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Día 22 – Correo negro

02/09/2009

Mi mamá solía decir que lo único que nos quería dejar a mi hermana y a mí era una buena educación y un techo seguro porque, antes de morir, rifaría todo y se iría de viaje con mi papá. Si bien no pudo realizar su tercer deseo, el haber conseguido los otros dos le permitieron atravesar su enfermedad con la calma de las promesas cumplidas.

Cuando le diagnosticaron el primer tumor, ella supo que su destino –más pronto o más tarde- sería el del resto de su familia: todos habían muerto de cáncer, todos. Fue así que decidió empezar a preparar su partida. Un día le conté que me había costado mucho levantarme de la cama y en sus enormes ojos turquesa pude ver cómo se combinaban el enojo con la desesperación. Me dijo que yo ya sabía qué tenía que hacer en esos casos, que tenía que tener siempre mis gotas a mano, que tenía que comer cosas dulces aunque no me gustaran y, agregó seria, entera, que ella no iba a estar siempre para cuidarme. Dijo esto último y yo la reté, le pedí que no dijera esas cosas. Ella me tomó de las manos y me explicó serena que era el ciclo de la vida y ella quería cumplirlo bien, dejando como legado dos hijas autosuficientes e independientes. “Yo ya hice mi parte -solía decirme-, ahora te toca a vos”.

Es por ello que para mí, mi departamento, el que ella me legó, significa mucho más que dos habitaciones con cochera, es lo que mi mamá quiso que yo tuviera y, para lograrlo, tuvo que ponerse firme con mi papá, quien tiene un gusto especial por las carreras y el casino. Una mañana, me contó, mi papá le dijo que se iba a desayunar afuera como era su costumbre, pero notó algo extraño y lo siguió. Deben servir rico café en el casino de Puerto Madero, aunque seguramente no era lo que lo había motivado a ir a las nueve de la mañana. Al salir, mi papá encontró en el parabrisas de su auto una nota que le advertía: “Tu familia o esto”. Felizmente, eligió lo primero y desde ese momento todo el dinero pasó a ser administrado por mamá y, un año más tarde, mi hermana y yo recibíamos un mail con la escritura de nuestras futuras casas.

Sumada a la sensación de injusticia, la negativa de mi papá cuando le pedí mi departamento me dejó otra de desprotección y orfandad. Esas paredes eran el refugio que mamá me había dejado y él me lo negaba. Luna me dijo que ese espacio no sólo era un lugar para vivir, sino un campo de poder que materializaba otras cosas más complejas. Pola, por su parte, se puso como loca y quiso iniciar todo tipo de acciones legales, pero yo preferí no llegar a ese nivel de confrontación. Sin embargo, permití que leyera la escritura porque me quise asegurar de que no existiera ninguna cláusula de usufructo y esas cosas que yo no entiendo bien, pero ella sí. El archivo estaba en mi webmail y reenviárselo a Pola implicó reencontrarme con las palabras de mamá. “Hijas, les mando la escritura de… ¡sus futuras casas! Revísenla y nos vemos en una semana para la firma. La doctora me dijo que me queda un tiempo más con el tamoxifeno y después… ¡el alta!”

Aquella tarde, cuando increpé a Gabriel, todos estos recuerdos movilizaron en mí una furia que no me conocía. Sinceramente, lo hubiera golpeado, pero antes quería tener la certeza de saber qué lo había motivado a guardar ese archivo en su pendrive, porque sin las firmas, no sirve para mucho.

-Gabriel: ¡Es que me mentiste, Sol!

-Sol: ¡¿Vos me estás cargando, hijo de puta?!  ¡Te recibo en mi casa, te presto mi computadora y me tratás de mentirosa! ¡¿Qué carajo te falla?! –exclamé ya disfónica. Tiré la tijera contra una pared, más que nada para evitar la tentación de usarla contra él y me aferré a una silla, que terminé pateando de impotencia.

-Gabriel: ¡Me dijiste que estaba como bien de familia y por eso no me podías salir de garante! –tenía razón, le había mentido. ¿Y? Me reí como una chiflada en su punto de máximo desequilibrio y lo inquirí.

-Sol: ¿Pensaste en algún momento que yo te iba a salir de garante a vos? ¡A vos! ¡Ni a vos ni a nadie! –volví a mentir, porque no dudaría en hacerlo por Pola o por Lucha, pero no me preocupaba ser exacta, sino dañina e hiriente- ¿No te das cuenta de que no te quedan amigos? Cuando volviste de Brasil, nadie te hizo una fiesta de bienvenida. Cuando te mudaste, tuviste que contratar peones porque nadie, nadie, se molestaría en ayudar a una montaña de bosta como vos. Ninguno de los chicos te quiere ya –me refería a los amigos de Alfredo que teníamos en común-, ninguno te habla. Pensé que habías cambiado en algo, pero seguís siendo el mismo imbécil. ¡Jamás creciste!

