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Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita II

07/11/2009

Ya estaba llegando tarde al recital y pensé que si me apuraba, podía llegar a los últimos temas y ver entonces al Rockstar. Después de darme cuenta de que el control era mío otra vez, acepté ir caminando hasta el evento en compañía de Federico. Travolta me poseyó nuevamente y, sin siquiera intentar disimularlo, comencé a balancear mis brazos y a tararear el soundtrack de “Saturday Night Fever”, mientras interiormente divagaba con la idea de que el “Saturday” era más bien un “Friday” para mí.

Algo interrumpió el aparatoso movimiento de mi cuerpo. Era la mano de Federico que estrechaba la mía, pretendiendo que así recorriéramos la distancia hasta el recital. Toda la música se convirtió en ruido blanco. Algo de toda la situación no me cerraba y, obviamente, era ese gesto tan tierno y afectuoso en una situación que yo había determinado de antemano que no lo sería.

Caminamos en silencio y tomados de la mano no más de diez metros, hasta que un maravilloso objeto se interpuso en mi trayecto: la taza de un auto. Me apuré a soltarme y agarrarla, lanzarla al aire y volver a agarrarla. Me felicité por tener tanto talento para los malabares y agradecí los aplausos de Federico.

-Fede: Deberías dedicarte a hacer malabares en los semáforos –dijo muy convencido antes de reírse e intentar sacarme la taza para volver a darme la mano.

-Sol: Dejámela. Esta taza me va a hacer millonaria, mirá –después de forcejear suavemente, me paré enfrente de los autos que esperaban a que el semáforo cambiara de color e hice mi gracia con la taza. Para mi sorpresa y la de Federico, en dos semáforos hice $20.

Debo confesar que los taxistas son muy generosos y aconsejarle a los que hacen esto como profesión, que el vestido es más efectivo que la cara pintada y la ropa hecha con patchwork.

También debo confesar que me sentí bien, plena. No eran las cervezas que había tomado: era yo misma, sin miedo al ridículo, divirtiéndome de verdad, sintiendo que la gente encontraba en mí ese encanto que siempre me distinguió. La misma espontaneidad que había enamorado a Javier en nuestra primera cita, cuando lo obligué a quedarse hasta la madrugada en una plaza, viendo cómo yo tocaba para todo el mundo, sin siquiera reparar en su presencia.

El sexo en sí, para mí, no es más que otra fuente de placer. Después de vivir mucho tiempo con culpa, creyendo que lo correcto era dejar pasar un determinado tiempo hasta llegar a ese nivel de intimidad, por el solo hecho de pensar que el otro debía sufrir hasta obtener lo que –en realidad- ambos queríamos, como prueba de su real interés en mi persona o de mi valía como mujer, me había dado cuenta de que todos estos rituales de espera, sufrimiento y culpa eran un sinsentido. El sexo no era más que otra fuente de placer: comer, leer un libro, escuchar música, tener relaciones. Si se hace responsablemente, dejándole saber al otro dónde está parado, la función que cumple y el lugar que tiene en tu vida, cuidándose y previniendo consecuencias no deseadas, no es más que eso: un momento en el cual dos personas la pasan bien, propinándose afecto o entregándose al más primitivo de los impulsos.

Al quitarle toda la carga moral y no dejar que la sociedad y sus imperativos se interpusieran entre mi deseo y su concreción, aprendí a disfrutar verdaderamente. No sólo en aquellas relaciones esporádicas, casuales, sino en aquellas otras que encierran un profundo amor y una promesa de futuro cierta.

Pero éste no fue el descubrimiento más importante que hice. Esto no era más que una pista que me iba a llevar a la esencia de la cuestión: la elección.

