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Día 14 – Deadline

22/07/2009

Gabriel volvió a los 15 minutos y me encontró sentada en la misma posición en la que estaba cuando se fue. Quería bañarme, quería dormir, quería cambiarme el pijama, pero sabía que si me relajaba un poquito iba a perder la determinación. Se tenía que ir y ya no me importaba que fuera en buenos términos. Todavía tenía un mínimo de interés en conservar nuestra amistad y convivir no era lo más adecuado para lograrlo.

-Sol: Sentate. Tenemos que hablar.

-Gabriel: Sí, sí. Esperame un segundo que ya vengo –me dijo antes de meterse en la cocina. Me llamó la atención que me saludara con una mano y escondiera la otra. Recé porque estuviera ocultando un pañuelo embebido en algún somnífero, pero después pensé que siendo tan chaparrito no podría llevarme hasta la cama y fantasee con cuellos ortopédicos, contracturas y hasta parálisis. Entonces, me apuré a decirle:

-Sol: No, ahora, vení ahora. Quiero irme a dormir y vos tenés que ir a la clínica. El horario de visitas es hasta las 20 hs. y… y… aaahhhh…

Primer golpe bajo: apareció con una botella de Grolsch y un paquete gigante de papas fritas Bum (“ricas y económicas”), mi perdición. Estuve a punto de babearme peor que cuando me quedé dormida en el colectivo, pero enseguida levanté la guardia.

-Sol: No tenés plata para pagarme la operación de Benito, pero tenés para comprar cerveza importada y papas fritas.

No sé si por mi estado soporífero o la sed que tenía, pero cuando destapó la cerveza y la vertió en un chopp, sentí que estaba frente a una cascada de agua de manantial y yo podía nadar entre burbujas y pececitos. El ruido del paquete de papas fritas abriéndose se oía mejor que mi alegro favorito de Mozart ejecutado por una orquesta dirigida por Barenboim. Una vez más, estuve a punto de flaquear.

-Sol: Está bien, está bien. Servite un poquito vos… es mucha cerveza y ya estoy ebria de sueño.

-Gabriel: Sol, te quería agradecer lo que hiciste por Benito. Te quise llamar al celular, pero nunca lo llevás con vos.

-Sol: Eso no me importa –bebí un sorbo de cerveza consciente de que se trataba de una herramienta de seducción y chantaje que, me prometí, no iba a funcionar-. Ya no importa, Gabriel. Lo cierto es que éste fue un día horrible y que me sirvió para darme cuenta de que esto no puede seguir así.

-Gabriel: ¿Querés más papas fritas? Compré papas también, si querés, te hago unas caseras –sabía por dónde entrarme y estaba desplegando todas sus artilugios para tratar de modificar su destino de homeless-. No tengo la plata ahora, pero te juro que te la voy a devolver.

-Sol: Mirá, plata vas a necesitar de cualquier modo, porque lo de Benito va a ser largo y costoso. Tiene para varios días de internación y yo lo llevé al Paunero, que no se destaca por ser una clínica económica pero, al menos, salvaron a tu gato que –literalmente- se estaba muriendo.

No terminé de decir esto que Gabriel ya estaba llenando nuevamente el bowl con papas fritas. Yo las comía una a una, dejando que se deshicieran en mi boca, mordiendo de a pequeños bocaditos para estirar el placer. Lo estaba logrando, me estaba ablandando. Sin embargo, la inteligencia no es lo de él y lo probó del modo más estúpido: agarró el bowl, lo puso sobre su falda y empezó a engullir las papas fritas de a veinte. Lo miré absorta unos segundos con tanta bronca que me dio un calambre en el pie.

-Sol: ¡Ayyyyyy! Ahora, sí –le dije firme mientras estiraba la pierna y pensaba “con las papas fritas, no”-. Gabriel, necesito que me digas cuándo te vas.

-Gabriel: Sol, sabés que no tengo adónde ir.

-Sol: No, no lo sé. Lo único que sé es que, desde que llegaste, mi vida pasó de ser una sucesión de mañanas de mates amargos y paz a una pesadilla de noches sin dormir. No sólo eso, sino que ahora no tengo un mango, ni para pagar los $11 que debo de luz. Me tomó dos años volver a estar bien, sentirme feliz, recuperar mi vida y no puedo ni quiero hipotecar eso. Además, ¿no tenés otros amigos que te puedan bancar?

-Gabriel: Toda mi familia está en Mar del Plata y con los chicos no hablo hace años…

-Sol: Disculpame, ¿esas papas fritas no eran para mí? –acto seguido me levanté, le saqué el bowl y lo puse sobre mi falda-. ¿Y Pedro? Él se mudó solo, ¿no te puede recibir un tiempo?

