Posts Tagged ‘El Rockstar’

Día 29 – In the Meantime

21/01/2010

-Ello: Qué bien, qué bien, Solcito. Ya era hora de que te avivaras: no-sos-Flanders.

-Sol: Es verdad. No lo soy y no tengo ninguna obligación de serlo. Menos con este ímbecil a rosca. Lo que no entiendo, realmente, es por qué hizo algo así. Digo… siempre fui buena con él. De hecho, así lo conocí…

-Superyó: Es lo que corresponde. ¿Vos hacés cosas buenas esperando algo a cambio?

-Yo: No creo que sea el caso, Superyó. No se trata de esperar algo a cambio, sino de mera reciprocidad.

-Superyó: ¡Pero yo quiero que nos construyan un monolito! Ehhh… ¿cómo sería un monolito de nosotros?

-Sol: ¿Una mujer de cuatro cabezas? Qué deforme –pensé antes de imaginarnos convertidos en una especie de medusa de bronce, toda cagada por palomas y grafiteada con frases tipo “Ramón Gato Pardo”, “Boca puto”, “Aguante Caballito”.

-Yo: Si fuera por vos, Superyó, más que en monolito, nos convertiríamos en la estatua del Príncipe Feliz y vos serías el pájaro que no migra para donar todas sus partes, sólo para darse cuenta que con su sacrificio no cambiaron nada sustancial de este mundo de mierda.

-Ello: Estoy muy movilizado, muy. No voy a poder disfrutar de nada hasta que no tomemos una decisión. Meditémoslo con una cerveza.

Salí al balcón a buscar algo de ropa limpia para cambiarme y me distraje viendo al vecino de la casa de enfrente que suele practicar algún arte marcial en la terraza. Siempre me divierte verlo pegándole a la pared o dando saltitos para esquivar a un oponente imaginario. Cada vez que lo veo, me juro que la próxima vez lo voy a filmar, le voy a poner de fondo la música de Rocky y lo voy a subir a YouTube, pero nunca lo hago.

Agazapada para que el tipo no pudiera verme en ropa interior, me reía bajito e intercalaba el tarareo del soundtrack de Rocky con frases como “Adriaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan”, hasta que el sonido de unas llaves tratando de abrir la puerta me interrumpió. Recordé que había dejado mi llave puesta y que en ese momento odiaba al mundo.

-Yo: De Gabriel nos ocupamos después. Dejalo entrar.

-Sol: Ok, ok.

Me puse lo primero que encontré en el tender y corrí a abrirle a Gabriel que estaba a punto de tirar la puerta abajo.

-Gabriel: ¡Abrime, Sol! –gritaba desesperado, mientras yo me debatía entre el bien y el mal-. Qué mina pelotuda –escuché que susurraba y la lucha la empezó a ganar el diablo que me hablaba al oído.

-Lore: Pobre Sol. Tal vez necesite un momento de intimidad. No la está pasando bien… vamos a tomar algo por ahí –conozco a Lorena desde los cinco años, sabía que lo decía sinceramente. Me quedé en silencio unos segundos y escuché que le proponía a Gabriel:- Vayamos a tomar un café a Bonafide y, de paso, le reponemos el café que te tomaste.

Tuve que contener el impulso que sentí de abrir la puerta y darle un abrazo. Después de todo, todavía tenía que hacerla sufrir un poco más por andar con ese cocoliche, así que me limité a abrir la puerta, darles un beso y salir, sin saberlo, al encuentro de una megaestrella.

Día 29 – Deadline

19/01/2010

From: ezegocéntrico@egoismo.com

To: sol@odioalmundo.com

Subject:

Yo pienso que tu blog es lo mas mediocre que hiziste, seguido de haber vailado arriva del esenario.

From: sol@odioalmundo.com

To: ezegocéntrico@egoismo.com

Subject: Re: …

Revisarle la computadora a tu amiga no es, ni cerca, lo más mediocre que hiciste. Grabaste un disco con tu banda para probarlo. Lástima que yo ya se lo haya dado al Rockstar, pero se resuelve fácil. Olvidate del festival.

From: ezegocéntrico@egoismo.com

To: sol@odioalmundo.com

Subject: Re: Re: …

No me podes haser eso a mi, Sol. Yo habre estado mal, pero vos ya te vas de tema. ¿Como me vas a dejar a mi sin lo del festibal? Yo ya le conté a los chicos de mi vanda, no se que les voy a dezir ahora.