Cuando ocurrió lo de Ramiro, por momentos, sentí culpa y hasta bronca por Javier. Sentía que él me había obligado tácitamente, me había puesto en la situación de estar con otra persona. Pensaba que si él hubiera venido con el ramo de flores antes, jamás hubiera pasado algo “tan terrible” como que yo pudiera estar con otra persona como si nada cuando nuestra separación todavía era reciente. Sin embargo, yo había cumplido con todos los mandatos sociales: estaba soltera, ya no vivía con mi novio y era libre de hacer lo que quisiera. Pero tenía otra obligación y no era para con nadie más que para conmigo misma. El haber estado con Ramiro no había cambiado ni un ápice de lo que yo sentía por Javier. Era una sensación rara y completamente novedosa: ¿cómo podía haber estado con alguien y que no significara nada más que un momento de placer que no influía en lo más mínimo en lo que sentía por otra persona? Me habían enseñado que amar a una persona no es decirle que “sí” a ella, sino decirle “no” al resto. En esa elección también se escondería la fidelidad. Sin embargo, yo no estaba siendo infiel, porque estaba soltera. Ahí me di cuenta de que a los mandatos sociales no sólo había que alejarlos de la cama, sino de las elecciones. Jamás dejé de elegir a Javier y, por más que tuviera todas las credenciales de inocencia y libre culpa, esa elección conlleva una responsabilidad y consecuencias. Lo que yo había hecho no tenía nada de malo, no era incorrecto, no era moralmente sancionable, pero podía herir a quien yo amaba. Seguir sintiendo lo mismo por Javier, también tenía que implicar demostrarlo del mismo modo. Hay quienes nos quieren y hay quienes nos quieren bien. Elegir a Javier también implicaba evitar hacer cualquier cosa que pudiera lastimarlo. Eso sería quererlo bien.

Yo sabía que podía llevar a Federico a mi casa, sabía que eso no cambiaría en nada lo que yo sentía por Javi, que estaba soltera y la mar en coche. Pero ahora también sabía que algo así podía lastimarlo y eso era lo último que quería hacer. Aunque no me respondiera los mails, aunque no me hablara, aunque me hubiera dicho que nuestra relación se había acabado y para mí un momento con Federico no fuera más que un espacio de placer instantáneo y perecedero, la cuestión ya no se dirimía en el ámbito de lo que está bien o lo que está mal.

Supe que era el momento de huir.

-Superyó: Con el último aliento no etílico que me queda, te recomiendo que huyas ya. Yo ya no soy responsable por lo que hagas. ¡Hic!

-Ello: ¡Ay, sí! ¡Qué divertido! ¡Vámonos al recital!

-Sol: Dishculpame, Fererico… pero lo nuestro nou puede zer… ¡hic! –dije antes de apoyar la taza en el asfalto y abordar el taxi de uno de los espectadores de mi maravilloso show.

Federico se quedó en su lugar, saludando con la mano alzada y una sonrisa de satisfacción. “Mañana te llamo”, alcancé a oir mientras me alejaba de él y me acercaba al que sería el papelón de mi vida.

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Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita

14/10/2009

Todo está bajo control. Sabés qué decir, cuándo decirlo y el efecto que va a provocar. Caminás como Travolta, balanceando los brazos al ritmo de alguna canción que tarareás y los Bee Gees te hacen los coros. Sentís que estás surfeando la cresta de la ola hasta que, de pronto, el tsunami. Entonces, tu metro setenta y cinco se convierte en uno veinte, tu gesto de orgullo se empapa de arrebol y tu elocuencia se transforma en balbuceo.

-Sol: ¿Vamos? Yo invito, yo cobré mis deudas y… -me solté y, enseguida, agarré la cartera.

-Federico: ¿Y? –me preguntó como si nada hubiera ocurrido.

-Sol: Y yo, ya debería irme… porque… yo… porque…

-Federico: Tenés que ir al recital, recién te peleaste con tu novio y pensaste que no me iba a animar, ¿no?

-Superyó: ¡Histérica!

-Sol: ¡Callate, idiota! ¡Si fuera histérica no le hubiera correspondido el beso!

-Superyó: Ay, nena…

-Sol: ¡Confesá! Están complotados.

-Superyó: Lucha te lo avisó, no la escuchaste y ahora te querés escapar.

-Ello: No me digas que te querés escapar, Solcito… ¡si fue tan lindo! Hace tanto que no teníamos un primer beso.

-Yo: Esta situación se nos fue de control, nos equivocamos y, que quede claro, no huimos: nos retiramos con elegancia. Cuando Javi vuelva, queremos hablar con él y arreglar las cosas, así que dejemos de lado estas taradeces. Nosotros no somos así.

-Sol: Yo no soy así. Normalmente, no soy así. Te explico –traté de impostar un poco de seguridad y me sinceré-. Pasa lo siguiente… yo me di cuenta de que te fijabas en mí y me pareció divertido salir a tomar algo con vos y pensé que…

-Federico: Que no me iba a animar. Lo sé –sonrió satisfecho y envolvió con ambas manos las mías.