-Gabriel: No, con Pedro las cosas no terminaron bien… tuve que pagar el último mes de alquiler yo, él se fue sin darme la guita y…

-Sol: Bueno… que te la devuelva dejándote quedar gratis en su casa.

-Gabriel: Dame quince días… yo me las arreglo.

-Sol: Quince días, ni uno más y todos los que quieras menos. Mientras tanto, vas a pagar las cuentas con tu tarjeta. Y no me importa cómo, ni de dónde vas a sacar la guita: quiero un colchón nuevo. No voy a seguir durmiendo en uno inflable. Así que fijate, porque si no vendo tu cama y me lo compro yo.

-Gabriel: ¡Sol, no podés ser así!

-Sol: No, vos no podés ser así y lo sabés. Esto se acabó. Hacelo por el bien de nuestra amistad. Y si no lo hacés por eso, hacelo por el bien de tu cara, porque más de uno te la quiere romper –disfruté el sonido de cada palabra y me sentí la mala de Dinastía.

El plan A –“andate por las tuyas”-, evidentemente, no iba a funcionar. Todavía me quedaba el plan B y, en el peor de los casos, el C: dejar que Dante y su metro noventa se encargaran de él.

Me levanté con toda la dignidad que puede tener una mujer en pijama que abraza un bowl de papas fritas como si fuera un Grammy y le pedí a Gabriel que no me pasara llamados, que iba a dormir como los osos hibernan.

-Gabriel: ¡Sol, Sol, esperá! Te llamó Javi ayer, cuando te fuiste con el tipo que tocó el portero –se refería a Dante, pero tardé en darme cuenta. Tan largo había sido el día que parecía que habían pasado meses desde su visita sorpresa-. Hoy te llamó también…

-Sol: ¡¿Qué le dijiste?! –“que no lo haya dicho, que no lo haya dicho. Jebús, que no haya dicho lo que estoy pensando que le dijo”, repetí por dentro mil veces mientras cruzaba los dedos y cerraba los ojos esperando su respuesta.

-Gabriel: Nada. Le dije que saliste con alguien y no volviste…

Volví al living y, antes que me diera un nuevo calambre, llegué a decirle:

-Sol: Quince días, te-nés-quin-ce-dí-as.

Día 9 – Tiene un sapo en la barriga

05/07/2009

El día anterior me había ido a dormir con la certeza de que Gabriel era el estafador. Sin embargo, estaba llena de dudas.

¿Por qué estafaría a esa chica?, ¿qué había hecho con la plata? Porque, convengamos, si tenía los $3000 se podía ir a cualquier otro lugar. Entonces, ¿por qué se quedaba en mi casa? O, mejor aún, ¿por qué se había ido del departamento que compartía con Pedro?

Pola-Cola 🙂 dice:

▪No sé, Sol

▪no me importan los motivos

▪no viste lo que le pasó a esa mina en Caballito? Mirá si el tipo pira.

😦 Sol dice:

▪Ay, pará un poco…

▪tampoco me va a apuñalar…

Pola-Cola 🙂 dice:

▪te lo tenés que sacar de encima YAAAAA!

😦 Sol dice:

▪Sí, ya sé, ya sé

▪estoy tratando de que se vaya por las suyas, para no confrontar

El despacho se había convertido en mi búnker y desde ahí me comunicaba con el mundo. Mientras chateaba con Pola, la panza me hacía ruido. Desde que puse en marcha el plan, dejé de cocinar y esperé a ver qué hacía Gabriel. Así confirmé que si yo no cocinaba, en mi casa no se comía.

😦 Sol dice:

▪No puedo másssss, Pola

▪me muero de hambre!!! 😥

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Aguantá, nena, que si tiene todo servido no se va más.

😦 Sol dice:

▪Son las 11 de la noche y no como nada desde que este tipo volvió del laburo

▪Ayer me compré unas papas fritas y las metí a escondidas en el despacho

▪se ve que el tipo escuchó el ruido cuando las abría, porque entró a preguntarme una boludez y de paso me bajó medio paquete…

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Y qué come el chabón? No come? 😯

😦 Sol dice:

▪No… parece una lucha a muerte para ver quién cede primero…

▪A ver, esperá, esperá que escucho un ruido de cacerolas

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Andá, nenaaaa!

Corrí hasta la cocina y me quedé boquiabierta. La indignación casi me lleva a tirar medio paquete de azúcar en la olla donde se hervía un puñadito de fideos y un kilo de pimienta en la salsa de tomate que se cocinaba al lado. Respiré profundo, llené la pava y la puse en el fuego. Respiré otra vez y vacié el mate. Respiré una tercera vez y abrí la alacena, sólo para comprobar que Gabriel se estaba cocinando los últimos fideos que quedaban.

Sol: ¡Qué hijo de puta! –pensé– Le cociné durante toda una semana, al mediodía y a la noche, siempre fui yo la que compraba la comida, arrasó con todas las frutas, ¡las papas fritas…!

