Posts Tagged ‘Mi hermana’

Día 2 – Cuestión de fe

22/06/2009

El agua hervida, la yerba lavada. Mi mañana, definitivamente, no era lo que yo había esperado.

-Sol: ¿No fuiste a trabajar? -tenía la ilusión de tener un tiempo sola para procesar lo que había pasado el día anterior.

-Gaby: No, me pedí dos días por mudanza en el laburo… esto me mató…

-Sol: Y, sí. Pero, ¿por qué no intentás llamarlo otra vez? Recién pasó un día, seguro se quedó sin batería.

-Gaby: Qué sé yo…

Desayunamos en el living y cuando avisé que iba a poner la pava otra vez, Gaby me preguntó si podía llevar sus cosas para mi estudio, su futura habitación. Por un segundo sufrí pensando en mi querido estudio. Viviendo con Javier me tuve que acostumbrar al comedor, al living. El despacho era suyo y solamente suyo. Siempre compartí la habitación con mi hermana mayor y, cuando viví sola, me tuve que conformar con el living de un dos ambientes para hacer mis cosas. Además, el living de mi casa actual, a diferencia del resto, es muy oscuro.

Gaby se sirvió otro café y seguimos conversando.

-Sol: Ya me parecía raro que no te pidiera garantía.

-Gaby: A mí no, porque como es amigo de Josefina, pensé que me hacía el favor.

-Sol: ¿Cuánto costaba el alquiler?

-Gaby: Y… el primer año, $800 y $900 el segundo… era una re oportunidad.

-Sol: ¿Tan barato? –hasta conseguir mi departamento, recorrí cada inmobiliaria y leí los clasificados durante dos meses y, ése, no era el precio de mercado- ¿No te hizo dudar? ¡Sos un pichón! ¡caíste como el mejor! O, seguro, estaba hecho mierda, ¿no?

-Gaby: No sé, no lo vi… justo lo estaban pintando cuando me encontré con él para darle la plata.

-Sol: ¿No lo viste? ¿le diste todos tus ahorros por un departamento que ni sabías en qué condiciones estaba?

Gaby afirmó con la cabeza sin inmutarse, mientras terminaba su segunda taza de café. Cuando se levantó a servirse una tercera, lo seguí hasta la cocina al grito de “¡pichón! ¡Mr. Burns se hubiera hecho un festín con vos!”, sólo para descubrir que había abierto el paquete de café colombiano que me había traído Javier y que yo reservaba para alguna ocasión especial. Me sentí más ultrajada que cuando me vio en ropa interior y bailando en puntitas de pie.

-Sol: Sabés… hasta que yo termine la composición que me encargaron, mejor dejemos tus cosas en el living.

Día 1 – primera parte

09/06/2009

Mis papás se conocieron a los 15 años en un cumpleaños, a los 23 se casaron y se fueron de luna de miel a la Patagonia. En esa época, ambos militaban en una agrupación universitaria y, mientras disfrutaban de los primeros días de su matrimonio, supieron que estaban en una lista negra y ya no pudieron volver a Buenos Aires. Por ese motivo, yo nací en Río Negro, igual que mi hermana mayor.

Con el retorno de la democracia, decidieron que lo mejor para sus dos hijas era vivir en la ciudad, así que compraron una casita con jardín en Caballito, donde yo viví hasta los 20 años.

Mi hermana y yo siempre fuimos dos personas totalmente opuestas. Ella, contadora. Yo, música. Ella, ordenadísima. Yo, un desastre. Ella, fría como un témpano. Yo, sensible y generosa. Ella, una chica formal y tenaz, gerenta de un estudio que conoció la vida fuera de la casa de papá y mamá al casarse.

Yo me fui a vivir sola a los 20 años, sin heladera, sin mesa, sin sillas y sin televisor. Sólo tenía una laptop Pentium I con diskettera. Me fui dando un portazo y ganando $400 por mes trabajando como secretaria en un call center. Alfredo, mi novio, me propuso casamiento y yo contraoferté una convivencia de prueba. Nos mudamos a un dos ambientes por Parque Centenario, pero a los pocos meses comprobamos lo bien que habíamos hecho en no casarnos y cada cual siguió por su lado.

Viví sola 5 años y me dediqué a albergar a cuanto homeless se me cruzara: compañeros de trabajo, conocidos, un amigo sueco que conocí por ICQ y hasta novios de mis amigas.

Después llegó Javi, mi novio, con quien conviví durante dos años. Hace 6 meses decidimos que lo mejor era vivir separados mientras intentamos recomponer nuestra relación, así que pasé los dos primeros meses de este año yendo de casa en casa de mis amigos.

Una de esas casas fue la de Gabriel, donde me quedé una semana. Él había vuelto de Brasil para retomar sus estudios y no conseguía trabajo y como yo no tenía que entregar ninguna composición, nos pasamos 7 días tomando cerveza y jugando a la Playstation.

Cuando Gaby me llamó para preguntar si podía quedarse conmigo en mi flamante tres ambientes en Caballito, no lo dudé: era una ocasión genial para devolverle el favor.

Me había llamado desesperado: lo habían estafado. Pronto, yo descubriría quién era el verdadero estafador.