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Día 29 – Loca de mierda

05/02/2010

-Sol: Estoy cansada de estar encerrada en mi cuarto, Gabriel. Tampoco puedo estar en el living porque entre el olor a podrido de tus cosas, las piedras de Benito que no puede salir al balcón y el incienso que prendió Lore, esto parece un templo construido para alabar a la mugre, de la cual sos devoto. Por tu culpa, tengo que soportar a Lucha diciendo que esto es un chiquero todo el santo día.

-Gabriel: Tenés razón, Sol.

-Sol: Sí, ya sé que tengo razón. ¡Tengo razón en todo! Estoy cansada, Gabriel.

-Gabriel: Bueno, tomate un descanso del trabajo y dormí un rato.

-Sol: No, tarado. Estoy cansada de vos. Estoy podrida de vos. No te aguanto más. Encima, por tu culpa, tengo que vivir aguantando a Pepita la pistolera amenazándome con hablar con el dueño de esta casa si no dejamos de hacer ruido.

-Gabriel: ¿Otra vez está jodiendo con eso?

-Sol: ¡Tiene razón! ¡Yo tengo razón! ¡Todos tienen razón, menos vos! –le grité con los brazos levantados, dándome vuelta para que no viera que en realidad me estaba riendo. Lo de Ezequiel me había colmado la paciencia y ya no pensaba ser tan meticulosa con mi plan para echarlo. No podía, no aguantaba más estar rodeada de gente que sacaba provecho de mí-. Yo no sé qué parte no entendés vos de que el alquiler de este departamento lo paga mi viejo. ¿Qué parte no entendés? Te lo aclaré mil veces, mil. Si la loca esta va a hablar con el dueño, el dueño va a hablar con mi viejo. Y, yo, no pienso hablar con él.

-Gabriel: Sí, claro. Ahí entiendo.

-Sol: De lo único que me doy cuenta, Gabriel, es que yo soy la única que actúa como amiga con todos los que dicen ser mis amigos. Te estoy dando un lugar para que te quedes, no le conté nada a Josefina y…

-Gabriel: Yo tampoco le conté nada a Javier…

-Sol: ¡Ahora te lo tengo que agradecer! ¿Tengo que agradecerte que hayas revisado mi computadora? Decime, tarado, ¿tengo que agradecerte por haberte confiado secretos como amigo y que después poco menos me chantajees? Mirá, vos no sólo sos un mentiroso. ¡Sos un ladrón!

-Gabriel: ¡Para vos todo fue fácil, Sol! ¡Todo!

-Sol: A ver, decime qué fue fácil para mí, ¡qué!

-Gabriel: Papi te regaló un departamento –me dijo con voz aniñada, como irónico-. Papi es tan, pero tan bueno, que le compró otro a tu hermana y le dio el tuyo para que viviera y mientras tanto te paga un alquiler. ¡Pobrecita, Sol!

-Sol: Mirá, cuando no tuve donde vivir no le mentí, ni le robé a nadie. Hasta donde yo sé, mientras estuve en tu casa cociné todos los días, te compré todo el alcohol que tomás en cantidades industriales, ¡hasta estuve toda una mañana limpiando tu bañadera que parecía un porquerizo! Yo no fui a tu casa con excusas falsas, ni llevé animales…

-Gabriel: ¡A Benito dejalo afuera de esto! Y si estás enojadita porque tu gran amiguito te recontra cagó de arriba de un árbol, ¡no te la agarres conmigo!

-Sol: El que me cagó primero, fuiste vos. Sabías que nunca te iba a dejar en la calle y, de última, ¿sabés qué? Vos también tenés suerte de que “papi” pague el alquiler, porque desde que estás acá no pagaste ni una factura, ¡ni una! ¿Josefina sabe que estás con Lore? ¿Sabe que la invitás acá y allá mientras ella paga el crédito que le hiciste sacar?

-Gabriel: Bueno, veo que te vino la regla y estás dominada por tus hormonas, querida. Me voy a dar una vueltita hasta que te calmes. Calmate, Sol. Estás muy nerviosita.

