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Día 29 – Loca de mierda

05/02/2010

-Sol: Estoy cansada de estar encerrada en mi cuarto, Gabriel. Tampoco puedo estar en el living porque entre el olor a podrido de tus cosas, las piedras de Benito que no puede salir al balcón y el incienso que prendió Lore, esto parece un templo construido para alabar a la mugre, de la cual sos devoto. Por tu culpa, tengo que soportar a Lucha diciendo que esto es un chiquero todo el santo día.

-Gabriel: Tenés razón, Sol.

-Sol: Sí, ya sé que tengo razón. ¡Tengo razón en todo! Estoy cansada, Gabriel.

-Gabriel: Bueno, tomate un descanso del trabajo y dormí un rato.

-Sol: No, tarado. Estoy cansada de vos. Estoy podrida de vos. No te aguanto más. Encima, por tu culpa, tengo que vivir aguantando a Pepita la pistolera amenazándome con hablar con el dueño de esta casa si no dejamos de hacer ruido.

-Gabriel: ¿Otra vez está jodiendo con eso?

-Sol: ¡Tiene razón! ¡Yo tengo razón! ¡Todos tienen razón, menos vos! –le grité con los brazos levantados, dándome vuelta para que no viera que en realidad me estaba riendo. Lo de Ezequiel me había colmado la paciencia y ya no pensaba ser tan meticulosa con mi plan para echarlo. No podía, no aguantaba más estar rodeada de gente que sacaba provecho de mí-. Yo no sé qué parte no entendés vos de que el alquiler de este departamento lo paga mi viejo. ¿Qué parte no entendés? Te lo aclaré mil veces, mil. Si la loca esta va a hablar con el dueño, el dueño va a hablar con mi viejo. Y, yo, no pienso hablar con él.

-Gabriel: Sí, claro. Ahí entiendo.

-Sol: De lo único que me doy cuenta, Gabriel, es que yo soy la única que actúa como amiga con todos los que dicen ser mis amigos. Te estoy dando un lugar para que te quedes, no le conté nada a Josefina y…

-Gabriel: Yo tampoco le conté nada a Javier…

-Sol: ¡Ahora te lo tengo que agradecer! ¿Tengo que agradecerte que hayas revisado mi computadora? Decime, tarado, ¿tengo que agradecerte por haberte confiado secretos como amigo y que después poco menos me chantajees? Mirá, vos no sólo sos un mentiroso. ¡Sos un ladrón!

-Gabriel: ¡Para vos todo fue fácil, Sol! ¡Todo!

-Sol: A ver, decime qué fue fácil para mí, ¡qué!

-Gabriel: Papi te regaló un departamento –me dijo con voz aniñada, como irónico-. Papi es tan, pero tan bueno, que le compró otro a tu hermana y le dio el tuyo para que viviera y mientras tanto te paga un alquiler. ¡Pobrecita, Sol!

-Sol: Mirá, cuando no tuve donde vivir no le mentí, ni le robé a nadie. Hasta donde yo sé, mientras estuve en tu casa cociné todos los días, te compré todo el alcohol que tomás en cantidades industriales, ¡hasta estuve toda una mañana limpiando tu bañadera que parecía un porquerizo! Yo no fui a tu casa con excusas falsas, ni llevé animales…

-Gabriel: ¡A Benito dejalo afuera de esto! Y si estás enojadita porque tu gran amiguito te recontra cagó de arriba de un árbol, ¡no te la agarres conmigo!

-Sol: El que me cagó primero, fuiste vos. Sabías que nunca te iba a dejar en la calle y, de última, ¿sabés qué? Vos también tenés suerte de que “papi” pague el alquiler, porque desde que estás acá no pagaste ni una factura, ¡ni una! ¿Josefina sabe que estás con Lore? ¿Sabe que la invitás acá y allá mientras ella paga el crédito que le hiciste sacar?

-Gabriel: Bueno, veo que te vino la regla y estás dominada por tus hormonas, querida. Me voy a dar una vueltita hasta que te calmes. Calmate, Sol. Estás muy nerviosita.

Los hombres nunca, nunca van a entender que lo peor que pueden hacer cuando efectivamente estás nerviosa es pedirte que te calmes. Las palabras mágicas para terminar de sacar a cualquier mujer de las casillas son: “calmate” y “tranquilízate”. O, peor, endosarle el motivo de tus nervios al período. Ambos recursos, utilizados de una misma oración, pueden tener efectos catastróficos.

-Sol: Fantástico. ¡Andate! –le grite desaforadamente mientras levantaba a Benito y se lo entregaba-. Ya que te vas a dar una vuelta, sacá a pasear a tu gato.

Gabriel me miraba sin entender que estaba hablando en serio. Le repetía que se fuera, pero no se movía, así que lo levanté de los hombros, lo llevé hasta la puerta y lo empujé para que saliera. Una vez que estuve en el pasillo, cerré la puerta rápidamente y sentí como si mil agujas se me clavaran en el tobillo.

-Sol: ¡Otra vez vos! ¡Vas a aprender a no arañar al pie que te da donde dormir, gato de porquería! –lo levanté nuevamente y me arañó la cara. Gabriel tocaba el timbre y golpeaba la puerta pidiéndome que lo dejara pasar para buscar su billetera.