-Gabriel: Claro… ¡para vos todo fue fácil! ¡Todo te vino de arriba!

-Sol: ¡A mí no me gritás! ¡Y te vas ya de mi casa!

Lucha entró corriendo y francamente preocupada.

-Lucha: ¡Se escuchan los gritos desde abajo! ¡Cálmense! –Gabriel se quedó inmóvil y yo me puse a llorar en el hombro de Lucha- ¿Qué pasa, Sol? ¿Qué te pasa?

-Sol: Este hijo de puta me revisó la computadora, Lucha. Tenía mi escritura, quiero que se vaya, ¡que se vaya ya! –la abracé más fuerte y ahogué mis lágrimas en su hombro. Empecé a tironear del sweater de Lucha como si fuera una nenita y así contenía mi violencia.

-Lucha: ¡Enfermo! ¡Andate! ¡Encima tenés toda la boca podrida! ¡Me das asco!

-Gabriel: ¡Vos no te metas!

-Sol: ¡Andate! –mis palabras sonaban a súplica. Me acerqué hasta donde estaba Gabriel y lo sacudí por los hombros.

-Gabriel: ¡Me mentiste! Y no sólo a mí, ¡le mentiste a Javier!

-Sol: ¡Andate!

-Gabriel: No me voy nada, no tengo a dónde ir. ¡No tengo garantía!

-Sol: ¡Andate o le cuento a Josefina que la estafaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Te vas a un hote, no me importal!–traté de llevarlo hasta la puerta, pero fácilmente Gabriel me sostuvo los brazos en el aire.

-Gabriel: ¿Qué? Yo no estafé a nadie, acá la única mentirosa sos vos.

-Lucha: ¡Soltala y andate! –Gabriel no le hizo caso y me dijo, mirándome fijo.

-Gabriel: Leí tus mails, Sol.

Repasé mentalmente mi correo sin poder descifrar a qué se refería. Traté de zafarme de Gabriel y después de forcejear un poco, ya no necesité hacerlo más: Lucha le había asestado una piña digna de un boxeador.

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Día 22 – Sweet Charity

27/08/2009

En un rincón de mi alacena tengo reservados algunos pequeños tesoros que fui acumulando de viajes propios y otros de Javier. Tengo té de lulo, papayuela, mora, lemongrass, uva y otros que no sé cómo pronunciar. En la heladera, en el cajón menos visible, guardo café ecuatoriano, colombiano, brasilero e italiano. Luna dice que debería dejar de reservar las cosas ricas para los otros y empezar a disfrutarlas cuando me plazca, pero ese día agradecí no haberle hecho caso.

Me sentía incómoda, avergonzada y en deuda. El café sería una buena, aunque insuficiente, retribución para Federico, mi salvador.

-Sol: ¿Cuál preferís? Tengo éste, éste, éste, éste, éste y éste café –le pregunté mientras exhibía uno a uno los paquetes de café-. Si no, te puedo hacer té… tengo de canela, de maracuyá, de uchuva, de…

-Fede: Prefiero café, Soledad –me interrumpió y eligió el café ecuatoriano.

-Sol: Solange, me llamo Solange –le aclaré mientras llenaba el filtro de la cafetera.

-Fede: Qué lindo nombre… -dijo sin mucha seguridad.

-Sol: No te preocupes, creo que sólo a mi mamá le gustaba, por eso me lo puso. Mi papá dice que es nombre de gato –le dije mirándolo seriamente. Cuando se rió, empecé a soltarme-. En el primario, cuando tomaban lista y la profesora decía “Solange Schwartz”, mis compañeros hacían “ssshhhhh, sssshhhhh” y alguno murmuraba “’sory’, Solanssssshhhhh”.

Cuando el café estuvo listo, le ofrecí las tostaditas de Lucha y aceptó encantado. Me sentía avergonzada después de confesar que no tenía ni los $50 que costaba su visita, y como los nervios potencian mi torpeza, untar las tostadas se convirtió en un desafío. Por suerte, sólo se me cayeron dos, obviamente, del lado de la mermelada. Federico pasó al baño y aproveché para echar una medida del whisky barato de Gabriel en mi taza.

Después de halagar mi café con tostadas, Federico me pidió que le contara porqué vivía con Gabriel, porqué me había encargado del gato y toda la historia que ustedes ya conocen. Intenté resaltar las partes divertidas, porque todo lo patético ya estaba a la vista.

-Fede: ¿Y encima salvaste al gato? –me preguntó incrédulo.

-Sol: Sí, y mirá como me paga el felino endemoniado –me arremangué los jeans y le mostré las cicatrices. Estaba encendida, el whisky había surtido efecto y nos estábamos divirtiendo.

