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Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita II

07/11/2009

Ya estaba llegando tarde al recital y pensé que si me apuraba, podía llegar a los últimos temas y ver entonces al Rockstar. Después de darme cuenta de que el control era mío otra vez, acepté ir caminando hasta el evento en compañía de Federico. Travolta me poseyó nuevamente y, sin siquiera intentar disimularlo, comencé a balancear mis brazos y a tararear el soundtrack de “Saturday Night Fever”, mientras interiormente divagaba con la idea de que el “Saturday” era más bien un “Friday” para mí.

Algo interrumpió el aparatoso movimiento de mi cuerpo. Era la mano de Federico que estrechaba la mía, pretendiendo que así recorriéramos la distancia hasta el recital. Toda la música se convirtió en ruido blanco. Algo de toda la situación no me cerraba y, obviamente, era ese gesto tan tierno y afectuoso en una situación que yo había determinado de antemano que no lo sería.

Caminamos en silencio y tomados de la mano no más de diez metros, hasta que un maravilloso objeto se interpuso en mi trayecto: la taza de un auto. Me apuré a soltarme y agarrarla, lanzarla al aire y volver a agarrarla. Me felicité por tener tanto talento para los malabares y agradecí los aplausos de Federico.

-Fede: Deberías dedicarte a hacer malabares en los semáforos –dijo muy convencido antes de reírse e intentar sacarme la taza para volver a darme la mano.

-Sol: Dejámela. Esta taza me va a hacer millonaria, mirá –después de forcejear suavemente, me paré enfrente de los autos que esperaban a que el semáforo cambiara de color e hice mi gracia con la taza. Para mi sorpresa y la de Federico, en dos semáforos hice $20.

Debo confesar que los taxistas son muy generosos y aconsejarle a los que hacen esto como profesión, que el vestido es más efectivo que la cara pintada y la ropa hecha con patchwork.

También debo confesar que me sentí bien, plena. No eran las cervezas que había tomado: era yo misma, sin miedo al ridículo, divirtiéndome de verdad, sintiendo que la gente encontraba en mí ese encanto que siempre me distinguió. La misma espontaneidad que había enamorado a Javier en nuestra primera cita, cuando lo obligué a quedarse hasta la madrugada en una plaza, viendo cómo yo tocaba para todo el mundo, sin siquiera reparar en su presencia.

El sexo en sí, para mí, no es más que otra fuente de placer. Después de vivir mucho tiempo con culpa, creyendo que lo correcto era dejar pasar un determinado tiempo hasta llegar a ese nivel de intimidad, por el solo hecho de pensar que el otro debía sufrir hasta obtener lo que –en realidad- ambos queríamos, como prueba de su real interés en mi persona o de mi valía como mujer, me había dado cuenta de que todos estos rituales de espera, sufrimiento y culpa eran un sinsentido. El sexo no era más que otra fuente de placer: comer, leer un libro, escuchar música, tener relaciones. Si se hace responsablemente, dejándole saber al otro dónde está parado, la función que cumple y el lugar que tiene en tu vida, cuidándose y previniendo consecuencias no deseadas, no es más que eso: un momento en el cual dos personas la pasan bien, propinándose afecto o entregándose al más primitivo de los impulsos.

Al quitarle toda la carga moral y no dejar que la sociedad y sus imperativos se interpusieran entre mi deseo y su concreción, aprendí a disfrutar verdaderamente. No sólo en aquellas relaciones esporádicas, casuales, sino en aquellas otras que encierran un profundo amor y una promesa de futuro cierta.

Pero éste no fue el descubrimiento más importante que hice. Esto no era más que una pista que me iba a llevar a la esencia de la cuestión: la elección.

Cuando ocurrió lo de Ramiro, por momentos, sentí culpa y hasta bronca por Javier. Sentía que él me había obligado tácitamente, me había puesto en la situación de estar con otra persona. Pensaba que si él hubiera venido con el ramo de flores antes, jamás hubiera pasado algo “tan terrible” como que yo pudiera estar con otra persona como si nada cuando nuestra separación todavía era reciente. Sin embargo, yo había cumplido con todos los mandatos sociales: estaba soltera, ya no vivía con mi novio y era libre de hacer lo que quisiera. Pero tenía otra obligación y no era para con nadie más que para conmigo misma. El haber estado con Ramiro no había cambiado ni un ápice de lo que yo sentía por Javier. Era una sensación rara y completamente novedosa: ¿cómo podía haber estado con alguien y que no significara nada más que un momento de placer que no influía en lo más mínimo en lo que sentía por otra persona? Me habían enseñado que amar a una persona no es decirle que “sí” a ella, sino decirle “no” al resto. En esa elección también se escondería la fidelidad. Sin embargo, yo no estaba siendo infiel, porque estaba soltera. Ahí me di cuenta de que a los mandatos sociales no sólo había que alejarlos de la cama, sino de las elecciones. Jamás dejé de elegir a Javier y, por más que tuviera todas las credenciales de inocencia y libre culpa, esa elección conlleva una responsabilidad y consecuencias. Lo que yo había hecho no tenía nada de malo, no era incorrecto, no era moralmente sancionable, pero podía herir a quien yo amaba. Seguir sintiendo lo mismo por Javier, también tenía que implicar demostrarlo del mismo modo. Hay quienes nos quieren y hay quienes nos quieren bien. Elegir a Javier también implicaba evitar hacer cualquier cosa que pudiera lastimarlo. Eso sería quererlo bien.