-Sol: ¡No vas a pasar, ahora te doy tu billetera! ¿Dónde la dejaste?

-Gabriel: Está en el bolsillo interior de mi campera, loca de mierda.

“Calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda”, eran las palabras que retumbaban en mi cabeza como si fuera un remix infernal, mientras buscaba la billetera.

“Ah, sí, mirá qué loca de mierda soy”, pensé y le saqué todo el dinero, le tiré la billetera vacía y, sin pensarlo dos veces, puse a Benito en el pasillo y cerré la puerta.

-Sol: ¡Mirá qué loca de mierda soy! ¡Mirá qué…! –no alcancé a avisarle que me había quedado con toda su plata y me pensaba pedir diez kilos de helado con ella, porque el teléfono sonó y sabía quién era.

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Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – ¿Blanca y radiante?

27/12/2009

-Pola: Disculpame que te lo diga así, Lucha, pero Rubén es un pelotudo.

-Lucha: Todo bien… hoy se lo merece.

-Sol: Y, sí. Mirá que llamarlo a Juan…

-Pola: Pobre, porque ni enojado estaba. Estaba como triste. Pero no importa. En realidad, Rubén es lo máximo.

-Sol: ¿Eh?

-Lucha: ¡Juan le propuso casamiento! –mírenla. Ella, la que no quería que nadie se adelantara a su relato, estaba anunciando uno de los grandes momentos de Pola, quien absorta desde su lugar asentía con la cabeza y después se tapaba la cara con las dos manos.

-Sol: ¡¿Qué?! ¡Me muero! –se me estrujó el alma de alegría y no sabía cómo reaccionar, porque mi felicidad contrastaba con la cara de preocupación de Pola. Finalmente, no pude con mi genio y los brazos no me alcanzaban para darle todos los abrazos que quería.

Lucha y yo empezamos a gritar como histéricas. Gabriel vino a ver qué pasaba, pero la noticia le pareció irrelevante y se retiró cabizbajo a seguir con su tarea.

-Sol: Jurame, jurame, jurame que no vas a hacer carnaval carioca, porfa –le supliqué, sin dejar de dar pequeños saltitos abrazada a Lucha.

-Pola: No sé, no sé, no sé… pará, pará –nosotras ya estábamos pensando cómo iba a ser nuestro vestido, recomendándole lugares para ir de luna de miel, pero Pola tenía otras cosas en la cabeza-. Le dije que sí, pero ahora me da miedo.

-Sol: ¿Por? Siempre le reprochabas que no se iban a vivir juntos. Ahora te ofrece casamiento y te da miedo. Estás loca…

-Pola: ¡Es que no sé, Sol!

-Lucha: Es por lo de los hijos, ¿no?

-Pola: Sí. Mirá, jamás pensé que nos íbamos a casar. Pensé que íbamos a vivir juntos para siempre y ya. Obvio que no tengo los mismos derechos siendo concubina…

-Sol: ¡Ay, Pola! ¡Qué importa eso! ¡Te casás! –Lucha y yo volvimos a los alaridos, pero esta vez sonaban bastante forzados y no alcanzaron para contagiar a Pola de nuestra alegría.

-Pola: Es que si ahora se quiere casar, después va a querer tener hijos.

-Sol: Y los van a tener. Vos siempre quisiste adoptar… -entonces, entendí- ¡Ah! Hijos naturales…

-Pola: Técnicamente, os hijos naturales son otra cosa –la miramos molestas. Siempre se esconde detrás de sus tecnicismos de abogada para evitar hablar de lo importante.

Desde que éramos nenas, Pola siempre quiso adoptar. Nos parecía muy noble de su parte y es un gesto que resume toda su generosidad. Con el tiempo, decidió que sólo adoptaría y hace años que lo sostiene. Difícilmente cambie de parecer y, eso, es algo que no sólo enerva a su suegra, es algo que a Juan le duele mucho.

-Sol: ¿Y cómo surgió esto del casamiento?

-Lucha: Rubén –se cruzó de brazos y continuó-. El tarado llamó a Juan para decirle que estábamos con otros chicos.

-Pola: Sí, pero Juan no le dio importancia. Mirá si iba a ir para controlarme…

-Sol: ¿Y por qué fue?

-Pola: Bueno, sí… en realidad, fue por Rubén. Me dijo que cuando Rubén lo llamó para contarle que estábamos con otros tipos, la idea de pensar que podía efectivamente estar con otra persona le hizo un click en la cabeza. Así que cayó de la nada con esta bomba…

-Sol: ¿Qué vas a hacer?

-Lucha: Sí, ¿qué vas a hacer?

-Pola: No sé.

Día 26 – Vení que te hago un perreo

12/12/2009

-Lucha: ¡Y dejala que se vaya ofendida! ¡Dejala a esa roñosa que duerme sin pijama! -falataba que se tirara de los pelos y se pusiera a hervir a Benito.

-Pola: Yo tampoco uso pijama… -confesó avergonzada.

-Sol: Y yo nada más me lo pongo cuando me ves, para que no me retes… -agregué con un poco de miedo.

