Posts Tagged ‘Lore’

Día 29 – In the Meantime

21/01/2010

-Ello: Qué bien, qué bien, Solcito. Ya era hora de que te avivaras: no-sos-Flanders.

-Sol: Es verdad. No lo soy y no tengo ninguna obligación de serlo. Menos con este ímbecil a rosca. Lo que no entiendo, realmente, es por qué hizo algo así. Digo… siempre fui buena con él. De hecho, así lo conocí…

-Superyó: Es lo que corresponde. ¿Vos hacés cosas buenas esperando algo a cambio?

-Yo: No creo que sea el caso, Superyó. No se trata de esperar algo a cambio, sino de mera reciprocidad.

-Superyó: ¡Pero yo quiero que nos construyan un monolito! Ehhh… ¿cómo sería un monolito de nosotros?

-Sol: ¿Una mujer de cuatro cabezas? Qué deforme –pensé antes de imaginarnos convertidos en una especie de medusa de bronce, toda cagada por palomas y grafiteada con frases tipo “Ramón Gato Pardo”, “Boca puto”, “Aguante Caballito”.

-Yo: Si fuera por vos, Superyó, más que en monolito, nos convertiríamos en la estatua del Príncipe Feliz y vos serías el pájaro que no migra para donar todas sus partes, sólo para darse cuenta que con su sacrificio no cambiaron nada sustancial de este mundo de mierda.

-Ello: Estoy muy movilizado, muy. No voy a poder disfrutar de nada hasta que no tomemos una decisión. Meditémoslo con una cerveza.

Salí al balcón a buscar algo de ropa limpia para cambiarme y me distraje viendo al vecino de la casa de enfrente que suele practicar algún arte marcial en la terraza. Siempre me divierte verlo pegándole a la pared o dando saltitos para esquivar a un oponente imaginario. Cada vez que lo veo, me juro que la próxima vez lo voy a filmar, le voy a poner de fondo la música de Rocky y lo voy a subir a YouTube, pero nunca lo hago.

Agazapada para que el tipo no pudiera verme en ropa interior, me reía bajito e intercalaba el tarareo del soundtrack de Rocky con frases como “Adriaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan”, hasta que el sonido de unas llaves tratando de abrir la puerta me interrumpió. Recordé que había dejado mi llave puesta y que en ese momento odiaba al mundo.

-Yo: De Gabriel nos ocupamos después. Dejalo entrar.

-Sol: Ok, ok.

Me puse lo primero que encontré en el tender y corrí a abrirle a Gabriel que estaba a punto de tirar la puerta abajo.

-Gabriel: ¡Abrime, Sol! –gritaba desesperado, mientras yo me debatía entre el bien y el mal-. Qué mina pelotuda –escuché que susurraba y la lucha la empezó a ganar el diablo que me hablaba al oído.

-Lore: Pobre Sol. Tal vez necesite un momento de intimidad. No la está pasando bien… vamos a tomar algo por ahí –conozco a Lorena desde los cinco años, sabía que lo decía sinceramente. Me quedé en silencio unos segundos y escuché que le proponía a Gabriel:- Vayamos a tomar un café a Bonafide y, de paso, le reponemos el café que te tomaste.

Tuve que contener el impulso que sentí de abrir la puerta y darle un abrazo. Después de todo, todavía tenía que hacerla sufrir un poco más por andar con ese cocoliche, así que me limité a abrir la puerta, darles un beso y salir, sin saberlo, al encuentro de una megaestrella.

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Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – Vení que te hago un perreo

12/12/2009

-Lucha: ¡Y dejala que se vaya ofendida! ¡Dejala a esa roñosa que duerme sin pijama! -falataba que se tirara de los pelos y se pusiera a hervir a Benito.

-Pola: Yo tampoco uso pijama… -confesó avergonzada.

-Sol: Y yo nada más me lo pongo cuando me ves, para que no me retes… -agregué con un poco de miedo.

-Lucha: ¡Roñosas! ¡No se dan cuenta de que transpiran las sábanas!

Lucha estaba hecha un demonio de Tazmania y no podía esperar a contar lo que le había pasado aquella eterna noche. Sin embargo, le cedió el lugar a Pola:

-Lucha: Empezá vos, que yo no puedo ni hablar -dijo y se cruzó de brazos.

-Pola: ¿Viste que fuimos a la Bizarren?

