Posts Tagged ‘Josefina’

Día 22 – Laburus interruptus

20/08/2009

Solci:

Hoy toca lavar la ropa de color. Separá la delicada de la común. Por favor, no uses suavizante de segunda marca que me da alergia. No te olvides de pagar las cuentas, te dejo la tarjeta. Cambiá las lamparitas por otras de bajo consumo. Descongelá el freezer que se reventó una cerveza adentro. Me parece que algunos tomates ya están viejos, tiralos. El azúcar se humedeció, rellená la azucarera. Te traje el enjuague bucal, usalo después de cada comida. El hilo dental que está sobre la repisa del baño no está de adorno. Dejaste pelos en la bañadera, pero no importa, ya los saqué. Si vas al supermercado, comprá el papel higiénico de los perritos, que es el que más me gusta. ¡Deberías tener té común, Sol! A la noche armamos el menú de la semana juntas. Cerrá la puerta de mi habitación para que Gabriel no me robe MI cama.

Besos!

Lu.

P.D.: Si comés tostaditas, porfa, cerrá bien el frasco.

Leí la nota que Lucha me había dejado sobre la mesa de la cocina y, antes de poder empezar a maldecir, escuché que el celular sonaba y me puse a buscarlo desesperadamente. ¿Y si era Javi? ¿Quién más podía llamar con tanta insistencia?

-Lucha: Cómo tardás en atender, eh. Deberías tener el celular siempre con vos: ¡trabajás freelance! Mirá si era un cliente o alguien que te quiere contratar…

-Sol: Hola Lucha, ¿cómo te va? –me froté los ojos con el dorso de la mano y bostecé.

-Lucha: ¿Recién te levantás? ¿Viste la nota que te dejé? Mirá la hora y todas las cosas que tenés que hacer. También tenés que trabajar. No vas a hacer a tiempo –bufó un poco y siguió-. Decime, ¿para cuándo te reservo el turno?

-Sol: No sé, Lu, después me fijo. Quiero aprovechar que estoy sola a la mañana para intentar arrancar con lo que tengo que hacer…

-Lucha: Sol, ¿no tenés una agenda? Fijate cuándo estás libre, porque no vengo al consultorio todos los días.

-Sol: No, Lu, no tengo agenda… -le dije antes de que el teléfono me avisara que tenía una llamada en espera-. Lu, Lu, te tengo que dejar están llamando. Beso.

-Lucha: No te olvides de… -no la dejé terminar, no podía esperar a atender.

-Sol: Hola, ¿Javi?

-Rubén: ¿Sol?

-Sol: ¿Rubén? ¡¿Cómo estás?!

-Rubén: Ahí, extraño a Lucha…

-Sol: Me imagino… está en el consultorio, recién corté con ella.

-Rubén: No, no. Solamente quiero saber cómo está. ¿Está re triste, no?

-Sol: Mirá, yo te diría que la llames a ella y hablen. No me quiero meter, Ru.

-Rubén: Seguro vuelve la semana que viene… ya se le va a pasar –se lo escuchaba muy seguro de sí mismo y del pronto regreso de Lucha, la cual había llegado apenas unos días atrás y ya había instaurado su dictadura. Tuve una idea y, por el bien de nuestra amistad, me propuse llevarla a cabo.

-Sol: Rubén, no me quiero meter en sus asuntos, pero creo que sea tan fácil. Vas a tener que hacer algo. Si querés, yo te ayudo.

-Rubén: No te preocupes, Sol, es un berrinche.

-Sol: Rubén, creo que es más serio: se trajo el frasco de las tostadas y ya tiene cama. Está ins-ta-la-da.

-Rubén: Sol, ¡ayudame!

“Ayudame vos a mí, antes de que la mate”, pensé y, después de planificar sus próximos pasos a seguir, nos despedimos.

Llevé mi computadora a la cocina y abrí el archivo del guión del largometraje, pero se ve que el mundo estaba complotado para evitar que yo trabajara.

-Sol: Hola…

-Josefina: Hola, Sol. ¿Me pasás con Gabriel? –me lo preguntó de un modo tan expeditivo y desconsiderado, que me llamó la atención.

-Sol: ¿Qué tal?, ¿cómo estás Josefina? ¿Viste qué lindo día nos regaló el señor? –le dije aunque me alegró notarla de poco ánimo para la conversación-. Está trabajando, Jose.