-Lucha: ¡Roñosas! ¡No se dan cuenta de que transpiran las sábanas!

Lucha estaba hecha un demonio de Tazmania y no podía esperar a contar lo que le había pasado aquella eterna noche. Sin embargo, le cedió el lugar a Pola:

-Lucha: Empezá vos, que yo no puedo ni hablar -dijo y se cruzó de brazos.

-Pola: ¿Viste que fuimos a la Bizarren?

-Lucha: ¡A la Bizarren Miusik Parti! -gritó y se acomodó en su lugar, se sonó los dedos y, finalmente, comenzó a contar- A esa fiesta bizarra, que van los mediáticos y cantantes pasados de moda y que…

-Sol: Sí, a la que va Rubén -me miró y gruñó:

-Lucha: ¿No querés contar vos? Parece que tenés mucha información… -me dijo con tono sarcástico. La miré descolocada y, creo, entendió que estaba fuera de sí-. Disculpame, Solcito… ¡es que fue terrible!

-Pola: Sí, le bailó un reggaeton enfrente de todo el mundo.

-Lucha: ¡Bueno! ¡Contalo vos! ¡Contalo vos!

-Pola: No, está bien, Luchita… es que… no sabés, Sol, estábamos bailando y…

-Lucha: Cortala -dijo tajante, soltó la tostada que tenía en la mano, se paró en el medio de la cocina y escenificó la situación- “La gasolina”, y dale que “dame más gasolina” -empezó a hacer un meneaito muy pronunciado. Cuando sus pompas ya casi tocaban el piso, se levantó de un tirón-. Cuestión que estábamos bailando “dame más gasolina, la gasolina…” -retomó su sensual trayectoria hacia abajo y la tuve que frenar. Me estaba empezando a poner nerviosa.

-Sol: ¡Ya entendí! ¡Estabas dale que te dale con tu culo jugoso! -dejó de bailar y me preguntó extrañada:

-Lucha: ¿Cómo sabías, eh? ¿Te lo contó ésta? -se refería a Pola- Claro, ustedes se drogan y el mundo desaparece.

-Pola: Nada que ver, Lucha. Seguí contando, que viene lo mejor.

-Lucha: Estábamos bailando con unos chicos y…

-Pola: Pará, pará -se puso seria-. ¡No sabés lo bueno que estaban esos chicos, Sol! Eran unos bombones… Yo no hice nada, ¡obvio! ¡Pero Lucha estaba como loca!

-Lucha: ¡Mosquita muerta! ¡Bien que “La gasolina” y “la gasolina” y… bueno, no importa… lo importante es que estábamos en la pista bailando y alguien me toca el culo.

-Sol: Rubén, seguro.

-Lucha: Le contaste… -increpó a Pola-. No importa… ¡es que fue terrible!

-Sol: ¡Basta, Doña Misterio! ¡¿Qué pasó!?

-Lucha: Me doy vuelta para boxear al que me había tocado el culo y siento una voz en el oído que me dice: “ay, qué culo jugoso”.

-Sol: ¿Viste? ¡Te lo dije!

-Pola: No te adelantes…

-Lucha: Me agarró delante de todo el mundo.

-Pola: Incluídos los bombones.

-Lucha: ¡Sí! Y me dijo: “vení que te hago un perreo”.

-Sol: ¡¿Qué?!

-Lucha: Se me prendió como una garrapata. Se movía y cantaba: “soy Elvis, soy Elvis y mírame cómo muevo la pelvis”.

-Pola: ¡Te juro, Sol! ¡Parecía un epiléptico!

-Sol: ¡No te puedo creer! ¡Se supera!

Pola y yo nos moríamos de risa.

-Lucha: Yo trataba de sonreir y hacer como si nada, pero era obvio que estaba incómoda.

-Pola: Sí, no sabés… Rubén la agarraba y se movía y Lucha se hacía la que quería dar una vueltita para escaparse.

-Lucha: ¡Pero era imposible! En un momento, me tiró al piso y siguió con lo suyo. Me dijo que lo había visto en la tele…

-Pola: El tipo que estaba bailando con Lu, lo agarró a Rubén del cuello y lo levantó de un tirón.

-Sol: Están locas, chicas. ¿Para qué fueron si sabían que iba a estar Rubén?

-Pola: Preguntale a tu amiga… -le tiró la pelota a Lucha.

-Lucha: Mirá, según él, estaba muy deprimido. ¿Cómo me iba a imaginar que terminaría a las trompadas?

-Sol: ¿Eh?

-Pola: ¡Sí, Sol! Cuando el tipo lo levantó, Rubén le preguntó. “¿Qué? ¿Te querés quedar con mis pechugas de pollito?”

-Lucha: El tipo casi le pega… le tuve que aclarar que era mi novio.

-Pola: ¿Novio?

-Lucha: Le dije eso para que lo soltara. Lo iba a matar. Después le aclaré que no era mi novio.

-Sol: ¿Al tipo? ¿Te quedaste con el tipo? -por un segundo, todas mis esperanzas de que Lucha se fuera de casa se diluyeron.

-Lucha: No, a Rubén, para que me dejara en paz…

-Pola: Si te encanta… te encanta que se ponga celoso… ¡qué histérica que sos!