From: sol@odioalmundo.com

To: ezegocéntrico@egoismo.com

Subject: Re: Re: Re: …

No es mi problema, Ezequiel. Te hubieras acordado de tu banda cuando traicionaste mi confianza, entraste en mi casa y revisaste mis cosas.

Y, ah, lo que una persona con tu redacción, ortografía y talento artístico tenga para decir sobre lo que escribo me tiene muy sin cuidado.

Tu problema no es que alguien escriba una boludez caricaturizando tu narcisismo y tu egocentrismo, no. Tu problema es creer que le importa a alguien más que a tu analista.

-Sol: Hola, Rockstar –estaba sorprendida de mi determinación. Había marcado sin ningún remordimiento y estaba decidida a cumplir con mi amenaza.

-Rockstar: Hola, nenennna, ¿venís al festival? Ya estás en la lista.

-Sol: En realidad, te llamaba para pedirte que bajaras a mi amigo, el del demo.

-Rockstar: Todo sí. Pero, ¿qué pasó?

-Sol: Vino a mi casa, me pidió la máquina para revisar los mails y terminó revisando mis cosas.

-Rockstar: Bueno, es una boludez. La fecha ya está programada. ¿No podés dejarlo de lado?

-Sol: Encontró un blog que escribo, lo leyó y me dijo que era más mediocre que haber bailado en el escenario aquella vez, ¿te acordás?

-Rockstar: ¿Cómo me voy a olvidar? Fue un highlight en mi carrera. Mediocre él y su bandita de mierda. Para mí fue re grosso, ¿quién ese imbécil para juzgar qué? Olvidate, nennnena, lo bajo ya.

-Sol: Gracias, Rockstar. En serio. Sé que es re maloso de mi parte y… -me interrumpió.

-Rockstar: Nennna, ¿estás segura de hacerlo? Mirá que no hay vuelta atrás…

-Sol: Sí, sí… en realidad… bueno, que se joda si la banda se decepciona, ¿no? Ellos no me llamaron para agradecerme la fecha, por qué tendría que preocuparme yo si la pierden… ¿no?

-Superyó: ¡Ja! Así me gusta… recapacitá, Sol. No podés ser tan vengativa.

-Sol: ¡Callate! Si fuera por vos, yo sería la Madre Teresa de Calcuta. Cortala o le cuento a Luna que estás tratando de convertirme en una mártir otra vez.

-Superyó: ¡Ouch! ¡Adiós!

-Rockstar: ¿Seguís ahí?

-Sol: Sí, sí, estaba pensando que…

-Rockstar: Hagamos una cosa: te doy hasta las siete de la tarde. Pensalo bien y me llamás. ¿Cuándo vamos a tomar unas cervezas?

-Sol: Eh… te llamo a las siete.

-Rockstar: Todo bien, nennenna. Para mí fue genial que te subieran, que bailaras. Sabelo.

-Sol: Hablamos.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo

14/11/2009

-Disculpá que te joda a esta hora…

-Me estaba preparando para salir, pero me quedo. No te preocupes, Solcito –me abrazó y supe que estaba donde tenía que estar- ¿Te preparo un té?

-Si después no me proponés casamiento, sí –le dije en broma, sin soltarlo-. ¿Me puedo bañar? Estoy hecha un asco.

Siete años atrás, después de intentar por todos los medios estar juntos en una fiesta, buscarnos entre la gente sin éxito, Alfredo me llevó afuera del bar, me miró serio y me propuso: “casate conmigo”. Le dije que estaba borracho, que al día siguiente se iba a olvidar. Respondió que no, que no se olvidaría. Me advirtió que al día siguiente se levantaría, me prepararía una taza de té de canela y me lo volvería a preguntar. Esa noche no dormí. A la mañana, me acosté en silencio en el sillón del living de la casa de su madre, que estaba de viaje, y esperé a que se despertara. Cuando lo vi asomarse por la puerta y levantar las cejas, como ensayando una dulce amenaza, supe que no se había olvidado. Lo terminé de confirmar cuando fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de té y, con toda la seriedad que puede tener un hombre en bóxers de ositos, reiteró su propuesta: “casate conmigo”. En ese momento, fui realmente feliz. Sin embargo, me ganó la razón y le contraoferté una convivencia que aceptó entusiasmadísimo. Según él, no sería más que un paso previo antes de lo inevitable: estar juntos hasta que la muerte nos separara.

