Posts Tagged ‘Mamá’

Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 22 – Correo negro

02/09/2009

Mi mamá solía decir que lo único que nos quería dejar a mi hermana y a mí era una buena educación y un techo seguro porque, antes de morir, rifaría todo y se iría de viaje con mi papá. Si bien no pudo realizar su tercer deseo, el haber conseguido los otros dos le permitieron atravesar su enfermedad con la calma de las promesas cumplidas.

Cuando le diagnosticaron el primer tumor, ella supo que su destino –más pronto o más tarde- sería el del resto de su familia: todos habían muerto de cáncer, todos. Fue así que decidió empezar a preparar su partida. Un día le conté que me había costado mucho levantarme de la cama y en sus enormes ojos turquesa pude ver cómo se combinaban el enojo con la desesperación. Me dijo que yo ya sabía qué tenía que hacer en esos casos, que tenía que tener siempre mis gotas a mano, que tenía que comer cosas dulces aunque no me gustaran y, agregó seria, entera, que ella no iba a estar siempre para cuidarme. Dijo esto último y yo la reté, le pedí que no dijera esas cosas. Ella me tomó de las manos y me explicó serena que era el ciclo de la vida y ella quería cumplirlo bien, dejando como legado dos hijas autosuficientes e independientes. “Yo ya hice mi parte -solía decirme-, ahora te toca a vos”.

Es por ello que para mí, mi departamento, el que ella me legó, significa mucho más que dos habitaciones con cochera, es lo que mi mamá quiso que yo tuviera y, para lograrlo, tuvo que ponerse firme con mi papá, quien tiene un gusto especial por las carreras y el casino. Una mañana, me contó, mi papá le dijo que se iba a desayunar afuera como era su costumbre, pero notó algo extraño y lo siguió. Deben servir rico café en el casino de Puerto Madero, aunque seguramente no era lo que lo había motivado a ir a las nueve de la mañana. Al salir, mi papá encontró en el parabrisas de su auto una nota que le advertía: “Tu familia o esto”. Felizmente, eligió lo primero y desde ese momento todo el dinero pasó a ser administrado por mamá y, un año más tarde, mi hermana y yo recibíamos un mail con la escritura de nuestras futuras casas.

Sumada a la sensación de injusticia, la negativa de mi papá cuando le pedí mi departamento me dejó otra de desprotección y orfandad. Esas paredes eran el refugio que mamá me había dejado y él me lo negaba. Luna me dijo que ese espacio no sólo era un lugar para vivir, sino un campo de poder que materializaba otras cosas más complejas. Pola, por su parte, se puso como loca y quiso iniciar todo tipo de acciones legales, pero yo preferí no llegar a ese nivel de confrontación. Sin embargo, permití que leyera la escritura porque me quise asegurar de que no existiera ninguna cláusula de usufructo y esas cosas que yo no entiendo bien, pero ella sí. El archivo estaba en mi webmail y reenviárselo a Pola implicó reencontrarme con las palabras de mamá. “Hijas, les mando la escritura de… ¡sus futuras casas! Revísenla y nos vemos en una semana para la firma. La doctora me dijo que me queda un tiempo más con el tamoxifeno y después… ¡el alta!”

Aquella tarde, cuando increpé a Gabriel, todos estos recuerdos movilizaron en mí una furia que no me conocía. Sinceramente, lo hubiera golpeado, pero antes quería tener la certeza de saber qué lo había motivado a guardar ese archivo en su pendrive, porque sin las firmas, no sirve para mucho.

-Gabriel: ¡Es que me mentiste, Sol!

-Sol: ¡¿Vos me estás cargando, hijo de puta?!  ¡Te recibo en mi casa, te presto mi computadora y me tratás de mentirosa! ¡¿Qué carajo te falla?! –exclamé ya disfónica. Tiré la tijera contra una pared, más que nada para evitar la tentación de usarla contra él y me aferré a una silla, que terminé pateando de impotencia.

-Gabriel: ¡Me dijiste que estaba como bien de familia y por eso no me podías salir de garante! –tenía razón, le había mentido. ¿Y? Me reí como una chiflada en su punto de máximo desequilibrio y lo inquirí.

-Sol: ¿Pensaste en algún momento que yo te iba a salir de garante a vos? ¡A vos! ¡Ni a vos ni a nadie! –volví a mentir, porque no dudaría en hacerlo por Pola o por Lucha, pero no me preocupaba ser exacta, sino dañina e hiriente- ¿No te das cuenta de que no te quedan amigos? Cuando volviste de Brasil, nadie te hizo una fiesta de bienvenida. Cuando te mudaste, tuviste que contratar peones porque nadie, nadie, se molestaría en ayudar a una montaña de bosta como vos. Ninguno de los chicos te quiere ya –me refería a los amigos de Alfredo que teníamos en común-, ninguno te habla. Pensé que habías cambiado en algo, pero seguís siendo el mismo imbécil. ¡Jamás creciste!

-Gabriel: Claro… ¡para vos todo fue fácil! ¡Todo te vino de arriba!

-Sol: ¡A mí no me gritás! ¡Y te vas ya de mi casa!

Lucha entró corriendo y francamente preocupada.

-Lucha: ¡Se escuchan los gritos desde abajo! ¡Cálmense! –Gabriel se quedó inmóvil y yo me puse a llorar en el hombro de Lucha- ¿Qué pasa, Sol? ¿Qué te pasa?

-Sol: Este hijo de puta me revisó la computadora, Lucha. Tenía mi escritura, quiero que se vaya, ¡que se vaya ya! –la abracé más fuerte y ahogué mis lágrimas en su hombro. Empecé a tironear del sweater de Lucha como si fuera una nenita y así contenía mi violencia.

-Lucha: ¡Enfermo! ¡Andate! ¡Encima tenés toda la boca podrida! ¡Me das asco!