-Lucha: ¿Vos viste lo del perreo?

-Pola: Sí, qué vergonzoso…

-Lucha: ¡Y bueno! Pero eso no es todo…

-Sol: ¿No?

-Pola: No.

Día 26 – El gato volador

08/12/2009

Lucha me miró, Pola bostezó, Benito maulló y todo fue una confusión.

-Sol: ¡El coco! ¡El coco! -grité imitando la voz de Homero Simpson y su gesto de doblar los deditos de ambas manos y saltar en puntitas de pie. Las chicas estaban atónitas. Nada encajaba, nada tenía sentido.

Lore se levantó de golpe al escuchar mis gritos y empezó a buscar con qué cubrirse. Gabriel se limitó a taparse la cara con la almohada, girar y seguir durmiendo. Apenas Lore trató de esbozar alguna explicación, mientras miraba hacia los costados, como tratando de encontrar su ropa, Lucha bufó fastidiada y sentenció:

-Lucha: Me sacaste las ganas de comer, hija de puta. Vamos, chicas. Ustedes cómanse las facturas que yo me unto unas tostaditas.

Yo también tenía el estómago revuelto, producto de la resaca y la dantesca escena, pero no iba a sacrificar mis cañoncitos de pastelera por nada del mundo.

Lore gritaba desde el cuarto, pero nos importó muy poco lo que tuviera para decir. Pola y yo ya estábamos disfrazadas con las túnicas y girábamos alocadamente como creíamos que los umbandas lo hacían en sus rituales de gallinas degolladas y exorcismos.

Lore suplicaba a los gritos que le alcanzáramos la ropa que estaba sobre la colchoneta de Gabriel.

-Sol: ¡Que te la alcance tu novio! -grité sin dejar de dar vueltas. La túnica era bien amplia y daba gusto verla formar una especie de escarapela al girar.

Pola cayó rendida, víctima de un mareo atroz. Cuando vio a Lorena acercarse envuelta en mis sábanas, no pudo controlar su risa.

-Pola: ¡Decí que en este país hay libertad de culto, hija de puta! ¡No vas a ir presa por adorar eunucos!

Toda roja, Lore apenas levantaba la vista para no chocarse contra las paredes del pasillo. Estaba por llegar al living, cuando Lucha deja la bandeja sobre la mesa y, en una corrida digna de ganar los 100 metros llanos en cualquier olimpíada, la intercepta y le saca la sábana de un tirón.

-Lucha: ¡Cómo vas a arrastrar la sábana! ¡¿Te drogó ese pelotudo?! ¡Mirá, mirá! -señalaba la aureola negra que se había formado en la tela- ¡No te vayas! -le ordenó a Lore, que corrió a esconderse en el baño.

Pola y yo prendimos un porro a medio fumar que había en la mesa ratona y seguimos rodando en el piso. Lucha golpeaba la puerta del baño, sin dejar de increpar a Lore a los gritos. Súbitamente, se calló. Pola y yo nos miramos: sabíamos que era la calma que precede a la tormenta de Lucha.

-Lucha: ¡Salí de ahí, hijo de puta!

-Sol: Che, ¿tan mal les fue hoy, Pola? -le pregunté en voz baja, tapándome por momentos la boca para que Lucha no enloqueciera aún más por las risas.

-Pola: No creo que sea por eso, debe ser por…

-Lucha: ¡Hijo de puta, vení para acá! -escuché que mis bongos caían estrepitosamente y los pesados pasos de Lucha seguían un rumbo errático.

-Pola: Va a cagar a palos a Gabriel, otra vez. Andá a frenarla o nos va a denunciar…

-Sol: Ufa… ahí voy…

Afortunadamente, mis movimientos y mi perspectiva del mundo iban en cámara lenta y no me había movido del piso cuando lo peor pasó, y por encima de mi cabeza.

Después de unos segundos en silencio, Pola se paró, se acomodó delicadamente la túnica, levantó ambos brazos y entonó:

-Pola: ¡El gato voladoooooooooooor! ¡El gato voladoooooooorrr!

-Benito: ¡Miau!

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo

14/11/2009

-Disculpá que te joda a esta hora…

-Me estaba preparando para salir, pero me quedo. No te preocupes, Solcito –me abrazó y supe que estaba donde tenía que estar- ¿Te preparo un té?

-Si después no me proponés casamiento, sí –le dije en broma, sin soltarlo-. ¿Me puedo bañar? Estoy hecha un asco.

Siete años atrás, después de intentar por todos los medios estar juntos en una fiesta, buscarnos entre la gente sin éxito, Alfredo me llevó afuera del bar, me miró serio y me propuso: “casate conmigo”. Le dije que estaba borracho, que al día siguiente se iba a olvidar. Respondió que no, que no se olvidaría. Me advirtió que al día siguiente se levantaría, me prepararía una taza de té de canela y me lo volvería a preguntar. Esa noche no dormí. A la mañana, me acosté en silencio en el sillón del living de la casa de su madre, que estaba de viaje, y esperé a que se despertara. Cuando lo vi asomarse por la puerta y levantar las cejas, como ensayando una dulce amenaza, supe que no se había olvidado. Lo terminé de confirmar cuando fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de té y, con toda la seriedad que puede tener un hombre en bóxers de ositos, reiteró su propuesta: “casate conmigo”. En ese momento, fui realmente feliz. Sin embargo, me ganó la razón y le contraoferté una convivencia que aceptó entusiasmadísimo. Según él, no sería más que un paso previo antes de lo inevitable: estar juntos hasta que la muerte nos separara.

