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Día 23 – Dra. Strangelove

28/09/2009

Benito me recibió con las patitas abiertas, ronroneando. Su pañalito y sus ojitos suplicantes me pudieron. Lo acomodé sobre mi falda y empecé a elucubrar los próximos pasos del plan, tomando unos mates en la cocina. Cuando caí en la cuenta de que estaba calculando con lujo de detalles todo lo que tenía que hacer, mientras acariciaba de punta a punta el lomo del felino, me toqué el brazo para comprobar que no me había convertido en el Doctor Garra. Afortunadamente, nada de eso había ocurrido. Desafortunadamente, aquella sensación despertó a La Pandilla.

Superyó: ¿Estás segura de lo que vas a hacer?

-Ello: ¿Le dejaste todo a Luna? Fumémonos otro porro.

-Yo: A mí me parece racional, chicos. Pongámoslo así: Lucha se arregla con Rubén, nosotros nos sacamos de encima a Gabriel, enmendamos sus errores y todos contentos.

-Superyó: Es verdad.

-Ello: Sí, es verdad. Y después nos fumamos un porro.

-Yo: Listo.

-Sol: ¡Me van a hacer llorar de la emoción! ¡Al fin están todos de acuerdo! ¡No lo puedo creer!

-Ello: ¡Esto se merece un brindis!

-Superyó: Bueh, bueh, tampoco te hagas el vivo. Primero, lo primero.

-Yo: Sí, dale.

Aunque Benito insistiera con maullidos y revuelcos para que lo siguiera mimando, tuve que hacer caso omiso a sus ojitos lastimosos y, después de dejarlo sobre la silla, fui hasta el living y teléfono en mano, puse en marcha la primera fase de mi plan.

-Sol: Hola, Rubén.

-Rubén: No me digas nada. No la aguantás más. ¿Viste? Es una dictadora de la limpieza y el orden… ¿tanto le cuesta pasarle un pedacito de papel al asiento del inodoro? –evidentemente, iba a ser más difícil de lo que pensaba- ¿Cuándo vuelve?

-Sol: Justamente por eso te llamaba, Rubén. No-va-a-vol-ver. Lucha está planeando largar alguna cátedra, atender a más pacientes particulares y juntar plata para mudarse sola a fin de año.

-Rubén: ¡¿Qué?! –touché, pensé.

-Sol: Lo que escuchás. Está enojadísima con vos y, a decir verdad, tiene razón.

-Rubén: ¡Pero si nadie la va a querer como yo! ¡Estamos juntos hace diez años! ¡No se va a ir a vivir sola nada!

-Sol: Revisa los clasificados todos los días, Rubén… -mentí, pero el fin justificaba los medios.

-Rubén: No, no, no. No puede ser… -me respondió incrédulo, con voz entrecortada-. No puede ser, Sol. Luchita, “oshita”, culo jugoso… Me tenés que ayudar. No la puedo perder.

-Sol: Por eso te llamaba. Yo te voy a ayudar, pero vos tenés que hacer todo lo que te diga, eh.

-Rubén: Lo que quieras, Solcito. Si pierdo a “osha” me muero. Yo sé que a veces soy desconsiderado…

-Sol: ¿A veces?

-Rubén: Sí, a veces. Mirá, antes de que se fuera, le compré unos guantes de hule geniales para que limpie y hasta le compré una escoba nueva.

-Sol: Sos un caso perdido, Rubén –le dije resignada.

-Rubén: ¡Pero si era uno de esos escobillones gigantes! Estuve re inteligente… ¡con ése barría toda la casa en media hora!

-Sol: Callate y escuchame que en cualquier momento llega. Anotá la dirección exacta de mi casa…

-Rubén: Sí, sí. Lo que digas.

Después de darle el resto de las instrucciones, nos despedimos.

-Superyó: Ahora me siento bien: estamos haciendo algo bueno por Luchita.

-Ello: ¿Podemos brindar?

-Yo: Hmmm… ¡y daaaaaaaale!

-Sol: ¡Salud!

Levanté mi porrón en soledad, satisfecha. No podía fallar.

¿No?

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Día 23 – Trade-In

27/09/2009

-Luna: Tarde. Otra vez, Sol –fueron sus palabras de bienvenida. Me limité a reirme y a sentarme en mi lugar.

-Sol: ¿Sabés que siempre te envidié la mecedora, no? –le dije con total honestidad-. ¿Me puedo sentar ahí?