-Lucha: ¡A la Bizarren Miusik Parti! -gritó y se acomodó en su lugar, se sonó los dedos y, finalmente, comenzó a contar- A esa fiesta bizarra, que van los mediáticos y cantantes pasados de moda y que…

-Sol: Sí, a la que va Rubén -me miró y gruñó:

-Lucha: ¿No querés contar vos? Parece que tenés mucha información… -me dijo con tono sarcástico. La miré descolocada y, creo, entendió que estaba fuera de sí-. Disculpame, Solcito… ¡es que fue terrible!

-Pola: Sí, le bailó un reggaeton enfrente de todo el mundo.

-Lucha: ¡Bueno! ¡Contalo vos! ¡Contalo vos!

-Pola: No, está bien, Luchita… es que… no sabés, Sol, estábamos bailando y…

-Lucha: Cortala -dijo tajante, soltó la tostada que tenía en la mano, se paró en el medio de la cocina y escenificó la situación- “La gasolina”, y dale que “dame más gasolina” -empezó a hacer un meneaito muy pronunciado. Cuando sus pompas ya casi tocaban el piso, se levantó de un tirón-. Cuestión que estábamos bailando “dame más gasolina, la gasolina…” -retomó su sensual trayectoria hacia abajo y la tuve que frenar. Me estaba empezando a poner nerviosa.

-Sol: ¡Ya entendí! ¡Estabas dale que te dale con tu culo jugoso! -dejó de bailar y me preguntó extrañada:

-Lucha: ¿Cómo sabías, eh? ¿Te lo contó ésta? -se refería a Pola- Claro, ustedes se drogan y el mundo desaparece.

-Pola: Nada que ver, Lucha. Seguí contando, que viene lo mejor.

-Lucha: Estábamos bailando con unos chicos y…

-Pola: Pará, pará -se puso seria-. ¡No sabés lo bueno que estaban esos chicos, Sol! Eran unos bombones… Yo no hice nada, ¡obvio! ¡Pero Lucha estaba como loca!

-Lucha: ¡Mosquita muerta! ¡Bien que “La gasolina” y “la gasolina” y… bueno, no importa… lo importante es que estábamos en la pista bailando y alguien me toca el culo.

-Sol: Rubén, seguro.

-Lucha: Le contaste… -increpó a Pola-. No importa… ¡es que fue terrible!

-Sol: ¡Basta, Doña Misterio! ¡¿Qué pasó!?

-Lucha: Me doy vuelta para boxear al que me había tocado el culo y siento una voz en el oído que me dice: “ay, qué culo jugoso”.

-Sol: ¿Viste? ¡Te lo dije!

-Pola: No te adelantes…

-Lucha: Me agarró delante de todo el mundo.

-Pola: Incluídos los bombones.

-Lucha: ¡Sí! Y me dijo: “vení que te hago un perreo”.

-Sol: ¡¿Qué?!

-Lucha: Se me prendió como una garrapata. Se movía y cantaba: “soy Elvis, soy Elvis y mírame cómo muevo la pelvis”.

-Pola: ¡Te juro, Sol! ¡Parecía un epiléptico!

-Sol: ¡No te puedo creer! ¡Se supera!

Pola y yo nos moríamos de risa.

-Lucha: Yo trataba de sonreir y hacer como si nada, pero era obvio que estaba incómoda.

-Pola: Sí, no sabés… Rubén la agarraba y se movía y Lucha se hacía la que quería dar una vueltita para escaparse.

-Lucha: ¡Pero era imposible! En un momento, me tiró al piso y siguió con lo suyo. Me dijo que lo había visto en la tele…

-Pola: El tipo que estaba bailando con Lu, lo agarró a Rubén del cuello y lo levantó de un tirón.

-Sol: Están locas, chicas. ¿Para qué fueron si sabían que iba a estar Rubén?

-Pola: Preguntale a tu amiga… -le tiró la pelota a Lucha.

-Lucha: Mirá, según él, estaba muy deprimido. ¿Cómo me iba a imaginar que terminaría a las trompadas?

-Sol: ¿Eh?

-Pola: ¡Sí, Sol! Cuando el tipo lo levantó, Rubén le preguntó. “¿Qué? ¿Te querés quedar con mis pechugas de pollito?”

-Lucha: El tipo casi le pega… le tuve que aclarar que era mi novio.

-Pola: ¿Novio?

