Posts Tagged ‘Benito’

Día 29 – Loca de mierda

05/02/2010

-Sol: Estoy cansada de estar encerrada en mi cuarto, Gabriel. Tampoco puedo estar en el living porque entre el olor a podrido de tus cosas, las piedras de Benito que no puede salir al balcón y el incienso que prendió Lore, esto parece un templo construido para alabar a la mugre, de la cual sos devoto. Por tu culpa, tengo que soportar a Lucha diciendo que esto es un chiquero todo el santo día.

-Gabriel: Tenés razón, Sol.

-Sol: Sí, ya sé que tengo razón. ¡Tengo razón en todo! Estoy cansada, Gabriel.

-Gabriel: Bueno, tomate un descanso del trabajo y dormí un rato.

-Sol: No, tarado. Estoy cansada de vos. Estoy podrida de vos. No te aguanto más. Encima, por tu culpa, tengo que vivir aguantando a Pepita la pistolera amenazándome con hablar con el dueño de esta casa si no dejamos de hacer ruido.

-Gabriel: ¿Otra vez está jodiendo con eso?

-Sol: ¡Tiene razón! ¡Yo tengo razón! ¡Todos tienen razón, menos vos! –le grité con los brazos levantados, dándome vuelta para que no viera que en realidad me estaba riendo. Lo de Ezequiel me había colmado la paciencia y ya no pensaba ser tan meticulosa con mi plan para echarlo. No podía, no aguantaba más estar rodeada de gente que sacaba provecho de mí-. Yo no sé qué parte no entendés vos de que el alquiler de este departamento lo paga mi viejo. ¿Qué parte no entendés? Te lo aclaré mil veces, mil. Si la loca esta va a hablar con el dueño, el dueño va a hablar con mi viejo. Y, yo, no pienso hablar con él.

-Gabriel: Sí, claro. Ahí entiendo.

-Sol: De lo único que me doy cuenta, Gabriel, es que yo soy la única que actúa como amiga con todos los que dicen ser mis amigos. Te estoy dando un lugar para que te quedes, no le conté nada a Josefina y…

-Gabriel: Yo tampoco le conté nada a Javier…

-Sol: ¡Ahora te lo tengo que agradecer! ¿Tengo que agradecerte que hayas revisado mi computadora? Decime, tarado, ¿tengo que agradecerte por haberte confiado secretos como amigo y que después poco menos me chantajees? Mirá, vos no sólo sos un mentiroso. ¡Sos un ladrón!

-Gabriel: ¡Para vos todo fue fácil, Sol! ¡Todo!

-Sol: A ver, decime qué fue fácil para mí, ¡qué!

-Gabriel: Papi te regaló un departamento –me dijo con voz aniñada, como irónico-. Papi es tan, pero tan bueno, que le compró otro a tu hermana y le dio el tuyo para que viviera y mientras tanto te paga un alquiler. ¡Pobrecita, Sol!

-Sol: Mirá, cuando no tuve donde vivir no le mentí, ni le robé a nadie. Hasta donde yo sé, mientras estuve en tu casa cociné todos los días, te compré todo el alcohol que tomás en cantidades industriales, ¡hasta estuve toda una mañana limpiando tu bañadera que parecía un porquerizo! Yo no fui a tu casa con excusas falsas, ni llevé animales…

-Gabriel: ¡A Benito dejalo afuera de esto! Y si estás enojadita porque tu gran amiguito te recontra cagó de arriba de un árbol, ¡no te la agarres conmigo!

-Sol: El que me cagó primero, fuiste vos. Sabías que nunca te iba a dejar en la calle y, de última, ¿sabés qué? Vos también tenés suerte de que “papi” pague el alquiler, porque desde que estás acá no pagaste ni una factura, ¡ni una! ¿Josefina sabe que estás con Lore? ¿Sabe que la invitás acá y allá mientras ella paga el crédito que le hiciste sacar?

-Gabriel: Bueno, veo que te vino la regla y estás dominada por tus hormonas, querida. Me voy a dar una vueltita hasta que te calmes. Calmate, Sol. Estás muy nerviosita.

Los hombres nunca, nunca van a entender que lo peor que pueden hacer cuando efectivamente estás nerviosa es pedirte que te calmes. Las palabras mágicas para terminar de sacar a cualquier mujer de las casillas son: “calmate” y “tranquilízate”. O, peor, endosarle el motivo de tus nervios al período. Ambos recursos, utilizados de una misma oración, pueden tener efectos catastróficos.

