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Día 22 – La vieja, la lucha y el plan

07/09/2009

Días atrás, antes de la llegada de Lucha, estaba yo una mañana como cualquier otra discutiendo con Gabriel por el volumen de la tele, cuando el teléfono sonó. Una voz que me resultaba familiar, pero que jamás había escuchado a través del tubo, me preguntaba si podía ir hasta su casa. Bajé hasta el primer piso sufriendo, pensando qué macana me había mandado. Ensayé algunas excusas y disculpas en vano, porque era ella la que se quería disculpar. Me contó que su hija había cometido la crueldad de pedirle que dejara de ir a cuidar a sus nietos porque ya no la aguantaba y que eso la había llevado a un ataque de nervios. Quería disculparse porque asumía que yo había escuchado sus alaridos histéricos, algo que jamás sucedió. “Dice que hablo mucho y la pongo nerviosa”, me explicó mientras lloraba y me apretaba la mano.  Aunque me esforcé por manifestarle una falsa indignación y empatía, no podía dejar de pensar en la pobre mujer. Me refiero a la hija, porque la madre era una máquina de decir incoherencias y apenas si respiraba entre una y otra. La peor parte llegó cuando me confesó que durante su ataque de ira había pensado en suicidarse.

-Elvira: Tengo un arma –me miró de un modo penetrante-. De verdad, tengo un arma. ¿Querés que te la muestre? –insistió-. La tengo a mano,  en serio. ¡Porque mis nieto son la luz de mis ojos! –gritó y se tapó la cara con ambas manos.

-Sol: Elvira, no hace falta… no me gustan las armas –medí la distancia del sillón a la puerta y calculé que me tomaría aproximadamente veinte segundos salir de ahí corriendo. Me levanté para consolarla, pero con la única intención de estar de pie, lista para el escape-. Dale tiempo a tu hija, ya se va a dar cuenta solita de que está actuando como una desagradecida –“cu-cú, cu-cú”-. Yo ahora me tengo que ir, pero conversamos otro día, ¿te parece? –mentí y dando pasitos para atrás la saludé con la mano y me fui.

Cerré la puerta de mi departamento rápidamente y respiré aliviada.

-Gabriel: ¿Qué quería esa vieja loca?

-Sol: Me dijo que estaba cansada de los ruidos molestos y que si seguimos haciéndolos va a hablar con los dueños del departamento –me dieron ganas de reirme como Patán, pero me contuve hasta estar fuera de la vista de Gabriel y, desde ahí, le grité-. Si habla con los dueños por esto, te pongo de patitas en la calle  -sin saberlo, había dado el primer paso del Plan B, aún antes de haberlo urdido.

Casi como si supiera que la necesitaba, la vieja loca, Elvira, volvió a entrar en escena, esta vez, para cumplir un rol protagónico.

-Elvira: ¡Yo no voy a tolerar estos gritos! –exclamó antes de abrirse paso ante la mirada atónita de Lucha y verlo a Gabriel en el piso recuperándose del golpe que había recibido, mientras yo lloraba contra la pared como una nena en penitencia-. ¿Qué te pasa, querida? ¡¿Qué está pasando acá?!

-Lucha: ¿Usted quién es? –le preguntó altanera.

-Elvira: ¡Soy la persona que no puede descansar en paz desde que llegó esa chica! ¡Soy la vecina del primero y voy a hablar con los dueños!

-Lucha: Haga lo que quiera, vieja loca, pero váyase de acá a-hora –le señaló la puerta, pero la vieja se quedó en su lugar propinándole a mi amiga toda clase de improperios-. ¡Pero váyase, vieja de mierda!

-Sol: Pará, Lucha, la vie… digo, la señora tiene razón, estamos haciendo un escándalo terrible. Vení conmigo, Elvira. Yo te voy a explicar… -con la mente puesta en el Plan B, me tranquilicé un poco, la tomé del brazo amablemente y la acompañé hasta el pasillo. Una vez ahí, la abracé y me deshice en disculpas. Le conté lo ocurrido y le pedí que fuera comprensiva.

-Elvira: Ay, nenita, no te puedo creer. ¿Querés que traiga el arma? –me lo estaba ofreciendo en serio y con toda naturalidad me dio sus garantías-. Mirá que yo trabajé en el servicio penitenciario durante mucho tiempo, ¿eh?

-Sol: No… Elvira, no hace falta… -aunque ganas de ultimar a Gabriel no me faltaban, tampoco quería que la comedia de mi vida acabara en tragedia- eso sí, necesito que me hagas un favor –en voz bajita le expliqué lo que necesitaba y, después de despedirnos y que yo le prometiera que no íbamos a hacer más ruido, retorné a eso que ya era cualquier cosa menos mi hogar.

Lucha guardaba todas las cosas de Gabriel en bolsas de residuos y, cuando se daba vuelta, él las sacaba.

-Lucha: ¡Dejá eso ahí, hijo de puta! ¡Te voy a romper la cara!

-Gabriel: ¿A quién le vas a pegar, Karate Kid? ¡Que me eche Sol!

Evidentemente, el muy idiota no sabía con quién estaba lidiando. Una anécdota muy celebrada en cualquier reunión de amigas, es aquella en la cual un tipo piropeó a Lucha con palabras obscenas en Cabildo y Juramento. Automáticamente, Lucha se dio vuelta y le pegó una patada. El piropeador la empujó contra un volquete y se fue corriendo. Claro que ella no iba a dejar las cosas así y corrió atrás de él. Cuando lo alcanzó, sólo un policía la pudo frenar. Demás está decir que Gabriel no usa uniforme y que Lucha no iba a permitir que la desafiaran.

-Lucha: Si ella no te echa, te echo yo –cuando estaba a punto de tirar todas las cosas de Gabriel por la ventana, reaccioné. Tenía que ganar algo de tiempo y le pedí que, por favor, nos fuéramos a tomar un café a algún bar. No pudo negarse, realmente daba lástima-. Te salvás por ahora, pero yo que vos me iría solito, porque voy a volver.

En dos minutos estaba lista para salir. Es increíble ver cómo Lucha se calza los tacos y se convierte en una lady que camina con pasos firmes pero delicados.

Le propuse ir al bar de la esquina, pero ella prefirió parar un taxi e ir hasta Palermo. “Esos bodegones a los que vas no me gustan”, afirmó mientras le pagaba al taxista.

Fuimos a un lugar con jardín para poder fumar y, durante dos horas, le expliqué detalladamente mi masterplan.

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