Conversando, supe que tenía 30 años, que siempre había querido trabajar con animales grandes pero que en nuestro país es difícil porque no abundan, que sueña con ir a África y que además de atender clientes particulares y estar a cargo de la guardia de la clínica tiene otro trabajo fascinante. Tres veces por semana va al zoológico, donde intenta optimizar las condiciones de cautiverio de los animales a pesar del bajo presupuesto con el que cuenta. Describió sus tareas como las de un escenógrafo o un decorador de interiores. Él es el que encarga plantas propias del hábitat natural de los leones, por ejemplo, o decide dónde va tal o cual roca para que descanse. También es activista de Greenpeace y suele participar en las protestas estrafalarias de dicha organización.

-Sol: Hippie, sos un hippie. ¿Te bañás? –le dije jocosa.

-Fede: Todos los días –respondió divertido-. Eso sí, fumo marihuana.

-Sol: ¡Hippie! ¡Hippie! –lo acusé señalándolo con el dedo y nos reímos a carcajadas.

Me pidió la computadora para mostrarme fotos de las protestas y lo pude ver disfrazado de rata atrás del Jefe de Gobierno de la Ciudad, reclamando por la sanción de la ley “Basura Cero” o haciendo de tatú carreta muerto en el Obelisco. Nunca fui una amante de la naturaleza, pero me pareció fantástico su compromiso.

Después llegó el turno de su interrogatorio. Cuando le conté que era música, me pidió que le tocara alguna de Silvio Rodríguez y, nuevamente, lo acusé de hippie. Se declaró culpable, pero no por eso dejó de insistir. Afortunadamente, siempre tengo a mano un cuadernito con canciones populares, esas que todo el mundo sabe y siempre piden. Busqué el golpe de efecto con los clásicos de fogón hippie y lo conseguí: en el estribillo de “Ojalá”, Federico se puso a cantar a los alaridos, con los ojos cerrados, emocionado. Tuve que hacer una pausa, porque la risa me impidió continuar.

-Fede: Entonces, estás soltera, ¿no?

-Sol: Ehhh… sí, creo que sí… es una historia larga… -escuché el ruido de la puerta y recé porque fueran Lucha y su abultada billetera. Pero la suerte no estaba de mi lado aquella mañana.

-Gabriel: ¿Torturando al veterinario? –preguntó tratando de sonar gracioso, pero Federico lo miró con un gesto de indiferencia y me tomó de la mano por debajo de la mesa. Me enderecé en la silla tratando de disimular mi sorpresa y, con la excusa de ofrecerle otra tostada, liberé mi mano de la suya.

Federico le explicó lo que había pasado con el gato y lo retó por no cumplir con lo acordado. Gabriel se disculpó diciendo que no tenía dinero para el tratamiento ambulatorio.

-Federico: Pero así te termina costando más caro. La consulta a domicilio son $100.

-Sol: ¿Pero no eran cin…? –Federico volvió a tomarme de la mano y la apretó suavemente, dándome a entender que no dijera nada.

Gabriel le pagó y Federico me pidió que le bajara a abrir.

Una vez arriba de su bicicleta, se acercó y volvió a darme la mano, me besó en la mejilla y se fue pedaleando. No me dio tiempo a decir nada, ni a rechazar los cincuenta pesos que ahora eran míos.

Día 21 – Eclipse

16/08/2009

-Luna: Sol, ¿estás borracha?

-Sol: Naaaahhhh… zon rumorez. ¡Hic! –me tapé la boca y dejé que Luna se riera a costa mía.

-Luna: ¿Te diste cuenta de que te pusiste dos medias diferentes, no? –se estaba divirtiendo como nunca- Llegaste veinte minutos tarde. ¿Qué pasa, Sol?

-Sol: Quiero que cuando zea famozaa y eztudien mi biografía –¡hic!– ésta quede regishtrada como la estapa ozcura de Zol Schhhhwartzzzzz –estaba hablando en serio y me preguntaba de qué se reía Luna-. Janizz Joplin eda una adcohólica, ¿o no?

-Luna: Ajá. Tampoco viniste la semana pasada…

-Sol: Eshtoy en bancarrota. Lucha me preztó algo de plata ahoda que también ze queda en caza… ze peleó con Rrubén, porque él le dijo que –¡hic!- no iba a dejar de hazer pizz en…

-Luna: Sol, ¿estás albergando a Lucha y a Gabriel? ¿Qué hablamos respecto a que te ibas a priorizar y a  pensar un poco más en vos misma?

-Sol: Javi me dejó. ¡Bwaaaaaaaaa!

-Luna: ¿Te sorprende? –me quedé mirándola fija y sin pronunciar palabra alguna-. Esperame, te traigo un café y seguimos.

-Sol: Güenou…

Luna volvió con el café y una jarra de agua, la cual me tomé en tres vasos consecutivos. Me sentía apenas mejor, pero no podía controlar el mareo.

-Sol: ¿Te molezta que me recuezte en el diván?

-Luna: No, no. Pero quiero que me respondas antes. ¿Te sorprende que Javier haya terminado la relación?

-Sol: A dezir verdad, no.  Ziempre estaba disconforme… ¡nada le venía bien!