Yo creo que amar es para siempre. Si así no lo fuera, ¿qué valor tendría? El amor cambia de lugar, se transforma, pero no desaparece. El enamoramiento, en cambio, sí. Eso es otra cosa. Siempre voy a amar a Alfredo. Lo hago desde la primera vez que se lo dije a los dieciséis y jamás dejé o dejaré de hacerlo. Una de las pocas certezas que tengo en esta vida, es que Alfredo también me ama, desde aquella vez que me lo dejó saber frente a todos sus amigos en medio de un brindis, y que me va a amar por el resto de mi vida.

Cuatro años atrás, buscando terminar definitivamente una relación, acepté ir a la casa de un amigo de Rubén. Recuerdo que durante todo el trayecto en taxi me sentí una vaca desfilando hacia el matadero y que me negaba a que me abrazara y todo eso con codazos bastante antipáticos. No necesitaba crear una falsa atmósfera de romanticismo envasado para consumir antes de la fecha de vencimiento cuando sabía lo que realmente quería. O no.

Todo el tiempo me preguntaba qué hacía con ese tipo, en ese taxi. No la estaba pasando bien, pero aún así me estaba forzando a hacer algo que no quería, con la estúpida creencia de que, prostituyendo mi afecto por el tipo que quería dejar definitivamente, iba a lograr darle un cierre irreversible a nuestra relación.

Al llegar a su casa: el horror. Tenía una de esas camas funcionales de una plaza, con los cajones de abajo abiertos y llenos de medias y calzoncillos sucios. El olor a humedad era penetrante y las sábanas estaban roñosas. Sentada en el borde de la cama, lo vi prender velas sobre ceniceros de aluminio de McDonlad’s, sin dejar de preguntarme qué carajo hacía ahí. Decidí ir a meditarlo al baño, sin saber que ahí me esperaba lo peor. Mis ganas de hacer pis eran incontenibles y el inodoro estaba lleno de hongos, igualitos a los champignones del Mario Bross. Me quedé parada en una esquina mirando alternadamente mis pies y el inodoro. Pensé en usar el bidet, crasso error: tenía una de esas bañaderas repugnantes que en un borde tienen calada la silueta del tuges y largan el chorro desde donde uno apoya los pies para ducharse. El suelo de la bañadera estaba negro y podía ver la marca de los talones y los pulgares del tipo. Volví a mi esquina y me quedé ahí, parada, al menos quince minutos. Ya no me preguntaba qué hacía ahí, sino en quién me había convertido, qué me estaba pasando, qué estaba buscando. Mi vejiga estaba a punto de estallar y el tipo ya había tocado dos veces la puerta para ver si estaba bien. Entonces, tomé coraje, agarré una botella de Pino Lux que había ahí, la vacié en el inodoro, cerré los ojos, e hice lo que tenía que hacer. Salí y le pedí al tipo que me bajara a abrir. De más está decir que ni me acompañó hasta el taxi, así que caminé sola abajo de la lluvia hasta encontrar uno libre. Sin pensarlo dos veces le pedí que me llevara a la casa de Alfredo. Cuando llegué, el té de canela ya estaba listo. Me senté sobre su falda, le conté todo lo que había pasado y se rió. Me sentía la cosa más insignificante del mundo, pero él me miraba como siempre, como si hubiera algo especial en mí que, ante sus ojos, jamás podría cambiar.

Esa forma que tiene de verme como yo quisiera verme a veces fue lo que me llevó a bajarme del auto del Rockstar sin darle explicación alguna y tomarme un taxi hasta la casa de Alfredo.

Cuando terminé de bañarme, las tazas de té estaban sobre la mesa y Alfredo prendía dos Parisiennes a la vez, mientras miraba algo en la computadora.

-Alfredo: Mirá, Sol. Sos la nueva sensación de YouTube –me alcanzó uno de los cigarrillos y le dio play al video.

-Sol: No me digas que… -me agarré la cabeza.

-Alfredo: Sí. Vení para acá, loca linda. No parás de superarte, eh… el video ya tiene 100 visitas.

Por un segundo me quise morir, pero Alfredo miraba la pantalla como si fuera lo más encantador que hubiera visto en su vida y se reía. Me dijo que por cosas como esas me quería tanto y que dejara que la gente pensara lo que quisiera. Armó un porro, fumamos y vimos el video quinientas veces sin parar de reírnos.

Dormimos juntos, vestidos y abrazados, hasta las 5.30 am, cuando sonó la alarma de mi celular. Tenía que apurarme a llegar a casa a las 6 am, porque Lucha me iba a estar esperando en la puerta de entrada del edificio. Tratando de no hacer ningún ruido, me calcé, le di un beso en la frente a Alfredo y me fui sintiéndome liviana, contenta.