-Sol: Fede, ¿qué carajo me viste? Soy un desastre. ¿Vos viste mi casa? –la seriedad con la que formulaba mis preguntas no se correspondía con el gesto burlón de mi interlocutor, lo cual me desesperaba-. ¿Te acordás cuando llevé a Benito a la clínica?, ¿te acordás de que estaba en pijama? ¡Me tuviste que dejar $50 por caridad! Creo que hasta soy un poquito más alta que vos.

-Federico: Nah, mido un metro ochenta –no sé por qué, pero todos los hombres viven convencidos de medir de cinco a diez centímetros más de lo que miden en realidad-. Y sos divertida, cantás lindo y untás las tostadas como nadie.

-Sol: Mirá, la verdad es que yo vine en plan de histérica y…

-Federico: Obvio –me interrumpió mientras apretaba suavemente mis manos-. Me di cuenta enseguida. “¿Hola, Fede? ¿Qué remedio tiene que tomar Benito?” –dijo con voz finita, imitándome-. Pero si te molestás en histeriquearme es porque te gusto.

-Sol: La verdad, cualquiera me venía bien. Estabas fácil, a mano… yo debería estar agradecida con vos y…

-Federico: Y pensaste que no me iba a animar. Bueno, me animé. Te di un beso, me correspondiste y te voy a llamar mañana para saber cómo estás e invitarte a salir en la semana.

De algún lugar recóndito de mi memoria de soltera saqué mi speech de mujer frontal y honesta y le dije que no iba a aceptar de ningún modo, que él no se merecía que yo lo tratara como a un “tipito” más y que diera por sentado que así iba a ser si lo seguía viendo. Creo que no le importó mucho, porque interrumpió todas mis promesas y aseveraciones con un nuevo beso, me invitó otra cerveza y yo accedí.

En aquel momento pensé que, habiendo sido absolutamente honesta con él, habiéndole dejado saber con quién, para qué y dónde estaba, podía relajarme y empezar a disfrutar. Estando en Antares, disfrutar es pedir otra porción de papas fritas y probar todas las variedades de cerveza que ofrece la extensa carta.

-Superyó: ¡Hic! Hacé lo que quierash, Shol. You me vo’a normir… ¡hic!

-Ello: ¡Invitémoshlo a casha! ¡Shí! ¡Hic! Total… después le pedimos que ze convierrrta en picsa. ¡Burp!

-Yo: Qué más da… mejor, ashí entiende que ez un tipitou… ¡hic!

-Sol: Hmmm… está tan fáshil… ¡hic! ¿Lo invito o no lo invito?

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 24 – De manual

09/10/2009

Histérica #1

Aprovechando que Gabriel también había salido, me apoderé de su PlayStation y me dediqué a matar monstruos en el Obscure II. No hay nada más liberador que insultar a los mutantes y gritar “¡tomá, tomá!”, mientras se aprietan violentamente todos los botones de un joystick ajeno, hasta matar a Friedman, el maloso del jueguito.

Con tal de que Gabriel se fuera, accedí a cambiarle el pañal a Benito y ya iba siendo hora de que lo hiciera. También le tenía que dar la medicación, pero no recordaba cuál. Gabriel me había dicho: “la del frasco azul”, pero los de ese color eran dos. Después de meditarlo unos segundos, decidí llamar a Federico. Además, quería aprovechar para agradecerle por los $50 y convenir cómo devolvérselos.

En realidad, debería confesar que, en lo más profundo de mis miserias histérico-narcisistas, también, quería hablar con él porque había notado que se había fijado en mí y sabía que me lo iba a dejar saber de algún modo. Y así fue que terminé sabiendo cuál frasco era el correcto y con una cita al día siguiente, viernes, para hacerle entrega del dinero.

Todavía no estaba lista para nada nuevo: lo de Javi había ocurrido hacía unos días y era en lo único que podía pensar, pero me agradaba ser para alguien todo lo perfecta que no era para él. Sabía que si me quería levantar, todos serían halagos, explícitos o implícitos, no importaba. Solamente quería verme a través de los ojos de un tipo a quien le había gustado, a pesar de no tener ni $50 para pagar sus servicios veterinarios a domicilio, aún sabiendo de antemano que era inconducente, que nada sucedería, porque así lo había decidido yo. Para asegurarme de que la cita no se extendiera, le expliqué que después tenía que ir a un recital y, sin darme cuenta, me estaba confirmando a mí misma que iba a acceder a la invitación del Rockstar, otro buitre que me arrastraba el ala.