Yo sabía que podía llevar a Federico a mi casa, sabía que eso no cambiaría en nada lo que yo sentía por Javi, que estaba soltera y la mar en coche. Pero ahora también sabía que algo así podía lastimarlo y eso era lo último que quería hacer. Aunque no me respondiera los mails, aunque no me hablara, aunque me hubiera dicho que nuestra relación se había acabado y para mí un momento con Federico no fuera más que un espacio de placer instantáneo y perecedero, la cuestión ya no se dirimía en el ámbito de lo que está bien o lo que está mal.

Supe que era el momento de huir.

-Superyó: Con el último aliento no etílico que me queda, te recomiendo que huyas ya. Yo ya no soy responsable por lo que hagas. ¡Hic!

-Ello: ¡Ay, sí! ¡Qué divertido! ¡Vámonos al recital!

-Sol: Dishculpame, Fererico… pero lo nuestro nou puede zer… ¡hic! –dije antes de apoyar la taza en el asfalto y abordar el taxi de uno de los espectadores de mi maravilloso show.

Federico se quedó en su lugar, saludando con la mano alzada y una sonrisa de satisfacción. “Mañana te llamo”, alcancé a oir mientras me alejaba de él y me acercaba al que sería el papelón de mi vida.

Día 24 – De manual

09/10/2009

Histérica #1

Aprovechando que Gabriel también había salido, me apoderé de su PlayStation y me dediqué a matar monstruos en el Obscure II. No hay nada más liberador que insultar a los mutantes y gritar “¡tomá, tomá!”, mientras se aprietan violentamente todos los botones de un joystick ajeno, hasta matar a Friedman, el maloso del jueguito.

Con tal de que Gabriel se fuera, accedí a cambiarle el pañal a Benito y ya iba siendo hora de que lo hiciera. También le tenía que dar la medicación, pero no recordaba cuál. Gabriel me había dicho: “la del frasco azul”, pero los de ese color eran dos. Después de meditarlo unos segundos, decidí llamar a Federico. Además, quería aprovechar para agradecerle por los $50 y convenir cómo devolvérselos.

En realidad, debería confesar que, en lo más profundo de mis miserias histérico-narcisistas, también, quería hablar con él porque había notado que se había fijado en mí y sabía que me lo iba a dejar saber de algún modo. Y así fue que terminé sabiendo cuál frasco era el correcto y con una cita al día siguiente, viernes, para hacerle entrega del dinero.

Todavía no estaba lista para nada nuevo: lo de Javi había ocurrido hacía unos días y era en lo único que podía pensar, pero me agradaba ser para alguien todo lo perfecta que no era para él. Sabía que si me quería levantar, todos serían halagos, explícitos o implícitos, no importaba. Solamente quería verme a través de los ojos de un tipo a quien le había gustado, a pesar de no tener ni $50 para pagar sus servicios veterinarios a domicilio, aún sabiendo de antemano que era inconducente, que nada sucedería, porque así lo había decidido yo. Para asegurarme de que la cita no se extendiera, le expliqué que después tenía que ir a un recital y, sin darme cuenta, me estaba confirmando a mí misma que iba a acceder a la invitación del Rockstar, otro buitre que me arrastraba el ala.

Apenas corté con Federico, corrí al placard, saqué todos mis vestidos y, después de desfilarlos frente al espejo, me decidí por uno que suele impedirle a los hombres hablarme mirándome a los ojos. Tenía plena consciencia de ello y me divertía imaginarme diciéndole a los interesados: “no, te equivocaste, sólo vine a devolverte la plata” o “no, nada que ver, vine a tu recital porque necesitaba pedirte un favor para un amigo”.

-Ello: ¡Esa es mi chica!

-Superyó: No sé… no me parece…

-Sol: Callate. Mañana me voy de joda con Ello y vos te quedás tomando mates abajo del perejil, ¿me escuchaste?

-Superyó: ¡Histérica!

-Ello: Nah… ¡son rumores!

-Sol y Ello (al unísono): ¡Muejejejejeje!

Me estaba riendo de mí misma, probando diferentes peinados frente al espejo, cuando escucho que la puerta se cierra con una violencia inédita.

Histérica #2

-Lucha: ¡AAAAAAAAAAARRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGHHHHHHHHHHH! –aulló antes de tirar la cartera con furia contra la pared- ¡Pitufresa! ¡De pitufresa! ¡Pitufresa! –repetía a los alaridos mientras golpeaba repetidamente el piso con sus tacos, como bailando un malambo- ¡Pidió helado de pitufresa!