-Josefina: ¡¿Trabajando?!

-Sol: Eh… sí, ¿qué te sorprende?

-Josefina: Nada, nada. Igual, quedamos en vernos a la tarde. Te mando un beso.

-Sol: ¡Otro! ¡Que estés bien! –corté con ganas de romper el teléfono y volví a la cocina.

“Ahora, sí”, me dije, me desperecé y volví a la lectura. Al segundo estaba mirando el techo, dándole vueltas al comentario de Josefina. Era lo único que faltaba para cantar bingo: que Gabriel no trabajara. Pero enseguida me obligué a fijar la vista en la pantalla. Si bien no tenía una fecha de entrega estipulada, es muy común que a último momento al cliente se le ocurra que tiene que estar todo listo en dos días y, honestamente, no quería repetir la experiencia de pasar una o dos noches en vela.

-Benito: ¡Miaaaaaaaaaaauuuu!

-Sol: ¿Vos también? Pensé que ahora éramos amigos, gato traicionero.

-Benito: ¡Miiiiaaaaaaaaaaauuuuuuuuu!

-Sol: Si querés hacer los coros, presentate al casting y, si querés mimos, esperá a que llegue tu dueño del trabajo, mequetrefe.

-Benito: ¡Miiiiiaaaaauuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

-Sol: ¡Basta, basta! Vení, vení, vamos para el living –lo levanté con cuidado y maulló aún más fuerte-. ¿Qué te pasa, Benito?, ¿qué tenés en el pañal? Uffff, no, engendro demoníaco… ¡otra vez, no!

Anuncios

Día 14 – Corderitos y nubecitas

19/07/2009

-Gabriel: Dale… que en cualquier momento llega la mina ésta…

Hubiera preferido que se refirieran a mí como “Sol, Santa Patrona de los Felinos”. Pero, en cambio, era la “mina ésta”, la que estaba hecha un esperpento impresentable después de pasar horas y horas esperando a que terminara la operación de Benito. La misma que apenas sí tenía unas horas de sueño encima y que, parada frente a la puerta de su casa, escuchaba cómo se reían de ella desde adentro.

La puerta se abrió de golpe y dos rostros rozagantes, con las mejillas ruborizadas y el pelo mojado me miraban descolocados.

-Gabriel: Hola, Sol. ¿Dónde está Benito?

-Josefina: ¿Saliste en pijama?

Efectivamente, debajo de mi larga campera, se podían ver corderitos y nubecitas estampados en un pantalón de franela celeste. Yo recién lo había notado una vez en la veterinaria y, a decir verdad, no le di mucha importancia.

-Sol: Seh. Intenté despertarte, Gabriel, pero dormías como una roca. Te sacudí un poquito y me insultaste –me miraban, se miraban, señalaban mi pijama y reían agarrándose la panza. Levanté la voz para tapar sus carcajadas e intentar convertir mis ganas de llorar en ira. No merecía esa bronca y estaba dispuesta a depositarla en ellos-. ¡Porque, por si no te enteraste, tu gato se estaba muriendo en mi bidet!

Pasé entre ellos sin pedir permiso y, ante sus caras de desconcierto, entré a la cocina y tomé agua de la jarra, volcándome la mitad encima. Josefina se acercó a mí con cuidado, como temerosa, me sacó la jarra de la mano y bajó el cierre de mi campera mojada. La delicadeza le duró lo que tardó en ver que debajo tenía el buzo del pijama.

-Sol: ¡De qué carajo se ríen! ¡De qué mierda se ríen! ¡No te va a alcanzar la vida para agradecerme, hijo de puta! –les grité sacudiendo el brazo con el puño cerrado, lo cual, parece, les causó más gracia aún-. Reíte lo que quieras, Gabriel…

Viéndola en retrospectiva, la escena debe haber sido graciosa o, al menos, lo fue por un instante. Enajenada como estaba, fui hasta el living e inspeccioné la campera de Gabriel hasta encontrar lo que estaba buscando. Para mi completa frustración, su billetera estaba vacía.

-Sol: ¡Tampoco te va a alcanzar la vida para pagarme lo que me debés, rata mutante! –me mordí los labios y grité hasta desgañitarme- ¡Spliiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnteeeeeeeerrrrrrr!

Su cara se transformó. Sus ojos buscaron los de Josefina, quien –nuevamente- había adoptado una actitud cautelosa y me acercaba un vaso de agua.

-Josefina: Yo vine por eso, Sol… -Gabriel la interrumpió.

-Gabriel: Sí, Sol. Yo te dije que Jose iba a venir hoy para llevar a Benito a una veterinaria amiga de ella y que no nos cobra.

-Sol: Callate, callate, callate… Benito estaba muy mal y yo… yo te quise despert… -no me dejó terminar y retrucó.

-Gabriel: Sí, ya sé que estaba mal. Seguro tenía una infección urinaria por dormir con frío en el balcón, cuando vos…

-Sol: ¿Yo, qué?, ¿yo, qué? ¿Querés saber qué dijo el veterinario, Gabrielito?, ¿querés saber?, ¿querés saber? –mentalmente, me estaba trepando a la esquina del ring para arrojarme encima de él haciendo “el carnero”, como había visto en “El luchador”. En la realidad, estaba a punto de empezar a tirarme de los pelos-. ¡Tenía las vías del intestino obstruidas porque le diste alimento marca “Kongo”!

Súbitamente, una mano apoyada en mi hombro me sacaba del trance. Miré al costado y vi a Josefina abriendo su billetera.

-Josefina: Tomá, Sol… yo nada más tengo $500 que traje por las dudas. Después, consigo el resto, en serio… disculpá…

-Sol: Guardá eso, Jose. Guardá la billetera, está bien… yo… yo tengo más plata acá… -su gesto me calmó, pero no porque me tranquilizara, sino porque me recordaba que estaba frente a una pobre buena mina, otra víctima de Gabriel, pero inconsciente y enamorada. Ella no era mi enemiga. Aunque se hubiera reído de mí tanto o más que Gabriel, ella no tenía la culpa de lo que había ocurrido o de mi odisea colectivera.

Sin embargo, no pude dejar de aprovechar la despedida para una pequeña venganza.

-Sol: Chau, Jose -después de besarla en la mejilla, tomé un mechoncito de su pelo aún húmedo y, en voz bajita, señalando la cama de Gabriel deshecha y con las mismas frazadas apestosas del primer día, le dije al oído-. ¡Qué estómago tenés, querida! Yo que vos, me baño otra vez… pero en mi casa.

Me desplomé en una silla y, cuando escuché que la puerta se abría, le grité a Gabriel:

-Sol: ¡Volvé rápido! Tenemos que hablar.

Día 8 – Gotcha!

04/07/2009

El plan “te vas por las tuyas” estaba funcionando a la perfección. Claro que no esperaba que Gabriel me pagara todo lo que me debía y eso me daba más bronca aún. Sin embargo, había logrado incomodarlo tanto que, para evadirme, empezó a pasar menos tiempo en casa.

“¿Cuándo me vas a comprar el colchón? Me siento una indigente durmiendo en uno inflable”, “¿cuándo se va Benito?”, “¿intentaste llamar al tipo que te estafó o hiciste la denuncia?”, se convirtieron en mis preguntas predilectas. Siempre encontraba alguna excusa tonta para tener que salir y, al segundo día de comenzado el plan, ya me sentía victoriosa. Si quería quedarme sola, todo lo que tenía que hacer era formular alguna de mis preguntas mágicas y esperar dos minutos hasta escuchar que la puerta de entrada se cerraba. De todos modos, sus excursiones al mundo exterior no duraban mucho y ahí estaba yo cuando volvía, acechando, esperando la oportunidad para intranquilizarlo.

Ese día, salió alrededor de las siete de la tarde y volvió a las diez. Escuché que había llegado y corrí sintiendo que flotaba en mis pantuflas de corderito blanco, como si fueran nubecitas que me elevaban hacia la gloria suprema. Cual ninja, me aposté silenciosa en la puerta de entrada de la cocina mientras esperaba que Gabriel terminara de llenar su segundo shot de vodka. Sin siquiera girar, supo que estaba ahí. Me sentí un poco torpe habiendo perdido la oportunidad de dar un gran golpe de efecto, pero hice lo que me pidió y revisé el bolsillo interno de su saco.