Yo creo que amar es para siempre. Si así no lo fuera, ¿qué valor tendría? El amor cambia de lugar, se transforma, pero no desaparece. El enamoramiento, en cambio, sí. Eso es otra cosa. Siempre voy a amar a Alfredo. Lo hago desde la primera vez que se lo dije a los dieciséis y jamás dejé o dejaré de hacerlo. Una de las pocas certezas que tengo en esta vida, es que Alfredo también me ama, desde aquella vez que me lo dejó saber frente a todos sus amigos en medio de un brindis, y que me va a amar por el resto de mi vida.

Cuatro años atrás, buscando terminar definitivamente una relación, acepté ir a la casa de un amigo de Rubén. Recuerdo que durante todo el trayecto en taxi me sentí una vaca desfilando hacia el matadero y que me negaba a que me abrazara y todo eso con codazos bastante antipáticos. No necesitaba crear una falsa atmósfera de romanticismo envasado para consumir antes de la fecha de vencimiento cuando sabía lo que realmente quería. O no.

Todo el tiempo me preguntaba qué hacía con ese tipo, en ese taxi. No la estaba pasando bien, pero aún así me estaba forzando a hacer algo que no quería, con la estúpida creencia de que, prostituyendo mi afecto por el tipo que quería dejar definitivamente, iba a lograr darle un cierre irreversible a nuestra relación.

Al llegar a su casa: el horror. Tenía una de esas camas funcionales de una plaza, con los cajones de abajo abiertos y llenos de medias y calzoncillos sucios. El olor a humedad era penetrante y las sábanas estaban roñosas. Sentada en el borde de la cama, lo vi prender velas sobre ceniceros de aluminio de McDonlad’s, sin dejar de preguntarme qué carajo hacía ahí. Decidí ir a meditarlo al baño, sin saber que ahí me esperaba lo peor. Mis ganas de hacer pis eran incontenibles y el inodoro estaba lleno de hongos, igualitos a los champignones del Mario Bross. Me quedé parada en una esquina mirando alternadamente mis pies y el inodoro. Pensé en usar el bidet, crasso error: tenía una de esas bañaderas repugnantes que en un borde tienen calada la silueta del tuges y largan el chorro desde donde uno apoya los pies para ducharse. El suelo de la bañadera estaba negro y podía ver la marca de los talones y los pulgares del tipo. Volví a mi esquina y me quedé ahí, parada, al menos quince minutos. Ya no me preguntaba qué hacía ahí, sino en quién me había convertido, qué me estaba pasando, qué estaba buscando. Mi vejiga estaba a punto de estallar y el tipo ya había tocado dos veces la puerta para ver si estaba bien. Entonces, tomé coraje, agarré una botella de Pino Lux que había ahí, la vacié en el inodoro, cerré los ojos, e hice lo que tenía que hacer. Salí y le pedí al tipo que me bajara a abrir. De más está decir que ni me acompañó hasta el taxi, así que caminé sola abajo de la lluvia hasta encontrar uno libre. Sin pensarlo dos veces le pedí que me llevara a la casa de Alfredo. Cuando llegué, el té de canela ya estaba listo. Me senté sobre su falda, le conté todo lo que había pasado y se rió. Me sentía la cosa más insignificante del mundo, pero él me miraba como siempre, como si hubiera algo especial en mí que, ante sus ojos, jamás podría cambiar.

Esa forma que tiene de verme como yo quisiera verme a veces fue lo que me llevó a bajarme del auto del Rockstar sin darle explicación alguna y tomarme un taxi hasta la casa de Alfredo.

Cuando terminé de bañarme, las tazas de té estaban sobre la mesa y Alfredo prendía dos Parisiennes a la vez, mientras miraba algo en la computadora.

-Alfredo: Mirá, Sol. Sos la nueva sensación de YouTube –me alcanzó uno de los cigarrillos y le dio play al video.

-Sol: No me digas que… -me agarré la cabeza.

-Alfredo: Sí. Vení para acá, loca linda. No parás de superarte, eh… el video ya tiene 100 visitas.

Por un segundo me quise morir, pero Alfredo miraba la pantalla como si fuera lo más encantador que hubiera visto en su vida y se reía. Me dijo que por cosas como esas me quería tanto y que dejara que la gente pensara lo que quisiera. Armó un porro, fumamos y vimos el video quinientas veces sin parar de reírnos.

Dormimos juntos, vestidos y abrazados, hasta las 5.30 am, cuando sonó la alarma de mi celular. Tenía que apurarme a llegar a casa a las 6 am, porque Lucha me iba a estar esperando en la puerta de entrada del edificio. Tratando de no hacer ningún ruido, me calcé, le di un beso en la frente a Alfredo y me fui sintiéndome liviana, contenta.