-Lucha: Le dije eso para que lo soltara. Lo iba a matar. Después le aclaré que no era mi novio.

-Sol: ¿Al tipo? ¿Te quedaste con el tipo? -por un segundo, todas mis esperanzas de que Lucha se fuera de casa se diluyeron.

-Lucha: No, a Rubén, para que me dejara en paz…

-Pola: Si te encanta… te encanta que se ponga celoso… ¡qué histérica que sos!

-Lucha: ¿Vos viste lo del perreo?

-Pola: Sí, qué vergonzoso…

-Lucha: ¡Y bueno! Pero eso no es todo…

-Sol: ¿No?

-Pola: No.

Día 26 – El gato volador

08/12/2009

Lucha me miró, Pola bostezó, Benito maulló y todo fue una confusión.

-Sol: ¡El coco! ¡El coco! -grité imitando la voz de Homero Simpson y su gesto de doblar los deditos de ambas manos y saltar en puntitas de pie. Las chicas estaban atónitas. Nada encajaba, nada tenía sentido.

Lore se levantó de golpe al escuchar mis gritos y empezó a buscar con qué cubrirse. Gabriel se limitó a taparse la cara con la almohada, girar y seguir durmiendo. Apenas Lore trató de esbozar alguna explicación, mientras miraba hacia los costados, como tratando de encontrar su ropa, Lucha bufó fastidiada y sentenció:

-Lucha: Me sacaste las ganas de comer, hija de puta. Vamos, chicas. Ustedes cómanse las facturas que yo me unto unas tostaditas.

Yo también tenía el estómago revuelto, producto de la resaca y la dantesca escena, pero no iba a sacrificar mis cañoncitos de pastelera por nada del mundo.

Lore gritaba desde el cuarto, pero nos importó muy poco lo que tuviera para decir. Pola y yo ya estábamos disfrazadas con las túnicas y girábamos alocadamente como creíamos que los umbandas lo hacían en sus rituales de gallinas degolladas y exorcismos.

Lore suplicaba a los gritos que le alcanzáramos la ropa que estaba sobre la colchoneta de Gabriel.

-Sol: ¡Que te la alcance tu novio! -grité sin dejar de dar vueltas. La túnica era bien amplia y daba gusto verla formar una especie de escarapela al girar.

Pola cayó rendida, víctima de un mareo atroz. Cuando vio a Lorena acercarse envuelta en mis sábanas, no pudo controlar su risa.

-Pola: ¡Decí que en este país hay libertad de culto, hija de puta! ¡No vas a ir presa por adorar eunucos!

Toda roja, Lore apenas levantaba la vista para no chocarse contra las paredes del pasillo. Estaba por llegar al living, cuando Lucha deja la bandeja sobre la mesa y, en una corrida digna de ganar los 100 metros llanos en cualquier olimpíada, la intercepta y le saca la sábana de un tirón.

-Lucha: ¡Cómo vas a arrastrar la sábana! ¡¿Te drogó ese pelotudo?! ¡Mirá, mirá! -señalaba la aureola negra que se había formado en la tela- ¡No te vayas! -le ordenó a Lore, que corrió a esconderse en el baño.

Pola y yo prendimos un porro a medio fumar que había en la mesa ratona y seguimos rodando en el piso. Lucha golpeaba la puerta del baño, sin dejar de increpar a Lore a los gritos. Súbitamente, se calló. Pola y yo nos miramos: sabíamos que era la calma que precede a la tormenta de Lucha.

-Lucha: ¡Salí de ahí, hijo de puta!

-Sol: Che, ¿tan mal les fue hoy, Pola? -le pregunté en voz baja, tapándome por momentos la boca para que Lucha no enloqueciera aún más por las risas.

-Pola: No creo que sea por eso, debe ser por…

-Lucha: ¡Hijo de puta, vení para acá! -escuché que mis bongos caían estrepitosamente y los pesados pasos de Lucha seguían un rumbo errático.

-Pola: Va a cagar a palos a Gabriel, otra vez. Andá a frenarla o nos va a denunciar…

-Sol: Ufa… ahí voy…

Afortunadamente, mis movimientos y mi perspectiva del mundo iban en cámara lenta y no me había movido del piso cuando lo peor pasó, y por encima de mi cabeza.

Después de unos segundos en silencio, Pola se paró, se acomodó delicadamente la túnica, levantó ambos brazos y entonó:

-Pola: ¡El gato voladoooooooooooor! ¡El gato voladoooooooorrr!