-Gabriel: Te la manda Josefina,  me dijo que te la había prometido  –seguía sin mirarme y llenando consecutivamente, una y otra vez, el shot. Cuando vi la crema humectante de vainilla, el placer de torturarlo dejó de ser tal y sentí la profunda necesidad de hacer algo por Jose.

-Sol: Llamá al tipo que te estafó, no podés dejar las cosas así, ese tipo es una basura.

Lo tomé de los hombros y lo llevé como una marioneta hasta el teléfono.

-Sol: Tomá, llamalo.

Gabriel agarró el tubo y marcó tres veces, obviamente, sin éxito.

-Gaby: Debe haber cambiado el chip.

-Sol: ¿No tenés un número fijo?

Hizo un gesto negativo con la cabeza y entró a bañarse, seguro que para evadirme o bajar la borrachera, porque estuvo casi una hora en la ducha.

Guardé la crema en el placard del pasillo y tomé una decisión: tenía que confirmar quién era el estafado y quién el estafador.

Levanté el tubo del teléfono, miré para todos lados y presioné redial.

“Hola, te comunicaste con la casa de Gabriel, Pedro y Benito. Después de la señal, dejanos tu mensaje”.

Día 5 – Hola, nennnasss – Segundo acto

01/07/2009

La pizza corrió la misma suerte que mis empanadas, así que aproveché la llegada del resto de las chicas para meter a Pola y a Lore en la cocina y alimentarlas con algunas empanadas que había reservado para comer al día siguiente. De pronto, la puerta se abre y, en un acto de arrojo, Pola pega un salto olímpico y se interpone entre las empanadas y el mundo, defendiéndolas como el Sargento Cabral lo hiciera con el General San Martín.

-Pola: Ah, Lucha, sos vos… -dijo aliviada, mientras se bajaba de la mesada y le ofrecía una empanada.

-Lucha: Dale, llevémoslas al living y las comemos sentadas –propuso entusiasmada, la muy inocente palomita.

-Todas (a coro): ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO! –también nos reímos al unísono, mientras seguíamos atragantándonos las empanadas, conscientes del riesgo inminente que significaba Gabriel para nuestra alimentación.

-Lucha: ¿Qué pasa?, ¿qué hacen acá? –preguntó extrañada frente a nuestra respuesta- ¿quién ese pesado, Sol?, ¿y esto? –dijo señalando las dos heladeras- No entiendo nada…

Aproveché que estaban las tres juntas para contarles mis sospechas sobre la estafa a Jose.

-Lore: ¿Sabés que ya me parecía? Ese chico tiene un aura oscura, cuando entré sentí la mala onda, Sol. Comprate unos sahumerios de sándalo y perfumá toda tu casa, haceme caso.

-Lucha: Qué sahumerio… ¡tenés que comprar Pinolux y desinfectar esta casa! No tiene mala onda, ¡tiene mal olor, Sol! –las tres asintieron y, aunque sabía que eventualmente descubrirían la peste nauseabunda, no pude evitar sonrojarme.

-Pola: Mirá, lo que tenés que hacer es decirle a esa chica lo que pensás y que ella te cuente bien cómo fue. Si la cagó, lo denunciamos, yo misma le llevo la causa.

-Sol: Chicas, no se preocupen, yo ya sé lo que voy a hacer, tengo un plan A y un plan B. Lo que voy a hacer… -justo cuando estaba por contarles entró Mina, la que se iba a vivir a España.

-Mina: ¿Pedimos más birras?

-Sol: ¿Ya se acabaron? ¡Pero si compré 12!

-Mina: Y no sabés cómo toma tu amigo… ¿quién es?

Día 2 – Cuestión de fe

22/06/2009

El agua hervida, la yerba lavada. Mi mañana, definitivamente, no era lo que yo había esperado.

-Sol: ¿No fuiste a trabajar? -tenía la ilusión de tener un tiempo sola para procesar lo que había pasado el día anterior.

-Gaby: No, me pedí dos días por mudanza en el laburo… esto me mató…

-Sol: Y, sí. Pero, ¿por qué no intentás llamarlo otra vez? Recién pasó un día, seguro se quedó sin batería.