-Sol: Lucha, ¡no sabés todo lo que me pasó! –le dije, todavía agitada por las cuadras que había corrido.

-Lucha: Vos no sabés lo que me pasó a mí…

-Pola: Sí, Sol, ¡no sabés lo que nos pasó!

Creyendo ingenuamente que ya nos había pasado todo lo que nos podía pasar por una noche, decidimos ir a comprar facturas, desayunar juntas en casa y contarnos lo ocurrido.

Cada una estaba convencida de que lo peor le había pasado a ella. Lucha y Pola me decían que esperara a escuchar lo que tenían para contar y, obviamente, yo estaba segura de que su historia jamás superaría a la mía.

Qué equivocadas estábamos las tres.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita II

12/11/2009

Hay gente que quiere escuchar lo que quiere. Esta clase de personas suele tener una visión muy distorsionada de sí misma y de lo que ocurre a su alrededor. Tienen una medida propia para cuantificar y cualificar, además de mostrar una fuerte tendencia a la auto-referencia. De alguna manera, perciben que todo pasa por ellos, a través de ellos o a pesar de ellos. Su radio de observación tiene por punto de referencia su orificio umbilical y, aún así, no llegan a ver la pelusa que acumula.

-Rockstar: Mirá, nena, yo no tengo tiempo para perder –no sé si en algún momento me miró, porque jamás se quitó los anteojos-. Está muy claro que acá pasa algo –hizo un rulo en el aire con un dedo y, luego, me ordenó-. Vení, dame un beso.

-Sol: ¿Sabés qué me vendría bárbaro ahora? Una cerveza –en el backstage las había de todas las marcas y, aunque mi estómago me pedía que parara, mi cabeza se estaba acomodando, señal de que en cualquier momento se despertaría La Pandilla y me torturaría con el recuerdo reciente de lo sucedido.

El Rockstar chistó una vez y un plomo se acercó a preguntarle qué quería. Su respuesta fue sucinta y precisa: “birra”.

-Plomo: ¿Vos sos la chica que se subió al escenario, no?

-Sol: En realidad, me subieron mis amigos… -algo me dijo que iba a tener que practicar el speech o iba a pasar a la historia como “la chica que se subió al escenario”.

-Rockstar: ¡Estuvo bárrrrbara! –exclamó buscando la complicidad del plomo y la consiguió.

-Plomo: ¡Sos un canpión, Rockstar! –le dijo mientras estiraba su brazo para estrecharle la mano.

-Rockstar: Traeme una birra para la nena, ¿dale? –fue toda su respuesta al gesto del plomo-. Bueno, nena, ya te dije, no tengo tiempo para perder.

-Sol: Ehhh… yo, en realidad, quería…

-Rockstar: Lo que quieras. Todo afirmativo. Todo –era el momento de usar mi baile engatusador para concretar el objetivo que me había llevado hasta ahí.

-Sol: Tengo un amigo, Ezequiel, que tiene una banda, y…

-Rockstar: Un fan. Seguro. ¿Qué quiere? Todo afirmativo, ya te dije.

-Sol: Sí, sí, tu fan. Traje un disco de su banda, mirá –metí la mano en mi cartera, pero no llegué a sacar nada. Por primera vez, el Rockstar giró en dirección a mí y se sacó los anteojos.

-Rockstar: ¿Es bueno?

-Sol: Sí –mentí con total naturalidad.

-Rockstar: ¿A vos te gusta?

-Sol: Sí, claro, por eso…

-Rockstar: Bueno, listo. Es todo lo que me importa. Todo afirmativo. La semana que viene toco. Decile que su banda puede tocar antes.

-Sol: ¿En serio? ¿En el festival de…? –me interrumpió.

-Rockstar: Todo afirmativo para vos, nena. Qué lindo momento… y la gente gritaba… ¿te subiste por mí, no? –en realidad, no me lo estaba preguntando: lo estaba afirmando con total certeza.

-Sol: ¿Eh? Colmillo te acaba de decir que…

-Rockstar: ¿Quién es Colmillo? –pasó otro integrante de la banda y le palmeó la espalda como felicitándolo. Entendí, por segunda vez en la noche, que había llegado la hora de huir con el festival para Ezequiel como botín-. Ah… ya sé. Es el fan, ¿no? Pero vos te subiste por mí.