Apenas corté con Federico, corrí al placard, saqué todos mis vestidos y, después de desfilarlos frente al espejo, me decidí por uno que suele impedirle a los hombres hablarme mirándome a los ojos. Tenía plena consciencia de ello y me divertía imaginarme diciéndole a los interesados: “no, te equivocaste, sólo vine a devolverte la plata” o “no, nada que ver, vine a tu recital porque necesitaba pedirte un favor para un amigo”.

-Ello: ¡Esa es mi chica!

-Superyó: No sé… no me parece…

-Sol: Callate. Mañana me voy de joda con Ello y vos te quedás tomando mates abajo del perejil, ¿me escuchaste?

-Superyó: ¡Histérica!

-Ello: Nah… ¡son rumores!

-Sol y Ello (al unísono): ¡Muejejejejeje!

Me estaba riendo de mí misma, probando diferentes peinados frente al espejo, cuando escucho que la puerta se cierra con una violencia inédita.

Histérica #2

-Lucha: ¡AAAAAAAAAAARRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGHHHHHHHHHHH! –aulló antes de tirar la cartera con furia contra la pared- ¡Pitufresa! ¡De pitufresa! ¡Pitufresa! –repetía a los alaridos mientras golpeaba repetidamente el piso con sus tacos, como bailando un malambo- ¡Pidió helado de pitufresa!

Día 22 – Morosos cobrables

29/08/2009

Existen mil formas más elegantes de describir el estado anímico que puede llegar a experimentar una persona, pero el mío ni valía la pena ser descripto en tales términos. Bastaba una sola palabra: horrible. Me sentía horrible. Un tipo había sentido la necesidad de dejarme a mí (¡a mí!) $50. Faltaba que me dijera: “con esto pagate la cena”. A mí, que desde los 18 años trabajo y desde los 20 soy absolutamente independiente. A mí, que tenía más debes que haberes en mis cuentas. A mí, que tenía un fangote de guita para cobrar pero jamás la había reclamado. A mí, que lo último que necesitaba era la pena, la lástima de un extraño.

“¿Qué importa? –pensé-. No le debo explicaciones a nadie. Hago lo que quiero.”

Acto seguido, me compré un kilo de helado de sambayón y una botella de licor de huevo, aunque fuera redundante, sólo porque podía. Obviamente, ordené todo por teléfono, porque no tenía porqué moverme de casa: me-lo-me-re-cí-a. Y si al tipo le parecía que los necesitaba, se equivocaba. Yo podía hacer todo por mí misma y la plata que me había dado me correspondía de cualquier forma.

Una vez que hube rematado los últimos $52 que me quedaban, decidí que tampoco era justo que me debieran plata y, teléfono en mano, comencé a equilibrar mi balance, mi libro diario (sí, soy perito mercantil y –mentira- no tolero que las cuentas no den). Tampoco les debo explicaciones a ustedes, así que, resumiendo, les voy a contar que llamé a cuatro personas. Primero, llamé a la productora y –por esas maravillas que nos regala la vida una vez cada tanto- tenían mi cheque listo hacía dos días. Lo que no entendí fue porqué no me avisaron antes, pero tampoco lo pregunté. Todavía estaba en horario bancario, así que cargué mi celular con la tarjeta de crédito de Lucha y seguí con mis reclamos a morosos vía celular. Tal fue mi éxito que después del banco tenía que pasar por la casa de otro amigo que me debía honorarios y, al día siguiente, tendría que pasar por Western Union a cobrar doscientos dólares que me debía otro amigo que había partido hacia el Viejo Continente y necesitaba fondos de reserva. Respecto a éste último, no me importaba que la semana prometida para el reembolso se hubiera convertido en nueve meses. No. Lo único que me importaba era dejarle saber que no era justo ni siquiera informarle del retraso a la persona que fue tan generosa con él. Pero claro, qué va a entender la gente, ¿no? La gente te chupa la sangre y ni tiene el buen gusto de escupírtela en la cara. Fue por eso que mi cuarto llamado no fue telefónico, sino, de mi habitación al living.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeeeeeeeeeeel! ¡La concha de tu hermana! ¡Vení para acá!