-Sol: Lucha, ¡no sabés todo lo que me pasó! –le dije, todavía agitada por las cuadras que había corrido.

-Lucha: Vos no sabés lo que me pasó a mí…

-Pola: Sí, Sol, ¡no sabés lo que nos pasó!

Creyendo ingenuamente que ya nos había pasado todo lo que nos podía pasar por una noche, decidimos ir a comprar facturas, desayunar juntas en casa y contarnos lo ocurrido.

Cada una estaba convencida de que lo peor le había pasado a ella. Lucha y Pola me decían que esperara a escuchar lo que tenían para contar y, obviamente, yo estaba segura de que su historia jamás superaría a la mía.

Qué equivocadas estábamos las tres.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita II

12/11/2009

Hay gente que quiere escuchar lo que quiere. Esta clase de personas suele tener una visión muy distorsionada de sí misma y de lo que ocurre a su alrededor. Tienen una medida propia para cuantificar y cualificar, además de mostrar una fuerte tendencia a la auto-referencia. De alguna manera, perciben que todo pasa por ellos, a través de ellos o a pesar de ellos. Su radio de observación tiene por punto de referencia su orificio umbilical y, aún así, no llegan a ver la pelusa que acumula.

-Rockstar: Mirá, nena, yo no tengo tiempo para perder –no sé si en algún momento me miró, porque jamás se quitó los anteojos-. Está muy claro que acá pasa algo –hizo un rulo en el aire con un dedo y, luego, me ordenó-. Vení, dame un beso.

-Sol: ¿Sabés qué me vendría bárbaro ahora? Una cerveza –en el backstage las había de todas las marcas y, aunque mi estómago me pedía que parara, mi cabeza se estaba acomodando, señal de que en cualquier momento se despertaría La Pandilla y me torturaría con el recuerdo reciente de lo sucedido.

El Rockstar chistó una vez y un plomo se acercó a preguntarle qué quería. Su respuesta fue sucinta y precisa: “birra”.

-Plomo: ¿Vos sos la chica que se subió al escenario, no?

-Sol: En realidad, me subieron mis amigos… -algo me dijo que iba a tener que practicar el speech o iba a pasar a la historia como “la chica que se subió al escenario”.

-Rockstar: ¡Estuvo bárrrrbara! –exclamó buscando la complicidad del plomo y la consiguió.

-Plomo: ¡Sos un canpión, Rockstar! –le dijo mientras estiraba su brazo para estrecharle la mano.

-Rockstar: Traeme una birra para la nena, ¿dale? –fue toda su respuesta al gesto del plomo-. Bueno, nena, ya te dije, no tengo tiempo para perder.

-Sol: Ehhh… yo, en realidad, quería…

-Rockstar: Lo que quieras. Todo afirmativo. Todo –era el momento de usar mi baile engatusador para concretar el objetivo que me había llevado hasta ahí.

-Sol: Tengo un amigo, Ezequiel, que tiene una banda, y…

-Rockstar: Un fan. Seguro. ¿Qué quiere? Todo afirmativo, ya te dije.

-Sol: Sí, sí, tu fan. Traje un disco de su banda, mirá –metí la mano en mi cartera, pero no llegué a sacar nada. Por primera vez, el Rockstar giró en dirección a mí y se sacó los anteojos.

-Rockstar: ¿Es bueno?

-Sol: Sí –mentí con total naturalidad.

-Rockstar: ¿A vos te gusta?

-Sol: Sí, claro, por eso…

-Rockstar: Bueno, listo. Es todo lo que me importa. Todo afirmativo. La semana que viene toco. Decile que su banda puede tocar antes.

-Sol: ¿En serio? ¿En el festival de…? –me interrumpió.

-Rockstar: Todo afirmativo para vos, nena. Qué lindo momento… y la gente gritaba… ¿te subiste por mí, no? –en realidad, no me lo estaba preguntando: lo estaba afirmando con total certeza.

-Sol: ¿Eh? Colmillo te acaba de decir que…

-Rockstar: ¿Quién es Colmillo? –pasó otro integrante de la banda y le palmeó la espalda como felicitándolo. Entendí, por segunda vez en la noche, que había llegado la hora de huir con el festival para Ezequiel como botín-. Ah… ya sé. Es el fan, ¿no? Pero vos te subiste por mí.

-Sol: Sí, Rockstar, es tu fan y yo me subí por vos –si Charly García alguna vez le juró a sus seguidores “Me tiré por vos”, yo podía dejarle creer al tipo que me había subido por él.

-Rockstar: Sabía. Bueno, nena, dame un beso. La histeria no tiene rock –“¡Pomelo!”, exclamé mentalmente, “una curita en la herida de tu adolescencia”.

-Sol: Mirá, no te voy a dar un beso. De hecho, me tengo que ir… ¡adeus! –en silencio, me observó incrédulo unos segundos. Torcía la cabeza como una tortuga y yo no sabía si estaba tratando de ver a través de mis pupilas o se estaba haciendo el galán.

-Rockstar: Es por mi edad, ¿no?

-Sol: No, nada que ver –“ouch, hubiera sido la excusa perfecta, este tipo podría ser mi padre”, pensé y me contuve para no darme un golpecito en la frente-. Es que no me gustás… –“¡Ouch! ¡Callate, boluda!”