-Benito: ¡Miau!

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo II

18/11/2009

¿Por qué hay dos túnicas blancas tiradas en el living?

¿Por qué hay velas de todos los colores y tamaños diseminadas por toda la casa?

¿Qué es ese olor penetrante a incienso?

¿Quién escucha mantras en esta casa? Nadie. Entonces, ¿de quién son esos discos?

¿Y esa palangana de agua? Benito tiene su propio bebedero.

¿Por qué la colchoneta de Gabriel está vacía y cubierta por un lienzo blanco?

¿Y esta estatua de Buda?

¿Qué hacen los libros de Osho y Ari Paluch sobre la mesa?

¿Por qué Gabriel, Lore y Benito duermen en mi cama?

¿Por qué el único que no está desnudo es el gato en pañales?

Día 24 – El pollo de la discordia (III)

12/10/2009

-Lucha: Agarró mi cartera y me empezó a pedir que le convidara pollo al spiedo, Sol. ¡Pollo al spiedo!

-Sol: ¡Qué tarado! –me puse un almohadón en la cara fingiendo vergüenza ajena, aunque nuevamente sólo estuviera ocultando mi risa. Le pedí que me esperara, que iba a poner la pava. Fui hasta la cocina y me reí todo lo que no había podido frente a ella.

-Lucha: ¿De qué te reís?

-Sol: Es que Benito hizo una pirueta con el pañal… jijijijijijiji…

-Lucha: Qué gato de mierda… tiene la misma táctica que Rubén: se manda las cagadas y después hace alguna gracia para que lo perdones. Fijate si no rompió algo.

-Sol: No, todo bien. Ahí voy –me reí un poco más aprovechando que tenía coartada, respiré profundo, me concentré para no pensar en el pollo al spiedo y volví-. Dale, seguí contando.

-Lucha: Cuando llegamos al cine ya era re tarde y nada más había dos películas que no habían empezado. Yo quería ver la comedia y él la de artes marciales. Como pensé que me iba a dar todos los gustos para que nos reconciliáramos, directamente fui a la caja y pedí dos para la comedia, pero él se negó. ¿Sabés lo que me propuso? ¡Qué cada cual fuera a ver la que quería y después nos encontrábamos!

-Sol: ¿Es pelotudo?

-Lucha: Yo qué sé… ¡sí! Es un pelotudo, Sol. Era al pedo discutir, ya estaba encaprichado con ver la de artes marciales y yo no iba a ceder, así que fuimos a ver cada uno la película que quería. Las parejas se besaban al lado mío, Sol… y yo estaba ahí, con mi paquete de pochoclo chico, porque Rubén me dijo que el balde es “para las gordas” y me dio vergüenza pedirlo.

-Sol: No te puedo… -volví a taparme la cara, pero mi artilugio estaba perdiendo eficacia.

-Lucha: ¿Te estás riendo?

-Sol: No, Lucha… es que no lo puedo creer.

-Lucha: Yo tampoco… -suspiró y miró al techo, como tomando coraje para contarme lo que venía-. Cuando terminó la película, me dijo que fuéramos a tomar un helado, que esta vez “podía” pedir el gusto que quisiera. ¡Qué “podía”! ¿Entendés? ¡Que “él me dejaba” tomar un helado que no fuera light! Traté de contenerme y pensar que era un gesto, pero cuando llegamos a la heladería… ¡pidió helado de pitufresas!

-Sol: ¿Qué?

-Lucha: ¡Sí! ¡De pitufresas! El heladero lo miraba como si estuviera loco, pero él insistía: “quiero un helado de pitufresas, de pitufresas”. Al principio me causó gracia y le aclaré al heladero que se refería al helado de frutilla, pero él decía que no, que quería helado de pitufresas. Sol, no lo aguanté más, me quería morir, no sabés qué vergüenza: la cola era larguísima y él seguía con las “pitufresas, las que comen los Pitufos”. La gente se quejaba, los de atrás gritaban para que nos apuráramos y, antes de ponerme a llorar enfrente de todo el mundo, preferí irme. Me preguntó por qué me ponía así, si él nada más quería helado de pitufresas –cada vez que mencionaba la palabra “pitufresas” golpeaba un almohadón con furia-. Le dije que se fuera a la mierda, que era un imbécil y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: El pasito para atrás, ¿no?