Día 22 – Sweet Charity

27/08/2009

En un rincón de mi alacena tengo reservados algunos pequeños tesoros que fui acumulando de viajes propios y otros de Javier. Tengo té de lulo, papayuela, mora, lemongrass, uva y otros que no sé cómo pronunciar. En la heladera, en el cajón menos visible, guardo café ecuatoriano, colombiano, brasilero e italiano. Luna dice que debería dejar de reservar las cosas ricas para los otros y empezar a disfrutarlas cuando me plazca, pero ese día agradecí no haberle hecho caso.

Me sentía incómoda, avergonzada y en deuda. El café sería una buena, aunque insuficiente, retribución para Federico, mi salvador.

-Sol: ¿Cuál preferís? Tengo éste, éste, éste, éste, éste y éste café –le pregunté mientras exhibía uno a uno los paquetes de café-. Si no, te puedo hacer té… tengo de canela, de maracuyá, de uchuva, de…

-Fede: Prefiero café, Soledad –me interrumpió y eligió el café ecuatoriano.

-Sol: Solange, me llamo Solange –le aclaré mientras llenaba el filtro de la cafetera.

-Fede: Qué lindo nombre… -dijo sin mucha seguridad.

-Sol: No te preocupes, creo que sólo a mi mamá le gustaba, por eso me lo puso. Mi papá dice que es nombre de gato –le dije mirándolo seriamente. Cuando se rió, empecé a soltarme-. En el primario, cuando tomaban lista y la profesora decía “Solange Schwartz”, mis compañeros hacían “ssshhhhh, sssshhhhh” y alguno murmuraba “’sory’, Solanssssshhhhh”.

Cuando el café estuvo listo, le ofrecí las tostaditas de Lucha y aceptó encantado. Me sentía avergonzada después de confesar que no tenía ni los $50 que costaba su visita, y como los nervios potencian mi torpeza, untar las tostadas se convirtió en un desafío. Por suerte, sólo se me cayeron dos, obviamente, del lado de la mermelada. Federico pasó al baño y aproveché para echar una medida del whisky barato de Gabriel en mi taza.

Después de halagar mi café con tostadas, Federico me pidió que le contara porqué vivía con Gabriel, porqué me había encargado del gato y toda la historia que ustedes ya conocen. Intenté resaltar las partes divertidas, porque todo lo patético ya estaba a la vista.

-Fede: ¿Y encima salvaste al gato? –me preguntó incrédulo.

-Sol: Sí, y mirá como me paga el felino endemoniado –me arremangué los jeans y le mostré las cicatrices. Estaba encendida, el whisky había surtido efecto y nos estábamos divirtiendo.

Conversando, supe que tenía 30 años, que siempre había querido trabajar con animales grandes pero que en nuestro país es difícil porque no abundan, que sueña con ir a África y que además de atender clientes particulares y estar a cargo de la guardia de la clínica tiene otro trabajo fascinante. Tres veces por semana va al zoológico, donde intenta optimizar las condiciones de cautiverio de los animales a pesar del bajo presupuesto con el que cuenta. Describió sus tareas como las de un escenógrafo o un decorador de interiores. Él es el que encarga plantas propias del hábitat natural de los leones, por ejemplo, o decide dónde va tal o cual roca para que descanse. También es activista de Greenpeace y suele participar en las protestas estrafalarias de dicha organización.

-Sol: Hippie, sos un hippie. ¿Te bañás? –le dije jocosa.

-Fede: Todos los días –respondió divertido-. Eso sí, fumo marihuana.

-Sol: ¡Hippie! ¡Hippie! –lo acusé señalándolo con el dedo y nos reímos a carcajadas.

Me pidió la computadora para mostrarme fotos de las protestas y lo pude ver disfrazado de rata atrás del Jefe de Gobierno de la Ciudad, reclamando por la sanción de la ley “Basura Cero” o haciendo de tatú carreta muerto en el Obelisco. Nunca fui una amante de la naturaleza, pero me pareció fantástico su compromiso.

