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Día 21 – Partir para volver

14/08/2009

Años atrás, casi un lustro, después de dos de noviazgo, tuve mi primera salida nocturna como soltera. Con el que era mi reciente ex novio solíamos salir al cine, al teatro o a conciertos de música contemporánea. Si bailábamos, lo hacíamos en la fiesta de alguno de nuestros amigos e incluso en casamientos, donde nos descostillábamos de risa mientras hacíamos el trencito o movíamos nuestros traseros al ritmo de los clásicos del carnaval carioca, porque no es algo que una estudiante de conservatorio y  otro de composición musical con medios electroacústicos hagan muy seguido. No recordaba cómo rechazar o seducir a un hombre. Estaba nerviosa, insegura, pero muy contenta. El plan era ir a bailar con mis compañeros de trabajo y, por suerte, el lugar quedaba cerca de casa. Cuando me pasaron a buscar, vi que todas estaban arregladas, pero de jeans y zapatillas. Si bien desentonaba con mis sandalias plateadas, mi pollera de razzo y mi strapless gris, siempre fui una convencida de que lo más importante es mantenerse fiel al estilo propio, así que respiré profundo y me dispuse a pasar una buena noche, por primera vez en mucho tiempo, sin compromisos.

En la puerta del boliche, nos esperaba un compañero que antes había tenido que pasar a buscar a un amigo que recién llegado de Chile, con quien había compartido un año de intercambio estudiantil en Nueva Zelanda. Apenas nos vieron, mi compañero y su amigo se acercaron a saludar. El chileno era precioso, tan parecido a Johnny Depp, que logró que todas nos dedicáramos algún codazo o guiño de ojo. Para mi sorpresa, saludó a todos los presentes, menos a mí. Una vez adentro del lugar, me confesó que se había fijado en mí, pero era vergonzoso y por eso ni me había dirigido la palabra hasta ese momento. Intentamos bailar, pero parecíamos dos Pinochos tratando de movernos como humanos. Su invitación a ir por otro trago fue todo un alivio.

No puedo relatar lo que ocurrió después, porque no lo recuerdo. Sólo puedo decir que me desperté y en mi cama había un hombre vestido y todo mojado. Miré el reloj y, como ya eran las once de la mañana, pensé que era hora de seguir durmiendo sola. Moví al chileno suavemente para despertarlo, pero no hubo caso. Lo vi tan cansado que le saqué las medias y me fui a dormir al living. Después fue él el que me quiso despertar, pero lo hizo con un beso que rechacé asustada. Preparé café y nos sentamos a desayunar. Casi ni hablamos. Nos mirábamos y nos reíamos de las miles de llamadas perdidas que teníamos de Gastón -mi compañero de trabajo, su amigo- en nuestros celulares.

Lo cierto es que era un desconocido, pero todavía no quería que se fuera. Lo invité a almorzar y fuimos hasta un restaurant de la mano. Aprovechamos el almuerzo para conocer algunos datos básicos del otro y, así, supe que estudiaba en un instituto de música popular, vivía solo en Santiago y tenía 22 años. Esto último me inquietó un poco, porque yo tenía casi 24 y jamás había estado con alguien más joven que yo. Pero todo era perfecto, natural. Tanto, que nos costó casi una hora y media decidir cuál colectivo sería el que lo llevara devuelta a la casa de Gastón.

A los pocos días, me invitó al cine y yo a bailar drum ‘n bass a un lugar donde tocaba un DJ amigo. Vimos la película pero jamás bailamos. Terminamos en mi casa, después de besarnos apasionadamente en el taxi, el ascensor y el pasillo del piso donde vivía.

-Sol: ¿Tenés?

-Johnny: ¿Qué?

-Sol: Nada. Esperá –le pedí mientras hurgaba el primer cajón de mi mesa de luz-. Tomá, ponételo.

-Johnny: ¿Cómo?

-Sol: ¿Cómo, qué? –mi extrañeza fue aún mayor cuando vi que intentaba ponerlo con una sola mano.

Temblaba, se enredaba, estaba realmente movilizado. Cuando terminamos, prendí un cigarrillo, empecé a sacar cuentas que no cerraban.

-Sol: ¿Cómo es que fuiste de intercambio el mismo año que Gastón? Tenés dos años más que él.

-Johnny: Ehhh…

-Sol: ¿Cuántos años tenés?

-Johnny: Ehhhh… Veinte.

-Sol: Y hasta recién eras virgen, ¿no?

-Johnny: Eeeehhhh… sí.

-Sol: Vestite y andate –debo confesar que siempre quise decir eso, pero su mentira logró que me saliera con total naturalidad. Lo eché sin enojarme, segura de que estaba haciendo lo correcto. Mi reciente ex novio era una máquina de decir mentiras tontas y el pobre chilenito pagó los platos rotos de mi hartazgo.

No me pregunten por qué, pero a los diez días estaba arriba de un avión rumbo a Chile, donde pasé quince días inolvidables. Que vivía solo en Santiago había sido otra mentira a medias, porque en realidad los padres solo le permitían quedarse ahí durante las clases y, en el verano, debía permanecer con ellos en su casa de Pirque, una zona preciosa donde están ubicados los viñedos de Concha y Toro. La casa era un sueño colonial, el inmenso parque lleno de árboles frutales y vides estaba atravesado por un arroyo. En el living había un piano de cola donde Johnny me tocó el soundtrack completo de la película Amèlie. Durante mi primer día de estancia fuimos a un festival que se hacía en la “medialuna” (una especie de club rural) de Pirque. Tocaban bandas, había puestos de comidas regionales y ganamos un concurso de besos, al cual fui la primera de todos los asistentes en inscribirse.

Viajamos a Valparaíso, tomamos vino y nos besamos en cada mirador que encontramos. Paseamos por Bella Vista y conocí los “completos italianos”: panchos con palta, mayonesa y kétchup. Todo fue perfecto y hasta el día de hoy agradezco tener impulsos como esos, hacerle caso a mis ganas sin sopesar ganancias o pérdidas.

Ese día, a las nueve de la mañana, Javier partía a su misión comercial en Ecuador.

Gabriel dormía sin saber que yo observaba su vigilia y, más que nada, su billetera sobre la mesa.

Su tarjeta de crédito era mi pasaporte a otro país, a otra gran locura de Sol, como mi excursión a tierras trasandinas.