectivo. Cuando nos sentamos, él me dice que fue la primera línea de colectivo que tomamos juntos cuando teníamos 18 años y nos conocimos. Me puse tan contenta de saber que se acordaba. A su manera y con sus limitaciones, había tenido un lindo gesto. Empezamos a hablar de nuestra primera cita y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: No me digas que empezó con lo del pollo…

-Lucha: ¡Sí! –exclamó mientras lloraba histéricamente y le daba golpecitos al respaldo del sillón, yo aprovechaba para taparme la cara fingiendo indignación. En realidad, me estaba muriendo de risa

Bonus Track – Quasi voltada

05/10/2009

Queridos tod@s,

Muchísimas gracias a todos por sus buenos deseos. Afortunadamente, todo salió mejor de lo esperado. Comí brigadeiro al por mayor, laburé muchísimo y me traje un graaaan pack de Skol, una cerveza a la cual estoy emocionalmente vinculada.

Cuando me fui de viaje, la abuelita de Pola estaba enferma y ella se fue a verla a la provincia donde nació. Lamentablemente, hoy supe que falleció el fin de semana. En este momento, ella se encuentra manejando devuelta y yo tengo un pilón de laburo para entregar el miércoles, día en que Pola y Lucha cumplen años (sí, las dos el mismo día). Más que nunca, necesito apurar el laburo para poder estar con Pola y los suyos, que también son “los míos”.

Les pido un millón de disculpas y prometo compensarlos.

Besos miles,

Sol.

Día 19 – Sgt. Lucha’s Lonely Hearts House

06/08/2009

-Mamá: Sol, saludá a la nena –escondida entre sus piernas y haciéndole honor a mi apodo de “Pitufo gruñón”, me resistí a saludar a esa nena, sin saber que no se trataba sólo de una futura compañerita de jardín de infantes, sino de una compañera para toda la vida.

Decidida, Lucha se soltó de la mano de su mamá y tomó la iniciativa. Ese día, hace ya veintitrés años, nos saludamos por primera vez.

Durante el primario, nos volvimos inseparables. Nos turnábamos para dormir en la casa de la otra y así llegábamos a pasar cuatro días en la casa de una y tres en la de la otra. Pero a mí me gustaba más quedarme en lo de Lucha. Sus padres se habían divorciado hacía mucho tiempo y no en los mejores términos. Su papá era uno más bien ausente y Rita, su mamá, tenía que combinar múltiples trabajos con la educación y crianza de sus hijos. Si bien era estricta y tenía mucha autoridad, era bastante liberal y nos dejaba jugar en la calle, algo que mi mamá jamás permitía. Además, a la noche, mirábamos la tele las tres juntas y se podía hablar, nos podíamos reir, porque no había un padre como el mío, a quien le interesaba más mirar la tele que saber cómo le había ido a sus hijas durante el día. A favor de mi papá, tengo que decir que trabajaba hasta muy tarde y llegaba cansado, pero su autoritarismo y su afán por mirar la maldita televisión, convertían a la cena en un momento que yo rezaba porque acabara pronto.  Por otra parte, Lucha tenía un hermano mayor que me pedía que le enseñara patadas de taekwondo y a la noche aparecía de la nada y simulaba pegarnos con un cinturón mientras nosotras nos reíamos y tratábamos de escapar de sus temibles garras. En fin, todo en la casa de Lucha era luz y alegría.

A los once años, Lucha estaba por ir al colegio y no se sorprendió al ver a Rita acostada sobre la alfombra, porque tenía la costumbre de hacerlo para relajar su espalda. Tampoco le llamó la atención que no le devolviera el saludo, porque trabajaba tanto para mantener sola a los tres, que vivía cansada y se dormía en cualquier lugar. Lo que sí la escandalizó hasta las lágrimas fue volver del colegio aquella tarde y encontrarla en el mismo lugar y en la misma posición. Rita había sufrido un derrame cerebral que cambiaría para siempre la vida de Lucha.

Mientras su mamá se recuperaba, Lucha pasó una temporada en casa, pero después de un tiempo tuvo que irse con su papá y su esposa, a quien nosotras llamamos Vincent, por su parecido con la Bestia de “La Bella y la Bestia”. Sigue siendo la mujer más horrible que conocí y, aún hoy, le miramos la entrepierna tratando de confirmar que es un travesti.

Lo de Rita era un milagro, decían los doctores. No sólo había salvado su vida, sino que todavía conservaba la movilidad de la mitad del cuerpo y tenía posibilidades de recuperar la del resto. Sin embargo, el derrame afectó su psiquis irremediablemente. Desarrolló un misticismo inédito, al punto de ganarse el mote de “Pastor Giménez”. Poco quedaba de aquella mujer liberal, independiente y divertida. Con tan sólo once años, Lucha se convirtió en madre de su madre y encargada del hogar. A los pocos meses ya sabía cocinar, lavar y el precio del pan. La culpa por no haber reaccionado a tiempo, haberse ido al colegio, la acompañó gran parte de su vida.

Lucha y yo fuimos a colegios secundarios diferentes, pero jamás dejamos de ser grandes amigas. Durante nuestra adolescencia, ambas nos convertimos en fanáticas de Nirvana, pero Lucha se tomó en serio el mensaje autodestructivo. Después de darnos una serie de sustos, encontró a su propia Luna y Pola y yo recuperamos a nuestra amiga.

Una Navidad hace diez años, Lucha conoció a Rubén en un boliche y jamás se separaron, hasta que ella se cansó y todas la entendimos. Rubén es la persona más divertida del mundo, el mejor de los amigos y el peor de los novios. Jamás le regaló flores, piensa que viajar es un gasto innecesario de dinero y que los cumpleaños no se deberían festejar. Pero, lo más terrible, es su concepción de la división de roles conyugales. Si por él fuera, Lucha sería algo así como su esclava o su geisha, pero está claro que nunca lo va a conseguir, no con ella. La vida la convirtió tempranamente en una mujer dura, firme y autoritaria. Desarrolló un sentido envidiable de la responsabilidad y la organización. Vivió mucho tiempo sometida a las necesidades de una persona impedida para valerse por sí misma y que tampoco podía manifestarle reconocimiento o agradecimiento alguno por su sacrificio. Estaba determinada a no repetir la historia con nadie y, con “nadie”, también me refiero a Gabriel.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeel! ¡bajá la música! –grité desesperada desde la cama. Mi cabeza estaba a punto de estallar y tenía los ojos hinchadísimos. Supuse que no me había escuchado, así que fui envuelta en ira hasta el living. Sorprendentemente, Gabriel estaba acostado, tapándose la cabeza con la almohada, mientras forcejeaba con Lucha que tironeaba de sus frazadas tratando de destaparlo.

-Gabriel: ¡Es sábado! ¡¿Qué querés, Sol?!

-Sol: Eso, Lucha, ¿qué hacés? Es sábado… -le pregunté mientras me desperezaba.

-Lucha: Sí, es sábado, día de limpieza. Me niego a vivir en el chiquero de este tipo. Volvé a dormir, Sol. Cuando éste se levante, bajo la música.

-Gabriel: ¿Y esta mina quién es, Sol? –me preguntó indignado al descubrir que era Lucha quien lo había despertado.

-Sol: Ella es Lucha, mi amiga y, a partir de ahora, le vas a hacer caso.