-Gabriel: ¡Vos no te metas!

-Sol: ¡Andate! –mis palabras sonaban a súplica. Me acerqué hasta donde estaba Gabriel y lo sacudí por los hombros.

-Gabriel: ¡Me mentiste! Y no sólo a mí, ¡le mentiste a Javier!

-Sol: ¡Andate!

-Gabriel: No me voy nada, no tengo a dónde ir. ¡No tengo garantía!

-Sol: ¡Andate o le cuento a Josefina que la estafaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Te vas a un hote, no me importal!–traté de llevarlo hasta la puerta, pero fácilmente Gabriel me sostuvo los brazos en el aire.

-Gabriel: ¿Qué? Yo no estafé a nadie, acá la única mentirosa sos vos.

-Lucha: ¡Soltala y andate! –Gabriel no le hizo caso y me dijo, mirándome fijo.

-Gabriel: Leí tus mails, Sol.

Repasé mentalmente mi correo sin poder descifrar a qué se refería. Traté de zafarme de Gabriel y después de forcejear un poco, ya no necesité hacerlo más: Lucha le había asestado una piña digna de un boxeador.

Día 22 – Sweet Charity

27/08/2009

En un rincón de mi alacena tengo reservados algunos pequeños tesoros que fui acumulando de viajes propios y otros de Javier. Tengo té de lulo, papayuela, mora, lemongrass, uva y otros que no sé cómo pronunciar. En la heladera, en el cajón menos visible, guardo café ecuatoriano, colombiano, brasilero e italiano. Luna dice que debería dejar de reservar las cosas ricas para los otros y empezar a disfrutarlas cuando me plazca, pero ese día agradecí no haberle hecho caso.

Me sentía incómoda, avergonzada y en deuda. El café sería una buena, aunque insuficiente, retribución para Federico, mi salvador.

-Sol: ¿Cuál preferís? Tengo éste, éste, éste, éste, éste y éste café –le pregunté mientras exhibía uno a uno los paquetes de café-. Si no, te puedo hacer té… tengo de canela, de maracuyá, de uchuva, de…

-Fede: Prefiero café, Soledad –me interrumpió y eligió el café ecuatoriano.

-Sol: Solange, me llamo Solange –le aclaré mientras llenaba el filtro de la cafetera.

-Fede: Qué lindo nombre… -dijo sin mucha seguridad.

-Sol: No te preocupes, creo que sólo a mi mamá le gustaba, por eso me lo puso. Mi papá dice que es nombre de gato –le dije mirándolo seriamente. Cuando se rió, empecé a soltarme-. En el primario, cuando tomaban lista y la profesora decía “Solange Schwartz”, mis compañeros hacían “ssshhhhh, sssshhhhh” y alguno murmuraba “’sory’, Solanssssshhhhh”.

Cuando el café estuvo listo, le ofrecí las tostaditas de Lucha y aceptó encantado. Me sentía avergonzada después de confesar que no tenía ni los $50 que costaba su visita, y como los nervios potencian mi torpeza, untar las tostadas se convirtió en un desafío. Por suerte, sólo se me cayeron dos, obviamente, del lado de la mermelada. Federico pasó al baño y aproveché para echar una medida del whisky barato de Gabriel en mi taza.

Después de halagar mi café con tostadas, Federico me pidió que le contara porqué vivía con Gabriel, porqué me había encargado del gato y toda la historia que ustedes ya conocen. Intenté resaltar las partes divertidas, porque todo lo patético ya estaba a la vista.

-Fede: ¿Y encima salvaste al gato? –me preguntó incrédulo.

-Sol: Sí, y mirá como me paga el felino endemoniado –me arremangué los jeans y le mostré las cicatrices. Estaba encendida, el whisky había surtido efecto y nos estábamos divirtiendo.

Conversando, supe que tenía 30 años, que siempre había querido trabajar con animales grandes pero que en nuestro país es difícil porque no abundan, que sueña con ir a África y que además de atender clientes particulares y estar a cargo de la guardia de la clínica tiene otro trabajo fascinante. Tres veces por semana va al zoológico, donde intenta optimizar las condiciones de cautiverio de los animales a pesar del bajo presupuesto con el que cuenta. Describió sus tareas como las de un escenógrafo o un decorador de interiores. Él es el que encarga plantas propias del hábitat natural de los leones, por ejemplo, o decide dónde va tal o cual roca para que descanse. También es activista de Greenpeace y suele participar en las protestas estrafalarias de dicha organización.

-Sol: Hippie, sos un hippie. ¿Te bañás? –le dije jocosa.

-Fede: Todos los días –respondió divertido-. Eso sí, fumo marihuana.

-Sol: ¡Hippie! ¡Hippie! –lo acusé señalándolo con el dedo y nos reímos a carcajadas.

Me pidió la computadora para mostrarme fotos de las protestas y lo pude ver disfrazado de rata atrás del Jefe de Gobierno de la Ciudad, reclamando por la sanción de la ley “Basura Cero” o haciendo de tatú carreta muerto en el Obelisco. Nunca fui una amante de la naturaleza, pero me pareció fantástico su compromiso.

Después llegó el turno de su interrogatorio. Cuando le conté que era música, me pidió que le tocara alguna de Silvio Rodríguez y, nuevamente, lo acusé de hippie. Se declaró culpable, pero no por eso dejó de insistir. Afortunadamente, siempre tengo a mano un cuadernito con canciones populares, esas que todo el mundo sabe y siempre piden. Busqué el golpe de efecto con los clásicos de fogón hippie y lo conseguí: en el estribillo de “Ojalá”, Federico se puso a cantar a los alaridos, con los ojos cerrados, emocionado. Tuve que hacer una pausa, porque la risa me impidió continuar.

-Fede: Entonces, estás soltera, ¿no?