-Lucha: Sí. Y gritó “¡Uh!” agarrándose las bolas enfrente de todo el mundo. Se reían, Sol, todos se reían, ni el heladero estaba enojado por el helado de pitufresas y yo me quería morir.

-Sol: ¿Y no te convenció como siempre, Lu?

-Lucha: Sol, ya no tengo 18 años y, encima, la gente no se reía de sus boludeces, se reía de mi ataque de histeria. ¡Qué humillación!

-Sol: ¿Ahí te viniste para acá?

-Lucha: Sí. Y mientras me iba me gritó delante de todo el mundo: “¡si no me vas a dejar comer helado de pitufresas, convidame del pollo que tenés en la cartera!”

Lo inevitable sucedió: me empecé a descostillar de risa sin ningún disimulo.

-Lucha: ¡Hija de puta! ¿¡De qué te reís!? ¡No es gracioso! –se levantó enfurecida.

-Sol: Perdoname… es que… lo del pollo, vos sabés que…

-Lucha: ¡No es divertido! –gritó enloquecida, mientras yo me reía como una oligofrénica. Cuando pensé que me iba a dar un zurdazo, mágicamente se tranquilizó, se sentó y me dijo:- ¿Sabés qué es gracioso? En el cine me pareció verlo a Gabriel.

-Sol: Sí, me dijo que iba al cine. Seguro fue con la pobre Josefina y le hizo pagar la entrada –apenas terminé de decir esto, imaginé a Rubén diciendo “pollo” y volví a reirme.

-Lucha: No, tarada. Lo perdí de vista enseguida, pero estaba con una chica rubia, como Lore, con pelo lacio, como Lore… bajita, de la misma altura que Lorena… por un segundo, pensé que era ella.

Día 24 – El pollo de la discordia (I)

12/10/2009

-Lucha: Siempre me hace lo mismo. Siempre. Siempre –las palabras de Lucha parecían digitadas por un DJ: mucho loop, mucho scratch y un pulso de fondo que ya me estaba poniendo nerviosa.

Para que el plan funcionara Lucha tenía que dejar de vivir en mi casa, por el simple motivo de que Gabriel no debía sospechar bajo ningún concepto que yo quería que se fuera. Obviamente, iba a ser muy difícil que él lo creyera si mi mejor amiga le pegaba, le decía que armara las valijas todo el tiempo y no podía disimular su rechazo. Pero más difícil iba a ser que Lucha se fuera de casa con su sueldo de docente y teniendo como únicas dos opciones volver a vivir con Rita a.k.a. “El Pastor Giménez” o Rubén a.k.a… bueno, no hay qué o quién pueda representar todo lo que es Rubén.

-Sol: Tranquilizate, Lu. Sentate, vení –la tomé de la mano y la llevé hasta el sillón-. Contame qué pasó.

-Lucha: ¿Viste que me mandó entradas para el cine con el helado? Bueno, no eran las entradas en sí, eran unos cupones que después se canjean en el cine por entradas. Como consiguió una promoción, tuvimos que ir hasta Martínez en colectivo. Digamos que lo que se ahorró con la entrada lo gastamos en el colectivo, porque insistió en que fuéramos en colectivo y yo quería ir en taxi, porque estuve trabajando todo el día, Sol. ¡Todo el día arriba de estos tacos! Pero me hizo un “pasito para atrás”, ¿te acordás? El pasito de Michael Jackson que hace siempre y me compra. Cuando gritó “¡Uh!” y se agarró la… la… la entrepierna, me hizo reir y zafó. No sólo no me enojé, sino que le di el gusto y fuimos en colectivo. Al principio tuvimos que viajar parados y yo ya me estaba poniendo de malhumor. ¡Mirá estos tacos, Sol! –me dijo mientras los señalaba.

-Sol: Sí, la verdad, vos sola podés usar eso todo el día. ¿Por qué no fuiste de zapatillas?

-Lucha: Porque quería estar linda, pero él ni lo notó.

-Sol: Hombres… -bufé con resignación.