-Sol: Fantástico. ¡Andate! –le grite desaforadamente mientras levantaba a Benito y se lo entregaba-. Ya que te vas a dar una vuelta, sacá a pasear a tu gato.

Gabriel me miraba sin entender que estaba hablando en serio. Le repetía que se fuera, pero no se movía, así que lo levanté de los hombros, lo llevé hasta la puerta y lo empujé para que saliera. Una vez que estuve en el pasillo, cerré la puerta rápidamente y sentí como si mil agujas se me clavaran en el tobillo.

-Sol: ¡Otra vez vos! ¡Vas a aprender a no arañar al pie que te da donde dormir, gato de porquería! –lo levanté nuevamente y me arañó la cara. Gabriel tocaba el timbre y golpeaba la puerta pidiéndome que lo dejara pasar para buscar su billetera.

-Sol: ¡No vas a pasar, ahora te doy tu billetera! ¿Dónde la dejaste?

-Gabriel: Está en el bolsillo interior de mi campera, loca de mierda.

“Calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda”, eran las palabras que retumbaban en mi cabeza como si fuera un remix infernal, mientras buscaba la billetera.

“Ah, sí, mirá qué loca de mierda soy”, pensé y le saqué todo el dinero, le tiré la billetera vacía y, sin pensarlo dos veces, puse a Benito en el pasillo y cerré la puerta.

-Sol: ¡Mirá qué loca de mierda soy! ¡Mirá qué…! –no alcancé a avisarle que me había quedado con toda su plata y me pensaba pedir diez kilos de helado con ella, porque el teléfono sonó y sabía quién era.

Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – El gato volador

08/12/2009

Lucha me miró, Pola bostezó, Benito maulló y todo fue una confusión.

-Sol: ¡El coco! ¡El coco! -grité imitando la voz de Homero Simpson y su gesto de doblar los deditos de ambas manos y saltar en puntitas de pie. Las chicas estaban atónitas. Nada encajaba, nada tenía sentido.

Lore se levantó de golpe al escuchar mis gritos y empezó a buscar con qué cubrirse. Gabriel se limitó a taparse la cara con la almohada, girar y seguir durmiendo. Apenas Lore trató de esbozar alguna explicación, mientras miraba hacia los costados, como tratando de encontrar su ropa, Lucha bufó fastidiada y sentenció:

-Lucha: Me sacaste las ganas de comer, hija de puta. Vamos, chicas. Ustedes cómanse las facturas que yo me unto unas tostaditas.

Yo también tenía el estómago revuelto, producto de la resaca y la dantesca escena, pero no iba a sacrificar mis cañoncitos de pastelera por nada del mundo.

Lore gritaba desde el cuarto, pero nos importó muy poco lo que tuviera para decir. Pola y yo ya estábamos disfrazadas con las túnicas y girábamos alocadamente como creíamos que los umbandas lo hacían en sus rituales de gallinas degolladas y exorcismos.

Lore suplicaba a los gritos que le alcanzáramos la ropa que estaba sobre la colchoneta de Gabriel.

-Sol: ¡Que te la alcance tu novio! -grité sin dejar de dar vueltas. La túnica era bien amplia y daba gusto verla formar una especie de escarapela al girar.

Pola cayó rendida, víctima de un mareo atroz. Cuando vio a Lorena acercarse envuelta en mis sábanas, no pudo controlar su risa.

-Pola: ¡Decí que en este país hay libertad de culto, hija de puta! ¡No vas a ir presa por adorar eunucos!

Toda roja, Lore apenas levantaba la vista para no chocarse contra las paredes del pasillo. Estaba por llegar al living, cuando Lucha deja la bandeja sobre la mesa y, en una corrida digna de ganar los 100 metros llanos en cualquier olimpíada, la intercepta y le saca la sábana de un tirón.

-Lucha: ¡Cómo vas a arrastrar la sábana! ¡¿Te drogó ese pelotudo?! ¡Mirá, mirá! -señalaba la aureola negra que se había formado en la tela- ¡No te vayas! -le ordenó a Lore, que corrió a esconderse en el baño.

Pola y yo prendimos un porro a medio fumar que había en la mesa ratona y seguimos rodando en el piso. Lucha golpeaba la puerta del baño, sin dejar de increpar a Lore a los gritos. Súbitamente, se calló. Pola y yo nos miramos: sabíamos que era la calma que precede a la tormenta de Lucha.