Los hombres nunca, nunca van a entender que lo peor que pueden hacer cuando efectivamente estás nerviosa es pedirte que te calmes. Las palabras mágicas para terminar de sacar a cualquier mujer de las casillas son: “calmate” y “tranquilízate”. O, peor, endosarle el motivo de tus nervios al período. Ambos recursos, utilizados de una misma oración, pueden tener efectos catastróficos.

-Sol: Fantástico. ¡Andate! –le grite desaforadamente mientras levantaba a Benito y se lo entregaba-. Ya que te vas a dar una vuelta, sacá a pasear a tu gato.

Gabriel me miraba sin entender que estaba hablando en serio. Le repetía que se fuera, pero no se movía, así que lo levanté de los hombros, lo llevé hasta la puerta y lo empujé para que saliera. Una vez que estuve en el pasillo, cerré la puerta rápidamente y sentí como si mil agujas se me clavaran en el tobillo.

-Sol: ¡Otra vez vos! ¡Vas a aprender a no arañar al pie que te da donde dormir, gato de porquería! –lo levanté nuevamente y me arañó la cara. Gabriel tocaba el timbre y golpeaba la puerta pidiéndome que lo dejara pasar para buscar su billetera.

-Sol: ¡No vas a pasar, ahora te doy tu billetera! ¿Dónde la dejaste?

-Gabriel: Está en el bolsillo interior de mi campera, loca de mierda.

“Calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda”, eran las palabras que retumbaban en mi cabeza como si fuera un remix infernal, mientras buscaba la billetera.

“Ah, sí, mirá qué loca de mierda soy”, pensé y le saqué todo el dinero, le tiré la billetera vacía y, sin pensarlo dos veces, puse a Benito en el pasillo y cerré la puerta.

-Sol: ¡Mirá qué loca de mierda soy! ¡Mirá qué…! –no alcancé a avisarle que me había quedado con toda su plata y me pensaba pedir diez kilos de helado con ella, porque el teléfono sonó y sabía quién era.

Día 29 – In the Meantime

21/01/2010

-Ello: Qué bien, qué bien, Solcito. Ya era hora de que te avivaras: no-sos-Flanders.

-Sol: Es verdad. No lo soy y no tengo ninguna obligación de serlo. Menos con este ímbecil a rosca. Lo que no entiendo, realmente, es por qué hizo algo así. Digo… siempre fui buena con él. De hecho, así lo conocí…

-Superyó: Es lo que corresponde. ¿Vos hacés cosas buenas esperando algo a cambio?

-Yo: No creo que sea el caso, Superyó. No se trata de esperar algo a cambio, sino de mera reciprocidad.

-Superyó: ¡Pero yo quiero que nos construyan un monolito! Ehhh… ¿cómo sería un monolito de nosotros?

-Sol: ¿Una mujer de cuatro cabezas? Qué deforme –pensé antes de imaginarnos convertidos en una especie de medusa de bronce, toda cagada por palomas y grafiteada con frases tipo “Ramón Gato Pardo”, “Boca puto”, “Aguante Caballito”.

-Yo: Si fuera por vos, Superyó, más que en monolito, nos convertiríamos en la estatua del Príncipe Feliz y vos serías el pájaro que no migra para donar todas sus partes, sólo para darse cuenta que con su sacrificio no cambiaron nada sustancial de este mundo de mierda.

-Ello: Estoy muy movilizado, muy. No voy a poder disfrutar de nada hasta que no tomemos una decisión. Meditémoslo con una cerveza.

Salí al balcón a buscar algo de ropa limpia para cambiarme y me distraje viendo al vecino de la casa de enfrente que suele practicar algún arte marcial en la terraza. Siempre me divierte verlo pegándole a la pared o dando saltitos para esquivar a un oponente imaginario. Cada vez que lo veo, me juro que la próxima vez lo voy a filmar, le voy a poner de fondo la música de Rocky y lo voy a subir a YouTube, pero nunca lo hago.

Agazapada para que el tipo no pudiera verme en ropa interior, me reía bajito e intercalaba el tarareo del soundtrack de Rocky con frases como “Adriaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan”, hasta que el sonido de unas llaves tratando de abrir la puerta me interrumpió. Recordé que había dejado mi llave puesta y que en ese momento odiaba al mundo.

-Yo: De Gabriel nos ocupamos después. Dejalo entrar.

