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Día 14 – Dead or Alive

15/07/2009

-Papá: Sol, no te lo quería decir por teléfono, pero Gato… ¡Gato murió! –volver a escucharlo llorar a un mes del fallecimiento de mamá me dolía más que la muerte de mi amado Gato.

Mi papá dormía con Gato, miraba tele con Gato, jugaba con Gato y –tengo que decirlo, perdón- cagaba con Gato. El animalito era todo para él.

-Sol: Calmate, papá. Sin cadáver no hay muerto. Yo lo voy a encontrar –se lo prometí segura. Segurísima. Mi sexto sentido felino me decía que la hora de Gato no había llegado, aunque la vecina jurara que la mancha de sangre en la vereda era terrible y que, obviamente, se lo había llevado el barrendero.

Cancelé todos los planes que tenía, busqué la mejor foto de Gato e hice carteles y volantes que dejé en todas las casas ubicadas en un radio de diez cuadras. Aprovechando el recorrido, visité cada una de las veterinarias que encontré, pero Gato no había estado en ninguna de ellas. Al segundo día de volanteada y pegatina, una viejita amorosa me recomendó que preguntara en una clínica veterinaria que yo desconocía. Al lado de Marley, Botitas, y Traffic, bajo el pseudónimo de “N/N”, Gato ronroneaba bajito. Abracé al veterinario, llamé a mi papá y, por primera vez en mucho tiempo, fue un placer escucharlo llorar.

La recepcionista de la clínica nos dio el teléfono de Carla, la maestra que había salvado a Gato, y la llamamos. Tomamos nota de su dirección y, apenas cortamos, mi papá me preguntó:

-Papá: ¿Cómo se llaman las carteras que usa Cristina Kirchner? –noté que no me miraba porque estaba conteniendo el llanto.

-Sol: Luois Vuitton, ¿por?

-Papá: Porque le vamos a comprar una de esas. Sí, las que usa Cristina y todas envidian.

Carla vivía en un departamentito muy modesto junto a su pareja y su hermana, su salario docente no era extraordinario y, sin embargo, había pagado los $850 de la operación de urgencia de Gato. Sin dejar de abrazar la cartera, Carla nos relató lo ocurrido con Gato.

-Carla: Cuando lo vi caer del techo de su casa, lo recogí como estaba y le toqué el timbre a la vecina, pero me dijo que no conocía a nadie con gato y se negó de mal modo a darme una frazadita para envolverlo y llevármelo a otro lado.

Mi papá y yo nos miramos llenos de odio. Esa vecina era la misma vieja a quién mi mamá le iba a cobrar la jubilación en invierno y mi papá llevaba en auto a la iglesia, porque el hijo siempre se negaba a hacerlo.

-Superyó: Pst, pst. Hacés bien en recordar todas estas cosas, Sol. ¿Quién querés ser?, ¿la vieja de mierda o la maestra bondadosa?, ¿la vecina o Carla?

Sumergido en un charco de sangre, Benito me miraba con ojos suplicantes desde el bidet.

-Sol: No tendrías que estar acá, ya deberías haberte ido -le dije en voz baja mientras me subía el pantalón del pijama-. Y ahora esto… ¿qué voy a hacer con vos, enviado de Satán?

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