-Sol: Sí, Rockstar, es tu fan y yo me subí por vos –si Charly García alguna vez le juró a sus seguidores “Me tiré por vos”, yo podía dejarle creer al tipo que me había subido por él.

-Rockstar: Sabía. Bueno, nena, dame un beso. La histeria no tiene rock –“¡Pomelo!”, exclamé mentalmente, “una curita en la herida de tu adolescencia”.

-Sol: Mirá, no te voy a dar un beso. De hecho, me tengo que ir… ¡adeus! –en silencio, me observó incrédulo unos segundos. Torcía la cabeza como una tortuga y yo no sabía si estaba tratando de ver a través de mis pupilas o se estaba haciendo el galán.

-Rockstar: Es por mi edad, ¿no?

-Sol: No, nada que ver –“ouch, hubiera sido la excusa perfecta, este tipo podría ser mi padre”, pensé y me contuve para no darme un golpecito en la frente-. Es que no me gustás… –“¡Ouch! ¡Callate, boluda!”

-Rockstar: Ah, ya sé… ya sé… mis groupies… mis fans… el noviazgo no tiene rock -dijo y se volvió a poner los anteojos.

El Rockstar es una de esas personas que escuchan lo que quieren, que tienen una percepción bastante distorsionada de la realidad. Yo quería dejarle en claro que no tenía la más mínima chance y sabía que para él nada era un obstáculo. Lo mismo pasa cuando le decís que no a alguien y la excusa es “porque tengo novio”: la persona piensa que, de no tenerlo, accederías. Tenía que ser implacable, de otro modo, sabía que iba a intentar cobrarse el favor.

-Sol: No, no es eso. No me gustas. No-me-gus-tás.

-Rockstar: Claro… es un bardo… mis groupies… los fans… claro… -volvió a ponerse los anteojos y levantó la mano para pedir otra cerveza para mí.

-Sol: No, Rockstar, no me gustás y me voy. Chau –cuando me estaba yendo, me suena el celular.

Era Lucha, avisándome que estaba en una fiesta con Pola y que volvería a casa recién a las 6 am. No sabía qué hacer, porque mis amigos ya se habían ido a otra fiesta y no tenía la dirección. Tampoco podía volver a casa sola, porque Gabriel se iba a dar cuenta de que no había salido con Lucha. Estaba pensando qué hacer, cuando escucho: “nena, vamos que te llevo”. Y acepté.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita

08/11/2009

De pronto, mi cuerpo surfeaba sobre una marea de gente. Una ola incontenible me llevaba hasta tierra firme: el escenario. Miré hacia ambos lados, tratando de adivinar de cuál de ellos vendría el tipo de seguridad que me bajara de un modo poco amable, pero jamás llegó. Después de permanecer inerte frente a miles de personas, viendo que no tenía escapatoria, me entregué al momento y durante un minuto exacto, ni un segundo más, ni un segundo menos, me dediqué a destruir por completo mi imagen, al son de un rock bastante más pesado que mis movimientos indescifrables. El don de la gracia no me ha sido otorgado y eso es algo que jamás debería haber olvidado. Pero bailé como si nadie me viera durante exactamente un minuto, sin darme cuenta de la magnitud del papelón que estaba haciendo. La gente gritaba excitada, algunos púberes calenturientos le ordenaban al unísono al Rockstar: “culiátela, culiátela”, pero yo no iba a enterarme sino hasta el día siguiente. Cumplido el minuto, hice una reverencia al público y corrí a esconderme detrás de los enormes parlantes.

Me quería desintegrar, quería desaparecer del mundo. Estaba en el escenario sin saber cómo bajarme, mientras el Rockstar me invitaba constantemente a volver al centro de la escena. Me reía nerviosa, me tapaba la cara con las dos manos y parpadeaba constantemente tratando de convencerme de que nada había pasado.

Siento que alguien me toca el pie y atino a correrme para atrás. Cuando descubro los brazos abiertos de Colmillo -el mismo amigo que me había subido al escenario contra mi voluntad-, invitándome a bajar, sin dudarlo mucho di un salto y, una vez en el suelo, le propiné un coscorrón.

-Sol: ¡Sos un tarado! –repetía mientras me reía como una maniática que trata de sonar natural.

-Colmillo: ¡Estuviste bárbara! –me dijo satisfecho y me apuré a esconder mi cara en su hombro.

Caminé agarrada de su brazo, como buscando un punto de apoyo, hasta donde estaban mis amigos, mientras la gente me saludaba y yo impostaba una sonrisa victoriosa.