-Sol: Ok, ok.

Me puse lo primero que encontré en el tender y corrí a abrirle a Gabriel que estaba a punto de tirar la puerta abajo.

-Gabriel: ¡Abrime, Sol! –gritaba desesperado, mientras yo me debatía entre el bien y el mal-. Qué mina pelotuda –escuché que susurraba y la lucha la empezó a ganar el diablo que me hablaba al oído.

-Lore: Pobre Sol. Tal vez necesite un momento de intimidad. No la está pasando bien… vamos a tomar algo por ahí –conozco a Lorena desde los cinco años, sabía que lo decía sinceramente. Me quedé en silencio unos segundos y escuché que le proponía a Gabriel:- Vayamos a tomar un café a Bonafide y, de paso, le reponemos el café que te tomaste.

Tuve que contener el impulso que sentí de abrir la puerta y darle un abrazo. Después de todo, todavía tenía que hacerla sufrir un poco más por andar con ese cocoliche, así que me limité a abrir la puerta, darles un beso y salir, sin saberlo, al encuentro de una megaestrella.

Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – ¿Blanca y radiante?

27/12/2009

-Pola: Disculpame que te lo diga así, Lucha, pero Rubén es un pelotudo.

-Lucha: Todo bien… hoy se lo merece.

-Sol: Y, sí. Mirá que llamarlo a Juan…

-Pola: Pobre, porque ni enojado estaba. Estaba como triste. Pero no importa. En realidad, Rubén es lo máximo.

-Sol: ¿Eh?

-Lucha: ¡Juan le propuso casamiento! –mírenla. Ella, la que no quería que nadie se adelantara a su relato, estaba anunciando uno de los grandes momentos de Pola, quien absorta desde su lugar asentía con la cabeza y después se tapaba la cara con las dos manos.

-Sol: ¡¿Qué?! ¡Me muero! –se me estrujó el alma de alegría y no sabía cómo reaccionar, porque mi felicidad contrastaba con la cara de preocupación de Pola. Finalmente, no pude con mi genio y los brazos no me alcanzaban para darle todos los abrazos que quería.

Lucha y yo empezamos a gritar como histéricas. Gabriel vino a ver qué pasaba, pero la noticia le pareció irrelevante y se retiró cabizbajo a seguir con su tarea.

-Sol: Jurame, jurame, jurame que no vas a hacer carnaval carioca, porfa –le supliqué, sin dejar de dar pequeños saltitos abrazada a Lucha.

-Pola: No sé, no sé, no sé… pará, pará –nosotras ya estábamos pensando cómo iba a ser nuestro vestido, recomendándole lugares para ir de luna de miel, pero Pola tenía otras cosas en la cabeza-. Le dije que sí, pero ahora me da miedo.

-Sol: ¿Por? Siempre le reprochabas que no se iban a vivir juntos. Ahora te ofrece casamiento y te da miedo. Estás loca…

-Pola: ¡Es que no sé, Sol!

-Lucha: Es por lo de los hijos, ¿no?

-Pola: Sí. Mirá, jamás pensé que nos íbamos a casar. Pensé que íbamos a vivir juntos para siempre y ya. Obvio que no tengo los mismos derechos siendo concubina…

-Sol: ¡Ay, Pola! ¡Qué importa eso! ¡Te casás! –Lucha y yo volvimos a los alaridos, pero esta vez sonaban bastante forzados y no alcanzaron para contagiar a Pola de nuestra alegría.

-Pola: Es que si ahora se quiere casar, después va a querer tener hijos.

-Sol: Y los van a tener. Vos siempre quisiste adoptar… -entonces, entendí- ¡Ah! Hijos naturales…

-Pola: Técnicamente, os hijos naturales son otra cosa –la miramos molestas. Siempre se esconde detrás de sus tecnicismos de abogada para evitar hablar de lo importante.

Desde que éramos nenas, Pola siempre quiso adoptar. Nos parecía muy noble de su parte y es un gesto que resume toda su generosidad. Con el tiempo, decidió que sólo adoptaría y hace años que lo sostiene. Difícilmente cambie de parecer y, eso, es algo que no sólo enerva a su suegra, es algo que a Juan le duele mucho.