-Luna: Éste es mi lugar y ése –señaló con el dedo mi silloncito- es el tuyo.

-Sol: Ufa, ufa. Daaaaleeee… ¡jajajajajajaja! –su cara me comunicó, claramente, que toda súplica era inútil, así que me dispuse a comenzar la sesión en el estado en que estaba, sentada en el lugar que me tocaba.

De pronto, mi estómago empezó a rugir, pero tenía todo fríamente calculado: el bajón no me iba a agarrar desprevenida, no. Abrí mi cartera y saqué un paquete de papas fritas ante la mirada impávida de Luna, que me observaba lamer la sal de cada una y después tragarlas sin masticar.

-Luna: ¿Estás ansiosa? ¿Seguís mal por la separación?

-Sol: Jijijijijijijijijiji

-Luna: Bueno, veo que ya estás mejor… pero te noto un tanto ansiosa.

-Sol: Tengo un bajón… jijijijijiji

-Luna: Por lo risueña que estás, no parece que estuvieras bajoneada.

-Sol: No es un bajón de tristeza, Luna –le guiñé un ojo y entendió todo.

Luna es una psicóloga muy reconocida en su ámbito. Además de atender pacientes particulares, como yo, trabaja en un hospital y es una militante activa por los derechos humanos,  lo cual le trajo mucha fama y muchos problemas. Al poco tiempo de frecuentarla, la googleé y descubrí que de joven había sido modelo, que escribe en un diario muy importante y que tiene un blog propio y uno apócrifo, en el cual, alguien que se hace pasar por ella ofrece sus servicios sexuales en forma gratuita. Todos sus datos estaban en ese blog y, después de mucho cavilar, decidí contarle. Avergonzada, me reveló la identidad del acosador y me explicó por qué no podía hacer nada al respecto. Digamos que tiene enemigos que hacen que Gabriel se vea como Ned Flanders. Desde entonces, soy fiel seguidora de su blog y alguna que otra vez le dejé un comentario.

-Sol: Yo también tengo un blog, Luna. Lo abrí hace unos días. ¡Jajajajajajaja!

-Luna: ¡Pasame la dirección!

-Sol: Ni loca.

-Luna: Vos lees mi blog. Dale, pasame la dirección.

-Sol: No.

-Luna: ¿Y sobre qué escribís?

-Sol: Los eventos de mi vida desde la llegada de Gabriel. De paso, te cuento. El tipo me revisó la computadora y supo lo de Ramiro. Ahora me está extorsionando sutilmente y ya descubrí toda la verdad sobre la estafa.

-Luna: ¿Y lo escribiste en el blog?

-Sol: Todavía no llegué a esa parte… ¡pero vos aparecés!

-Luna: ¿En serio?

-Sol: Sí –asentí con la cabeza e incliné el paquete de papas fritas para comerme las miguitas.

-Luna: Sol, dale… pasame la dirección del blog.

-Sol: Si me dejás sentar en tu mecedora.

-Luna: No –pude ver que la intriga la carcomía y, en el estado psicodélico en que estaba, claudicar no era una opción. Quería mecerme en su hermosa silla thonet esterillada.

-Sol: Entonces no te digo nada la dirección –me crucé de brazos y conté hasta diez, segura de que era el tiempo necesario para que aceptara los términos de mi intercambio.

-Luna: Hmmm… bueno. Pero sólo por hoy, ¿eh?

Apenas estuve ubicada en mi lugar, le conté todo lo que había pasado en la semana, logrando mi cometido: que se olvidara del blog.

Cuando nos despedimos, abrí la cartera para pagarle y ella me alcanzó una birome.

-Luna: Tomá. Escribime la dirección acá.

-Sol: Ehhh… -revolví la cartera fingiendo estar distraída buscando algo de cambio y empecé a bajar las escaleras.

-Luna: Ah, no, Sol, vení para acá, ¡nuestro trato era que me dabas la dirección! –cuando pensé que ya no tenía escapatoria, encontré la solución al asedio de Luna porque cumpliera con mi palabra.

-Sol: Tomá, es importada. Gentileza de Gabriel. Chau, ¡me fui!

Una vez en la esquina pude ver como Luna dejaba de agitar la birome y el papel, abría su mano, sonreía, se llevaba el paquete al bolsillo y cerraba la puerta.