-Sol: Ehhh… sí, creo que sí… es una historia larga… -escuché el ruido de la puerta y recé porque fueran Lucha y su abultada billetera. Pero la suerte no estaba de mi lado aquella mañana.

-Gabriel: ¿Torturando al veterinario? –preguntó tratando de sonar gracioso, pero Federico lo miró con un gesto de indiferencia y me tomó de la mano por debajo de la mesa. Me enderecé en la silla tratando de disimular mi sorpresa y, con la excusa de ofrecerle otra tostada, liberé mi mano de la suya.

Federico le explicó lo que había pasado con el gato y lo retó por no cumplir con lo acordado. Gabriel se disculpó diciendo que no tenía dinero para el tratamiento ambulatorio.

-Federico: Pero así te termina costando más caro. La consulta a domicilio son $100.

-Sol: ¿Pero no eran cin…? –Federico volvió a tomarme de la mano y la apretó suavemente, dándome a entender que no dijera nada.

Gabriel le pagó y Federico me pidió que le bajara a abrir.

Una vez arriba de su bicicleta, se acercó y volvió a darme la mano, me besó en la mejilla y se fue pedaleando. No me dio tiempo a decir nada, ni a rechazar los cincuenta pesos que ahora eran míos.

Día 20 – Merienda en Caballito’s

10/08/2009

Merendar entre dos heladeras en un tres ambientes en Caballito, tiene menos glamour que desayunar en Tiffany’s, por supuesto. Pero saborear los deliciosos mates de Lucha encandilada por el brillo de la cocina, era un verdadero placer. Para no perder la costumbre, cocinó una infinidad de tostaditas de baguette y las guardó en un frasco que, definitivamente, no era mío.

-Lucha: Es lo único que me traje de la casa de Rubén. No puedo vivir sin tostaditas y éste las conserva como a mí me gustan. Odio las tostaditas húmedas.

-Sol: Hmmmm… eshhhtán riquíshimash –le dije, mientras masticaba una llena de manteca y mermelada de rosa mosqueta.

-Lucha: Era la mermelada que le gustaba a tu mamá, por eso la compré –sonrío de medio lado y siguió untando como si fuéramos ocho personas en vez de dos, pero en ningún momento se me ocurrió frenarla -. ¿Te acordás de cuando tu mamá estudiaba de noche en el comedor y nosotras íbamos gateando a robar salsa que había quedado en la sartén?

-Sol: ¡Parecíamos dos ratas! –le respondí entre risueña y melancólica-. Lo mejor era cuando nos descubría y nos corría dándonos pataditas en el traste.

-Lucha: Sí, ¡qué susto le dábamos! -untó otra tostadita y me preguntó- ¿Querés que te prepare más?

-Sol: No. Ni sé cómo me voy a terminar todas las que hiciste, pero lo voy a lograr. Igual, debería ponerme a dieta ahora que estoy soltera, ¿no? ¡Ni loca!

-Lucha: ¡Ja! ¿Te acordás cuando mi mamá te decía “lombriz fajada”?

-Sol: Pffff… qué buenas épocas. Comía como un cerdo y no engordaba nada –había dicho una gran verdad. Cuando tenía catorce años ya medía 1,74 y pesaba 45 kilos. Todos pensaban que era anoréxica o bulímica, excepto las personas que me conocían.

-Lucha: Cómo comías… era un asco verte –hizo una mueca de desagrado y cerró el frasco.

-Sol: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vas a volver a la casa de tu mamá?

-Lucha: No, no, con lo que me costó irme, si vuelvo ahora no me voy más. Encima, el otro día, fui a visitarla y estaba viendo otra vez el video del “Niño Predicador de Las Vegas”.

-Sol: ¡No te puedo creer! Tenemos que conseguir una copia –Rita tenía un hermano que vivía en Estados Unidos y, cuando lo fue a visitar, quedó fascinada con el Niño Predicador. Honestamente, el mejor orador que escuché en mi vida-. Sí, es verdad, no podés volver con tu mamá. Mirá si trata de exorcizarte otra vez…

Cuenta la historia que, después de una fuerte pelea con su madre, Lucha se puso a mirar televisión en el sillón del living cuando, inesperadamente, Rita apareció sosteniendo un crucifijo y, mientras rezaba en voz alta, le arrojó una botella entera de agua bendita.

-Lucha: Sí, por mi salud mental y espiritual, no voy a volver y no da que duerma en el consultorio –ella era dentista, pero su verdadera pasión era la docencia. Por eso, apenas sí atendía a pacientes particulares, sacrificando gran parte de lo que podrían llegar a ser sus ingresos-. Me parece que voy a tener que dejar alguna cátedra, pero mejor espero a que termine el próximo cuatrimestre y después me pongo en campaña para alquilar algo.

-Sol: ¿Próximo cuatrimestre? –pensé-. Eso significa que se va a quedar como… ¡hasta Navidad! ¡Año Nuevo!

-Superyó: ¡Jeloouuuuuu! ¿Pensaste que me iba a quedar callado durante mucho tiempo? No te diste cuenta, pero yo te convencí para que le mandaras el mail al Rockstar. Ezequiel es tu amigo y lo tenés que ayudar sin esperar nada a cambio. Y ahora tenés que bancar a Lu, que es como tu hermana.

-Ello: ¡Quiero mi estudio! ¡Necesito mi estudio! ¡Quiero andar en calzones por mi casa!

-Yo: Basta, Lucha es nuestra amiga, no como ese gil de Ezequiel. Esperemos a ver qué pasa, seguro se nos ocurre algo.