-Sol: Colmi, decime que no se me vio el calzón, por favor, decime que no se me vio el calzón –había caído en la cuenta del largo de mi vestido un poco tarde y sabía que el escarnio sería total si a la muestra de aparatosidad coreográfica le agregaba una cuota de exhibicionismo.

-Colmillo: Quedate tranquila… no se te vio nada.

-Sol: ¡Decime la verdad! ¡Perdí mi dignidad!

-Colmillo: Tenés lindas pompas, eso sí –dijo antes de que le asestara un nuevo coscorrón.

Mis amigos estaban sentados en ronda en el pasto, tomando cerveza, muertos de risa. Luis imitaba al Rockstar tratando de agarrarme en el escenario y Lele a mí, escapándome y bailando como una marioneta. Festejé la gracia de todos, traté de restarle importancia a lo que había pasado y mientras relataba lo ocurrido, sucedió lo –no tan- inesperado: vomité. Cuando acabé de hacerlo, todo en mi cabeza se acomodó. De pronto, todos dejaron de reírse y de mirarme. No llegué a preguntar qué pasaba, cuando alguien me toca la espalda. “¿Qué?”, pregunté mientras giraba. Era el Rockstar y todos mis amigos son fans. Tenía un gesto radiante que cambió de golpe para preguntar muy serio: “¿Quién la subió?” Colmillo se asumió como el autor intelectual y el Rockstar fue hasta donde estaba y lo abrazó.

-Rockstar: Gracias, pibe. Fue el highlight de mi carrera –lo más extraño fue que sonaba sincero. Entonces, todos se animaron a decirle que habían colaborado, pero el Rockstar se puso sus Ray-Ban y los ignoró- Vení, nena –me dijo seguro, mientras me llamaba con el dedo índice.

Su pose de estrella de rock me superaba. Su forma de caminar, de llamarme “nena”, de saludar a sus fans sin mirarlos, era demasiado para mí.

-Sol: Vení vos, nene –le respondí, como dejándole saber que yo no compraba su imagen de ser superior- Serás la estrella de rock, pero, nene, vos sos mi fan.

-Rockstar: Vamos al back –se refería al backstage-. Tenemos que hablar.

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 19 – But I’m Still No One, And You’re My Star, What Do You Care?

09/08/2009

Intenté volver a dormir, pero ya estaba desvelada. Después de remolonear unos minutos, me levanté.

Lucha supervisaba a Gabriel, que limpiaba cada recoveco de la casa con una esponjita embebida en lavandina.

-Lucha: Así, no. Vas a arruinar el plastificado, como te dije antes.

-Sol: Sí, pequeño saltamontes… “encerar, pulir, encerar, pulir”, hacele caso a la Miyagui de la limpieza. Quiero ver mi cara reflejada en ese piso –busqué los ojos de Lucha, pero ella seguía con la vista fija en Gabriel.

-Lucha: Mirá, querido. Esta película yo ya la vi. Vas a hacer todo mal para que yo te diga “andá, dejá que yo me encargo”. Pero eso no va a pasar.

De pronto, suena el teléfono y mi corazón se acelera. La esperanza de que fuera Javi el que llamaba, se diluyó instantáneamente al escuchar otra voz.

-Eze: Hola, Sol, ¿cómo va? –pensé que preguntaba por mi vida como lo hacen los amigos que conocés hace catorce años, así que respondí su interrogante como si fuera algo más que parte de un saludo.

-Sol: Tristísima. Me separé definitivamente de Javier –dije y me aferré al tubo del teléfono como si fuera un ancla.

-Eze: ¡Uy! ¡No te puedo creer! ¿Querés que vayamos a tomar algo?

-Sol: No sé… bueno, dale. A lo mejor me viene bien salir un rato. Pasame a buscar.

Ezequiel llegó a los veinte minutos y me propuso ir a nuestro bar favorito, donde pedimos lo de siempre: té de jengibre y crumble de manzanas.

-Ezequiel: Che, qué cagada lo de Javi… -asentí con la cabeza y esperé en vano alguna palabra alusiva a lo que le había adelantado por teléfono-. Yo ayer salí y me encontré con Beth en una fiesta. No la entiendo. Me tiene dando vueltas hace un mes y yo no sé qué hacer.

-Sol: ¿Se habrá enterado que estuviste con su socia?