Día 21 – Hay bronca dos por tres… ¡y siga el jazz!

17/08/2009

Luna insistió en pedirme un taxi y yo en caminar. La sesión había sido corta pero intensa y lo único que quería era relajarme.

Aunque la cabeza me doliera y apenas pudiera mantener la compostura, estaba feliz. Había tomado la decisión de serlo, de empezar a vivir para mí. Todo lo que tenía que hacer era poner mi vida en perspectiva: tengo 28 años, trabajo de lo que estudié y –modestia aparte- soy buena. Conservo a mis amigos de la infancia y tengo algún que otro digno festejante que me arrastre el ala. Además, ¿cuánta gente puede darse el lujo de caminar en estado de total ebriedad por los pintorescos pasajes de Caballito un lunes a las nueve de la noche? “No mucha”, me dije y entré al bar donde sirven el mejor Bloody Mary de la ciudad, el cual pedí acompañado de papas fritas. Las canciones que toqué en el desafinado piano del lugar pagaron la cuenta y, después de despedirme de las camareras y el barman, decidí volver a casa.

Subí las escaleras cuidando que un pie sucediera al otro y siguiendo el ritmo de “All That Jazz”. Cada vez que completaba un piso, me paraba en el medio del descanso y agradecía a mi público imaginario, que no se cansaba de aplaudir y vivar mi performance. Sin embargo, el mío, era apenas una introducción a un show más espectacular que se estaba desarrollando puertas adentro.

Tirando cada uno de la punta de una sábana, Lucha y Gabriel se trenzaban en una lucha fenomenal. ¿Qué hacer? Me senté en una silla y musicalicé mentalmente la escena.

Lucha

Tu cama me darás,

de arriba no vivirás,

eres un rufián

Sol

“uy, soy malísima rimando”, pensé sin dejar de reirme.

Gabriel

Es mía, no te la llevarás,

antes me deberás mataaaarrrr

Sol

“Fígaro, Fígaro, Fíííígaro.”

Lucha

Esto es una lucha mortal,

la cual no ganarás,

si pretendes vencerme,

con mis puños deberás verte

Sol

“qué suerte que no me dedico a componer comedias musicales… pero es divertido, debería intentarlo alguna vez, ¡hic!”

Mientras Lucha y Gabriel seguían discutiendo, sentí que algo húmedo y áspero me tocaba la mejilla. Era Benito desde la mesa del teléfono. Mi primer impulso fue sacármelo de encima con un golpe brusco, pero lo inhibí al verlo en pañalitos, con ojos vidriosos, maullando sin su fiereza característica. Lo alcé y haciéndolo bailar en el aire, le avisé a los dos luchadores:

Sol

El gato volvió,

¡Benito, mi amor!

Tiene un pañal

y me ha dado la señal,

es hora de descansaaaaaarrrrrrrr

La risa que les provoqué hizo que aflojaran el tironeo.

Gabriel

Tu amiga está loca de atar,

la cama me quiere robar.

Lucha

Te he comprado un colchón

y lo pagará este tontolón.

En su cama dormiré,

sus sábanas usaré.

El colchón inflable será su lecho,

y pronto dejará de vivir bajo este techo.

Sol

Disculpa no haber ido a tu consultorio,

me llevan mil demonios.

¡Mátense entre ustedes,

huéspedes!

¡Paseen por Céspedes!

¡Nunca un lunes te empedes!

“Sin marido voy,

y amo lo que soy

¡y siga el jaaaaaaaaaaaaaaaaazzzzz!”

¡Hic!

Día 21 – Eclipse

16/08/2009

-Luna: Sol, ¿estás borracha?

-Sol: Naaaahhhh… zon rumorez. ¡Hic! –me tapé la boca y dejé que Luna se riera a costa mía.

-Luna: ¿Te diste cuenta de que te pusiste dos medias diferentes, no? –se estaba divirtiendo como nunca- Llegaste veinte minutos tarde. ¿Qué pasa, Sol?

-Sol: Quiero que cuando zea famozaa y eztudien mi biografía –¡hic!– ésta quede regishtrada como la estapa ozcura de Zol Schhhhwartzzzzz –estaba hablando en serio y me preguntaba de qué se reía Luna-. Janizz Joplin eda una adcohólica, ¿o no?

