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Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita

08/11/2009

De pronto, mi cuerpo surfeaba sobre una marea de gente. Una ola incontenible me llevaba hasta tierra firme: el escenario. Miré hacia ambos lados, tratando de adivinar de cuál de ellos vendría el tipo de seguridad que me bajara de un modo poco amable, pero jamás llegó. Después de permanecer inerte frente a miles de personas, viendo que no tenía escapatoria, me entregué al momento y durante un minuto exacto, ni un segundo más, ni un segundo menos, me dediqué a destruir por completo mi imagen, al son de un rock bastante más pesado que mis movimientos indescifrables. El don de la gracia no me ha sido otorgado y eso es algo que jamás debería haber olvidado. Pero bailé como si nadie me viera durante exactamente un minuto, sin darme cuenta de la magnitud del papelón que estaba haciendo. La gente gritaba excitada, algunos púberes calenturientos le ordenaban al unísono al Rockstar: “culiátela, culiátela”, pero yo no iba a enterarme sino hasta el día siguiente. Cumplido el minuto, hice una reverencia al público y corrí a esconderme detrás de los enormes parlantes.

Me quería desintegrar, quería desaparecer del mundo. Estaba en el escenario sin saber cómo bajarme, mientras el Rockstar me invitaba constantemente a volver al centro de la escena. Me reía nerviosa, me tapaba la cara con las dos manos y parpadeaba constantemente tratando de convencerme de que nada había pasado.

Siento que alguien me toca el pie y atino a correrme para atrás. Cuando descubro los brazos abiertos de Colmillo -el mismo amigo que me había subido al escenario contra mi voluntad-, invitándome a bajar, sin dudarlo mucho di un salto y, una vez en el suelo, le propiné un coscorrón.

-Sol: ¡Sos un tarado! –repetía mientras me reía como una maniática que trata de sonar natural.

-Colmillo: ¡Estuviste bárbara! –me dijo satisfecho y me apuré a esconder mi cara en su hombro.

Caminé agarrada de su brazo, como buscando un punto de apoyo, hasta donde estaban mis amigos, mientras la gente me saludaba y yo impostaba una sonrisa victoriosa.

-Sol: Colmi, decime que no se me vio el calzón, por favor, decime que no se me vio el calzón –había caído en la cuenta del largo de mi vestido un poco tarde y sabía que el escarnio sería total si a la muestra de aparatosidad coreográfica le agregaba una cuota de exhibicionismo.

-Colmillo: Quedate tranquila… no se te vio nada.

-Sol: ¡Decime la verdad! ¡Perdí mi dignidad!

-Colmillo: Tenés lindas pompas, eso sí –dijo antes de que le asestara un nuevo coscorrón.

Mis amigos estaban sentados en ronda en el pasto, tomando cerveza, muertos de risa. Luis imitaba al Rockstar tratando de agarrarme en el escenario y Lele a mí, escapándome y bailando como una marioneta. Festejé la gracia de todos, traté de restarle importancia a lo que había pasado y mientras relataba lo ocurrido, sucedió lo –no tan- inesperado: vomité. Cuando acabé de hacerlo, todo en mi cabeza se acomodó. De pronto, todos dejaron de reírse y de mirarme. No llegué a preguntar qué pasaba, cuando alguien me toca la espalda. “¿Qué?”, pregunté mientras giraba. Era el Rockstar y todos mis amigos son fans. Tenía un gesto radiante que cambió de golpe para preguntar muy serio: “¿Quién la subió?” Colmillo se asumió como el autor intelectual y el Rockstar fue hasta donde estaba y lo abrazó.

-Rockstar: Gracias, pibe. Fue el highlight de mi carrera –lo más extraño fue que sonaba sincero. Entonces, todos se animaron a decirle que habían colaborado, pero el Rockstar se puso sus Ray-Ban y los ignoró- Vení, nena –me dijo seguro, mientras me llamaba con el dedo índice.

Su pose de estrella de rock me superaba. Su forma de caminar, de llamarme “nena”, de saludar a sus fans sin mirarlos, era demasiado para mí.

-Sol: Vení vos, nene –le respondí, como dejándole saber que yo no compraba su imagen de ser superior- Serás la estrella de rock, pero, nene, vos sos mi fan.

-Rockstar: Vamos al back –se refería al backstage-. Tenemos que hablar.