-Luna: Exacto, Sol. ¿A qué te recuerda eso?

-Sol: A papá.

Cuando decidí irme de la casa de Javier, tomé todo el coraje del mundo y llamé a mi papá. Estábamos peleados por algún motivo que no recuerdo y hacía dos meses que no hablábamos. Creo que fue porque le dije que no tenía que sentirse mal por no haberle llevado flores a mamá esa semana, ya que después de todo él es católico y, según su religión, el cuerpo es sólo el abrigo del alma, que es ubicua. Me pidió que me levantara de la mesa del restaurante, me dijo que le estaba faltando el respeto a su religión y a la memoria de mi propia madre. Volver a hablar con él después de lo ocurrido me daba miedo, no sólo porque mi papá siempre me inspiró cierto temor, sino porque sabía que no podría soportar algún otro planteo de tal naturaleza sin quebrarme. Pero después frecuentar a Luna por un tiempo, supuse que era el momento de enfrentarlo y demostrarle que no estaba dispuesta a aceptar el lugar que él y mi hermana me daban: yo no soy ninguna hija de segunda y merezco lo mismo que mi hermana mayor. Sentía que si yo no hacía valer mi posición no tenía derecho a reprochar nada, porque yo misma reproducía la situación en la cual me ponían. Así que lo llamé y le pedí que me diera mi propiedad, tal como lo había hecho con mi hermana cuando se casó. Claro que mi pedido contrastaba con el de ella, pero no por no seguir el patrón que él había estipulado para mi vida yo tenía que asumir un lugar inferior como merecido. Durante la conversación que mantuvimos, no sólo me dio la razón, sino que le dio sentido a gran parte de mi vida.

-Papá: Uno tiene que crecer en la vida. Por ejemplo, yo, que gracias a tu madre me di cuenta, aunque más no fuera tarde, que no podía seguir siendo como era. ¿Te acordás de cuando eran chiquitas? Aunque se equivocaran sin querer, yo me ponía loco –tomó la cucharita de café y la sostuvo en el aire-. Si esto se les caía de pura torpeza, me sacaba, las retaba. Pero después aprendí, gracias a tu madre, claro, que estaba mal; que si siempre les decía que todo lo que hacían estaba mal, iban a terminar por creerlo.

-Sol: Como cuando te llevaba el boletín lleno de dieces. Jamás me felicitaste. Decías: “no me importan las notas, sólo que seas buena persona”. ¿No era buena persona, papá?

-Papá: Siempre fuiste conflictiva, Sol. Pero está bien, tenés razón. Si querés mudarte a tu departamento, podés hacerlo. Pasa que tu hermana está viviendo ahí con su marido. Pusimos el departamento de ella a alquilar y con eso tu hermana me va reintegrando el valor de su propiedad, porque no quiso que se la regalara –“claro, se la estoy regalando yo”, pensé antes formularle una pregunta que hacía tiempo me venía dando vueltas.

-Sol: ¿Por qué a mí no me diste mi propiedad cuando me mudé con Alfredo? –apreté los dientes para contener el llanto, me acomodé en la silla y esperé a que me asestara la estocada final.

-Papá: Lo bien que hice… ¡mirá cómo te fue! Y cómo te va ahora con Javier, a quien yo quiero tanto… andá a saber qué habrás hecho. Pero bueno, volvamos a lo nuestro. No voy a incomodar a tu hermana, ella está casada, así que elegí el departamento que más te guste y yo te pago el alquiler.

Le dije que se fuera a la mierda y, esa vez, fui yo la que se levantó de la mesa del bar. A la semana tuvimos una sesión con Luna, los tres. Se fue dando un portazo y yo acabé hecha un estropajo ovillado en el diván. No sé si es algo ético o que los psicólogos tengan permitido, pero Luna se sentó al lado mío y me abrazó mientras yo lloraba a los gritos, ahora huérfana de padre y madre. Desde entonces, no volví a hablar con mi papá. Sólo lo vi para la firma del contrato del departamento donde vivo hoy.

Y ahí estaba aquel lunes. Sin poder trabajar o forzándome a hacerlo para reconquistar a Javier, como si no lograrlo me fuera a costar una represalia paterna.

-Luna: ¿No notás un patrón, Sol? Tenés pánico a equivocarte o a ser “mala persona”. Pensás que haciendo lo mejor y complaciendo a tu entorno vas a terminar recibiendo un reconocimiento que sabés que no va a llegar. Estás ebria porque creíste que eso te iba a inspirar, porque pensás que siendo perfecta te van a querer.

-Sol: ¡Pero si yo hago todo bien!

-Luna: ¿Y de qué te sirvió?

Ni me molesté en responderle. Ambas sabíamos la respuesta.

De nada.

Día 19 – Sgt. Lucha’s Lonely Hearts House

06/08/2009

-Mamá: Sol, saludá a la nena –escondida entre sus piernas y haciéndole honor a mi apodo de “Pitufo gruñón”, me resistí a saludar a esa nena, sin saber que no se trataba sólo de una futura compañerita de jardín de infantes, sino de una compañera para toda la vida.