-Luna: Ajá. Tampoco viniste la semana pasada…

-Sol: Eshtoy en bancarrota. Lucha me preztó algo de plata ahoda que también ze queda en caza… ze peleó con Rrubén, porque él le dijo que –¡hic!- no iba a dejar de hazer pizz en…

-Luna: Sol, ¿estás albergando a Lucha y a Gabriel? ¿Qué hablamos respecto a que te ibas a priorizar y a  pensar un poco más en vos misma?

-Sol: Javi me dejó. ¡Bwaaaaaaaaa!

-Luna: ¿Te sorprende? –me quedé mirándola fija y sin pronunciar palabra alguna-. Esperame, te traigo un café y seguimos.

-Sol: Güenou…

Luna volvió con el café y una jarra de agua, la cual me tomé en tres vasos consecutivos. Me sentía apenas mejor, pero no podía controlar el mareo.

-Sol: ¿Te molezta que me recuezte en el diván?

-Luna: No, no. Pero quiero que me respondas antes. ¿Te sorprende que Javier haya terminado la relación?

-Sol: A dezir verdad, no.  Ziempre estaba disconforme… ¡nada le venía bien!

-Luna: Exacto, Sol. ¿A qué te recuerda eso?

-Sol: A papá.

Cuando decidí irme de la casa de Javier, tomé todo el coraje del mundo y llamé a mi papá. Estábamos peleados por algún motivo que no recuerdo y hacía dos meses que no hablábamos. Creo que fue porque le dije que no tenía que sentirse mal por no haberle llevado flores a mamá esa semana, ya que después de todo él es católico y, según su religión, el cuerpo es sólo el abrigo del alma, que es ubicua. Me pidió que me levantara de la mesa del restaurante, me dijo que le estaba faltando el respeto a su religión y a la memoria de mi propia madre. Volver a hablar con él después de lo ocurrido me daba miedo, no sólo porque mi papá siempre me inspiró cierto temor, sino porque sabía que no podría soportar algún otro planteo de tal naturaleza sin quebrarme. Pero después frecuentar a Luna por un tiempo, supuse que era el momento de enfrentarlo y demostrarle que no estaba dispuesta a aceptar el lugar que él y mi hermana me daban: yo no soy ninguna hija de segunda y merezco lo mismo que mi hermana mayor. Sentía que si yo no hacía valer mi posición no tenía derecho a reprochar nada, porque yo misma reproducía la situación en la cual me ponían. Así que lo llamé y le pedí que me diera mi propiedad, tal como lo había hecho con mi hermana cuando se casó. Claro que mi pedido contrastaba con el de ella, pero no por no seguir el patrón que él había estipulado para mi vida yo tenía que asumir un lugar inferior como merecido. Durante la conversación que mantuvimos, no sólo me dio la razón, sino que le dio sentido a gran parte de mi vida.

-Papá: Uno tiene que crecer en la vida. Por ejemplo, yo, que gracias a tu madre me di cuenta, aunque más no fuera tarde, que no podía seguir siendo como era. ¿Te acordás de cuando eran chiquitas? Aunque se equivocaran sin querer, yo me ponía loco –tomó la cucharita de café y la sostuvo en el aire-. Si esto se les caía de pura torpeza, me sacaba, las retaba. Pero después aprendí, gracias a tu madre, claro, que estaba mal; que si siempre les decía que todo lo que hacían estaba mal, iban a terminar por creerlo.

-Sol: Como cuando te llevaba el boletín lleno de dieces. Jamás me felicitaste. Decías: “no me importan las notas, sólo que seas buena persona”. ¿No era buena persona, papá?

-Papá: Siempre fuiste conflictiva, Sol. Pero está bien, tenés razón. Si querés mudarte a tu departamento, podés hacerlo. Pasa que tu hermana está viviendo ahí con su marido. Pusimos el departamento de ella a alquilar y con eso tu hermana me va reintegrando el valor de su propiedad, porque no quiso que se la regalara –“claro, se la estoy regalando yo”, pensé antes formularle una pregunta que hacía tiempo me venía dando vueltas.

-Sol: ¿Por qué a mí no me diste mi propiedad cuando me mudé con Alfredo? –apreté los dientes para contener el llanto, me acomodé en la silla y esperé a que me asestara la estocada final.

-Papá: Lo bien que hice… ¡mirá cómo te fue! Y cómo te va ahora con Javier, a quien yo quiero tanto… andá a saber qué habrás hecho. Pero bueno, volvamos a lo nuestro. No voy a incomodar a tu hermana, ella está casada, así que elegí el departamento que más te guste y yo te pago el alquiler.