Día 23 – Trade-In

27/09/2009

-Luna: Tarde. Otra vez, Sol –fueron sus palabras de bienvenida. Me limité a reirme y a sentarme en mi lugar.

-Sol: ¿Sabés que siempre te envidié la mecedora, no? –le dije con total honestidad-. ¿Me puedo sentar ahí?

-Luna: Éste es mi lugar y ése –señaló con el dedo mi silloncito- es el tuyo.

-Sol: Ufa, ufa. Daaaaleeee… ¡jajajajajajaja! –su cara me comunicó, claramente, que toda súplica era inútil, así que me dispuse a comenzar la sesión en el estado en que estaba, sentada en el lugar que me tocaba.

De pronto, mi estómago empezó a rugir, pero tenía todo fríamente calculado: el bajón no me iba a agarrar desprevenida, no. Abrí mi cartera y saqué un paquete de papas fritas ante la mirada impávida de Luna, que me observaba lamer la sal de cada una y después tragarlas sin masticar.

-Luna: ¿Estás ansiosa? ¿Seguís mal por la separación?

-Sol: Jijijijijijijijijiji

-Luna: Bueno, veo que ya estás mejor… pero te noto un tanto ansiosa.

-Sol: Tengo un bajón… jijijijijiji

-Luna: Por lo risueña que estás, no parece que estuvieras bajoneada.

-Sol: No es un bajón de tristeza, Luna –le guiñé un ojo y entendió todo.

Luna es una psicóloga muy reconocida en su ámbito. Además de atender pacientes particulares, como yo, trabaja en un hospital y es una militante activa por los derechos humanos,  lo cual le trajo mucha fama y muchos problemas. Al poco tiempo de frecuentarla, la googleé y descubrí que de joven había sido modelo, que escribe en un diario muy importante y que tiene un blog propio y uno apócrifo, en el cual, alguien que se hace pasar por ella ofrece sus servicios sexuales en forma gratuita. Todos sus datos estaban en ese blog y, después de mucho cavilar, decidí contarle. Avergonzada, me reveló la identidad del acosador y me explicó por qué no podía hacer nada al respecto. Digamos que tiene enemigos que hacen que Gabriel se vea como Ned Flanders. Desde entonces, soy fiel seguidora de su blog y alguna que otra vez le dejé un comentario.

-Sol: Yo también tengo un blog, Luna. Lo abrí hace unos días. ¡Jajajajajajaja!

-Luna: ¡Pasame la dirección!

-Sol: Ni loca.

-Luna: Vos lees mi blog. Dale, pasame la dirección.

-Sol: No.

-Luna: ¿Y sobre qué escribís?

-Sol: Los eventos de mi vida desde la llegada de Gabriel. De paso, te cuento. El tipo me revisó la computadora y supo lo de Ramiro. Ahora me está extorsionando sutilmente y ya descubrí toda la verdad sobre la estafa.

-Luna: ¿Y lo escribiste en el blog?

-Sol: Todavía no llegué a esa parte… ¡pero vos aparecés!

-Luna: ¿En serio?

-Sol: Sí –asentí con la cabeza e incliné el paquete de papas fritas para comerme las miguitas.

-Luna: Sol, dale… pasame la dirección del blog.

-Sol: Si me dejás sentar en tu mecedora.

-Luna: No –pude ver que la intriga la carcomía y, en el estado psicodélico en que estaba, claudicar no era una opción. Quería mecerme en su hermosa silla thonet esterillada.

-Sol: Entonces no te digo nada la dirección –me crucé de brazos y conté hasta diez, segura de que era el tiempo necesario para que aceptara los términos de mi intercambio.

-Luna: Hmmm… bueno. Pero sólo por hoy, ¿eh?

Apenas estuve ubicada en mi lugar, le conté todo lo que había pasado en la semana, logrando mi cometido: que se olvidara del blog.

Cuando nos despedimos, abrí la cartera para pagarle y ella me alcanzó una birome.

-Luna: Tomá. Escribime la dirección acá.

-Sol: Ehhh… -revolví la cartera fingiendo estar distraída buscando algo de cambio y empecé a bajar las escaleras.

-Luna: Ah, no, Sol, vení para acá, ¡nuestro trato era que me dabas la dirección! –cuando pensé que ya no tenía escapatoria, encontré la solución al asedio de Luna porque cumpliera con mi palabra.

-Sol: Tomá, es importada. Gentileza de Gabriel. Chau, ¡me fui!

Una vez en la esquina pude ver como Luna dejaba de agitar la birome y el papel, abría su mano, sonreía, se llevaba el paquete al bolsillo y cerraba la puerta.

Bonus Track – En tiempo real

26/09/2009

Tanto tiempo y tantas cosas pasaron hasta volver a vernos.

Muchas cosas cambiaron, excepto un par: mi capacidad de arruinar todo y la de Gabriel para asegurarse de que así sea.

En el día de la fecha -tiempo real-, dentro de dos horas, Javier va a pasar a buscar el resto de sus cosas.