-Lucha: Bueno, te sigo contando. Entonces, estábamos en el colectivo. Cuando nos sentamos, él me dice que fue la primera línea de colectivo que tomamos juntos cuando teníamos 18 años y nos conocimos. Me puse tan contenta de saber que se acordaba. A su manera y con sus limitaciones, había tenido un lindo gesto. Empezamos a hablar de nuestra primera cita y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: No me digas que empezó con lo del pollo…

-Lucha: ¡Sí! –exclamó mientras lloraba histéricamente y le daba golpecitos al respaldo del sillón, yo aprovechaba para taparme la cara fingiendo indignación. En realidad, me estaba muriendo de risa

Día 18 – Bienvenida a la jungla

04/08/2009

Diez minutos antes de la hora pautada para la reunión, todavía estaba en pijama y con la clara intención de permanecer así. Tampoco cociné y ni me molesté en llamar a la pizzería con antelación. No quería que me abrazaran, no quería que mis amigas me consolaran, pero mi presencia inspiraba lástima y, de sólo verme en el espejo, podía sentir pena por mí misma. Estaba a punto de arrepentirme a último momento, mandarles un mensaje y decirles que lo dejábamos para otro momento.

Anunciar, verbalizar la separación era darle una entidad que yo me negaba a aceptar como cierta, como real. La gente suele reconfortarte diciendo que las relaciones son dialógicas, que no hay culpables, que las separaciones son el resultado de los errores de ambos integrantes del par y la mar en coche. Pero yo quería decir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” y que me vinieran a buscar todos los jinetes del apocalipsis para depositarme en el quinto infierno. Luna dice que la culpa es una suerte de deseo de ser castigado y, en el fondo, yo quería eso. No quería mimos, abrazos y palabras de consuelo. Quería enfrentarme con mi realidad: estaba hecha un desastre, con toda mi vida en veremos y el único abrazo que esperaba ya no iba a llegar. Veía a mamá peladita por la quimio, con la piel tan verde y turquesa como sus ojos, diciéndome: “ese chico me encanta para vos, es el mejor novio que te conocí. Es éste, Solcito”. Éste era ése al cual yo me había encargado de alejar hasta que la distancia fuera insalvable y, aunque Luna insistiera en que tenía que dejar de lado los mandatos y construir mi propio camino, yo sabía que no se trataba de una responsabilidad endosada, sino de la verdad: era él, él era mi para siempre.

Finalmente, envié el mensaje, pero ya era demasiado tarde. Mis amigas tocaron el timbre y le pedí a Gabriel que bajara a abrirles y, de paso, se fuera al demonio. La única que respondió mi SMS fue Lore. Me dijo que, de todos modos, ella no hubiera podido venir, porque le tocaba producir un móvil para el programa de televisión donde trabaja. Me llamó la atención, porque ella convino explícitamente no trabajar de noche o los fines de semana, pero no tenía ganas de seguir con el intercambio de mensajes de texto, así que le mandé un beso y quedamos en vernos en la semana.

Extrañada por la demora de las chicas, abrí la puerta y las esperé en el pasillo. Llegaron, claro que llegaron. Todas traían algo consigo. Pola hacía malabares con una caja llena de paquetes de papas fritas. Atrás de ella, Mili me saludaba con una botella de licor de huevo en una mano y un kilo de helado en la otra.

-Sol: ¿Y Lucha?

-Lucha: ¡Ahí voy! –gritó desde la escalera- ¡Pffff! ¡Cómo pesa esto! –dejó una valija gigante en el piso y se recostó contra la pared, cansada-. Me separé de Rubén.

Día 18 – Contate otro

01/08/2009

Todas mis amigas respondieron al mail enseguida y, espontáneamente, se dieron cita al día siguiente en casa. Además de escribirme para confirmar su presencia, Lore me llamó para ver cómo estaba y, de paso, recomendarme una película que había visto recientemente y que le parecía que a mí me iba a encantar: “Once”.  Como se trataba de un musical, creí que sería ideal para reconfortarme, porque me conectaría con un amor que nunca jamás me abandonaría: la música.

Ese día, como todavía faltaban unas horas para que llegara el “comité de amigas en emergencia amorosa”, me hice de un paquete gigante de papas fritas Bum, me puse el pijama, los escarpines, una de las tantas bufandas que me tejió mamá, como para tenerla un poquito más cerca, y me dispuse a verla. Al comienzo, la imagen de un músico tan talentoso tocando en la calle, pasando desapercibido, me estrujó un poco el corazón, pero sobreviví. Lo peor llegaría cuando éste encuentra a una inmigrante pobre y ambos se van a tocar a una casa de instrumentos que siempre le permitía a ella usar el piano durante el horario del almuerzo. Él le da la letra de una canción de su autoría escrita en un cuadernito, le tira unos acordes y la melodía con la guitarra y ambos empiezan a tocar una de las piezas más lindas y conmovedoras que escuché en los últimos tiempos, llamada “Falling Slowly”. Sin darme cuenta, de pronto, estaba abrazada al rollo de papel absorbente, llorando como una condenada, con los mocos colgando y llena de migas de papas fritas desparramadas en la bufanda.