Le dije que se fuera a la mierda y, esa vez, fui yo la que se levantó de la mesa del bar. A la semana tuvimos una sesión con Luna, los tres. Se fue dando un portazo y yo acabé hecha un estropajo ovillado en el diván. No sé si es algo ético o que los psicólogos tengan permitido, pero Luna se sentó al lado mío y me abrazó mientras yo lloraba a los gritos, ahora huérfana de padre y madre. Desde entonces, no volví a hablar con mi papá. Sólo lo vi para la firma del contrato del departamento donde vivo hoy.

Y ahí estaba aquel lunes. Sin poder trabajar o forzándome a hacerlo para reconquistar a Javier, como si no lograrlo me fuera a costar una represalia paterna.

-Luna: ¿No notás un patrón, Sol? Tenés pánico a equivocarte o a ser “mala persona”. Pensás que haciendo lo mejor y complaciendo a tu entorno vas a terminar recibiendo un reconocimiento que sabés que no va a llegar. Estás ebria porque creíste que eso te iba a inspirar, porque pensás que siendo perfecta te van a querer.

-Sol: ¡Pero si yo hago todo bien!

-Luna: ¿Y de qué te sirvió?

Ni me molesté en responderle. Ambas sabíamos la respuesta.

De nada.

Día 19 – Sgt. Lucha’s Lonely Hearts House

06/08/2009

-Mamá: Sol, saludá a la nena –escondida entre sus piernas y haciéndole honor a mi apodo de “Pitufo gruñón”, me resistí a saludar a esa nena, sin saber que no se trataba sólo de una futura compañerita de jardín de infantes, sino de una compañera para toda la vida.

Decidida, Lucha se soltó de la mano de su mamá y tomó la iniciativa. Ese día, hace ya veintitrés años, nos saludamos por primera vez.

Durante el primario, nos volvimos inseparables. Nos turnábamos para dormir en la casa de la otra y así llegábamos a pasar cuatro días en la casa de una y tres en la de la otra. Pero a mí me gustaba más quedarme en lo de Lucha. Sus padres se habían divorciado hacía mucho tiempo y no en los mejores términos. Su papá era uno más bien ausente y Rita, su mamá, tenía que combinar múltiples trabajos con la educación y crianza de sus hijos. Si bien era estricta y tenía mucha autoridad, era bastante liberal y nos dejaba jugar en la calle, algo que mi mamá jamás permitía. Además, a la noche, mirábamos la tele las tres juntas y se podía hablar, nos podíamos reir, porque no había un padre como el mío, a quien le interesaba más mirar la tele que saber cómo le había ido a sus hijas durante el día. A favor de mi papá, tengo que decir que trabajaba hasta muy tarde y llegaba cansado, pero su autoritarismo y su afán por mirar la maldita televisión, convertían a la cena en un momento que yo rezaba porque acabara pronto.  Por otra parte, Lucha tenía un hermano mayor que me pedía que le enseñara patadas de taekwondo y a la noche aparecía de la nada y simulaba pegarnos con un cinturón mientras nosotras nos reíamos y tratábamos de escapar de sus temibles garras. En fin, todo en la casa de Lucha era luz y alegría.

A los once años, Lucha estaba por ir al colegio y no se sorprendió al ver a Rita acostada sobre la alfombra, porque tenía la costumbre de hacerlo para relajar su espalda. Tampoco le llamó la atención que no le devolviera el saludo, porque trabajaba tanto para mantener sola a los tres, que vivía cansada y se dormía en cualquier lugar. Lo que sí la escandalizó hasta las lágrimas fue volver del colegio aquella tarde y encontrarla en el mismo lugar y en la misma posición. Rita había sufrido un derrame cerebral que cambiaría para siempre la vida de Lucha.

Mientras su mamá se recuperaba, Lucha pasó una temporada en casa, pero después de un tiempo tuvo que irse con su papá y su esposa, a quien nosotras llamamos Vincent, por su parecido con la Bestia de “La Bella y la Bestia”. Sigue siendo la mujer más horrible que conocí y, aún hoy, le miramos la entrepierna tratando de confirmar que es un travesti.