-Gabriel: ¿Querés que compartamos? No es mucho, pero comemos un poquito cada uno y listo…

-Sol: desgraciadocomemierdaylareputísimamadrequeteremilparió, ¡mis papas fritas, no! –me dije por dentro, mirándolo fijo hasta poder articular una oración que no incluyera uno de los tantos insultos que se me ocurrían-. No, no te preocupes, comételos vos, todo bien. Además, sabés que no me gusta la salsa de tomate.

-Gabriel: Pero tenés que comer algo, Sol. Estás encerrada trabajando desde temprano y algo tenés que ingerir, así no podés pensar.

-Sol: ¿Ahora te das cuenta, pedazodepelotudoenanodeporquería? En serio, no te preocupes, comé tranquilo… y fijate que no se te queme la salsa. Yo me voy a seguir trabajando.

A los 25 minutos suena el portero y mi corazón desborda de felicidad.

-Sol: ¡Es para mí!, ¡ya voy!

-Gaby: ¿A esta hora?

-Sol: Sí, a esta hora. Ya vuelvo… ¿estás viendo “Seinfield”? Uh, poné pausa que ahora lo vemos juntos.

Gentilmente, Gabriel esperó a que yo subiera sentado en el sillón y con el dvd en pausa.

-Sol: A ver, haceme un lugarcito y llevá tu plato para la cocina que esto no va a entrar –le pedí amablemente, mientras hacía equilibrio con una bandeja de 50 piezas de sushi y un porrón de cerveza importada.

-Gabriel: Bueno… -levantó el plato en el que había comido sus fideos, sin dejar de mirar de reojo mi delicioso pedido.

-Sol: Ah, ya que vas para allá, ¿no me traerías la salsa de soja? ¡Qué haaaambre! –exclamé mientras desenvolvía los palitos-. Tenías razón, no podía seguir trabajando sin comer. ¿Estaban ricos los fideos?

😦 Sol dice: 😈

Día 8 – Gotcha!

04/07/2009

El plan “te vas por las tuyas” estaba funcionando a la perfección. Claro que no esperaba que Gabriel me pagara todo lo que me debía y eso me daba más bronca aún. Sin embargo, había logrado incomodarlo tanto que, para evadirme, empezó a pasar menos tiempo en casa.

“¿Cuándo me vas a comprar el colchón? Me siento una indigente durmiendo en uno inflable”, “¿cuándo se va Benito?”, “¿intentaste llamar al tipo que te estafó o hiciste la denuncia?”, se convirtieron en mis preguntas predilectas. Siempre encontraba alguna excusa tonta para tener que salir y, al segundo día de comenzado el plan, ya me sentía victoriosa. Si quería quedarme sola, todo lo que tenía que hacer era formular alguna de mis preguntas mágicas y esperar dos minutos hasta escuchar que la puerta de entrada se cerraba. De todos modos, sus excursiones al mundo exterior no duraban mucho y ahí estaba yo cuando volvía, acechando, esperando la oportunidad para intranquilizarlo.

Ese día, salió alrededor de las siete de la tarde y volvió a las diez. Escuché que había llegado y corrí sintiendo que flotaba en mis pantuflas de corderito blanco, como si fueran nubecitas que me elevaban hacia la gloria suprema. Cual ninja, me aposté silenciosa en la puerta de entrada de la cocina mientras esperaba que Gabriel terminara de llenar su segundo shot de vodka. Sin siquiera girar, supo que estaba ahí. Me sentí un poco torpe habiendo perdido la oportunidad de dar un gran golpe de efecto, pero hice lo que me pidió y revisé el bolsillo interno de su saco.

-Gabriel: Te la manda Josefina,  me dijo que te la había prometido  –seguía sin mirarme y llenando consecutivamente, una y otra vez, el shot. Cuando vi la crema humectante de vainilla, el placer de torturarlo dejó de ser tal y sentí la profunda necesidad de hacer algo por Jose.

-Sol: Llamá al tipo que te estafó, no podés dejar las cosas así, ese tipo es una basura.

Lo tomé de los hombros y lo llevé como una marioneta hasta el teléfono.

-Sol: Tomá, llamalo.

Gabriel agarró el tubo y marcó tres veces, obviamente, sin éxito.

-Gaby: Debe haber cambiado el chip.

-Sol: ¿No tenés un número fijo?

Hizo un gesto negativo con la cabeza y entró a bañarse, seguro que para evadirme o bajar la borrachera, porque estuvo casi una hora en la ducha.

Guardé la crema en el placard del pasillo y tomé una decisión: tenía que confirmar quién era el estafado y quién el estafador.

Levanté el tubo del teléfono, miré para todos lados y presioné redial.

“Hola, te comunicaste con la casa de Gabriel, Pedro y Benito. Después de la señal, dejanos tu mensaje”.