-Lucha: ¡Salí de ahí, hijo de puta!

-Sol: Che, ¿tan mal les fue hoy, Pola? -le pregunté en voz baja, tapándome por momentos la boca para que Lucha no enloqueciera aún más por las risas.

-Pola: No creo que sea por eso, debe ser por…

-Lucha: ¡Hijo de puta, vení para acá! -escuché que mis bongos caían estrepitosamente y los pesados pasos de Lucha seguían un rumbo errático.

-Pola: Va a cagar a palos a Gabriel, otra vez. Andá a frenarla o nos va a denunciar…

-Sol: Ufa… ahí voy…

Afortunadamente, mis movimientos y mi perspectiva del mundo iban en cámara lenta y no me había movido del piso cuando lo peor pasó, y por encima de mi cabeza.

Después de unos segundos en silencio, Pola se paró, se acomodó delicadamente la túnica, levantó ambos brazos y entonó:

-Pola: ¡El gato voladoooooooooooor! ¡El gato voladoooooooorrr!

-Benito: ¡Miau!

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo II

18/11/2009

¿Por qué hay dos túnicas blancas tiradas en el living?

¿Por qué hay velas de todos los colores y tamaños diseminadas por toda la casa?

¿Qué es ese olor penetrante a incienso?

¿Quién escucha mantras en esta casa? Nadie. Entonces, ¿de quién son esos discos?

¿Y esa palangana de agua? Benito tiene su propio bebedero.

¿Por qué la colchoneta de Gabriel está vacía y cubierta por un lienzo blanco?

¿Y esta estatua de Buda?

¿Qué hacen los libros de Osho y Ari Paluch sobre la mesa?

¿Por qué Gabriel, Lore y Benito duermen en mi cama?

¿Por qué el único que no está desnudo es el gato en pañales?

Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita

14/10/2009

Todo está bajo control. Sabés qué decir, cuándo decirlo y el efecto que va a provocar. Caminás como Travolta, balanceando los brazos al ritmo de alguna canción que tarareás y los Bee Gees te hacen los coros. Sentís que estás surfeando la cresta de la ola hasta que, de pronto, el tsunami. Entonces, tu metro setenta y cinco se convierte en uno veinte, tu gesto de orgullo se empapa de arrebol y tu elocuencia se transforma en balbuceo.

-Sol: ¿Vamos? Yo invito, yo cobré mis deudas y… -me solté y, enseguida, agarré la cartera.

-Federico: ¿Y? –me preguntó como si nada hubiera ocurrido.

-Sol: Y yo, ya debería irme… porque… yo… porque…

-Federico: Tenés que ir al recital, recién te peleaste con tu novio y pensaste que no me iba a animar, ¿no?

-Superyó: ¡Histérica!

-Sol: ¡Callate, idiota! ¡Si fuera histérica no le hubiera correspondido el beso!

-Superyó: Ay, nena…

-Sol: ¡Confesá! Están complotados.

-Superyó: Lucha te lo avisó, no la escuchaste y ahora te querés escapar.

-Ello: No me digas que te querés escapar, Solcito… ¡si fue tan lindo! Hace tanto que no teníamos un primer beso.

-Yo: Esta situación se nos fue de control, nos equivocamos y, que quede claro, no huimos: nos retiramos con elegancia. Cuando Javi vuelva, queremos hablar con él y arreglar las cosas, así que dejemos de lado estas taradeces. Nosotros no somos así.

-Sol: Yo no soy así. Normalmente, no soy así. Te explico –traté de impostar un poco de seguridad y me sinceré-. Pasa lo siguiente… yo me di cuenta de que te fijabas en mí y me pareció divertido salir a tomar algo con vos y pensé que…

-Federico: Que no me iba a animar. Lo sé –sonrió satisfecho y envolvió con ambas manos las mías.

-Sol: Fede, ¿qué carajo me viste? Soy un desastre. ¿Vos viste mi casa? –la seriedad con la que formulaba mis preguntas no se correspondía con el gesto burlón de mi interlocutor, lo cual me desesperaba-. ¿Te acordás cuando llevé a Benito a la clínica?, ¿te acordás de que estaba en pijama? ¡Me tuviste que dejar $50 por caridad! Creo que hasta soy un poquito más alta que vos.

-Federico: Nah, mido un metro ochenta –no sé por qué, pero todos los hombres viven convencidos de medir de cinco a diez centímetros más de lo que miden en realidad-. Y sos divertida, cantás lindo y untás las tostadas como nadie.