Tengo el alma estrujada, los ojos hinchados y los rulos deshechos. Pienso en qué tonta me vería artificialmente arreglada, con una sonrisa impostada y una actitud de “si es lo mejor para los dos, que sea lo que tenga que ser”. Tampoco me convence exponer esta inmensa tristeza, materializarla en mi aspecto.

Siempre creí que al corazón te lo rompen bien roto una sola vez en la vida y después todo se circunscribe a aplicar ese aprendizaje en cada ruptura. Acordarse de que se sobrevivió una vez, que nadie se murió de amor, que la alegría por lo vivido puede suplir con creces la de las cosas que ya no están por venir. Pero esta fórmula ya no surte efecto en mí. Al menos, no en este caso.

Faltan dos horas para que nos despidamos con los ojos henchidos de lágrimas, nos besemos en la mejilla y levantemos la mano mientras el otro se aleja.

No sé cómo voy a subir los tres pisos que separan mi casa de la calle sabiendo que nunca más voy a recorrer la misma distancia para verlo, atrás del vidrio de la puerta, esperando por mí.

Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.

Día 22 – El pasado me condena

04/09/2009

Mi valija estaba armada hacía días, aunque la amenaza de mi partida pasó a ser cierta una mañana de sábado. Javier me pidió que lo hiciera en su ausencia y se fue a almorzar a la casa de sus padres. Después de llorar desconsoladamente en la escalera, cerré la puerta de la que era nuestra casa con llaves que dejaron de ser mías en el mismo instante en que las deslicé por la ranura del buzón.

Le di la dirección al taxista y fumé todo el viaje. Me sentía mutilada, amputada de la parte que más amaba de mi vida pero, al mismo tiempo, me sentía entera, decidida. Nuestra relación no podía seguir así. Definitivamente, éste no era nuestro momento. Nos habíamos convertido en dos extraños que se saludaban por la mañana y evitaban verse hasta la noche, aunque sólo nos separaran un pasillo de tres metros y dos puertas. Las discusiones se habían vuelto constantes y lo que en algún momento nos pareció encantador del otro se había transformado en algo irritante. Esa no podía ser mi vida, pensaba. Si era así después de dos años de convivencia, no quería imaginar lo que el futuro nos deparaba dentro de veinte años. Ya casi no salíamos y sólo nos sacábamos el jogging para ir a comprar algo, estábamos las veinticuatro horas del día juntos y sintiéndonos solos. Aunque más no fuera para preservar la posibilidad de reencontrarnos en algún otro momento, yo tenía que irme y lo sabía.

Un amigo que me había hecho recientemente en una productora para la cual trabajaba me invitó a quedarme en su casa: un ph enorme con ocho habitaciones que compartía con otros amigos. Para pagar el alquiler, solían albergar a estudiantes extranjeros que pagaban en moneda del mismo tipo, pero a mí me aceptaron sin pedir nada a cambio. Al principio tuve una habitación sólo para mí, pero convinimos que cuando Maxi se fuera de vacaciones a Colombia con Ramiro, otro de los chicos que vivía ahí, yo me mudaría a la suya para que un chico estadounidense ocupara la mía y así saldar la abultada deuda que tenían con el proveedor de Internet.

Ramiro era alto, pelirrojo de ojos verdes y estudiaba sociología. Desde el principio demostró estar interesado en mí y en lo que hacía. Había aprendido a tocar la guitarra por su cuenta y lo hacía muy bien. Yo estaba profundamente agradecida con ellos por haberme recibido y, para demostrárselo, solía cocinar casi todas las noches y cenábamos todos juntos en el inmenso patio del caserón. Uno a uno, los chicos se iban a su habitación y yo me quedaba con Ramiro tocando hasta cualquier hora. Cantábamos temas de The Cure, de Radiohead y Nirvana, tomábamos vino, conversábamos. En el último tiempo de nuestra convivencia, Javier siempre me pedía, algo enojado, que tocara con auriculares, que cantara más bajo. Ramiro, en cambio, venía a estudiar a la cocina mientras yo trabajaba, porque decía que le encantaba escucharme mientras leía.

Dos semanas después, cociné una cena especial para Ramiro y Maxi, porque al día siguiente partían a Colombia. Nuevamente nos volvimos a quedar solos, pero esta vez noté que el resto de los chicos se habían ido a sus habitaciones más temprano que de costumbre y que Ramiro me miraba de un modo especial. Tocamos un rato, él con su guitarra criolla y yo con mi bajo acústico y cuando le propuse intercambiar instrumentos, me besó. Hacía tanto tiempo que no besaba a otra persona que no fuera Javier, que sentí un vacío en la panza y las manos se me aflojaron hasta dejar caer el bajo. Esa noche dormimos juntos, pero amanecí sola en una habitación que no era la mía. Sobre la mesa de luz, Ramiro dejó una nota de despedida en la cual me decía que me quedara en su habitación, que era la más linda de la casa y tenía aire acondicionado.