-Sol: ¿Y cómo surgió esto del casamiento?

-Lucha: Rubén –se cruzó de brazos y continuó-. El tarado llamó a Juan para decirle que estábamos con otros chicos.

-Pola: Sí, pero Juan no le dio importancia. Mirá si iba a ir para controlarme…

-Sol: ¿Y por qué fue?

-Pola: Bueno, sí… en realidad, fue por Rubén. Me dijo que cuando Rubén lo llamó para contarle que estábamos con otros tipos, la idea de pensar que podía efectivamente estar con otra persona le hizo un click en la cabeza. Así que cayó de la nada con esta bomba…

-Sol: ¿Qué vas a hacer?

-Lucha: Sí, ¿qué vas a hacer?

-Pola: No sé.

Día 26 – El gato volador

08/12/2009

Lucha me miró, Pola bostezó, Benito maulló y todo fue una confusión.

-Sol: ¡El coco! ¡El coco! -grité imitando la voz de Homero Simpson y su gesto de doblar los deditos de ambas manos y saltar en puntitas de pie. Las chicas estaban atónitas. Nada encajaba, nada tenía sentido.

Lore se levantó de golpe al escuchar mis gritos y empezó a buscar con qué cubrirse. Gabriel se limitó a taparse la cara con la almohada, girar y seguir durmiendo. Apenas Lore trató de esbozar alguna explicación, mientras miraba hacia los costados, como tratando de encontrar su ropa, Lucha bufó fastidiada y sentenció:

-Lucha: Me sacaste las ganas de comer, hija de puta. Vamos, chicas. Ustedes cómanse las facturas que yo me unto unas tostaditas.

Yo también tenía el estómago revuelto, producto de la resaca y la dantesca escena, pero no iba a sacrificar mis cañoncitos de pastelera por nada del mundo.

Lore gritaba desde el cuarto, pero nos importó muy poco lo que tuviera para decir. Pola y yo ya estábamos disfrazadas con las túnicas y girábamos alocadamente como creíamos que los umbandas lo hacían en sus rituales de gallinas degolladas y exorcismos.

Lore suplicaba a los gritos que le alcanzáramos la ropa que estaba sobre la colchoneta de Gabriel.

-Sol: ¡Que te la alcance tu novio! -grité sin dejar de dar vueltas. La túnica era bien amplia y daba gusto verla formar una especie de escarapela al girar.

Pola cayó rendida, víctima de un mareo atroz. Cuando vio a Lorena acercarse envuelta en mis sábanas, no pudo controlar su risa.

-Pola: ¡Decí que en este país hay libertad de culto, hija de puta! ¡No vas a ir presa por adorar eunucos!

Toda roja, Lore apenas levantaba la vista para no chocarse contra las paredes del pasillo. Estaba por llegar al living, cuando Lucha deja la bandeja sobre la mesa y, en una corrida digna de ganar los 100 metros llanos en cualquier olimpíada, la intercepta y le saca la sábana de un tirón.

-Lucha: ¡Cómo vas a arrastrar la sábana! ¡¿Te drogó ese pelotudo?! ¡Mirá, mirá! -señalaba la aureola negra que se había formado en la tela- ¡No te vayas! -le ordenó a Lore, que corrió a esconderse en el baño.

Pola y yo prendimos un porro a medio fumar que había en la mesa ratona y seguimos rodando en el piso. Lucha golpeaba la puerta del baño, sin dejar de increpar a Lore a los gritos. Súbitamente, se calló. Pola y yo nos miramos: sabíamos que era la calma que precede a la tormenta de Lucha.

-Lucha: ¡Salí de ahí, hijo de puta!

-Sol: Che, ¿tan mal les fue hoy, Pola? -le pregunté en voz baja, tapándome por momentos la boca para que Lucha no enloqueciera aún más por las risas.

-Pola: No creo que sea por eso, debe ser por…

-Lucha: ¡Hijo de puta, vení para acá! -escuché que mis bongos caían estrepitosamente y los pesados pasos de Lucha seguían un rumbo errático.

-Pola: Va a cagar a palos a Gabriel, otra vez. Andá a frenarla o nos va a denunciar…

-Sol: Ufa… ahí voy…

Afortunadamente, mis movimientos y mi perspectiva del mundo iban en cámara lenta y no me había movido del piso cuando lo peor pasó, y por encima de mi cabeza.