-Sol: Mirá, la verdad es que yo vine en plan de histérica y…

-Federico: Obvio –me interrumpió mientras apretaba suavemente mis manos-. Me di cuenta enseguida. “¿Hola, Fede? ¿Qué remedio tiene que tomar Benito?” –dijo con voz finita, imitándome-. Pero si te molestás en histeriquearme es porque te gusto.

-Sol: La verdad, cualquiera me venía bien. Estabas fácil, a mano… yo debería estar agradecida con vos y…

-Federico: Y pensaste que no me iba a animar. Bueno, me animé. Te di un beso, me correspondiste y te voy a llamar mañana para saber cómo estás e invitarte a salir en la semana.

De algún lugar recóndito de mi memoria de soltera saqué mi speech de mujer frontal y honesta y le dije que no iba a aceptar de ningún modo, que él no se merecía que yo lo tratara como a un “tipito” más y que diera por sentado que así iba a ser si lo seguía viendo. Creo que no le importó mucho, porque interrumpió todas mis promesas y aseveraciones con un nuevo beso, me invitó otra cerveza y yo accedí.

En aquel momento pensé que, habiendo sido absolutamente honesta con él, habiéndole dejado saber con quién, para qué y dónde estaba, podía relajarme y empezar a disfrutar. Estando en Antares, disfrutar es pedir otra porción de papas fritas y probar todas las variedades de cerveza que ofrece la extensa carta.

-Superyó: ¡Hic! Hacé lo que quierash, Shol. You me vo’a normir… ¡hic!

-Ello: ¡Invitémoshlo a casha! ¡Shí! ¡Hic! Total… después le pedimos que ze convierrrta en picsa. ¡Burp!

-Yo: Qué más da… mejor, ashí entiende que ez un tipitou… ¡hic!

-Sol: Hmmm… está tan fáshil… ¡hic! ¿Lo invito o no lo invito?

Día 24 – El pollo de la discordia (I)

12/10/2009

-Lucha: Siempre me hace lo mismo. Siempre. Siempre –las palabras de Lucha parecían digitadas por un DJ: mucho loop, mucho scratch y un pulso de fondo que ya me estaba poniendo nerviosa.

Para que el plan funcionara Lucha tenía que dejar de vivir en mi casa, por el simple motivo de que Gabriel no debía sospechar bajo ningún concepto que yo quería que se fuera. Obviamente, iba a ser muy difícil que él lo creyera si mi mejor amiga le pegaba, le decía que armara las valijas todo el tiempo y no podía disimular su rechazo. Pero más difícil iba a ser que Lucha se fuera de casa con su sueldo de docente y teniendo como únicas dos opciones volver a vivir con Rita a.k.a. “El Pastor Giménez” o Rubén a.k.a… bueno, no hay qué o quién pueda representar todo lo que es Rubén.

-Sol: Tranquilizate, Lu. Sentate, vení –la tomé de la mano y la llevé hasta el sillón-. Contame qué pasó.

-Lucha: ¿Viste que me mandó entradas para el cine con el helado? Bueno, no eran las entradas en sí, eran unos cupones que después se canjean en el cine por entradas. Como consiguió una promoción, tuvimos que ir hasta Martínez en colectivo. Digamos que lo que se ahorró con la entrada lo gastamos en el colectivo, porque insistió en que fuéramos en colectivo y yo quería ir en taxi, porque estuve trabajando todo el día, Sol. ¡Todo el día arriba de estos tacos! Pero me hizo un “pasito para atrás”, ¿te acordás? El pasito de Michael Jackson que hace siempre y me compra. Cuando gritó “¡Uh!” y se agarró la… la… la entrepierna, me hizo reir y zafó. No sólo no me enojé, sino que le di el gusto y fuimos en colectivo. Al principio tuvimos que viajar parados y yo ya me estaba poniendo de malhumor. ¡Mirá estos tacos, Sol! –me dijo mientras los señalaba.

-Sol: Sí, la verdad, vos sola podés usar eso todo el día. ¿Por qué no fuiste de zapatillas?

-Lucha: Porque quería estar linda, pero él ni lo notó.

-Sol: Hombres… -bufé con resignación.