-Lucha: Tiré tu cepillo de dientes, Sol. Lo tenés que cambiar una vez al mes y no me digas que exagero. Tampoco tenías hilo dental, ¿cómo podés no usar hilo dental? Encima, tomás mucho mate. A ver, mostrame tu sonrisa –tragué rápido y le mostré todos mis dientes-. Tomás mucho mate, Sol. Mañana te venís al consultorio y te blanqueo los dientes. El cigarrillo tampoco ayuda, ¿sabés? Además, qué olor, por favor… si al menos fumaras cigarrillos rubios. Te voy a traer un enjuague bucal que me regala un laboratorio para que combatas ese aliento a pucho -siguió enumerando una lista de reglas básicas de higiene y convivencia y, con cada ítem, se me dificultaba cada vez más tragar las tostadas-. Tenemos que fijar un día para limpieza, otro para lavar la ropa, otro para ir a hacer las compras, otro para armar el menú de la semana, otro para…

-Sol: Lucha, Lucha… lo vamos viendo, ¿dale? Por ahora, yo estoy atrasadísima con la entrega de la composición y toda la situación con Javier, con Gabriel, los amigos que resultan no ser tales… no me puedo concentrar. Nada me inspira. Lo único que necesito es tranquilidad.

-Lucha: No te preocupes, Sol. Por ahora, yo me encargo de todo. Vos ocupate de limpiar el chiquero que tenés en tu habitación, así mudamos los instrumentos y el resto de tus cosas. Eso sí, del blanqueo no zafás. Ya te reservo un turno. Después, nos vamos de shopping juntas.

-Sol: Pero, Lucha, no tengo nada de plata, gasté todo en lo de Benito y no sé cuándo voy a cobrar lo del largometraje.

-Lucha: De eso también me encargo yo. Te quiero hacer un regalo sorpresa por todo lo que estás haciendo por mí y, de paso, darme un gusto.

-Sol: ¿Otra cartera?

-Lucha: Ni cartera, ni zapatos. Me voy a dar un gusto de verdad –hizo una pausa y agregó con voz pícara-. Ya lo estoy disfrutando.

Día 19 – Sgt. Lucha’s Lonely Hearts House

06/08/2009

-Mamá: Sol, saludá a la nena –escondida entre sus piernas y haciéndole honor a mi apodo de “Pitufo gruñón”, me resistí a saludar a esa nena, sin saber que no se trataba sólo de una futura compañerita de jardín de infantes, sino de una compañera para toda la vida.

Decidida, Lucha se soltó de la mano de su mamá y tomó la iniciativa. Ese día, hace ya veintitrés años, nos saludamos por primera vez.

Durante el primario, nos volvimos inseparables. Nos turnábamos para dormir en la casa de la otra y así llegábamos a pasar cuatro días en la casa de una y tres en la de la otra. Pero a mí me gustaba más quedarme en lo de Lucha. Sus padres se habían divorciado hacía mucho tiempo y no en los mejores términos. Su papá era uno más bien ausente y Rita, su mamá, tenía que combinar múltiples trabajos con la educación y crianza de sus hijos. Si bien era estricta y tenía mucha autoridad, era bastante liberal y nos dejaba jugar en la calle, algo que mi mamá jamás permitía. Además, a la noche, mirábamos la tele las tres juntas y se podía hablar, nos podíamos reir, porque no había un padre como el mío, a quien le interesaba más mirar la tele que saber cómo le había ido a sus hijas durante el día. A favor de mi papá, tengo que decir que trabajaba hasta muy tarde y llegaba cansado, pero su autoritarismo y su afán por mirar la maldita televisión, convertían a la cena en un momento que yo rezaba porque acabara pronto.  Por otra parte, Lucha tenía un hermano mayor que me pedía que le enseñara patadas de taekwondo y a la noche aparecía de la nada y simulaba pegarnos con un cinturón mientras nosotras nos reíamos y tratábamos de escapar de sus temibles garras. En fin, todo en la casa de Lucha era luz y alegría.

A los once años, Lucha estaba por ir al colegio y no se sorprendió al ver a Rita acostada sobre la alfombra, porque tenía la costumbre de hacerlo para relajar su espalda. Tampoco le llamó la atención que no le devolviera el saludo, porque trabajaba tanto para mantener sola a los tres, que vivía cansada y se dormía en cualquier lugar. Lo que sí la escandalizó hasta las lágrimas fue volver del colegio aquella tarde y encontrarla en el mismo lugar y en la misma posición. Rita había sufrido un derrame cerebral que cambiaría para siempre la vida de Lucha.

Mientras su mamá se recuperaba, Lucha pasó una temporada en casa, pero después de un tiempo tuvo que irse con su papá y su esposa, a quien nosotras llamamos Vincent, por su parecido con la Bestia de “La Bella y la Bestia”. Sigue siendo la mujer más horrible que conocí y, aún hoy, le miramos la entrepierna tratando de confirmar que es un travesti.

Lo de Rita era un milagro, decían los doctores. No sólo había salvado su vida, sino que todavía conservaba la movilidad de la mitad del cuerpo y tenía posibilidades de recuperar la del resto. Sin embargo, el derrame afectó su psiquis irremediablemente. Desarrolló un misticismo inédito, al punto de ganarse el mote de “Pastor Giménez”. Poco quedaba de aquella mujer liberal, independiente y divertida. Con tan sólo once años, Lucha se convirtió en madre de su madre y encargada del hogar. A los pocos meses ya sabía cocinar, lavar y el precio del pan. La culpa por no haber reaccionado a tiempo, haberse ido al colegio, la acompañó gran parte de su vida.

Lucha y yo fuimos a colegios secundarios diferentes, pero jamás dejamos de ser grandes amigas. Durante nuestra adolescencia, ambas nos convertimos en fanáticas de Nirvana, pero Lucha se tomó en serio el mensaje autodestructivo. Después de darnos una serie de sustos, encontró a su propia Luna y Pola y yo recuperamos a nuestra amiga.