Después llegó el turno de su interrogatorio. Cuando le conté que era música, me pidió que le tocara alguna de Silvio Rodríguez y, nuevamente, lo acusé de hippie. Se declaró culpable, pero no por eso dejó de insistir. Afortunadamente, siempre tengo a mano un cuadernito con canciones populares, esas que todo el mundo sabe y siempre piden. Busqué el golpe de efecto con los clásicos de fogón hippie y lo conseguí: en el estribillo de “Ojalá”, Federico se puso a cantar a los alaridos, con los ojos cerrados, emocionado. Tuve que hacer una pausa, porque la risa me impidió continuar.

-Fede: Entonces, estás soltera, ¿no?

-Sol: Ehhh… sí, creo que sí… es una historia larga… -escuché el ruido de la puerta y recé porque fueran Lucha y su abultada billetera. Pero la suerte no estaba de mi lado aquella mañana.

-Gabriel: ¿Torturando al veterinario? –preguntó tratando de sonar gracioso, pero Federico lo miró con un gesto de indiferencia y me tomó de la mano por debajo de la mesa. Me enderecé en la silla tratando de disimular mi sorpresa y, con la excusa de ofrecerle otra tostada, liberé mi mano de la suya.

Federico le explicó lo que había pasado con el gato y lo retó por no cumplir con lo acordado. Gabriel se disculpó diciendo que no tenía dinero para el tratamiento ambulatorio.

-Federico: Pero así te termina costando más caro. La consulta a domicilio son $100.

-Sol: ¿Pero no eran cin…? –Federico volvió a tomarme de la mano y la apretó suavemente, dándome a entender que no dijera nada.

Gabriel le pagó y Federico me pidió que le bajara a abrir.

Una vez arriba de su bicicleta, se acercó y volvió a darme la mano, me besó en la mejilla y se fue pedaleando. No me dio tiempo a decir nada, ni a rechazar los cincuenta pesos que ahora eran míos.

Día 22 – He’s In Fashion

23/08/2009

El pañal de Benito estaba empapado en sangre, yo no tenía un peso y Gabriel no usa celular. No podía recurrir a nadie, porque a esa hora todos están trabajando. La única veterinaria estatal gratuita estaba cerca, pero no me alcanzaba la plata para pagar un taxi. Me odié por ser tan desorganizada, por no haber reclamado el adelanto que me habían prometido por el largometraje, por no tener el coraje de llamar a mi papá que, sabía, no tendría ningún problema en venir enseguida, porque si hay algo que le gusta, es ejercer su rol de proveedor y dejar en claro que, gracias a mis elecciones de vida, eventualmente dependería de él económicamente.

Agenda en mano, llamé a todos mis contactos, pero ninguno me pudo referir a algún veterinario.

Estaba desesperada y Benito no dejaba de maullar. Me sentía impotente e insultaba en voz alta a Gabriel, quien nunca me había dado el número de teléfono de su trabajo, a pesar de que yo se lo había pedido reiteradas veces. Cuando estaba a punto de estallar, recordé que la primera vez que llevé a Benito a la clínica, el veterinario me había dejado su tarjeta por cualquier consulta que quisiera hacerle mientras el gato estuviera internado. Di vuelta toda mi habitación, vacié los cajones de mi escritorio –lo cual me costaría una tremenda reprimenda de Lucha por desordenar su habitación, otrora mi estudio- inútilmente, porque la tarjeta estaba en la campera que tenía aquel día que rescaté a Benito. Afortunadamente, Federico, el veterinario, se acordaba de mí perfectamente.

-Federico: Claro que me acuerdo vos; sos la del pijama –“ouch”, tragué saliva y me di un golpecito en la cabeza-. El otro chico –se refería a Gabriel- me contó lo que te pasó después –se río y, en un acto reflejo, le corté el teléfono. Benito maulló y volví a la realidad: Federico era mi única opción. Antes que pudiera volver a marcar su número, mi teléfono estaba sonando.

-Federico: ¿Se te cortó?

-Sol: Sí, sí… eh… el gato está mal otra vez y… -cerré los ojos y mentí- no me parece sacarlo de casa así. Quería saber si podías venir a verlo. ¿Trabajás a domicilio?

-Federico: ¿No está en la clínica? Habíamos quedado en que empezábamos un tratamiento ambulatorio.

-Sol: ¿Cómo? –en la punta del dedo gordo del pie algo me avisaba que otro calambre estaba por venir, pero desde que vivo con Gabriel, aprendí a controlar un poco más mis nervios, de otro modo, ya me tendría que haber internado en un spa.

-Federico: ¿No te dijo tu novio?