-Lucha: Bueno, te sigo contando. Entonces, estábamos en el colectivo. Cuando nos sentamos, él me dice que fue la primera línea de colectivo que tomamos juntos cuando teníamos 18 años y nos conocimos. Me puse tan contenta de saber que se acordaba. A su manera y con sus limitaciones, había tenido un lindo gesto. Empezamos a hablar de nuestra primera cita y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: No me digas que empezó con lo del pollo…

-Lucha: ¡Sí! –exclamó mientras lloraba histéricamente y le daba golpecitos al respaldo del sillón, yo aprovechaba para taparme la cara fingiendo indignación. En realidad, me estaba muriendo de risa

Día 24 – De manual

09/10/2009

Histérica #1

Aprovechando que Gabriel también había salido, me apoderé de su PlayStation y me dediqué a matar monstruos en el Obscure II. No hay nada más liberador que insultar a los mutantes y gritar “¡tomá, tomá!”, mientras se aprietan violentamente todos los botones de un joystick ajeno, hasta matar a Friedman, el maloso del jueguito.

Con tal de que Gabriel se fuera, accedí a cambiarle el pañal a Benito y ya iba siendo hora de que lo hiciera. También le tenía que dar la medicación, pero no recordaba cuál. Gabriel me había dicho: “la del frasco azul”, pero los de ese color eran dos. Después de meditarlo unos segundos, decidí llamar a Federico. Además, quería aprovechar para agradecerle por los $50 y convenir cómo devolvérselos.

En realidad, debería confesar que, en lo más profundo de mis miserias histérico-narcisistas, también, quería hablar con él porque había notado que se había fijado en mí y sabía que me lo iba a dejar saber de algún modo. Y así fue que terminé sabiendo cuál frasco era el correcto y con una cita al día siguiente, viernes, para hacerle entrega del dinero.

Todavía no estaba lista para nada nuevo: lo de Javi había ocurrido hacía unos días y era en lo único que podía pensar, pero me agradaba ser para alguien todo lo perfecta que no era para él. Sabía que si me quería levantar, todos serían halagos, explícitos o implícitos, no importaba. Solamente quería verme a través de los ojos de un tipo a quien le había gustado, a pesar de no tener ni $50 para pagar sus servicios veterinarios a domicilio, aún sabiendo de antemano que era inconducente, que nada sucedería, porque así lo había decidido yo. Para asegurarme de que la cita no se extendiera, le expliqué que después tenía que ir a un recital y, sin darme cuenta, me estaba confirmando a mí misma que iba a acceder a la invitación del Rockstar, otro buitre que me arrastraba el ala.

Apenas corté con Federico, corrí al placard, saqué todos mis vestidos y, después de desfilarlos frente al espejo, me decidí por uno que suele impedirle a los hombres hablarme mirándome a los ojos. Tenía plena consciencia de ello y me divertía imaginarme diciéndole a los interesados: “no, te equivocaste, sólo vine a devolverte la plata” o “no, nada que ver, vine a tu recital porque necesitaba pedirte un favor para un amigo”.

-Ello: ¡Esa es mi chica!

-Superyó: No sé… no me parece…

-Sol: Callate. Mañana me voy de joda con Ello y vos te quedás tomando mates abajo del perejil, ¿me escuchaste?

-Superyó: ¡Histérica!

-Ello: Nah… ¡son rumores!

-Sol y Ello (al unísono): ¡Muejejejejeje!

Me estaba riendo de mí misma, probando diferentes peinados frente al espejo, cuando escucho que la puerta se cierra con una violencia inédita.

Histérica #2

-Lucha: ¡AAAAAAAAAAARRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGHHHHHHHHHHH! –aulló antes de tirar la cartera con furia contra la pared- ¡Pitufresa! ¡De pitufresa! ¡Pitufresa! –repetía a los alaridos mientras golpeaba repetidamente el piso con sus tacos, como bailando un malambo- ¡Pidió helado de pitufresa!

Día 22 – Pánico y locura en Caballito

31/08/2009

Después de cobrar el cheque volví a casa y me encontré con Gabriel tirado en el colchón inflable, abrazado a Benito, escuchando a Sting. Su tranquilidad me enloquecía, me parecía injusto que él pudiera estar tan tranquilo mientras yo tenía que lidiar con las consecuencias de su presencia en mi vida.

-Gabriel: Che, no es tan incómodo –me dijo mientras rodaba para un lado y para otro-. Además, es más grande que mi cama –estiró los brazos como adueñándose de las dos plazas ante mi mirada impávida.