Una Navidad hace diez años, Lucha conoció a Rubén en un boliche y jamás se separaron, hasta que ella se cansó y todas la entendimos. Rubén es la persona más divertida del mundo, el mejor de los amigos y el peor de los novios. Jamás le regaló flores, piensa que viajar es un gasto innecesario de dinero y que los cumpleaños no se deberían festejar. Pero, lo más terrible, es su concepción de la división de roles conyugales. Si por él fuera, Lucha sería algo así como su esclava o su geisha, pero está claro que nunca lo va a conseguir, no con ella. La vida la convirtió tempranamente en una mujer dura, firme y autoritaria. Desarrolló un sentido envidiable de la responsabilidad y la organización. Vivió mucho tiempo sometida a las necesidades de una persona impedida para valerse por sí misma y que tampoco podía manifestarle reconocimiento o agradecimiento alguno por su sacrificio. Estaba determinada a no repetir la historia con nadie y, con “nadie”, también me refiero a Gabriel.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeel! ¡bajá la música! –grité desesperada desde la cama. Mi cabeza estaba a punto de estallar y tenía los ojos hinchadísimos. Supuse que no me había escuchado, así que fui envuelta en ira hasta el living. Sorprendentemente, Gabriel estaba acostado, tapándose la cabeza con la almohada, mientras forcejeaba con Lucha que tironeaba de sus frazadas tratando de destaparlo.

-Gabriel: ¡Es sábado! ¡¿Qué querés, Sol?!

-Sol: Eso, Lucha, ¿qué hacés? Es sábado… -le pregunté mientras me desperezaba.

-Lucha: Sí, es sábado, día de limpieza. Me niego a vivir en el chiquero de este tipo. Volvé a dormir, Sol. Cuando éste se levante, bajo la música.

-Gabriel: ¿Y esta mina quién es, Sol? –me preguntó indignado al descubrir que era Lucha quien lo había despertado.

-Sol: Ella es Lucha, mi amiga y, a partir de ahora, le vas a hacer caso.

Día 18 – Bienvenida a la jungla

04/08/2009

Diez minutos antes de la hora pautada para la reunión, todavía estaba en pijama y con la clara intención de permanecer así. Tampoco cociné y ni me molesté en llamar a la pizzería con antelación. No quería que me abrazaran, no quería que mis amigas me consolaran, pero mi presencia inspiraba lástima y, de sólo verme en el espejo, podía sentir pena por mí misma. Estaba a punto de arrepentirme a último momento, mandarles un mensaje y decirles que lo dejábamos para otro momento.

Anunciar, verbalizar la separación era darle una entidad que yo me negaba a aceptar como cierta, como real. La gente suele reconfortarte diciendo que las relaciones son dialógicas, que no hay culpables, que las separaciones son el resultado de los errores de ambos integrantes del par y la mar en coche. Pero yo quería decir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” y que me vinieran a buscar todos los jinetes del apocalipsis para depositarme en el quinto infierno. Luna dice que la culpa es una suerte de deseo de ser castigado y, en el fondo, yo quería eso. No quería mimos, abrazos y palabras de consuelo. Quería enfrentarme con mi realidad: estaba hecha un desastre, con toda mi vida en veremos y el único abrazo que esperaba ya no iba a llegar. Veía a mamá peladita por la quimio, con la piel tan verde y turquesa como sus ojos, diciéndome: “ese chico me encanta para vos, es el mejor novio que te conocí. Es éste, Solcito”. Éste era ése al cual yo me había encargado de alejar hasta que la distancia fuera insalvable y, aunque Luna insistiera en que tenía que dejar de lado los mandatos y construir mi propio camino, yo sabía que no se trataba de una responsabilidad endosada, sino de la verdad: era él, él era mi para siempre.

Finalmente, envié el mensaje, pero ya era demasiado tarde. Mis amigas tocaron el timbre y le pedí a Gabriel que bajara a abrirles y, de paso, se fuera al demonio. La única que respondió mi SMS fue Lore. Me dijo que, de todos modos, ella no hubiera podido venir, porque le tocaba producir un móvil para el programa de televisión donde trabaja. Me llamó la atención, porque ella convino explícitamente no trabajar de noche o los fines de semana, pero no tenía ganas de seguir con el intercambio de mensajes de texto, así que le mandé un beso y quedamos en vernos en la semana.

Extrañada por la demora de las chicas, abrí la puerta y las esperé en el pasillo. Llegaron, claro que llegaron. Todas traían algo consigo. Pola hacía malabares con una caja llena de paquetes de papas fritas. Atrás de ella, Mili me saludaba con una botella de licor de huevo en una mano y un kilo de helado en la otra.

-Sol: ¿Y Lucha?

-Lucha: ¡Ahí voy! –gritó desde la escalera- ¡Pffff! ¡Cómo pesa esto! –dejó una valija gigante en el piso y se recostó contra la pared, cansada-. Me separé de Rubén.

Día 15 – Teoría y práctica del “éxito”

24/07/2009

Las mujeres solíamos ocupar un rol definido en la sociedad. Nos encargábamos de parir, limpiar y cocinar. Éramos la ligazón fundamental de la familia, el lazo que le daba sentido a todo. En aquella época, las preguntas obligadas eran “¿sabés cocinar?”, “¿sabés zurcir?”; y una mujer exitosa era la mejor anfitriona, la que tenía a los hijos mejor vestidos o aquella cuyo marido tenía una posición acomodada.

Con el correr de los años, también se nos empezó a exigir que fuéramos simpáticas, algo inquietas, que fuéramos especiales en algún sentido. Que supiéramos cocinar y zurcir, pero que también pudiéramos entablar una conversación y hacer quedar bien a nuestro compañero con algo más que una torta o una buena cena. De hecho, el orgullo de mi papá siempre fue que, gracias a su soporte económico, mi mamá se había recibido de psicóloga, psicóloga social y teóloga, pero había decidido –y podido, gracias a él, claro- usar todos esos conocimientos para entrar en una villa como si fuera su casa, ayudar a todo el mundo y publicar en revistas teológicas internacionales que le dedicaron su portada cuando falleció. Todo en forma gratuita y sin dejar de ser una ama de casa. Una terrible ama de casa, sí, pero que nunca dejó de plancharle el pañuelo antes de que él se fuera a trabajar.