Decidida, Lucha se soltó de la mano de su mamá y tomó la iniciativa. Ese día, hace ya veintitrés años, nos saludamos por primera vez.

Durante el primario, nos volvimos inseparables. Nos turnábamos para dormir en la casa de la otra y así llegábamos a pasar cuatro días en la casa de una y tres en la de la otra. Pero a mí me gustaba más quedarme en lo de Lucha. Sus padres se habían divorciado hacía mucho tiempo y no en los mejores términos. Su papá era uno más bien ausente y Rita, su mamá, tenía que combinar múltiples trabajos con la educación y crianza de sus hijos. Si bien era estricta y tenía mucha autoridad, era bastante liberal y nos dejaba jugar en la calle, algo que mi mamá jamás permitía. Además, a la noche, mirábamos la tele las tres juntas y se podía hablar, nos podíamos reir, porque no había un padre como el mío, a quien le interesaba más mirar la tele que saber cómo le había ido a sus hijas durante el día. A favor de mi papá, tengo que decir que trabajaba hasta muy tarde y llegaba cansado, pero su autoritarismo y su afán por mirar la maldita televisión, convertían a la cena en un momento que yo rezaba porque acabara pronto.  Por otra parte, Lucha tenía un hermano mayor que me pedía que le enseñara patadas de taekwondo y a la noche aparecía de la nada y simulaba pegarnos con un cinturón mientras nosotras nos reíamos y tratábamos de escapar de sus temibles garras. En fin, todo en la casa de Lucha era luz y alegría.

A los once años, Lucha estaba por ir al colegio y no se sorprendió al ver a Rita acostada sobre la alfombra, porque tenía la costumbre de hacerlo para relajar su espalda. Tampoco le llamó la atención que no le devolviera el saludo, porque trabajaba tanto para mantener sola a los tres, que vivía cansada y se dormía en cualquier lugar. Lo que sí la escandalizó hasta las lágrimas fue volver del colegio aquella tarde y encontrarla en el mismo lugar y en la misma posición. Rita había sufrido un derrame cerebral que cambiaría para siempre la vida de Lucha.

Mientras su mamá se recuperaba, Lucha pasó una temporada en casa, pero después de un tiempo tuvo que irse con su papá y su esposa, a quien nosotras llamamos Vincent, por su parecido con la Bestia de “La Bella y la Bestia”. Sigue siendo la mujer más horrible que conocí y, aún hoy, le miramos la entrepierna tratando de confirmar que es un travesti.

Lo de Rita era un milagro, decían los doctores. No sólo había salvado su vida, sino que todavía conservaba la movilidad de la mitad del cuerpo y tenía posibilidades de recuperar la del resto. Sin embargo, el derrame afectó su psiquis irremediablemente. Desarrolló un misticismo inédito, al punto de ganarse el mote de “Pastor Giménez”. Poco quedaba de aquella mujer liberal, independiente y divertida. Con tan sólo once años, Lucha se convirtió en madre de su madre y encargada del hogar. A los pocos meses ya sabía cocinar, lavar y el precio del pan. La culpa por no haber reaccionado a tiempo, haberse ido al colegio, la acompañó gran parte de su vida.

Lucha y yo fuimos a colegios secundarios diferentes, pero jamás dejamos de ser grandes amigas. Durante nuestra adolescencia, ambas nos convertimos en fanáticas de Nirvana, pero Lucha se tomó en serio el mensaje autodestructivo. Después de darnos una serie de sustos, encontró a su propia Luna y Pola y yo recuperamos a nuestra amiga.

Una Navidad hace diez años, Lucha conoció a Rubén en un boliche y jamás se separaron, hasta que ella se cansó y todas la entendimos. Rubén es la persona más divertida del mundo, el mejor de los amigos y el peor de los novios. Jamás le regaló flores, piensa que viajar es un gasto innecesario de dinero y que los cumpleaños no se deberían festejar. Pero, lo más terrible, es su concepción de la división de roles conyugales. Si por él fuera, Lucha sería algo así como su esclava o su geisha, pero está claro que nunca lo va a conseguir, no con ella. La vida la convirtió tempranamente en una mujer dura, firme y autoritaria. Desarrolló un sentido envidiable de la responsabilidad y la organización. Vivió mucho tiempo sometida a las necesidades de una persona impedida para valerse por sí misma y que tampoco podía manifestarle reconocimiento o agradecimiento alguno por su sacrificio. Estaba determinada a no repetir la historia con nadie y, con “nadie”, también me refiero a Gabriel.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeel! ¡bajá la música! –grité desesperada desde la cama. Mi cabeza estaba a punto de estallar y tenía los ojos hinchadísimos. Supuse que no me había escuchado, así que fui envuelta en ira hasta el living. Sorprendentemente, Gabriel estaba acostado, tapándose la cabeza con la almohada, mientras forcejeaba con Lucha que tironeaba de sus frazadas tratando de destaparlo.