-Sol: No es mi novio –le aclaré rápidamente y con voz de disgusto.

-Federico: Pensé que como llevaste al gato…

-Sol: ¿Podrías venir? En serio, no quiero moverlo, está mal, tiene sangre en el pañal –lo interrumpí.

-Federico: Ah, yo pensé que eran… -hizo una breve pausa y con tono animado me prometió venir cuanto antes. Le di mi dirección e hizo un comentario con el cual me dio a entender que éramos vecinos, pero no le presté atención, sólo podía pensar en cómo le iba a pagar.

Calculando el tiempo que le podía tomar llegar y revisar a Benito, tal vez a la hora de abonar la consulta -más onerosa por domiciliaria-, Gabriel ya hubiera llegado. Ahí mismo caí en la cuenta de que Gabriel tendría el dinero para pagarle al veterinario y yo había estado juntando monedas para comprar cigarrillos e iba a pagar las cuentas de mi casa con la tarjeta de Lucha, sin pedirle a él que pusiera su parte. Me indigné, me enojé, puteé dos o tres veces y de repente, me invadió una calma rara, desconocida para mí. Me acordé de Luna, lo que habíamos hablado el día anterior y sin pensarlo dos veces, empecé a revisar todas las cosas de Gabriel en busca de dinero. De más está decir que no encontré el vil metal, pero sí algunas cosas de exiguo valor entre las que me llamó la atención un pen drive, de esos que también funcionan como reproductor de mp3, que estaba entre sus medias sucias. Me lo guardé en el bolsillo y, sin ordenar nada, saqué todas las cosas de Gabriel del living y las escondí en el estudio.

Estaba enjuagándome el tónico que me trajo Lucha, cuando el timbre sonó. Era el veloz Federico, mi salvador. Se veía cansado, estaba despeinado y tenía ojeras. Supuse que había estado de guardia cuando nos conocimos, así que mientras subíamos las escaleras le ofrecí un café, que rechazó apenas vio a Benito.

-Federico: A ver, Benito, vamos a sacarte el pañalito… -le hablaba amorosamente aunque el felino endemoniado estirara las patitas tratando de arañarlo-. Qué bravo que es tu gato, eh.

-Sol: No es mío –no quería tener nada que ver con ese animal. Estaba tan enojada con todo que llegué a creer que el gato era un maleducado que me estaba haciendo quedar mal-. Es de Gabriel, el otro chico que lo estuvo yendo a cuidar.

-Federico: ¿Sí? Ehhhh… -quitó la vista del gato y me miró confundido-. Bueno, sea de quien sea, este gato va a seguir vivo por mucho tiempo. Está terminando de eliminar lo que tenía retenido por la obstrucción de las vías urinarias. Se ve que no le cambiaron el pañal por mucho tiempo. No es nada serio. Tiene que seguir con el tratamiento ambulatorio. ¿Por qué no lo llevaste hoy como habíamos quedado con el otro chico?

-Sol: Es que no es mío, ni sabía que había que llevarlo a la clínica. Me desperté y cuando me puse a trabajar me encontré con el gato así y no supe qué hacer, por eso te llamé, disculpame… ¿podés cargar esta visita a domicilio a la cuenta de la clínica? Después pasa Gabriel, el otro chico y cancela la deuda –estaba realmente avergonzada, no tenía con qué pagarle a Federico y estaba segura de que él pensaba que yo era una roñosa que no le había cambiado el pañal al gato. No lo podía culpar: tenía un colchón inflable en el medio del living cubierto por las frazadas viejas de Gabriel y, en la mesa, había pedazos de papel que mi huésped usaba para hacer origami, además de vasos sucios y botellas de cerveza vacías.

-Federico: En realidad, esto es una visita particular. ¿Necesitás factura?

-Sol: No… -bajé la vista, encogí los hombros y le dije- es que… no tengo plata para pagarte… –“que implote el mundo, que implote el mundo, por favor, que implote el mundo”, pensé reiteradas veces.

-Federico: No te preocupes, preparame el café y explicame cuál es tu relación con el gato y el otro chico, que no entiendo nada. Después vemos cómo hacemos con el pago.

Se sacó la campera y la parte de arriba del ambo. No pude evitar reirme y señalar lo que tenía puesto.

-Federico: ¿Qué? –sonrió cómplice-. Andar en pijama está de moda.