En la actualidad, las cosas cambiaron drásticamente y, con ellas, las exigencias y las preguntas. Por ejemplo, cuando siguiendo a mi Cupido interior decido que tal tipo iría bien con una amiga mía, comienzo con la venta: “es música, compañera mía del conservatorio, toca la trompeta, el chelo, la guitarra, el piano” y, súbitamente, aparece la pregunta: “¿vive de eso?” Ante la negativa, el gesto de desilusión confirma que el tipo es un idiota y que yo debería dejar de jugar a Roberto Galán. Sin embargo, después de varios hechos similares comencé a preguntarme si el error, acaso, no era mío. Tal vez, esa pregunta es realmente importante.

Un año atrás, tratando de darle una sorpresa a Javier, que volvía después de un mes y medio de Oceanía, me topé con conversaciones fechadas por los días en que nos conocimos. Fue gracioso leer cómo le decía a algunos amigos “me hizo unos agnolottis de salmón riquísimos, no entiendo nada, es genial…” y a otros “tiene su proyecto independiente, un promedio de 9.10, vive sola desde los 20, es genial…”. Por un segundo me sentí bien, porque cualquier otro primate hubiera mencionado –primordialmente- otros atributos que heredé de mi mamá y que no son precisamente la inteligencia o la vocación filantrópica. Pero después de leer más veces sobre mis proyectos que sobre mis deliciosos platillos empecé a temblar. Las conversaciones eran antiguas, pero tuve la suerte de encontrarlas cuando todo en mi vida era monocromático y superar mi depresión parecía una utopía. Me vi tratando de darle una sorpresa tan cursi como pintar encima de fotos tomadas en blanco y negro y dejé de sonreír frente a la pantalla plagada de múltiples y banales halagos y me puse a llorar bajito. Pensaba qué podría decir de mí en ese entonces. ¿Qué preparaba ricos desayunos? Y qué pasaría cuando le preguntaran a qué me dedicaba. ¿Contestaría avergonzado “a preparar ricos desayunos”?

Nunca me caractericé por ser una chica ordenada, de esas que planchan toda su ropa o jamás se olvidan de pagar una cuenta. De hecho, siempre pensé que con Javier éramos la combinación ideal. Yo soy de esas personas que van a las 8.30 a.m. al chino de enfrente a comprar un dentífrico y él es de los que tienen dos de más para reponer. Yo soy de las que necesitan cigarrillos a las 4.30 a.m. y él siempre fue el que tenía un cartón guardado para que eso no ocurriera.

Sin embargo, ese encastre perfecto parece perder brillo cuando se lo ve con la lente de las cosas por venir.

-Javier: ¿Cómo que te quedaste sin plata? ¿Y si yo estaba de viaje?

-Sol: Es que el gato necesitaba la operación, ¿qué querías que hiciera?, ¿qué dejara que se muera?

-Javier: No, Sol. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de otra cosa y lo sabés.

-Sol: No voy a hablar con mi papá y eso no está en discusión. No lo voy a hacer por nada del mundo.

-Javier: Sol, tranquilizate, no es eso… no es eso… es que no puede ser así… -lo peor que se le puede decir a una mujer nerviosa es “tranquilízate”, pero los hombres nunca lo van a entender.

-Sol: Así, ¡¿cómo?! No te entiendo. Lo único que sé es que nada te viene bien. Nada –me tapé los ojos y, cuando estaba por ponerme a llorar, me contuve. Una discusión se acaba fácilmente de ese modo, pero nunca eché mano a ese recurso y no lo iba a hacer entonces.

-Javier: ¿No entendés? Yo sigo viendo casas, yo sigo pensando todo mi futuro con vos…

-Sol: ¿Y qué tiene que ver con que yo me haya quedado sin plata por pagar la operación de un gato que no es mío? Antes esas cosas te enamoraban de mí… que fuera buena, que fuera generosa y que… -me interrumpió con un grito que me desencajó.

-Javier: ¡Sol! ¿¡no me escuchaste!? Te estoy diciendo que yo sigo viendo casas porque sigo manteniendo el proyecto que teníamos.

-Sol: ¡No, no te entiendo! ¿Qué tiene que ver todo esto con lo del gato, con la plata?

-Javier: ¿¡No ves la diferencia!? ¡No la ves! Yo estoy pensando todo el tiempo cómo vamos a hacer para comprarla, ahorro cada centavo… ¡yo quiero lo mejor para vos, Sol!

-Sol: ¡Lo mejor sería que me entendieras! O que yo te entendiera… porque ya no entiendo nada…

-Javier: Vos no aceptás ciertos trabajos, porque van en contra de lo que pensás que tiene que ser la música y todo eso y… -no le iba a permitir cuestionar mis decisiones de vida, no cuando se trataba de mi arte, de mi pasión. No. Tuve que interrumpirlo.

-Sol: ¡Es mi vida!

-Javier: ¡Es tu vida! Pero yo quiero que tu vida esté unida a la mía y tus decisiones van a repercutir sobre mi vida. Ahora se te da por albergar a ese estúpido y, de pronto, no tenés un mango. No sabés cómo vas a pagar la luz. ¿Cómo vamos a hacer para comprar la casa gigante que queremos? Sol, trabajamos en casa los dos, necesitamos mucho espacio, yo…

-Sol: ¡Vos, vos y vos! ¡Vos! Vos no me vas a decir qué tengo que hacer, qué… -lloré. Ya no pude conmigo misma, con él, con lo nuestro. No pude-. ¡Sos un boludo! –por primera vez, lo había insultado-. ¡Tenemos la suerte de tener una propiedad los dos y lo único que te importa es hacer más plata! ¿Querés una casa más grande? Andá pensando con quién vas a vivir ahí… porque yo… porque yo… ¡yo no quiero saber nada más con vos! Vine acá para explicarte lo que te dijo Gabriel y me salís con esto. Me voy.