-Gabriel: ¡Es sábado! ¡¿Qué querés, Sol?!

-Sol: Eso, Lucha, ¿qué hacés? Es sábado… -le pregunté mientras me desperezaba.

-Lucha: Sí, es sábado, día de limpieza. Me niego a vivir en el chiquero de este tipo. Volvé a dormir, Sol. Cuando éste se levante, bajo la música.

-Gabriel: ¿Y esta mina quién es, Sol? –me preguntó indignado al descubrir que era Lucha quien lo había despertado.

-Sol: Ella es Lucha, mi amiga y, a partir de ahora, le vas a hacer caso.

Día 15 – Teoría y práctica del “éxito”

24/07/2009

Las mujeres solíamos ocupar un rol definido en la sociedad. Nos encargábamos de parir, limpiar y cocinar. Éramos la ligazón fundamental de la familia, el lazo que le daba sentido a todo. En aquella época, las preguntas obligadas eran “¿sabés cocinar?”, “¿sabés zurcir?”; y una mujer exitosa era la mejor anfitriona, la que tenía a los hijos mejor vestidos o aquella cuyo marido tenía una posición acomodada.

Con el correr de los años, también se nos empezó a exigir que fuéramos simpáticas, algo inquietas, que fuéramos especiales en algún sentido. Que supiéramos cocinar y zurcir, pero que también pudiéramos entablar una conversación y hacer quedar bien a nuestro compañero con algo más que una torta o una buena cena. De hecho, el orgullo de mi papá siempre fue que, gracias a su soporte económico, mi mamá se había recibido de psicóloga, psicóloga social y teóloga, pero había decidido –y podido, gracias a él, claro- usar todos esos conocimientos para entrar en una villa como si fuera su casa, ayudar a todo el mundo y publicar en revistas teológicas internacionales que le dedicaron su portada cuando falleció. Todo en forma gratuita y sin dejar de ser una ama de casa. Una terrible ama de casa, sí, pero que nunca dejó de plancharle el pañuelo antes de que él se fuera a trabajar.

En la actualidad, las cosas cambiaron drásticamente y, con ellas, las exigencias y las preguntas. Por ejemplo, cuando siguiendo a mi Cupido interior decido que tal tipo iría bien con una amiga mía, comienzo con la venta: “es música, compañera mía del conservatorio, toca la trompeta, el chelo, la guitarra, el piano” y, súbitamente, aparece la pregunta: “¿vive de eso?” Ante la negativa, el gesto de desilusión confirma que el tipo es un idiota y que yo debería dejar de jugar a Roberto Galán. Sin embargo, después de varios hechos similares comencé a preguntarme si el error, acaso, no era mío. Tal vez, esa pregunta es realmente importante.

Un año atrás, tratando de darle una sorpresa a Javier, que volvía después de un mes y medio de Oceanía, me topé con conversaciones fechadas por los días en que nos conocimos. Fue gracioso leer cómo le decía a algunos amigos “me hizo unos agnolottis de salmón riquísimos, no entiendo nada, es genial…” y a otros “tiene su proyecto independiente, un promedio de 9.10, vive sola desde los 20, es genial…”. Por un segundo me sentí bien, porque cualquier otro primate hubiera mencionado –primordialmente- otros atributos que heredé de mi mamá y que no son precisamente la inteligencia o la vocación filantrópica. Pero después de leer más veces sobre mis proyectos que sobre mis deliciosos platillos empecé a temblar. Las conversaciones eran antiguas, pero tuve la suerte de encontrarlas cuando todo en mi vida era monocromático y superar mi depresión parecía una utopía. Me vi tratando de darle una sorpresa tan cursi como pintar encima de fotos tomadas en blanco y negro y dejé de sonreír frente a la pantalla plagada de múltiples y banales halagos y me puse a llorar bajito. Pensaba qué podría decir de mí en ese entonces. ¿Qué preparaba ricos desayunos? Y qué pasaría cuando le preguntaran a qué me dedicaba. ¿Contestaría avergonzado “a preparar ricos desayunos”?

Nunca me caractericé por ser una chica ordenada, de esas que planchan toda su ropa o jamás se olvidan de pagar una cuenta. De hecho, siempre pensé que con Javier éramos la combinación ideal. Yo soy de esas personas que van a las 8.30 a.m. al chino de enfrente a comprar un dentífrico y él es de los que tienen dos de más para reponer. Yo soy de las que necesitan cigarrillos a las 4.30 a.m. y él siempre fue el que tenía un cartón guardado para que eso no ocurriera.

Sin embargo, ese encastre perfecto parece perder brillo cuando se lo ve con la lente de las cosas por venir.

-Javier: ¿Cómo que te quedaste sin plata? ¿Y si yo estaba de viaje?