Lo de Rita era un milagro, decían los doctores. No sólo había salvado su vida, sino que todavía conservaba la movilidad de la mitad del cuerpo y tenía posibilidades de recuperar la del resto. Sin embargo, el derrame afectó su psiquis irremediablemente. Desarrolló un misticismo inédito, al punto de ganarse el mote de “Pastor Giménez”. Poco quedaba de aquella mujer liberal, independiente y divertida. Con tan sólo once años, Lucha se convirtió en madre de su madre y encargada del hogar. A los pocos meses ya sabía cocinar, lavar y el precio del pan. La culpa por no haber reaccionado a tiempo, haberse ido al colegio, la acompañó gran parte de su vida.

Lucha y yo fuimos a colegios secundarios diferentes, pero jamás dejamos de ser grandes amigas. Durante nuestra adolescencia, ambas nos convertimos en fanáticas de Nirvana, pero Lucha se tomó en serio el mensaje autodestructivo. Después de darnos una serie de sustos, encontró a su propia Luna y Pola y yo recuperamos a nuestra amiga.

Una Navidad hace diez años, Lucha conoció a Rubén en un boliche y jamás se separaron, hasta que ella se cansó y todas la entendimos. Rubén es la persona más divertida del mundo, el mejor de los amigos y el peor de los novios. Jamás le regaló flores, piensa que viajar es un gasto innecesario de dinero y que los cumpleaños no se deberían festejar. Pero, lo más terrible, es su concepción de la división de roles conyugales. Si por él fuera, Lucha sería algo así como su esclava o su geisha, pero está claro que nunca lo va a conseguir, no con ella. La vida la convirtió tempranamente en una mujer dura, firme y autoritaria. Desarrolló un sentido envidiable de la responsabilidad y la organización. Vivió mucho tiempo sometida a las necesidades de una persona impedida para valerse por sí misma y que tampoco podía manifestarle reconocimiento o agradecimiento alguno por su sacrificio. Estaba determinada a no repetir la historia con nadie y, con “nadie”, también me refiero a Gabriel.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeel! ¡bajá la música! –grité desesperada desde la cama. Mi cabeza estaba a punto de estallar y tenía los ojos hinchadísimos. Supuse que no me había escuchado, así que fui envuelta en ira hasta el living. Sorprendentemente, Gabriel estaba acostado, tapándose la cabeza con la almohada, mientras forcejeaba con Lucha que tironeaba de sus frazadas tratando de destaparlo.

-Gabriel: ¡Es sábado! ¡¿Qué querés, Sol?!

-Sol: Eso, Lucha, ¿qué hacés? Es sábado… -le pregunté mientras me desperezaba.

-Lucha: Sí, es sábado, día de limpieza. Me niego a vivir en el chiquero de este tipo. Volvé a dormir, Sol. Cuando éste se levante, bajo la música.

-Gabriel: ¿Y esta mina quién es, Sol? –me preguntó indignado al descubrir que era Lucha quien lo había despertado.

-Sol: Ella es Lucha, mi amiga y, a partir de ahora, le vas a hacer caso.

Día 18 – Bienvenida a la jungla

04/08/2009

Diez minutos antes de la hora pautada para la reunión, todavía estaba en pijama y con la clara intención de permanecer así. Tampoco cociné y ni me molesté en llamar a la pizzería con antelación. No quería que me abrazaran, no quería que mis amigas me consolaran, pero mi presencia inspiraba lástima y, de sólo verme en el espejo, podía sentir pena por mí misma. Estaba a punto de arrepentirme a último momento, mandarles un mensaje y decirles que lo dejábamos para otro momento.

Anunciar, verbalizar la separación era darle una entidad que yo me negaba a aceptar como cierta, como real. La gente suele reconfortarte diciendo que las relaciones son dialógicas, que no hay culpables, que las separaciones son el resultado de los errores de ambos integrantes del par y la mar en coche. Pero yo quería decir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” y que me vinieran a buscar todos los jinetes del apocalipsis para depositarme en el quinto infierno. Luna dice que la culpa es una suerte de deseo de ser castigado y, en el fondo, yo quería eso. No quería mimos, abrazos y palabras de consuelo. Quería enfrentarme con mi realidad: estaba hecha un desastre, con toda mi vida en veremos y el único abrazo que esperaba ya no iba a llegar. Veía a mamá peladita por la quimio, con la piel tan verde y turquesa como sus ojos, diciéndome: “ese chico me encanta para vos, es el mejor novio que te conocí. Es éste, Solcito”. Éste era ése al cual yo me había encargado de alejar hasta que la distancia fuera insalvable y, aunque Luna insistiera en que tenía que dejar de lado los mandatos y construir mi propio camino, yo sabía que no se trataba de una responsabilidad endosada, sino de la verdad: era él, él era mi para siempre.