Durante su estadía en Colombia intercambiamos varios mails y hasta me llamó tres veces. La última vez fue para confirmar que lo nuestro había sido algo que no iría más allá de aquella noche: Javier había vuelto con una propuesta que no pude rechazar. Me ofreció que volviéramos a ser novios, que viviéramos en casas separadas hasta concretar nuestro sueño de una casa enorme que mitigara los efectos de la convivencia full time a la cual nos exponían nuestros trabajos. Me invitó a salir, me llevó al lugar donde fuimos en nuestra primera cita y yo volví a ver en sus ojos ese halo de para siempre.

-Gabriel: ¿Javier sabe de Ramirito, eh? –dijo desde el suelo mientras se tocaba la mandíbula- ¡Mentirosa!

Día 22 – Correo negro

02/09/2009

Mi mamá solía decir que lo único que nos quería dejar a mi hermana y a mí era una buena educación y un techo seguro porque, antes de morir, rifaría todo y se iría de viaje con mi papá. Si bien no pudo realizar su tercer deseo, el haber conseguido los otros dos le permitieron atravesar su enfermedad con la calma de las promesas cumplidas.

Cuando le diagnosticaron el primer tumor, ella supo que su destino –más pronto o más tarde- sería el del resto de su familia: todos habían muerto de cáncer, todos. Fue así que decidió empezar a preparar su partida. Un día le conté que me había costado mucho levantarme de la cama y en sus enormes ojos turquesa pude ver cómo se combinaban el enojo con la desesperación. Me dijo que yo ya sabía qué tenía que hacer en esos casos, que tenía que tener siempre mis gotas a mano, que tenía que comer cosas dulces aunque no me gustaran y, agregó seria, entera, que ella no iba a estar siempre para cuidarme. Dijo esto último y yo la reté, le pedí que no dijera esas cosas. Ella me tomó de las manos y me explicó serena que era el ciclo de la vida y ella quería cumplirlo bien, dejando como legado dos hijas autosuficientes e independientes. “Yo ya hice mi parte -solía decirme-, ahora te toca a vos”.

Es por ello que para mí, mi departamento, el que ella me legó, significa mucho más que dos habitaciones con cochera, es lo que mi mamá quiso que yo tuviera y, para lograrlo, tuvo que ponerse firme con mi papá, quien tiene un gusto especial por las carreras y el casino. Una mañana, me contó, mi papá le dijo que se iba a desayunar afuera como era su costumbre, pero notó algo extraño y lo siguió. Deben servir rico café en el casino de Puerto Madero, aunque seguramente no era lo que lo había motivado a ir a las nueve de la mañana. Al salir, mi papá encontró en el parabrisas de su auto una nota que le advertía: “Tu familia o esto”. Felizmente, eligió lo primero y desde ese momento todo el dinero pasó a ser administrado por mamá y, un año más tarde, mi hermana y yo recibíamos un mail con la escritura de nuestras futuras casas.

Sumada a la sensación de injusticia, la negativa de mi papá cuando le pedí mi departamento me dejó otra de desprotección y orfandad. Esas paredes eran el refugio que mamá me había dejado y él me lo negaba. Luna me dijo que ese espacio no sólo era un lugar para vivir, sino un campo de poder que materializaba otras cosas más complejas. Pola, por su parte, se puso como loca y quiso iniciar todo tipo de acciones legales, pero yo preferí no llegar a ese nivel de confrontación. Sin embargo, permití que leyera la escritura porque me quise asegurar de que no existiera ninguna cláusula de usufructo y esas cosas que yo no entiendo bien, pero ella sí. El archivo estaba en mi webmail y reenviárselo a Pola implicó reencontrarme con las palabras de mamá. “Hijas, les mando la escritura de… ¡sus futuras casas! Revísenla y nos vemos en una semana para la firma. La doctora me dijo que me queda un tiempo más con el tamoxifeno y después… ¡el alta!”

Aquella tarde, cuando increpé a Gabriel, todos estos recuerdos movilizaron en mí una furia que no me conocía. Sinceramente, lo hubiera golpeado, pero antes quería tener la certeza de saber qué lo había motivado a guardar ese archivo en su pendrive, porque sin las firmas, no sirve para mucho.

-Gabriel: ¡Es que me mentiste, Sol!

-Sol: ¡¿Vos me estás cargando, hijo de puta?!  ¡Te recibo en mi casa, te presto mi computadora y me tratás de mentirosa! ¡¿Qué carajo te falla?! –exclamé ya disfónica. Tiré la tijera contra una pared, más que nada para evitar la tentación de usarla contra él y me aferré a una silla, que terminé pateando de impotencia.

-Gabriel: ¡Me dijiste que estaba como bien de familia y por eso no me podías salir de garante! –tenía razón, le había mentido. ¿Y? Me reí como una chiflada en su punto de máximo desequilibrio y lo inquirí.

