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Día 22 – El pasado me condena

04/09/2009

Mi valija estaba armada hacía días, aunque la amenaza de mi partida pasó a ser cierta una mañana de sábado. Javier me pidió que lo hiciera en su ausencia y se fue a almorzar a la casa de sus padres. Después de llorar desconsoladamente en la escalera, cerré la puerta de la que era nuestra casa con llaves que dejaron de ser mías en el mismo instante en que las deslicé por la ranura del buzón.

Le di la dirección al taxista y fumé todo el viaje. Me sentía mutilada, amputada de la parte que más amaba de mi vida pero, al mismo tiempo, me sentía entera, decidida. Nuestra relación no podía seguir así. Definitivamente, éste no era nuestro momento. Nos habíamos convertido en dos extraños que se saludaban por la mañana y evitaban verse hasta la noche, aunque sólo nos separaran un pasillo de tres metros y dos puertas. Las discusiones se habían vuelto constantes y lo que en algún momento nos pareció encantador del otro se había transformado en algo irritante. Esa no podía ser mi vida, pensaba. Si era así después de dos años de convivencia, no quería imaginar lo que el futuro nos deparaba dentro de veinte años. Ya casi no salíamos y sólo nos sacábamos el jogging para ir a comprar algo, estábamos las veinticuatro horas del día juntos y sintiéndonos solos. Aunque más no fuera para preservar la posibilidad de reencontrarnos en algún otro momento, yo tenía que irme y lo sabía.

Un amigo que me había hecho recientemente en una productora para la cual trabajaba me invitó a quedarme en su casa: un ph enorme con ocho habitaciones que compartía con otros amigos. Para pagar el alquiler, solían albergar a estudiantes extranjeros que pagaban en moneda del mismo tipo, pero a mí me aceptaron sin pedir nada a cambio. Al principio tuve una habitación sólo para mí, pero convinimos que cuando Maxi se fuera de vacaciones a Colombia con Ramiro, otro de los chicos que vivía ahí, yo me mudaría a la suya para que un chico estadounidense ocupara la mía y así saldar la abultada deuda que tenían con el proveedor de Internet.

Ramiro era alto, pelirrojo de ojos verdes y estudiaba sociología. Desde el principio demostró estar interesado en mí y en lo que hacía. Había aprendido a tocar la guitarra por su cuenta y lo hacía muy bien. Yo estaba profundamente agradecida con ellos por haberme recibido y, para demostrárselo, solía cocinar casi todas las noches y cenábamos todos juntos en el inmenso patio del caserón. Uno a uno, los chicos se iban a su habitación y yo me quedaba con Ramiro tocando hasta cualquier hora. Cantábamos temas de The Cure, de Radiohead y Nirvana, tomábamos vino, conversábamos. En el último tiempo de nuestra convivencia, Javier siempre me pedía, algo enojado, que tocara con auriculares, que cantara más bajo. Ramiro, en cambio, venía a estudiar a la cocina mientras yo trabajaba, porque decía que le encantaba escucharme mientras leía.

Dos semanas después, cociné una cena especial para Ramiro y Maxi, porque al día siguiente partían a Colombia. Nuevamente nos volvimos a quedar solos, pero esta vez noté que el resto de los chicos se habían ido a sus habitaciones más temprano que de costumbre y que Ramiro me miraba de un modo especial. Tocamos un rato, él con su guitarra criolla y yo con mi bajo acústico y cuando le propuse intercambiar instrumentos, me besó. Hacía tanto tiempo que no besaba a otra persona que no fuera Javier, que sentí un vacío en la panza y las manos se me aflojaron hasta dejar caer el bajo. Esa noche dormimos juntos, pero amanecí sola en una habitación que no era la mía. Sobre la mesa de luz, Ramiro dejó una nota de despedida en la cual me decía que me quedara en su habitación, que era la más linda de la casa y tenía aire acondicionado.

Durante su estadía en Colombia intercambiamos varios mails y hasta me llamó tres veces. La última vez fue para confirmar que lo nuestro había sido algo que no iría más allá de aquella noche: Javier había vuelto con una propuesta que no pude rechazar. Me ofreció que volviéramos a ser novios, que viviéramos en casas separadas hasta concretar nuestro sueño de una casa enorme que mitigara los efectos de la convivencia full time a la cual nos exponían nuestros trabajos. Me invitó a salir, me llevó al lugar donde fuimos en nuestra primera cita y yo volví a ver en sus ojos ese halo de para siempre.

-Gabriel: ¿Javier sabe de Ramirito, eh? –dijo desde el suelo mientras se tocaba la mandíbula- ¡Mentirosa!