Finalmente, envié el mensaje, pero ya era demasiado tarde. Mis amigas tocaron el timbre y le pedí a Gabriel que bajara a abrirles y, de paso, se fuera al demonio. La única que respondió mi SMS fue Lore. Me dijo que, de todos modos, ella no hubiera podido venir, porque le tocaba producir un móvil para el programa de televisión donde trabaja. Me llamó la atención, porque ella convino explícitamente no trabajar de noche o los fines de semana, pero no tenía ganas de seguir con el intercambio de mensajes de texto, así que le mandé un beso y quedamos en vernos en la semana.

Extrañada por la demora de las chicas, abrí la puerta y las esperé en el pasillo. Llegaron, claro que llegaron. Todas traían algo consigo. Pola hacía malabares con una caja llena de paquetes de papas fritas. Atrás de ella, Mili me saludaba con una botella de licor de huevo en una mano y un kilo de helado en la otra.

-Sol: ¿Y Lucha?

-Lucha: ¡Ahí voy! –gritó desde la escalera- ¡Pffff! ¡Cómo pesa esto! –dejó una valija gigante en el piso y se recostó contra la pared, cansada-. Me separé de Rubén.

Día 14 – Tres personajes en busca de un autor

14/07/2009

Durante mucho tiempo me consideré una especie de esquizofrénica inofensiva. Pensaba que tenía algo que ver con la histriónica y compleja personalidad que nos caracteriza los artistas, aunque muchas veces sienta que esa categoría me queda un poco grande. Como sea, había aprendido a convivir con esos seres anónimos que peleaban entre ellos y conmigo. Después conocí a Luna, mi terapeuta, quien tuvo el privilegio de bautizarlos.

-Luna: No, Sol, no estás loca, ni escuchás voces, ni nada de eso. No digas pavadas –me retó antes de rescatar del anonimato a mis fieles compañeros de la vida-. Yo te voy a explicar… el funcionamiento de tu cabecita está bajo el control de tres… llamémoslos personajes.

-Sol: ¿Estoy poseída? –afortunadamente, Luna entendió mi chiste y evitó la famosa repregunta: “¿y por qué pensás que podrías estar poseída?”

-Luna: Escuchá. En tu cabeza conviven el Yo, el Ello y el Superyó. El Ello es puro deseo, quiere hacer lo que quiere, no le importa nada. Pero no podés hacer siempre lo que se te cante, por eso tenés un Superyó, que vendría a ser algo así como un Pepe Grillo muy severo que te pone los límites…

-Sol: A ese hijo de puta lo conozco. Al primero también, pero Ello tiene más onda. Debe ser el que ama las papas fritas… no me queda otra que complacerlo todos los días…

-Luna: Por último, tu Yo está en el medio de Ello y Superyó y hace lo mejor que puede para que no lo vuelvan loco.

-Sol: Ya entendí todo. Los tres me acompañan al supermercado, ponele. Ello me dice con voz persuasiva: “comprá papas fritas, sabés que querés papas fritas, permitítelo”. Pero Superyó retruca: “vas a engordar y deberías gastar tu plata en cosas que te alimenten. Cuando ruedes, andá a llorarle a Ello porque la gente te mira raro cuando usás minifalda y las vendedoras se ríen porque pedís un talle 27”. Entonces, Yo da su veredicto: “ok, ok, chicos, llevamos papas fritas, pero el paquete de $2, que trae la mitad que el de $5 y, encima, es más barato”.

Luna se agarró la cabeza, pero terminó avalando mi explicación. Me dijo que “entendí la esencia del concepto” y yo quedé más que satisfecha.

A las cuatro de la mañana de ese día, fui al baño junto a mi pandilla. Ya habíamos tenido una mini discusión. Resulta que Ello quería seguir durmiendo, pero Superyó insistía con que no era lo mejor para mi organismo esperar. En un acto de suprema voluntad, Yo me destapó y me depositó en el inodoro.

-Superyó: Pst, pst. Despabilate, Sol. Mirá quién está en el bidet.