Después de unos segundos en silencio, Pola se paró, se acomodó delicadamente la túnica, levantó ambos brazos y entonó:

-Pola: ¡El gato voladoooooooooooor! ¡El gato voladoooooooorrr!

-Benito: ¡Miau!

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo II

18/11/2009

¿Por qué hay dos túnicas blancas tiradas en el living?

¿Por qué hay velas de todos los colores y tamaños diseminadas por toda la casa?

¿Qué es ese olor penetrante a incienso?

¿Quién escucha mantras en esta casa? Nadie. Entonces, ¿de quién son esos discos?

¿Y esa palangana de agua? Benito tiene su propio bebedero.

¿Por qué la colchoneta de Gabriel está vacía y cubierta por un lienzo blanco?

¿Y esta estatua de Buda?

¿Qué hacen los libros de Osho y Ari Paluch sobre la mesa?

¿Por qué Gabriel, Lore y Benito duermen en mi cama?

¿Por qué el único que no está desnudo es el gato en pañales?

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 24 – El pollo de la discordia (III)

12/10/2009

-Lucha: Agarró mi cartera y me empezó a pedir que le convidara pollo al spiedo, Sol. ¡Pollo al spiedo!

-Sol: ¡Qué tarado! –me puse un almohadón en la cara fingiendo vergüenza ajena, aunque nuevamente sólo estuviera ocultando mi risa. Le pedí que me esperara, que iba a poner la pava. Fui hasta la cocina y me reí todo lo que no había podido frente a ella.

-Lucha: ¿De qué te reís?

-Sol: Es que Benito hizo una pirueta con el pañal… jijijijijijiji…

-Lucha: Qué gato de mierda… tiene la misma táctica que Rubén: se manda las cagadas y después hace alguna gracia para que lo perdones. Fijate si no rompió algo.

-Sol: No, todo bien. Ahí voy –me reí un poco más aprovechando que tenía coartada, respiré profundo, me concentré para no pensar en el pollo al spiedo y volví-. Dale, seguí contando.

-Lucha: Cuando llegamos al cine ya era re tarde y nada más había dos películas que no habían empezado. Yo quería ver la comedia y él la de artes marciales. Como pensé que me iba a dar todos los gustos para que nos reconciliáramos, directamente fui a la caja y pedí dos para la comedia, pero él se negó. ¿Sabés lo que me propuso? ¡Qué cada cual fuera a ver la que quería y después nos encontrábamos!

-Sol: ¿Es pelotudo?

-Lucha: Yo qué sé… ¡sí! Es un pelotudo, Sol. Era al pedo discutir, ya estaba encaprichado con ver la de artes marciales y yo no iba a ceder, así que fuimos a ver cada uno la película que quería. Las parejas se besaban al lado mío, Sol… y yo estaba ahí, con mi paquete de pochoclo chico, porque Rubén me dijo que el balde es “para las gordas” y me dio vergüenza pedirlo.

-Sol: No te puedo… -volví a taparme la cara, pero mi artilugio estaba perdiendo eficacia.

-Lucha: ¿Te estás riendo?

-Sol: No, Lucha… es que no lo puedo creer.

-Lucha: Yo tampoco… -suspiró y miró al techo, como tomando coraje para contarme lo que venía-. Cuando terminó la película, me dijo que fuéramos a tomar un helado, que esta vez “podía” pedir el gusto que quisiera. ¡Qué “podía”! ¿Entendés? ¡Que “él me dejaba” tomar un helado que no fuera light! Traté de contenerme y pensar que era un gesto, pero cuando llegamos a la heladería… ¡pidió helado de pitufresas!

-Sol: ¿Qué?