-Ezequiel: Yo ya no sé. Porque yo la invité a salir y me dijo que sí, pero después yo la llamé y ella me pateó para otro día.

-Sol: Creo que deberías sincerarte con ella y decirle cómo te sentís. Estás enamorado, es innegable.

-Ezequiel: Yo no sé si estoy enamorado, pero ella me gusta mucho. Me siento muy inseguro. Como si yo hubiera hecho todo mal en mi vida… –escuché pacientemente todos sus dilemas existenciales relacionados con su vida y una chica que conoció dos meses atrás y que, desde hacía uno, trataba de conquistar. En un momento se refirió a sus temores respecto al futuro y el hecho de estar soltero, sus ganas de estar con alguien en una relación estable y me sentí algo identificada con su sensación de incertidumbre y soledad.

-Sol: Sí, te entiendo. Es muy difícil tener proyectos y no tener con quién compartirlos. A mí me pasa ahora, que todo lo que había planeado se derrumbó. Me siento terriblemente desprotegida y… -no pude completar la frase, Ezequiel tenía algo para agregar.

-Eze: Yo con Beth no sé bien qué quiero, pero me gustaría estar bien con alguien. Yo… -mis problemas no pasaban de ser una digresión en su relato acerca de sus graves y profundas contrariedades: una chica que no se fijaba en él, un aumento salarial que no llegaba y su banda de música hardcore.

-Sol: Enfocate en tu carrera, Eze. Sos diseñador gráfico, tu banda es una un hobby para vos. Si no es con estos chicos, podés tocar con otros. Si querés un día nos juntamos y hacemos algo un poco más folk. Últimamente no me puedo concentrar para componer, pero podemos armar unas canciones propias o, si te resulta más fácil, tocar algunos covers para despejarnos, me haría bien reconectar…

-Eze: Yo necesito tocar. No sabés lo bien que yo me siento cuando ensayamos o tocamos en vivo… –claro que lo sabía. Su banda hacía cualquier cosa menos música, pero yo siempre la iba a ver a todos lados y pagaba mi entrada, aunque él se ofreciera a ponerme en la lista. También produje gratuitamente alguna de sus canciones y hasta grabé coros y algunos arreglos con mi theremin.

-Sol: Claro, entonces ahora yo no puedo reconectar con la música y este tipo que tengo en casa, Gabriel, más la separación…

-Eze: Porque para mí es más que un hobby, Sol. Yo necesito conseguir alguna fecha pronto y…

-Sol: Ajá. Claro. ¿Pedimos la cuenta?

Apenas llegué a mi casa le mandé un mail al cantante de mi banda favorita, el mismo que me había regalado su disco unas semanas atrás. A los minutos, recibí su respuesta y Ezequiel estaba online en el Messenger. Pensé que me contagiaría algo de su alegría cuando le contara lo que había conseguido para él, así que no perdí tiempo y le mandé un mensaje.

😦 Sol dice:

  • Hola, E. Le escribí al rockstar y me dijo que si le acepto un café escucha tu demo.

Eze dice:

  • ¡Uh! ¡Me muero! ¡TE AMO, SOL!

😦 Sol dice:

  • Sí, qué sé yo… me da cosa, porque me va a tratar de levantar y yo hace poquito me peleé con Javi. Me mandó un mail hace unos días, pidiéndome que lo respete, que necesita tiempo… no sé qué responderle o si responderle… estoy tan triste…

Eze dice:

  • ¿Qué querés que te diga? Fijate, qué sé yo.
  • Igual, vas a darle el demo al rockstar, ¿no?

😦 Sol dice:

  • Che, Ezequiel, ¿sabés formular alguna oración que no incluya la palabra “yo”? Qué suerte que tenés amigos que no son tan egocéntricos, egoístas e imbéciles como vos.

Eze dice:

  • ¡No seas susceptible, Sol! Malísimo lo que me decís… Yo…

bloquear

Sin sentir una pizca de remordimiento, clickeé “Aceptar”.

Me disponía a sacar las cosas de mi despacho para que Lucha se instalara allí, cuando la computadora me avisa que recibí dos emails.

———————————————————————————-

From: ezegocéntrico@egoismo.com

To: soloscuro@odioalmundo.com

Subject: hola!

Como estas??

Te quiero mucho amiga,

me perdonas???

Eze.

———————————————————————————-

Ni me molesté en responder y pasé al segundo email.

———————————————————————————-

From: rockstar@nennna.com

To: soloscuro@odioalmundo.com

Subject: Y?

Vamos a tomar el cafe?