-Sol: Es que el gato necesitaba la operación, ¿qué querías que hiciera?, ¿qué dejara que se muera?

-Javier: No, Sol. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de otra cosa y lo sabés.

-Sol: No voy a hablar con mi papá y eso no está en discusión. No lo voy a hacer por nada del mundo.

-Javier: Sol, tranquilizate, no es eso… no es eso… es que no puede ser así… -lo peor que se le puede decir a una mujer nerviosa es “tranquilízate”, pero los hombres nunca lo van a entender.

-Sol: Así, ¡¿cómo?! No te entiendo. Lo único que sé es que nada te viene bien. Nada –me tapé los ojos y, cuando estaba por ponerme a llorar, me contuve. Una discusión se acaba fácilmente de ese modo, pero nunca eché mano a ese recurso y no lo iba a hacer entonces.

-Javier: ¿No entendés? Yo sigo viendo casas, yo sigo pensando todo mi futuro con vos…

-Sol: ¿Y qué tiene que ver con que yo me haya quedado sin plata por pagar la operación de un gato que no es mío? Antes esas cosas te enamoraban de mí… que fuera buena, que fuera generosa y que… -me interrumpió con un grito que me desencajó.

-Javier: ¡Sol! ¿¡no me escuchaste!? Te estoy diciendo que yo sigo viendo casas porque sigo manteniendo el proyecto que teníamos.

-Sol: ¡No, no te entiendo! ¿Qué tiene que ver todo esto con lo del gato, con la plata?

-Javier: ¿¡No ves la diferencia!? ¡No la ves! Yo estoy pensando todo el tiempo cómo vamos a hacer para comprarla, ahorro cada centavo… ¡yo quiero lo mejor para vos, Sol!

-Sol: ¡Lo mejor sería que me entendieras! O que yo te entendiera… porque ya no entiendo nada…

-Javier: Vos no aceptás ciertos trabajos, porque van en contra de lo que pensás que tiene que ser la música y todo eso y… -no le iba a permitir cuestionar mis decisiones de vida, no cuando se trataba de mi arte, de mi pasión. No. Tuve que interrumpirlo.

-Sol: ¡Es mi vida!

-Javier: ¡Es tu vida! Pero yo quiero que tu vida esté unida a la mía y tus decisiones van a repercutir sobre mi vida. Ahora se te da por albergar a ese estúpido y, de pronto, no tenés un mango. No sabés cómo vas a pagar la luz. ¿Cómo vamos a hacer para comprar la casa gigante que queremos? Sol, trabajamos en casa los dos, necesitamos mucho espacio, yo…

-Sol: ¡Vos, vos y vos! ¡Vos! Vos no me vas a decir qué tengo que hacer, qué… -lloré. Ya no pude conmigo misma, con él, con lo nuestro. No pude-. ¡Sos un boludo! –por primera vez, lo había insultado-. ¡Tenemos la suerte de tener una propiedad los dos y lo único que te importa es hacer más plata! ¿Querés una casa más grande? Andá pensando con quién vas a vivir ahí… porque yo… porque yo… ¡yo no quiero saber nada más con vos! Vine acá para explicarte lo que te dijo Gabriel y me salís con esto. Me voy.

-Javier: ¡Sol! Yo no sé qué te está pasando. Desde que ese tipo está en tu casa es nuestro único tema de conversación, decís malas palabras y ahora te querés ir.

-Sol: ¿No entendés que me está volviendo loca? Ya le dije que se fuera, en quince días se va. Yo estoy sin dormir, hice lo que tenía que hacer, se me rieron en la cara… -lloré con más fuerza y, sin darme cuenta, me estaba poniendo la campera de Javier.

-Javier: Esa es mía. ¿Qué te pasa?

-Sol: ¿Qué te pasa a vos? De pronto, soy un fracaso por hacer lo que está bien y…

-Javier: Sol, volvé acá. Te compré las sábanas de las vaquitas… decile a tu viejo que se meta tu departamento en el orto. Volvé. Vivamos juntos otra vez… ¡yo te extraño!

Soy una cobarde. No pude tolerar verlo llorar. Me fui con su campera.

Me fui.

Día 14 – Dead or Alive

15/07/2009

-Papá: Sol, no te lo quería decir por teléfono, pero Gato… ¡Gato murió! –volver a escucharlo llorar a un mes del fallecimiento de mamá me dolía más que la muerte de mi amado Gato.

Mi papá dormía con Gato, miraba tele con Gato, jugaba con Gato y –tengo que decirlo, perdón- cagaba con Gato. El animalito era todo para él.

-Sol: Calmate, papá. Sin cadáver no hay muerto. Yo lo voy a encontrar –se lo prometí segura. Segurísima. Mi sexto sentido felino me decía que la hora de Gato no había llegado, aunque la vecina jurara que la mancha de sangre en la vereda era terrible y que, obviamente, se lo había llevado el barrendero.