-Lucha: ¡Sí! ¡De pitufresas! El heladero lo miraba como si estuviera loco, pero él insistía: “quiero un helado de pitufresas, de pitufresas”. Al principio me causó gracia y le aclaré al heladero que se refería al helado de frutilla, pero él decía que no, que quería helado de pitufresas. Sol, no lo aguanté más, me quería morir, no sabés qué vergüenza: la cola era larguísima y él seguía con las “pitufresas, las que comen los Pitufos”. La gente se quejaba, los de atrás gritaban para que nos apuráramos y, antes de ponerme a llorar enfrente de todo el mundo, preferí irme. Me preguntó por qué me ponía así, si él nada más quería helado de pitufresas –cada vez que mencionaba la palabra “pitufresas” golpeaba un almohadón con furia-. Le dije que se fuera a la mierda, que era un imbécil y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: El pasito para atrás, ¿no?

-Lucha: Sí. Y gritó “¡Uh!” agarrándose las bolas enfrente de todo el mundo. Se reían, Sol, todos se reían, ni el heladero estaba enojado por el helado de pitufresas y yo me quería morir.

-Sol: ¿Y no te convenció como siempre, Lu?

-Lucha: Sol, ya no tengo 18 años y, encima, la gente no se reía de sus boludeces, se reía de mi ataque de histeria. ¡Qué humillación!

-Sol: ¿Ahí te viniste para acá?

-Lucha: Sí. Y mientras me iba me gritó delante de todo el mundo: “¡si no me vas a dejar comer helado de pitufresas, convidame del pollo que tenés en la cartera!”

Lo inevitable sucedió: me empecé a descostillar de risa sin ningún disimulo.

-Lucha: ¡Hija de puta! ¿¡De qué te reís!? ¡No es gracioso! –se levantó enfurecida.

-Sol: Perdoname… es que… lo del pollo, vos sabés que…

-Lucha: ¡No es divertido! –gritó enloquecida, mientras yo me reía como una oligofrénica. Cuando pensé que me iba a dar un zurdazo, mágicamente se tranquilizó, se sentó y me dijo:- ¿Sabés qué es gracioso? En el cine me pareció verlo a Gabriel.

-Sol: Sí, me dijo que iba al cine. Seguro fue con la pobre Josefina y le hizo pagar la entrada –apenas terminé de decir esto, imaginé a Rubén diciendo “pollo” y volví a reirme.

-Lucha: No, tarada. Lo perdí de vista enseguida, pero estaba con una chica rubia, como Lore, con pelo lacio, como Lore… bajita, de la misma altura que Lorena… por un segundo, pensé que era ella.

Día 24 – El pollo de la discordia (I)

12/10/2009

-Lucha: Siempre me hace lo mismo. Siempre. Siempre –las palabras de Lucha parecían digitadas por un DJ: mucho loop, mucho scratch y un pulso de fondo que ya me estaba poniendo nerviosa.

Para que el plan funcionara Lucha tenía que dejar de vivir en mi casa, por el simple motivo de que Gabriel no debía sospechar bajo ningún concepto que yo quería que se fuera. Obviamente, iba a ser muy difícil que él lo creyera si mi mejor amiga le pegaba, le decía que armara las valijas todo el tiempo y no podía disimular su rechazo. Pero más difícil iba a ser que Lucha se fuera de casa con su sueldo de docente y teniendo como únicas dos opciones volver a vivir con Rita a.k.a. “El Pastor Giménez” o Rubén a.k.a… bueno, no hay qué o quién pueda representar todo lo que es Rubén.

-Sol: Tranquilizate, Lu. Sentate, vení –la tomé de la mano y la llevé hasta el sillón-. Contame qué pasó.

-Lucha: ¿Viste que me mandó entradas para el cine con el helado? Bueno, no eran las entradas en sí, eran unos cupones que después se canjean en el cine por entradas. Como consiguió una promoción, tuvimos que ir hasta Martínez en colectivo. Digamos que lo que se ahorró con la entrada lo gastamos en el colectivo, porque insistió en que fuéramos en colectivo y yo quería ir en taxi, porque estuve trabajando todo el día, Sol. ¡Todo el día arriba de estos tacos! Pero me hizo un “pasito para atrás”, ¿te acordás? El pasito de Michael Jackson que hace siempre y me compra. Cuando gritó “¡Uh!” y se agarró la… la… la entrepierna, me hizo reir y zafó. No sólo no me enojé, sino que le di el gusto y fuimos en colectivo. Al principio tuvimos que viajar parados y yo ya me estaba poniendo de malhumor. ¡Mirá estos tacos, Sol! –me dijo mientras los señalaba.