Toco el viernes que viene. Te agrego a la lista.

¿Venis?

———————————————————————————-

Día 12 – A través del espejo y lo que Sol encontró allí

09/07/2009

Una vez vi un documental en el cual Piazzolla decía que lo de él no era el tango, porque el tango era la noche, el berretín, las drogas y él era el día, el sol y la disciplina. Creo haberlo entendido perfectamente esa mañana, mientras desempañaba el espejo del baño insistentemente, creyendo que detrás del vapor iba a encontrar a Sol. En cambio, encontré a una persona que poco se parecía a mí, pero que sonreía llena de vida y resaca. Se reía de sus ojeras, se reía recordando que en la mesa de luz la esperaba el cd de una de sus bandas favoritas. También se reía del cantante de esa banda, que se había acercado a su mesa sólo para entregárselo en mano. Mi reflejo y yo nos dedicamos a recordar cómo aceptamos el disco, sonreímos amablemente y seguimos como si nada, frente a la mirada atónita del resto de la mesa, que hubiera matado por ser destinatario de tamaña ofrenda.

No me malinterpreten. No crean que se trata de la satisfacción de una narcisista. Antes bien, se trata de la alegría de una persona que se siente resucitar.

La muerte de mi mamá me había condenado a las papas fritas, el licor de huevo y los chismes de la tarde. Así viví mucho tiempo. Mi rutina era sencilla: me levantaba, preparaba el desayuno para Javi, unos mates para mí, prendía la computadora, miraba series y, después, veía los programas de chismes acostada en el sillón. En el medio, cocinaba el almuerzo y la cena. Después volvía a dormir, pero me costaba muchísimo conciliar el sueño o llorar bajito. Entonces, para no molestar a Javier, iba al living y miraba la repetición de las series de Sony. A la mitad de la noche, unos besos y algunas caricias me despertaban y, como por arte de magia, al día siguiente amanecía en la cama.

Con Javi habíamos decidido que yo no trabajara hasta que me recuperara. Él se dedicaba a mimarme con todo lo que sabía que me gustaba. Así las cosas, terminé con diez kilos de más, los dedos atrofiados para tocar cualquier instrumento y me convertí en una persona gris.

Esa persona gris, que me reemplazó durante todo ese tiempo, sólo salía para ir a los asados de los amigos de su novio, aunque no comiera carne roja. Toleraba a las esposas/novias/concubinas hablando de decoración, moda y fiestas de casamiento, mientras veía de lejos cómo los hombres tomaban, fumaban y se mataban de la risa. El domingo tocaba la casa de mis suegros, a quienes adoro. El día del velorio, me llevaron aparte y me dijeron en voz baja: “Ahora te vamos a malcriar nosotros”. Y cumplieron. Nunca me faltan conservas de berenjenas, zucchinis y morrones. Aún hoy, que ya no vivo con su hijo, llaman una vez por semana para saber cómo estoy, preguntarme si necesito algo y recordarme cuánto me quieren.

Cuando me fui de la casa de Javier, me prometí volver a ser la que era y fue lo único que mantuvo mi optimismo cuando no tenía dónde quedarme e iba de casa en casa con mi valijita. Quería volver a ser yo misma por mí, pero también por Javier. Él estaba atrapado en una encrucijada: quería que estuviera bien pero, cada vez que despegaba un poquito, entraba en pánico. Soy su primera novia seria y lo conocí meses antes de cumplir los treinta. En cierto modo, creía que si yo redescrubría el mundo –un mundo aparte del nuestro, el del helado y las películas en casa-, me perdería. Pero lo cierto es que yo ya no era la persona de la cual se enamoró. Era esa mina gris, sin ambiciones, la que miraba los programas de chismes y lloraba a escondidas todo el día. Cuando me fui, supe que recuperando mi vida iba a recuperar su amor.

Un mes antes de irme, me desperté pero no preparé el desayuno. Esa mañana, envié mis demos a una productora y arreglé una cita con Luna, mi terapeuta. A partir de entonces, empecé a resurgir.

Y ahí estaba esa tipa ojerosa que se reía frente al espejo. Tiene doce kilos menos, está a punto de encarar su proyecto más ambicioso y vive en su barrio de siempre. Los vecinos la saludan, las viejas le dicen “sos la imagen viva de tu madre” y el kiosquero le disculpa el cambio.

Pero también vive con alguien que le grita detrás de la puerta.

“¡¿Te falta mucho?! ¡Estás hace dos horas en el baño!”