-Sol: Sos lo que no hay. Me deprime verte ahí, tirado… -me agarré la cintura con ambas manos y, con tono sarcástico, le pregunté mientras recorría su miserable humanidad con la vista- ¿Sabés qué, Gabriel? Me das lástima. Tenés un laburo part-time cuando no tenés dónde vivir y desde que llegaste no parás de joderme, voluntaria o involuntariamente.

-Gabriel: ¿Por qué me decís eso, Sol?

-Sol: ¿Te parece que no tengo motivos? ¿Ni te vas a disculpar porque me dejaste con este gato de porquería enfermo, sabiendo que no tengo un mango por tu culpa? –levanté un poco la voz, pero no le grité- ¿Por qué Lucha me deja su tarjeta para pagar las cuentas? Habíamos quedado que las pagabas vos, pero llegó un aviso de corte.

-Gabriel: No lo llames así a Benito. No falta nada para que me vaya, Sol. Sos muy injusta, porque vos pasás más tiempo que yo acá y querés que me haga cargo de todas las cuentas.

-Sol: Sos un caradura. No te echo ahora porque falta un poquito más que una semana para que te vayas por las tuyas. Si te interesa algo, algo, un mínimo nuestra amistad, evitá que te eche a patadas antes, porque estoy así de cerca de hacerlo. ¿Me podés explicar qué hacés ahí tirado y no estás buscando departamento?

-Gabriel: Ya estoy en eso, Sol. Falta que me confirmen algo.

Sentí cierto alivio, pero estaba enajenada y llena de rabia. Recordé el desastre que había dejado en la habitación de Lucha –otrora mi despacho- y me encerré a ordenarlo. Entre todas las cosas que había ocultado de Federico, estaba el pendrive de Gabriel. No me detuve a pensar si estaba bien o mal, simplemente, decidí que ahora sería mío. Fui a mi habitación y lo conecté a mi laptop con la intención de borrar todo contenido y llenarlo con mi música. Mi reproductor de mp3 venía fallando y el de Gabriel era más nuevo y tenía una pila recargable.

Tal fue el ataque de furia que me provocó ver la pantalla, que tuve que ahogar mis alaridos con la almohada. Cuando me di cuenta de que estaba hiperventilada, golpeando el colchón y rompiendo la funda de la almohada con los dientes, pensé que me iba a volver definitivamente loca. Mi primer impulso fue pensar en llamar a Javier, pero enseguida recordé que ya no estábamos juntos y lloré con más ganas. Respiré profundo y cuando tuve el aire suficiente para volver a gritar, dejé la almohada de lado y lo hice con todas las fuerzas que me inspiraba el odio incontrolable que me poseía.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeeeeeeeeeeel! ¡La concha de tu hermana! ¡Vení para acá!

Pero no vino. Volví a gritarle inútilmente, así que fui hasta el living y empecé a romper todo su origami como una loca histérica. Gabriel seguía retozando y me ignoraba, lo cual me terminó de sacar de las casillas.

-Sol: ¡Hijo de puta! ¡¿No escuchás que te estoy llamando?!

-Gabriel: No voy a seguir hablando en estos términos. Estás loca, nena.

-Sol: Sí, estoy loquísima. Mirá que loca que estoy –lo desafié y ayudándome con la tijera que él usaba para hacer sus porquerías de papel, pinché el colchón inflable.

-Gabriel: ¡Qué hacés, loca de mierda! ¡¿A dónde voy a dormir ahora?! –que tuviera el tupé de hacerme semejante planteo me ayudó a tomar la decisión.

-Sol: ¡En cualquier lado menos acá! Pero antes de irte a la mierda, me vas a explicar qué hace la escritura de mi departamento, mi agenda de contactos del Outlook, mis mails y mis fotos tu pendrive.

Día 22 – Sweet Charity

27/08/2009

En un rincón de mi alacena tengo reservados algunos pequeños tesoros que fui acumulando de viajes propios y otros de Javier. Tengo té de lulo, papayuela, mora, lemongrass, uva y otros que no sé cómo pronunciar. En la heladera, en el cajón menos visible, guardo café ecuatoriano, colombiano, brasilero e italiano. Luna dice que debería dejar de reservar las cosas ricas para los otros y empezar a disfrutarlas cuando me plazca, pero ese día agradecí no haberle hecho caso.

Me sentía incómoda, avergonzada y en deuda. El café sería una buena, aunque insuficiente, retribución para Federico, mi salvador.