-Sol: Sí, la verdad, vos sola podés usar eso todo el día. ¿Por qué no fuiste de zapatillas?

-Lucha: Porque quería estar linda, pero él ni lo notó.

-Sol: Hombres… -bufé con resignación.

-Lucha: Bueno, te sigo contando. Entonces, estábamos en el colectivo. Cuando nos sentamos, él me dice que fue la primera línea de colectivo que tomamos juntos cuando teníamos 18 años y nos conocimos. Me puse tan contenta de saber que se acordaba. A su manera y con sus limitaciones, había tenido un lindo gesto. Empezamos a hablar de nuestra primera cita y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: No me digas que empezó con lo del pollo…

-Lucha: ¡Sí! –exclamó mientras lloraba histéricamente y le daba golpecitos al respaldo del sillón, yo aprovechaba para taparme la cara fingiendo indignación. En realidad, me estaba muriendo de risa

Día 24 – De manual

09/10/2009

Histérica #1

Aprovechando que Gabriel también había salido, me apoderé de su PlayStation y me dediqué a matar monstruos en el Obscure II. No hay nada más liberador que insultar a los mutantes y gritar “¡tomá, tomá!”, mientras se aprietan violentamente todos los botones de un joystick ajeno, hasta matar a Friedman, el maloso del jueguito.

Con tal de que Gabriel se fuera, accedí a cambiarle el pañal a Benito y ya iba siendo hora de que lo hiciera. También le tenía que dar la medicación, pero no recordaba cuál. Gabriel me había dicho: “la del frasco azul”, pero los de ese color eran dos. Después de meditarlo unos segundos, decidí llamar a Federico. Además, quería aprovechar para agradecerle por los $50 y convenir cómo devolvérselos.

En realidad, debería confesar que, en lo más profundo de mis miserias histérico-narcisistas, también, quería hablar con él porque había notado que se había fijado en mí y sabía que me lo iba a dejar saber de algún modo. Y así fue que terminé sabiendo cuál frasco era el correcto y con una cita al día siguiente, viernes, para hacerle entrega del dinero.

Todavía no estaba lista para nada nuevo: lo de Javi había ocurrido hacía unos días y era en lo único que podía pensar, pero me agradaba ser para alguien todo lo perfecta que no era para él. Sabía que si me quería levantar, todos serían halagos, explícitos o implícitos, no importaba. Solamente quería verme a través de los ojos de un tipo a quien le había gustado, a pesar de no tener ni $50 para pagar sus servicios veterinarios a domicilio, aún sabiendo de antemano que era inconducente, que nada sucedería, porque así lo había decidido yo. Para asegurarme de que la cita no se extendiera, le expliqué que después tenía que ir a un recital y, sin darme cuenta, me estaba confirmando a mí misma que iba a acceder a la invitación del Rockstar, otro buitre que me arrastraba el ala.

Apenas corté con Federico, corrí al placard, saqué todos mis vestidos y, después de desfilarlos frente al espejo, me decidí por uno que suele impedirle a los hombres hablarme mirándome a los ojos. Tenía plena consciencia de ello y me divertía imaginarme diciéndole a los interesados: “no, te equivocaste, sólo vine a devolverte la plata” o “no, nada que ver, vine a tu recital porque necesitaba pedirte un favor para un amigo”.

-Ello: ¡Esa es mi chica!

-Superyó: No sé… no me parece…

-Sol: Callate. Mañana me voy de joda con Ello y vos te quedás tomando mates abajo del perejil, ¿me escuchaste?

-Superyó: ¡Histérica!

-Ello: Nah… ¡son rumores!

-Sol y Ello (al unísono): ¡Muejejejejeje!

Me estaba riendo de mí misma, probando diferentes peinados frente al espejo, cuando escucho que la puerta se cierra con una violencia inédita.

Histérica #2

-Lucha: ¡AAAAAAAAAAARRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGHHHHHHHHHHH! –aulló antes de tirar la cartera con furia contra la pared- ¡Pitufresa! ¡De pitufresa! ¡Pitufresa! –repetía a los alaridos mientras golpeaba repetidamente el piso con sus tacos, como bailando un malambo- ¡Pidió helado de pitufresa!