-Rockstar: Ah, ya sé… ya sé… mis groupies… mis fans… el noviazgo no tiene rock -dijo y se volvió a poner los anteojos.

El Rockstar es una de esas personas que escuchan lo que quieren, que tienen una percepción bastante distorsionada de la realidad. Yo quería dejarle en claro que no tenía la más mínima chance y sabía que para él nada era un obstáculo. Lo mismo pasa cuando le decís que no a alguien y la excusa es “porque tengo novio”: la persona piensa que, de no tenerlo, accederías. Tenía que ser implacable, de otro modo, sabía que iba a intentar cobrarse el favor.

-Sol: No, no es eso. No me gustas. No-me-gus-tás.

-Rockstar: Claro… es un bardo… mis groupies… los fans… claro… -volvió a ponerse los anteojos y levantó la mano para pedir otra cerveza para mí.

-Sol: No, Rockstar, no me gustás y me voy. Chau –cuando me estaba yendo, me suena el celular.

Era Lucha, avisándome que estaba en una fiesta con Pola y que volvería a casa recién a las 6 am. No sabía qué hacer, porque mis amigos ya se habían ido a otra fiesta y no tenía la dirección. Tampoco podía volver a casa sola, porque Gabriel se iba a dar cuenta de que no había salido con Lucha. Estaba pensando qué hacer, cuando escucho: “nena, vamos que te llevo”. Y acepté.

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 24 – El pollo de la discordia (III)

12/10/2009

-Lucha: Agarró mi cartera y me empezó a pedir que le convidara pollo al spiedo, Sol. ¡Pollo al spiedo!

-Sol: ¡Qué tarado! –me puse un almohadón en la cara fingiendo vergüenza ajena, aunque nuevamente sólo estuviera ocultando mi risa. Le pedí que me esperara, que iba a poner la pava. Fui hasta la cocina y me reí todo lo que no había podido frente a ella.

-Lucha: ¿De qué te reís?

-Sol: Es que Benito hizo una pirueta con el pañal… jijijijijijiji…

-Lucha: Qué gato de mierda… tiene la misma táctica que Rubén: se manda las cagadas y después hace alguna gracia para que lo perdones. Fijate si no rompió algo.

-Sol: No, todo bien. Ahí voy –me reí un poco más aprovechando que tenía coartada, respiré profundo, me concentré para no pensar en el pollo al spiedo y volví-. Dale, seguí contando.

-Lucha: Cuando llegamos al cine ya era re tarde y nada más había dos películas que no habían empezado. Yo quería ver la comedia y él la de artes marciales. Como pensé que me iba a dar todos los gustos para que nos reconciliáramos, directamente fui a la caja y pedí dos para la comedia, pero él se negó. ¿Sabés lo que me propuso? ¡Qué cada cual fuera a ver la que quería y después nos encontrábamos!

-Sol: ¿Es pelotudo?

-Lucha: Yo qué sé… ¡sí! Es un pelotudo, Sol. Era al pedo discutir, ya estaba encaprichado con ver la de artes marciales y yo no iba a ceder, así que fuimos a ver cada uno la película que quería. Las parejas se besaban al lado mío, Sol… y yo estaba ahí, con mi paquete de pochoclo chico, porque Rubén me dijo que el balde es “para las gordas” y me dio vergüenza pedirlo.

-Sol: No te puedo… -volví a taparme la cara, pero mi artilugio estaba perdiendo eficacia.

-Lucha: ¿Te estás riendo?

-Sol: No, Lucha… es que no lo puedo creer.

-Lucha: Yo tampoco… -suspiró y miró al techo, como tomando coraje para contarme lo que venía-. Cuando terminó la película, me dijo que fuéramos a tomar un helado, que esta vez “podía” pedir el gusto que quisiera. ¡Qué “podía”! ¿Entendés? ¡Que “él me dejaba” tomar un helado que no fuera light! Traté de contenerme y pensar que era un gesto, pero cuando llegamos a la heladería… ¡pidió helado de pitufresas!

-Sol: ¿Qué?

-Lucha: ¡Sí! ¡De pitufresas! El heladero lo miraba como si estuviera loco, pero él insistía: “quiero un helado de pitufresas, de pitufresas”. Al principio me causó gracia y le aclaré al heladero que se refería al helado de frutilla, pero él decía que no, que quería helado de pitufresas. Sol, no lo aguanté más, me quería morir, no sabés qué vergüenza: la cola era larguísima y él seguía con las “pitufresas, las que comen los Pitufos”. La gente se quejaba, los de atrás gritaban para que nos apuráramos y, antes de ponerme a llorar enfrente de todo el mundo, preferí irme. Me preguntó por qué me ponía así, si él nada más quería helado de pitufresas –cada vez que mencionaba la palabra “pitufresas” golpeaba un almohadón con furia-. Le dije que se fuera a la mierda, que era un imbécil y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: El pasito para atrás, ¿no?

-Lucha: Sí. Y gritó “¡Uh!” agarrándose las bolas enfrente de todo el mundo. Se reían, Sol, todos se reían, ni el heladero estaba enojado por el helado de pitufresas y yo me quería morir.