-Sol: ¿Cuál preferís? Tengo éste, éste, éste, éste, éste y éste café –le pregunté mientras exhibía uno a uno los paquetes de café-. Si no, te puedo hacer té… tengo de canela, de maracuyá, de uchuva, de…

-Fede: Prefiero café, Soledad –me interrumpió y eligió el café ecuatoriano.

-Sol: Solange, me llamo Solange –le aclaré mientras llenaba el filtro de la cafetera.

-Fede: Qué lindo nombre… -dijo sin mucha seguridad.

-Sol: No te preocupes, creo que sólo a mi mamá le gustaba, por eso me lo puso. Mi papá dice que es nombre de gato –le dije mirándolo seriamente. Cuando se rió, empecé a soltarme-. En el primario, cuando tomaban lista y la profesora decía “Solange Schwartz”, mis compañeros hacían “ssshhhhh, sssshhhhh” y alguno murmuraba “’sory’, Solanssssshhhhh”.

Cuando el café estuvo listo, le ofrecí las tostaditas de Lucha y aceptó encantado. Me sentía avergonzada después de confesar que no tenía ni los $50 que costaba su visita, y como los nervios potencian mi torpeza, untar las tostadas se convirtió en un desafío. Por suerte, sólo se me cayeron dos, obviamente, del lado de la mermelada. Federico pasó al baño y aproveché para echar una medida del whisky barato de Gabriel en mi taza.

Después de halagar mi café con tostadas, Federico me pidió que le contara porqué vivía con Gabriel, porqué me había encargado del gato y toda la historia que ustedes ya conocen. Intenté resaltar las partes divertidas, porque todo lo patético ya estaba a la vista.

-Fede: ¿Y encima salvaste al gato? –me preguntó incrédulo.

-Sol: Sí, y mirá como me paga el felino endemoniado –me arremangué los jeans y le mostré las cicatrices. Estaba encendida, el whisky había surtido efecto y nos estábamos divirtiendo.

Conversando, supe que tenía 30 años, que siempre había querido trabajar con animales grandes pero que en nuestro país es difícil porque no abundan, que sueña con ir a África y que además de atender clientes particulares y estar a cargo de la guardia de la clínica tiene otro trabajo fascinante. Tres veces por semana va al zoológico, donde intenta optimizar las condiciones de cautiverio de los animales a pesar del bajo presupuesto con el que cuenta. Describió sus tareas como las de un escenógrafo o un decorador de interiores. Él es el que encarga plantas propias del hábitat natural de los leones, por ejemplo, o decide dónde va tal o cual roca para que descanse. También es activista de Greenpeace y suele participar en las protestas estrafalarias de dicha organización.

-Sol: Hippie, sos un hippie. ¿Te bañás? –le dije jocosa.

-Fede: Todos los días –respondió divertido-. Eso sí, fumo marihuana.

-Sol: ¡Hippie! ¡Hippie! –lo acusé señalándolo con el dedo y nos reímos a carcajadas.

Me pidió la computadora para mostrarme fotos de las protestas y lo pude ver disfrazado de rata atrás del Jefe de Gobierno de la Ciudad, reclamando por la sanción de la ley “Basura Cero” o haciendo de tatú carreta muerto en el Obelisco. Nunca fui una amante de la naturaleza, pero me pareció fantástico su compromiso.

Después llegó el turno de su interrogatorio. Cuando le conté que era música, me pidió que le tocara alguna de Silvio Rodríguez y, nuevamente, lo acusé de hippie. Se declaró culpable, pero no por eso dejó de insistir. Afortunadamente, siempre tengo a mano un cuadernito con canciones populares, esas que todo el mundo sabe y siempre piden. Busqué el golpe de efecto con los clásicos de fogón hippie y lo conseguí: en el estribillo de “Ojalá”, Federico se puso a cantar a los alaridos, con los ojos cerrados, emocionado. Tuve que hacer una pausa, porque la risa me impidió continuar.

-Fede: Entonces, estás soltera, ¿no?

-Sol: Ehhh… sí, creo que sí… es una historia larga… -escuché el ruido de la puerta y recé porque fueran Lucha y su abultada billetera. Pero la suerte no estaba de mi lado aquella mañana.

-Gabriel: ¿Torturando al veterinario? –preguntó tratando de sonar gracioso, pero Federico lo miró con un gesto de indiferencia y me tomó de la mano por debajo de la mesa. Me enderecé en la silla tratando de disimular mi sorpresa y, con la excusa de ofrecerle otra tostada, liberé mi mano de la suya.