-Javier: ¡Sol! Yo no sé qué te está pasando. Desde que ese tipo está en tu casa es nuestro único tema de conversación, decís malas palabras y ahora te querés ir.

-Sol: ¿No entendés que me está volviendo loca? Ya le dije que se fuera, en quince días se va. Yo estoy sin dormir, hice lo que tenía que hacer, se me rieron en la cara… -lloré con más fuerza y, sin darme cuenta, me estaba poniendo la campera de Javier.

-Javier: Esa es mía. ¿Qué te pasa?

-Sol: ¿Qué te pasa a vos? De pronto, soy un fracaso por hacer lo que está bien y…

-Javier: Sol, volvé acá. Te compré las sábanas de las vaquitas… decile a tu viejo que se meta tu departamento en el orto. Volvé. Vivamos juntos otra vez… ¡yo te extraño!

Soy una cobarde. No pude tolerar verlo llorar. Me fui con su campera.

Me fui.

Día 6 – El refugio

03/07/2009

Cuando era chiquita, mi primer noviecito de la infancia, Dante, me dijo muy serio: “hay chicas para usar y chicas para novia, ¿querés ser mi novia, Jirafa?”. Desde entonces, siempre fui “la novia”. Todos mis noviazgos fueron relativamente largos y jamás estuve soltera por mucho tiempo. Recién pasados los veinte, recibí mi primera propuesta de matrimonio, aunque no fue la última. Sin embargo, yo siempre sabía que esas relaciones venían con fecha de vencimiento impresa. Es una sensación inexplicable, pero creo que muchos de ustedes la comprenderán: uno quiere que dure para siempre y actúa como si así fuera a ocurrir pero, interiormente, sabés que todavía te queda mucho por vivir o que esa persona, que todavía no descubrió qué quiere hacer con su vida, que se aferra a vos pensando que se-sacó-la-lotería, no es quién te inspira esa sensación de para siempre.

Junto a mis novios del pasado, yo me sentía la más fuerte, la más centrada, la que tenía una pasión que pocos entendían por la música, pero seguía todos los pasos de una vida preestablecida. Sabía que no había elegido el camino fácil y que me tenía que esforzar extra, así que siempre estudié y fui alumna de 10. Terminé el conservatorio y seguí perfeccionándome. No siendo una chica fea, jamás me interesó que fueran lindos: eso se va con el tiempo. Tampoco me importó que no tuvieran guita: eso varía como la inestable situación del país. Pero todos tenían un defecto en común: vivían la vida a medias y no sabían bien a dónde iban, qué querían, cuál era su pasión.

Hasta que apareció Javier, a quien conocí por Internet, de un modo bastante ridículo. Nuestra primera cita fue un desastre: él intentaba conquistar a una chica poco convencional con los métodos más convencionales del mundo. “Este auto me lo compré hace un mes”, fue lo primero que me dijo. Me llevó a un bar muy cool, muy chic y –definitivamente-, no de mi estilo. Pidió el vino más caro de la carta pensando que me impresionaba y toda su conversación giraba en torno a su cultura y gusto por la música clásica. Cuando salimos del bar, me sugirió que fuéramos  a mi departamento “a tocar la guitarra”. “Claro –pensé-, ‘a tocar la guitarra’”. Le pedí que me esperara abajo y, a los cinco minutos, aparecí con mi guitarra enfundada, una botella de vino descorchada y una propuesta: “vamos a tocar a la plaza”. Descalza y apostada en uno de esos bancos de cemento que dibujan la silueta de la Plaza de Serrano, toqué hasta las 6 a.m. para el público más variado. Junto a un coro improvisado con chicos de la calle, canté unas 10 veces “Ella también”, de Spinetta. Después llegaron los turistas, los afortunados que pueden salir un lunes y hasta los señores que recogen la basura. Mientras tanto, Javi intentaba en vano besarme o abrazarme.

La segunda cita fue el comienzo de todo. Considerándose derrotado, Javier se relajó. Cambió el casco de gel, por su gorrita característica, el bar chic por cerveza artesanal y su conversación snob por su historia de vida. A partir de entonces, poco importaba que el auto fuera nuevo, si el semáforo se ponía en rojo y era la oportunidad perfecta para besarnos desenfrenadamente. Me llamaba estando a diez cuadras de casa para avisarme que nos íbamos a tomar mates al río. Todo era hermoso, natural y fácil, como creo que tiene que ser el amor.

Al mes de comenzado nuestro idilio, a mi mamá le diagnosticaron un nuevo cáncer, esta vez, en el cerebro. El tumor de mama había sido el primer aviso, cinco años atrás y, teniendo en cuenta el historial de nuestra familia, supimos que era el principio del fin. Cité a Javier y le dije que nuestra relación hasta ese día había sido hermosa, pero que ahora se venían tiempos difíciles y no tenía por qué tolerar algo así por alguien que recién conocía. Me abrazó fuerte y me dijo que ni loco me dejaba, que él se quedaba para enfrentar la situación conmigo y cuando me soltó, pude ver cómo se secaba las lágrimas a escondidas, pero a mí me regalaba su mejor sonrisa.

A los seis meses, mi mamá murió. La noche del velorio, me quedé dormida sobre la falda de Javi, quien permaneció toda la noche en la misma posición, sólo para no despertarme.

¿Cómo no lo iba a amar?, ¿cómo no iba a sentirme para siempre? Desde entonces, él fue todo para mí y yo dejé de ser autosuficiente y fuerte y me permití ser cuidada, mimada y vulnerable.