-Sol: ¿Pensaste en algún momento que yo te iba a salir de garante a vos? ¡A vos! ¡Ni a vos ni a nadie! –volví a mentir, porque no dudaría en hacerlo por Pola o por Lucha, pero no me preocupaba ser exacta, sino dañina e hiriente- ¿No te das cuenta de que no te quedan amigos? Cuando volviste de Brasil, nadie te hizo una fiesta de bienvenida. Cuando te mudaste, tuviste que contratar peones porque nadie, nadie, se molestaría en ayudar a una montaña de bosta como vos. Ninguno de los chicos te quiere ya –me refería a los amigos de Alfredo que teníamos en común-, ninguno te habla. Pensé que habías cambiado en algo, pero seguís siendo el mismo imbécil. ¡Jamás creciste!

-Gabriel: Claro… ¡para vos todo fue fácil! ¡Todo te vino de arriba!

-Sol: ¡A mí no me gritás! ¡Y te vas ya de mi casa!

Lucha entró corriendo y francamente preocupada.

-Lucha: ¡Se escuchan los gritos desde abajo! ¡Cálmense! –Gabriel se quedó inmóvil y yo me puse a llorar en el hombro de Lucha- ¿Qué pasa, Sol? ¿Qué te pasa?

-Sol: Este hijo de puta me revisó la computadora, Lucha. Tenía mi escritura, quiero que se vaya, ¡que se vaya ya! –la abracé más fuerte y ahogué mis lágrimas en su hombro. Empecé a tironear del sweater de Lucha como si fuera una nenita y así contenía mi violencia.

-Lucha: ¡Enfermo! ¡Andate! ¡Encima tenés toda la boca podrida! ¡Me das asco!

-Gabriel: ¡Vos no te metas!

-Sol: ¡Andate! –mis palabras sonaban a súplica. Me acerqué hasta donde estaba Gabriel y lo sacudí por los hombros.

-Gabriel: ¡Me mentiste! Y no sólo a mí, ¡le mentiste a Javier!

-Sol: ¡Andate!

-Gabriel: No me voy nada, no tengo a dónde ir. ¡No tengo garantía!

-Sol: ¡Andate o le cuento a Josefina que la estafaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Te vas a un hote, no me importal!–traté de llevarlo hasta la puerta, pero fácilmente Gabriel me sostuvo los brazos en el aire.

-Gabriel: ¿Qué? Yo no estafé a nadie, acá la única mentirosa sos vos.

-Lucha: ¡Soltala y andate! –Gabriel no le hizo caso y me dijo, mirándome fijo.

-Gabriel: Leí tus mails, Sol.

Repasé mentalmente mi correo sin poder descifrar a qué se refería. Traté de zafarme de Gabriel y después de forcejear un poco, ya no necesité hacerlo más: Lucha le había asestado una piña digna de un boxeador.

Día 22 – Laburus interruptus

20/08/2009

Solci:

Hoy toca lavar la ropa de color. Separá la delicada de la común. Por favor, no uses suavizante de segunda marca que me da alergia. No te olvides de pagar las cuentas, te dejo la tarjeta. Cambiá las lamparitas por otras de bajo consumo. Descongelá el freezer que se reventó una cerveza adentro. Me parece que algunos tomates ya están viejos, tiralos. El azúcar se humedeció, rellená la azucarera. Te traje el enjuague bucal, usalo después de cada comida. El hilo dental que está sobre la repisa del baño no está de adorno. Dejaste pelos en la bañadera, pero no importa, ya los saqué. Si vas al supermercado, comprá el papel higiénico de los perritos, que es el que más me gusta. ¡Deberías tener té común, Sol! A la noche armamos el menú de la semana juntas. Cerrá la puerta de mi habitación para que Gabriel no me robe MI cama.

Besos!

Lu.

P.D.: Si comés tostaditas, porfa, cerrá bien el frasco.

Leí la nota que Lucha me había dejado sobre la mesa de la cocina y, antes de poder empezar a maldecir, escuché que el celular sonaba y me puse a buscarlo desesperadamente. ¿Y si era Javi? ¿Quién más podía llamar con tanta insistencia?

-Lucha: Cómo tardás en atender, eh. Deberías tener el celular siempre con vos: ¡trabajás freelance! Mirá si era un cliente o alguien que te quiere contratar…

-Sol: Hola Lucha, ¿cómo te va? –me froté los ojos con el dorso de la mano y bostecé.

-Lucha: ¿Recién te levantás? ¿Viste la nota que te dejé? Mirá la hora y todas las cosas que tenés que hacer. También tenés que trabajar. No vas a hacer a tiempo –bufó un poco y siguió-. Decime, ¿para cuándo te reservo el turno?

-Sol: No sé, Lu, después me fijo. Quiero aprovechar que estoy sola a la mañana para intentar arrancar con lo que tengo que hacer…

-Lucha: Sol, ¿no tenés una agenda? Fijate cuándo estás libre, porque no vengo al consultorio todos los días.

-Sol: No, Lu, no tengo agenda… -le dije antes de que el teléfono me avisara que tenía una llamada en espera-. Lu, Lu, te tengo que dejar están llamando. Beso.

-Lucha: No te olvides de… -no la dejé terminar, no podía esperar a atender.

-Sol: Hola, ¿Javi?