-Sol: ¿Y no te convenció como siempre, Lu?

-Lucha: Sol, ya no tengo 18 años y, encima, la gente no se reía de sus boludeces, se reía de mi ataque de histeria. ¡Qué humillación!

-Sol: ¿Ahí te viniste para acá?

-Lucha: Sí. Y mientras me iba me gritó delante de todo el mundo: “¡si no me vas a dejar comer helado de pitufresas, convidame del pollo que tenés en la cartera!”

Lo inevitable sucedió: me empecé a descostillar de risa sin ningún disimulo.

-Lucha: ¡Hija de puta! ¿¡De qué te reís!? ¡No es gracioso! –se levantó enfurecida.

-Sol: Perdoname… es que… lo del pollo, vos sabés que…

-Lucha: ¡No es divertido! –gritó enloquecida, mientras yo me reía como una oligofrénica. Cuando pensé que me iba a dar un zurdazo, mágicamente se tranquilizó, se sentó y me dijo:- ¿Sabés qué es gracioso? En el cine me pareció verlo a Gabriel.

-Sol: Sí, me dijo que iba al cine. Seguro fue con la pobre Josefina y le hizo pagar la entrada –apenas terminé de decir esto, imaginé a Rubén diciendo “pollo” y volví a reirme.

-Lucha: No, tarada. Lo perdí de vista enseguida, pero estaba con una chica rubia, como Lore, con pelo lacio, como Lore… bajita, de la misma altura que Lorena… por un segundo, pensé que era ella.

Día 24 – El pollo de la discordia (II)

12/10/2009

Cuando Lucha conoció a Rubén aquella Navidad, hace diez años, nosotras teníamos un ritual que se mantiene hasta el día de hoy: después de ir a bailar, vamos a desayunar a la misma estación de servicio y, en esa ocasión, Rubén vino con nosotras. Él era el típico punk que cada tanto va a un boliche “normal” a ver si se levanta a una chica del mismo tipo. Era flaquísimo, raquítico, usaba chupines negros y una remera con dragones estampados. Tenía aparatos y cada vez que contaba un chiste, aunque fuera pésimo, sonreía con todos los dientes y los brackets brillaban. Rubén es de esas personas que, no importa lo que digan, todo lo que sale de su boca suena gracioso.

En la estación de servicio el sistema es simple: uno elige lo que quiere, pasa por la caja y después se sienta a consumir. Aquella Navidad, había una promoción de un tostado y un jugo de naranja por $2. Lucha, con cara de nada, puso un tostado arriba del otro e intentó hacerlos pasar por uno. De lejos, Rubén y yo veíamos como ella se acercaba a la caja con cara de nada, mirando para los costados como la Monalisa, verificando que nadie descubriera su pequeña estafa. Rubén me relataba toda la escena: “ahí va, ahí va, nadie se dio cuenta, nadie se dio cuenta… está a punto de cruzar el disco… vamos Lucha, vamos, ¡dos tostados! Mirá Sol, ¡tiene un pollo en la cartera! ¡Y una Freshy!”. Acto seguido, hizo el “pasito para atrás” y esperó a que el cajero descubriera el artilugio de Lucha para gritar “¡Uh!”, agarrándose la entrepierna. Lucha lo escuchó y nos vio muriéndonos de la risa de ella. Rubén sonrió, sus aparatos brillaron y Lucha hizo un gesto de “no puedo enojarme con vos” y pagó por todo lo que llevaba en la bandeja.

El problema fue que cuando nos sentamos en la mesa, Pola nos preguntó de qué nos reíamos y Rubén le explicó: “Lucha quería pasar dos tostados, tres medialunas, un pollo, una freshy, un pernil de cerdo y pagar la promoción. Revisale la cartera que tiene un plato de pasta y un pollo al spiedo”. Sonrió, sus aparatos brillaron y Pola y yo empezamos a reir descontroladamente. Pasaron cinco minutos y Rubén seguía repitiendo “pollo al spiedo”, nos mostraba los aparatos y nosotras renovábamos la risa. Pasó una hora y nosotras seguíamos igual. Llegó el novio de Pola, Rubén volvió a contarle la historia y ahora éramos tres los que nos reíamos a carcajadas. Nadie pudo siquiera detenerse en la cara de culo de Lucha. Después llegó el que era mi novio, le pedimos que le contara la historia y así lo hizo, esta vez, en forma teatralizada. Recién había conocido a Lucha, pero ya su imitación era perfecta. No contento con esto, agarró su cartera y empezó a enumerar todas las comidas que Lucha, supuestamente, llevaba ahí. Cuando dijo “pollo al spiedo”, todos estallamos de risa y Lucha de ira. Le sacó la cartera y se levantó con la clara intención de irse. Rubén intentó con el “pasito para atrás”, pero no funcionó. Entonces, la tomó del brazo, la besó, se alejó un poco, sonrió, sus aparatos brillarlo y gritó “¡Uh!” Recién ahí, Lucha accedió a quedarse con la condición de que cambiáramos de tema.

Desde aquel día, “pollo al spiedo” se convirtió en un tabú. Un tabú que Rubén decidió romper de la peor manera.