Gabriel: Sol, ¿qué te pasa? –me preguntaba desde la puerta de mi habitación, con voz suave y las cejas entornadas.

-Sol: Es que… ¡Bwwwwwwwwaaaaaaaaa! –apenas vi que Gabriel se acercaba con los brazos abiertos y con la clara intención de consolarme, me incorporé-. ¿No te enseñaron a tocar la puerta en tu casa? No pasa nada, me emocioné con la película. La tenés que ver…

-Gabriel: Ah, “Once”. La vi el otro día. Es linda, pero un poco aburrida… -me dijo, después de mirar la pantalla de la laptop para averiguar de qué película le hablaba.

-Sol: ¿Me trajiste la copia de la denuncia? Mirá que hoy viene Pola y en serio te puede ayudar –tuve la lucidez de recordar cómo deshacerme de Gabriel.

-Gabriel: Ehhh… en realidad, hoy se la llevé a Chiquito, él lo puede rastrear, pero dudo mucho que lo encuentre, seguro los datos que me dio el tipo son falsos –Chiquito no es justamente chiquito, es más bien un urso que trabaja para la SIDE y que yo conocí en la época en que estaba con Alfredo, era uno más del grupo y uno de los pocos que Gabriel seguía frecuentando.

-Sol: Serias dudas me da que un inepto como ése conserve su trabajo -siempre me causó gracia la paradoja de los servicios de “inteligencia”, que tienen entre sus huestes a giles como Chiquito, capaz de contarle a todo el mundo que trabajaba encubierto en tal o cual causa. Es como si 007 se infiltrara entre un grupo de malosos y se presentara diciendo: “Hola, ¿qué tal, malosos? Soy Bond, James Bond y vine a espiarlos”. Chiquito, además, es un fascista recalcitrante que una vez tuvo el tino de tildarme de “peligrosa” porque, según él, de protestas como las que organizábamos en el conservatorio por las pésimas condiciones edilicias, habían surgido los subversivos montoneros y marxistas. En fin, un idiota con licencia para matar.

-Gabriel: ¿Así que hoy vienen tus amigas?

-Sol: Sí, hoy, así que reponé de una buena vez todas las cervezas que te tomaste y nada de traer esas baratas que tomás vos.

-Gabriel: Bueno, pero antes me baño, quiero estar presentable.

-Sol: Eso no lo vas a lograr con una ducha. Además, ni te peines que en esta foto no salís. Es no-che-de-chi-cas –le guiñe un ojo y le pregunté-, ¿entendés? Así que armate un plan, porque queremos estar solas, sin buitres sobrevolando. De todos modos, con mis amigas no tenés chance, ya te lo dije.

-Gabriel: Está bien, Sol. Pero, ¿por qué estás tan agresiva conmigo? –me interrogó extrañado.

-Sol: ¡Jajajajajaja! ¡Al fin algo que te puedo agradecer! ¡Me hiciste reir!

Día 17 – Over

31/07/2009

From: sols@gmail.com
To: pola@abogada.com; lucha@consultorio.com; lore@productora.com; mili@antropoloca.com
Subject: Rv: Re: Re: Hola

Chicas:

¡Help!

From: javiamordemividadondeestasquenomerespondes@hotmail.com
To: sols@gmail.com
Subject: Re: Re: Hola

Hola Sol:

Sospeché que eras vos. Te vi esperando enfrente desde el balcón y no sé si me habrás hecho un rinraje, pero preferí no atender, porque vernos va a ser peor para los dos. Acepto tus disculpas y acepto mis culpas, pero necesito sostener esta decisión.

Acepté ir a la misión comercial en Ecuador. Es bueno para mi carrera y la distancia me va a ayudar… creo. Sabés cómo son esos viajes, voy a tener la cabeza ocupada todo el día, no voy a tener tiempo para estar como estoy ahora, dándole vueltas y vueltas a lo nuestro.

Gracias por el poema. Sé cuánto te gusta ese libro.

Del modo que sea, siempre te voy a querer.

Javi.