Cancelé todos los planes que tenía, busqué la mejor foto de Gato e hice carteles y volantes que dejé en todas las casas ubicadas en un radio de diez cuadras. Aprovechando el recorrido, visité cada una de las veterinarias que encontré, pero Gato no había estado en ninguna de ellas. Al segundo día de volanteada y pegatina, una viejita amorosa me recomendó que preguntara en una clínica veterinaria que yo desconocía. Al lado de Marley, Botitas, y Traffic, bajo el pseudónimo de “N/N”, Gato ronroneaba bajito. Abracé al veterinario, llamé a mi papá y, por primera vez en mucho tiempo, fue un placer escucharlo llorar.

La recepcionista de la clínica nos dio el teléfono de Carla, la maestra que había salvado a Gato, y la llamamos. Tomamos nota de su dirección y, apenas cortamos, mi papá me preguntó:

-Papá: ¿Cómo se llaman las carteras que usa Cristina Kirchner? –noté que no me miraba porque estaba conteniendo el llanto.

-Sol: Luois Vuitton, ¿por?

-Papá: Porque le vamos a comprar una de esas. Sí, las que usa Cristina y todas envidian.

Carla vivía en un departamentito muy modesto junto a su pareja y su hermana, su salario docente no era extraordinario y, sin embargo, había pagado los $850 de la operación de urgencia de Gato. Sin dejar de abrazar la cartera, Carla nos relató lo ocurrido con Gato.

-Carla: Cuando lo vi caer del techo de su casa, lo recogí como estaba y le toqué el timbre a la vecina, pero me dijo que no conocía a nadie con gato y se negó de mal modo a darme una frazadita para envolverlo y llevármelo a otro lado.

Mi papá y yo nos miramos llenos de odio. Esa vecina era la misma vieja a quién mi mamá le iba a cobrar la jubilación en invierno y mi papá llevaba en auto a la iglesia, porque el hijo siempre se negaba a hacerlo.

-Superyó: Pst, pst. Hacés bien en recordar todas estas cosas, Sol. ¿Quién querés ser?, ¿la vieja de mierda o la maestra bondadosa?, ¿la vecina o Carla?

Sumergido en un charco de sangre, Benito me miraba con ojos suplicantes desde el bidet.

-Sol: No tendrías que estar acá, ya deberías haberte ido -le dije en voz baja mientras me subía el pantalón del pijama-. Y ahora esto… ¿qué voy a hacer con vos, enviado de Satán?

Día 1 – primera parte

09/06/2009

Mis papás se conocieron a los 15 años en un cumpleaños, a los 23 se casaron y se fueron de luna de miel a la Patagonia. En esa época, ambos militaban en una agrupación universitaria y, mientras disfrutaban de los primeros días de su matrimonio, supieron que estaban en una lista negra y ya no pudieron volver a Buenos Aires. Por ese motivo, yo nací en Río Negro, igual que mi hermana mayor.

Con el retorno de la democracia, decidieron que lo mejor para sus dos hijas era vivir en la ciudad, así que compraron una casita con jardín en Caballito, donde yo viví hasta los 20 años.

Mi hermana y yo siempre fuimos dos personas totalmente opuestas. Ella, contadora. Yo, música. Ella, ordenadísima. Yo, un desastre. Ella, fría como un témpano. Yo, sensible y generosa. Ella, una chica formal y tenaz, gerenta de un estudio que conoció la vida fuera de la casa de papá y mamá al casarse.

Yo me fui a vivir sola a los 20 años, sin heladera, sin mesa, sin sillas y sin televisor. Sólo tenía una laptop Pentium I con diskettera. Me fui dando un portazo y ganando $400 por mes trabajando como secretaria en un call center. Alfredo, mi novio, me propuso casamiento y yo contraoferté una convivencia de prueba. Nos mudamos a un dos ambientes por Parque Centenario, pero a los pocos meses comprobamos lo bien que habíamos hecho en no casarnos y cada cual siguió por su lado.

Viví sola 5 años y me dediqué a albergar a cuanto homeless se me cruzara: compañeros de trabajo, conocidos, un amigo sueco que conocí por ICQ y hasta novios de mis amigas.

Después llegó Javi, mi novio, con quien conviví durante dos años. Hace 6 meses decidimos que lo mejor era vivir separados mientras intentamos recomponer nuestra relación, así que pasé los dos primeros meses de este año yendo de casa en casa de mis amigos.

Una de esas casas fue la de Gabriel, donde me quedé una semana. Él había vuelto de Brasil para retomar sus estudios y no conseguía trabajo y como yo no tenía que entregar ninguna composición, nos pasamos 7 días tomando cerveza y jugando a la Playstation.

Cuando Gaby me llamó para preguntar si podía quedarse conmigo en mi flamante tres ambientes en Caballito, no lo dudé: era una ocasión genial para devolverle el favor.

Me había llamado desesperado: lo habían estafado. Pronto, yo descubriría quién era el verdadero estafador.