-Rubén: ¿Sol?

-Sol: ¿Rubén? ¡¿Cómo estás?!

-Rubén: Ahí, extraño a Lucha…

-Sol: Me imagino… está en el consultorio, recién corté con ella.

-Rubén: No, no. Solamente quiero saber cómo está. ¿Está re triste, no?

-Sol: Mirá, yo te diría que la llames a ella y hablen. No me quiero meter, Ru.

-Rubén: Seguro vuelve la semana que viene… ya se le va a pasar –se lo escuchaba muy seguro de sí mismo y del pronto regreso de Lucha, la cual había llegado apenas unos días atrás y ya había instaurado su dictadura. Tuve una idea y, por el bien de nuestra amistad, me propuse llevarla a cabo.

-Sol: Rubén, no me quiero meter en sus asuntos, pero creo que sea tan fácil. Vas a tener que hacer algo. Si querés, yo te ayudo.

-Rubén: No te preocupes, Sol, es un berrinche.

-Sol: Rubén, creo que es más serio: se trajo el frasco de las tostadas y ya tiene cama. Está ins-ta-la-da.

-Rubén: Sol, ¡ayudame!

“Ayudame vos a mí, antes de que la mate”, pensé y, después de planificar sus próximos pasos a seguir, nos despedimos.

Llevé mi computadora a la cocina y abrí el archivo del guión del largometraje, pero se ve que el mundo estaba complotado para evitar que yo trabajara.

-Sol: Hola…

-Josefina: Hola, Sol. ¿Me pasás con Gabriel? –me lo preguntó de un modo tan expeditivo y desconsiderado, que me llamó la atención.

-Sol: ¿Qué tal?, ¿cómo estás Josefina? ¿Viste qué lindo día nos regaló el señor? –le dije aunque me alegró notarla de poco ánimo para la conversación-. Está trabajando, Jose.

-Josefina: ¡¿Trabajando?!

-Sol: Eh… sí, ¿qué te sorprende?

-Josefina: Nada, nada. Igual, quedamos en vernos a la tarde. Te mando un beso.

-Sol: ¡Otro! ¡Que estés bien! –corté con ganas de romper el teléfono y volví a la cocina.

“Ahora, sí”, me dije, me desperecé y volví a la lectura. Al segundo estaba mirando el techo, dándole vueltas al comentario de Josefina. Era lo único que faltaba para cantar bingo: que Gabriel no trabajara. Pero enseguida me obligué a fijar la vista en la pantalla. Si bien no tenía una fecha de entrega estipulada, es muy común que a último momento al cliente se le ocurra que tiene que estar todo listo en dos días y, honestamente, no quería repetir la experiencia de pasar una o dos noches en vela.

-Benito: ¡Miaaaaaaaaaaauuuu!

-Sol: ¿Vos también? Pensé que ahora éramos amigos, gato traicionero.

-Benito: ¡Miiiiaaaaaaaaaaauuuuuuuuu!

-Sol: Si querés hacer los coros, presentate al casting y, si querés mimos, esperá a que llegue tu dueño del trabajo, mequetrefe.

-Benito: ¡Miiiiiaaaaauuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

-Sol: ¡Basta, basta! Vení, vení, vamos para el living –lo levanté con cuidado y maulló aún más fuerte-. ¿Qué te pasa, Benito?, ¿qué tenés en el pañal? Uffff, no, engendro demoníaco… ¡otra vez, no!

Día 21 – Eclipse

16/08/2009

-Luna: Sol, ¿estás borracha?

-Sol: Naaaahhhh… zon rumorez. ¡Hic! –me tapé la boca y dejé que Luna se riera a costa mía.

-Luna: ¿Te diste cuenta de que te pusiste dos medias diferentes, no? –se estaba divirtiendo como nunca- Llegaste veinte minutos tarde. ¿Qué pasa, Sol?

-Sol: Quiero que cuando zea famozaa y eztudien mi biografía –¡hic!– ésta quede regishtrada como la estapa ozcura de Zol Schhhhwartzzzzz –estaba hablando en serio y me preguntaba de qué se reía Luna-. Janizz Joplin eda una adcohólica, ¿o no?

-Luna: Ajá. Tampoco viniste la semana pasada…

-Sol: Eshtoy en bancarrota. Lucha me preztó algo de plata ahoda que también ze queda en caza… ze peleó con Rrubén, porque él le dijo que –¡hic!- no iba a dejar de hazer pizz en…

-Luna: Sol, ¿estás albergando a Lucha y a Gabriel? ¿Qué hablamos respecto a que te ibas a priorizar y a  pensar un poco más en vos misma?

-Sol: Javi me dejó. ¡Bwaaaaaaaaa!

-Luna: ¿Te sorprende? –me quedé mirándola fija y sin pronunciar palabra alguna-. Esperame, te traigo un café y seguimos.

-Sol: Güenou…

Luna volvió con el café y una jarra de agua, la cual me tomé en tres vasos consecutivos. Me sentía apenas mejor, pero no podía controlar el mareo.