-Gaby: Qué sé yo…

Desayunamos en el living y cuando avisé que iba a poner la pava otra vez, Gaby me preguntó si podía llevar sus cosas para mi estudio, su futura habitación. Por un segundo sufrí pensando en mi querido estudio. Viviendo con Javier me tuve que acostumbrar al comedor, al living. El despacho era suyo y solamente suyo. Siempre compartí la habitación con mi hermana mayor y, cuando viví sola, me tuve que conformar con el living de un dos ambientes para hacer mis cosas. Además, el living de mi casa actual, a diferencia del resto, es muy oscuro.

Gaby se sirvió otro café y seguimos conversando.

-Sol: Ya me parecía raro que no te pidiera garantía.

-Gaby: A mí no, porque como es amigo de Josefina, pensé que me hacía el favor.

-Sol: ¿Cuánto costaba el alquiler?

-Gaby: Y… el primer año, $800 y $900 el segundo… era una re oportunidad.

-Sol: ¿Tan barato? –hasta conseguir mi departamento, recorrí cada inmobiliaria y leí los clasificados durante dos meses y, ése, no era el precio de mercado- ¿No te hizo dudar? ¡Sos un pichón! ¡caíste como el mejor! O, seguro, estaba hecho mierda, ¿no?

-Gaby: No sé, no lo vi… justo lo estaban pintando cuando me encontré con él para darle la plata.

-Sol: ¿No lo viste? ¿le diste todos tus ahorros por un departamento que ni sabías en qué condiciones estaba?

Gaby afirmó con la cabeza sin inmutarse, mientras terminaba su segunda taza de café. Cuando se levantó a servirse una tercera, lo seguí hasta la cocina al grito de “¡pichón! ¡Mr. Burns se hubiera hecho un festín con vos!”, sólo para descubrir que había abierto el paquete de café colombiano que me había traído Javier y que yo reservaba para alguna ocasión especial. Me sentí más ultrajada que cuando me vio en ropa interior y bailando en puntitas de pie.

-Sol: Sabés… hasta que yo termine la composición que me encargaron, mejor dejemos tus cosas en el living.

Día 1 – sexta parte

15/06/2009

“Ahora corto la cebolla en brunoisse…” –pensaba mientras preparaba la cena- “pero qué hijo de puta…”.

Josefina estaba en el living acomodándole las cosas y me daba rabia. Tenía ganas de cachetearla, de ponerla contra la pared y darle con una manguera a presión, pero no iba a hacer nada de eso. Tampoco le iba a decir la verdad y empecé a plantearme qué mierda había cambiado en mí que me impedía ser sincera, evitar tamaña injusticia. Yo no tenía todas las pruebas como para acusar a Gabriel y, mal que me pesara, le debía un gran favor y lo quería. Él me había hospedado en mi peor momento, me había hecho compañía, hasta durmió en el sillón toda la semana para dejarme su cama. Sin embargo, no podía creer que me hubiera mentido.

Empecé a atar cabos, a conjeturar, especular respecto a todo. Desde el principio, si lo meditaba, las cosas se habían dado de un modo extraño. A las pocas horas de no encontrar al tipo que le iba a alquilar el departamento, él ya se consideraba estafado. De hecho, durante la mudanza me dijo que más tarde iba a hacer la denuncia y yo le dije que me parecía precipitado. Después, me había mentido con la plata. Podía ser orgullo, aunque eso jamás le impidió pedirme que le pagara una cerveza o contarme que había almorzado sopa de kétchup porque no tenía otra cosa para comer. También me llamaba la atención su insistencia en que yo no me quedara sola con Josefina, algo que confirmé que le molestaba cuando volvió.

Llegó con una botella de vodka y me pidió un shot. Mientras se lo alcanzaba, le dije que íbamos a comer pamplona, que pusiera la mesa para tres. Me miró extrañado y me aclaró que Josefina no iba a quedarse a comer con nosotros. Insistí porque había preparado tres pamplonas y realmente quería que ella se quedara, pero ni me respondió. Fue directo al living y escuché que la saludaba. Le preguntó por Benito y su adaptación. Volví a mi tarea porque, aunque no soy una gran cocinera, si hay algo que le pongo a la comida es voluntad. De pronto, se quedaron en silencio y yo me acerqué a la puerta.

-Gabriel: ¿Y, de qué hablaron? – preguntó en voz baja

Contuve la respiración. Lo único que me faltaba era tener que convivir con la incomodidad de alguien cuyas miserias habían quedado expuestas tan vulgarmente.