Viví con Javier durante dos años y hace casi cuatro que estamos de novios. Convivir las 24 horas del día por trabajar ambos en casa, fue minando poco a poco la pasión y decidimos vivir separados. Ahora estamos intentando recomponer nuestra relación, pero no es fácil.

Javi es sobreprotector y siempre le va a estar agradecido a Gabriel por haberme albergado durante esa semana que yo me fui de casa pegando un portazo, sin tener a dónde ir. Además, él sabe cómo soy desde el principio: varonera, amiga de todos mis ex, una persona que recibe en su casa a cualquiera que esté pasando por lo que yo pasé y le parece bien. Confía infinitamente en mí y sabe que no puedo darle la espalda a mis amigos. Por sobre todas las cosas, él me respeta y, si por algo me ama, es por no ser una chica convencional.

Toda esta introducción es para que entiendan cómo me sentí el domingo cuando volví a mi casa, mi refugio. Mi salida de sábado con Javi fue un desastre y estaba aturdida de tanto pelear por cosas mínimas. Apenas puse un pie en el living, me derrumbé contra la pared y me ahogué en llanto. Lloré primero por amor y después de dolor: Benito se hizo un festín arañando mi pie, pero ni fuerza tuve para retarlo. Caminé a tientas buscando el alcohol y me tropecé con 5 envases de cerveza vacíos que Gabriel había dejado en el medio del pasillo. Después de desinfectar mis múltiples heridas y recoger los pedazos de vidrio, entré en el estudio, buscando calma en la música, pero un post it pegado sobre mi guitarra favorita, esa de madera canadiense para la cual ahorré durante cinco años, terminaba de arruinar mi día: “se me cayó, después la encolo, sorry, Gaby”. En esos momentos, pensé, lo único que se puede hacer es dormir y rezar porque el día acabe pronto. Vestida como estaba me metí en la cama y me abracé a la almohada dispuesta a llorar toda mi miseria de una vez. A los cinco minutos noté que mi jean estaba húmedo y, si bien había llorado un río, era fácticamente imposible que mis lágrimas fueran las que habían mojado mi cama. Benito maullaba desde la puerta, casi como riéndose, mientras me veía sacar las sábanas que había meado y patear el ya inservible colchón. Corrí al baño sintiéndome sucia y hedionda, sólo para descubrir que al dueño del felino también le gustaba dejar las cosas meadas o cortarse el pelo en la pileta y dejar la tijera oxidada adentro.

De pronto, suena el teléfono y, sin dejar de llorar, atiendo.

-Javier: Mi amor, me quedé mal, no me gustó que te fueras así, es que todavía no me acostumbro a vivir sin vos.

-Sol: ¡Bwaaaaaaaaaaaaaaa!

-Javier: Solcito, cosita, no estés así, sabés que yo te adoro. Hagamos una cosa, te paso a buscar en 10 minutos y te venís a dormir a casa. Ayer me olvidé de poner unas sábanas nuevas que compré, esas que te gustan, estampadas con vaquitas de San Antonio, como la cortina de tu baño, las de Arredo… mi amor, no es para tanto, no llores así, son sábanas nada más. Esperame, ya estoy saliendo.

Sonreí sin dejar de llorar, pero con la profunda felicidad de saber que mi refugio estaría para siempre donde estuviera Javier.

Día 1 – primera parte

09/06/2009

Mis papás se conocieron a los 15 años en un cumpleaños, a los 23 se casaron y se fueron de luna de miel a la Patagonia. En esa época, ambos militaban en una agrupación universitaria y, mientras disfrutaban de los primeros días de su matrimonio, supieron que estaban en una lista negra y ya no pudieron volver a Buenos Aires. Por ese motivo, yo nací en Río Negro, igual que mi hermana mayor.

Con el retorno de la democracia, decidieron que lo mejor para sus dos hijas era vivir en la ciudad, así que compraron una casita con jardín en Caballito, donde yo viví hasta los 20 años.

Mi hermana y yo siempre fuimos dos personas totalmente opuestas. Ella, contadora. Yo, música. Ella, ordenadísima. Yo, un desastre. Ella, fría como un témpano. Yo, sensible y generosa. Ella, una chica formal y tenaz, gerenta de un estudio que conoció la vida fuera de la casa de papá y mamá al casarse.

Yo me fui a vivir sola a los 20 años, sin heladera, sin mesa, sin sillas y sin televisor. Sólo tenía una laptop Pentium I con diskettera. Me fui dando un portazo y ganando $400 por mes trabajando como secretaria en un call center. Alfredo, mi novio, me propuso casamiento y yo contraoferté una convivencia de prueba. Nos mudamos a un dos ambientes por Parque Centenario, pero a los pocos meses comprobamos lo bien que habíamos hecho en no casarnos y cada cual siguió por su lado.

Viví sola 5 años y me dediqué a albergar a cuanto homeless se me cruzara: compañeros de trabajo, conocidos, un amigo sueco que conocí por ICQ y hasta novios de mis amigas.

Después llegó Javi, mi novio, con quien conviví durante dos años. Hace 6 meses decidimos que lo mejor era vivir separados mientras intentamos recomponer nuestra relación, así que pasé los dos primeros meses de este año yendo de casa en casa de mis amigos.

Una de esas casas fue la de Gabriel, donde me quedé una semana. Él había vuelto de Brasil para retomar sus estudios y no conseguía trabajo y como yo no tenía que entregar ninguna composición, nos pasamos 7 días tomando cerveza y jugando a la Playstation.

Cuando Gaby me llamó para preguntar si podía quedarse conmigo en mi flamante tres ambientes en Caballito, no lo dudé: era una ocasión genial para devolverle el favor.

Me había llamado desesperado: lo habían estafado. Pronto, yo descubriría quién era el verdadero estafador.