-Sol: ¿Te molezta que me recuezte en el diván?

-Luna: No, no. Pero quiero que me respondas antes. ¿Te sorprende que Javier haya terminado la relación?

-Sol: A dezir verdad, no.  Ziempre estaba disconforme… ¡nada le venía bien!

-Luna: Exacto, Sol. ¿A qué te recuerda eso?

-Sol: A papá.

Cuando decidí irme de la casa de Javier, tomé todo el coraje del mundo y llamé a mi papá. Estábamos peleados por algún motivo que no recuerdo y hacía dos meses que no hablábamos. Creo que fue porque le dije que no tenía que sentirse mal por no haberle llevado flores a mamá esa semana, ya que después de todo él es católico y, según su religión, el cuerpo es sólo el abrigo del alma, que es ubicua. Me pidió que me levantara de la mesa del restaurante, me dijo que le estaba faltando el respeto a su religión y a la memoria de mi propia madre. Volver a hablar con él después de lo ocurrido me daba miedo, no sólo porque mi papá siempre me inspiró cierto temor, sino porque sabía que no podría soportar algún otro planteo de tal naturaleza sin quebrarme. Pero después frecuentar a Luna por un tiempo, supuse que era el momento de enfrentarlo y demostrarle que no estaba dispuesta a aceptar el lugar que él y mi hermana me daban: yo no soy ninguna hija de segunda y merezco lo mismo que mi hermana mayor. Sentía que si yo no hacía valer mi posición no tenía derecho a reprochar nada, porque yo misma reproducía la situación en la cual me ponían. Así que lo llamé y le pedí que me diera mi propiedad, tal como lo había hecho con mi hermana cuando se casó. Claro que mi pedido contrastaba con el de ella, pero no por no seguir el patrón que él había estipulado para mi vida yo tenía que asumir un lugar inferior como merecido. Durante la conversación que mantuvimos, no sólo me dio la razón, sino que le dio sentido a gran parte de mi vida.

-Papá: Uno tiene que crecer en la vida. Por ejemplo, yo, que gracias a tu madre me di cuenta, aunque más no fuera tarde, que no podía seguir siendo como era. ¿Te acordás de cuando eran chiquitas? Aunque se equivocaran sin querer, yo me ponía loco –tomó la cucharita de café y la sostuvo en el aire-. Si esto se les caía de pura torpeza, me sacaba, las retaba. Pero después aprendí, gracias a tu madre, claro, que estaba mal; que si siempre les decía que todo lo que hacían estaba mal, iban a terminar por creerlo.

-Sol: Como cuando te llevaba el boletín lleno de dieces. Jamás me felicitaste. Decías: “no me importan las notas, sólo que seas buena persona”. ¿No era buena persona, papá?

-Papá: Siempre fuiste conflictiva, Sol. Pero está bien, tenés razón. Si querés mudarte a tu departamento, podés hacerlo. Pasa que tu hermana está viviendo ahí con su marido. Pusimos el departamento de ella a alquilar y con eso tu hermana me va reintegrando el valor de su propiedad, porque no quiso que se la regalara –“claro, se la estoy regalando yo”, pensé antes formularle una pregunta que hacía tiempo me venía dando vueltas.

-Sol: ¿Por qué a mí no me diste mi propiedad cuando me mudé con Alfredo? –apreté los dientes para contener el llanto, me acomodé en la silla y esperé a que me asestara la estocada final.

-Papá: Lo bien que hice… ¡mirá cómo te fue! Y cómo te va ahora con Javier, a quien yo quiero tanto… andá a saber qué habrás hecho. Pero bueno, volvamos a lo nuestro. No voy a incomodar a tu hermana, ella está casada, así que elegí el departamento que más te guste y yo te pago el alquiler.

Le dije que se fuera a la mierda y, esa vez, fui yo la que se levantó de la mesa del bar. A la semana tuvimos una sesión con Luna, los tres. Se fue dando un portazo y yo acabé hecha un estropajo ovillado en el diván. No sé si es algo ético o que los psicólogos tengan permitido, pero Luna se sentó al lado mío y me abrazó mientras yo lloraba a los gritos, ahora huérfana de padre y madre. Desde entonces, no volví a hablar con mi papá. Sólo lo vi para la firma del contrato del departamento donde vivo hoy.

Y ahí estaba aquel lunes. Sin poder trabajar o forzándome a hacerlo para reconquistar a Javier, como si no lograrlo me fuera a costar una represalia paterna.

-Luna: ¿No notás un patrón, Sol? Tenés pánico a equivocarte o a ser “mala persona”. Pensás que haciendo lo mejor y complaciendo a tu entorno vas a terminar recibiendo un reconocimiento que sabés que no va a llegar. Estás ebria porque creíste que eso te iba a inspirar, porque pensás que siendo perfecta te van a querer.

-Sol: ¡Pero si yo hago todo bien!

-Luna: ¿Y de qué te sirvió?

Ni me molesté en responderle. Ambas sabíamos la respuesta.

De nada.