-Josefina: No hablamos mucho, yo estuve acomodando algunas cosas y jugando con Benito.

-Sol: ¿Te quedás a comer, Jose? –le pregunté con mi mejor sonrisa y, en la mano, un plato que convencería a cualquiera. Cualquiera, menos a ella.

Cuando nos quedamos solos, Gabriel me hizo la misma pregunta: de qué habíamos hablado. Le dije que de nada importante, que Jose me caía bien y que me parecía un buen partido para él.

-Gabriel: Es muy buena, sí… pero muy ingenua –casi le escupo una papa en la cara de piedra que tiene-, además, sale con un tipo casado –sabía quién era su interlocutora y no dudó en desacreditarla moralmente- y con un hijo –enfatizó.

Mañana sería otro día.

Día 1 – cuarta parte

14/06/2009

Finalmente, pasé todo el día tomando cerveza con ellos y conversando de mil cosas. Me hubiera gustado que Gaby me avisara que venía con gente para evitar la vergüenza de estar en joggings agujereados y sweater raído enfrente de una completa desconocida.

Con el pasar de las horas, Josefina llegó a caerme muy bien. Hablamos de todo y todos, pero Gaby estaba muy callado, como incómodo. Supuse que era por la estafa y la perspectiva de tener que dormir en mi living por tiempo indeterminado. Para tranquilizarlo, le ofrecí mudar sus cosas a mi despacho y el teléfono para llamar al estafador. Cuando levanté el teléfono para marcar el número del maleante, para mi sorpresa, la que me dictó el número fue Josefina.

-Sol: ¿Cómo sabés el número?

-Josefina: El estafador es mi amigo. Bah, era mi amigo. Yo se lo presenté a Gaby…

Ahí creí comprender el motivo por el cual ella había accedido faltar al trabajo y a quedarse durante dos horas en un departamento vacío a cuidar al gato: simple y llana culpa. Pero la verdad me sería revelada más tarde, cuando Gaby se fue a devolver las llaves del que ya no sería su departamento. A las 8 de la noche, Gaby me pidió que le bajara a abrir y le preguntó a Josefina si se irían juntos y, ante la negativa de Josefina, Gabriel le insistió de un modo que me inquietó.

-Gabriel: ¿Vos no tenés que ir para tu casa?

-Josefina: No, está bien. Andá, yo te espero.

-Gabriel: Pero si le dijiste a tus viejos que ibas a laburar, ya está todo bien si volvés.

-Sol: No hay problema, Gaby, mejor que se quede, así me ayuda a preparar la cena…

No veía la hora de quedarme sola con ella.

Día 1 – tercera parte

12/06/2009

Con Benito no sólo llegaría un nuevo enemigo, esta vez, del reino animal: con él llegaría la verdadera víctima de esta historia.

Gaby volvió a su antiguo departamento a buscarlo. Mientras tanto, yo imaginaba mil lugares para poner sus cosas: un recipiente con piedras, un platito de comida y otro de agua. Cuando vi el alimento genérico, no lo dudé y fui a comprar un paquete de Proplan. Siempre tuve gatos y sé que tienen el estómago delicado.

La semana que viví con Benito en el departamento de Gaby, nuestra convivencia fue pacífica y amorosa. Solíamos pasar tardes enteras leyendo y hasta dormía a los pies de mi cama. Estaba contenta de volver a verlo y ya podía imaginarlo entre mis sábanas o jugando con los flecos de mi acolchado.

A la hora, Gaby volvió con Benito adentro de una caja y, atrás de él, Josefina cerró la puerta.

Apenas la vi entrar me acerqué a saludarla. Ella era una amiga, según Gabriel, y se había quedado a cuidar a Benito mientras él mudaba las cosas.

Ahora mi cocina tenía dos heladeras, en mi living había una cama, un sillón y justo lo que me había prometido jamás dejar entrar en mi casa: una tele.

Yo tenía que entregar una composición para un documental sobre ballenas, iba a hacer una pieza instrumental y tenía planeado pasarme el día tratando de sacarle algún sonido decente al didgeridoo, pero la llegada de Josefina me obligaba a tener que oficiar de anfitriona.

Y así lo hice.

¡Lo bien que hice!