Federico le explicó lo que había pasado con el gato y lo retó por no cumplir con lo acordado. Gabriel se disculpó diciendo que no tenía dinero para el tratamiento ambulatorio.

-Federico: Pero así te termina costando más caro. La consulta a domicilio son $100.

-Sol: ¿Pero no eran cin…? –Federico volvió a tomarme de la mano y la apretó suavemente, dándome a entender que no dijera nada.

Gabriel le pagó y Federico me pidió que le bajara a abrir.

Una vez arriba de su bicicleta, se acercó y volvió a darme la mano, me besó en la mejilla y se fue pedaleando. No me dio tiempo a decir nada, ni a rechazar los cincuenta pesos que ahora eran míos.

Día 22 – He’s In Fashion

23/08/2009

El pañal de Benito estaba empapado en sangre, yo no tenía un peso y Gabriel no usa celular. No podía recurrir a nadie, porque a esa hora todos están trabajando. La única veterinaria estatal gratuita estaba cerca, pero no me alcanzaba la plata para pagar un taxi. Me odié por ser tan desorganizada, por no haber reclamado el adelanto que me habían prometido por el largometraje, por no tener el coraje de llamar a mi papá que, sabía, no tendría ningún problema en venir enseguida, porque si hay algo que le gusta, es ejercer su rol de proveedor y dejar en claro que, gracias a mis elecciones de vida, eventualmente dependería de él económicamente.

Agenda en mano, llamé a todos mis contactos, pero ninguno me pudo referir a algún veterinario.

Estaba desesperada y Benito no dejaba de maullar. Me sentía impotente e insultaba en voz alta a Gabriel, quien nunca me había dado el número de teléfono de su trabajo, a pesar de que yo se lo había pedido reiteradas veces. Cuando estaba a punto de estallar, recordé que la primera vez que llevé a Benito a la clínica, el veterinario me había dejado su tarjeta por cualquier consulta que quisiera hacerle mientras el gato estuviera internado. Di vuelta toda mi habitación, vacié los cajones de mi escritorio –lo cual me costaría una tremenda reprimenda de Lucha por desordenar su habitación, otrora mi estudio- inútilmente, porque la tarjeta estaba en la campera que tenía aquel día que rescaté a Benito. Afortunadamente, Federico, el veterinario, se acordaba de mí perfectamente.

-Federico: Claro que me acuerdo vos; sos la del pijama –“ouch”, tragué saliva y me di un golpecito en la cabeza-. El otro chico –se refería a Gabriel- me contó lo que te pasó después –se río y, en un acto reflejo, le corté el teléfono. Benito maulló y volví a la realidad: Federico era mi única opción. Antes que pudiera volver a marcar su número, mi teléfono estaba sonando.

-Federico: ¿Se te cortó?

-Sol: Sí, sí… eh… el gato está mal otra vez y… -cerré los ojos y mentí- no me parece sacarlo de casa así. Quería saber si podías venir a verlo. ¿Trabajás a domicilio?

-Federico: ¿No está en la clínica? Habíamos quedado en que empezábamos un tratamiento ambulatorio.

-Sol: ¿Cómo? –en la punta del dedo gordo del pie algo me avisaba que otro calambre estaba por venir, pero desde que vivo con Gabriel, aprendí a controlar un poco más mis nervios, de otro modo, ya me tendría que haber internado en un spa.

-Federico: ¿No te dijo tu novio?

-Sol: No es mi novio –le aclaré rápidamente y con voz de disgusto.

-Federico: Pensé que como llevaste al gato…

-Sol: ¿Podrías venir? En serio, no quiero moverlo, está mal, tiene sangre en el pañal –lo interrumpí.

-Federico: Ah, yo pensé que eran… -hizo una breve pausa y con tono animado me prometió venir cuanto antes. Le di mi dirección e hizo un comentario con el cual me dio a entender que éramos vecinos, pero no le presté atención, sólo podía pensar en cómo le iba a pagar.

Calculando el tiempo que le podía tomar llegar y revisar a Benito, tal vez a la hora de abonar la consulta -más onerosa por domiciliaria-, Gabriel ya hubiera llegado. Ahí mismo caí en la cuenta de que Gabriel tendría el dinero para pagarle al veterinario y yo había estado juntando monedas para comprar cigarrillos e iba a pagar las cuentas de mi casa con la tarjeta de Lucha, sin pedirle a él que pusiera su parte. Me indigné, me enojé, puteé dos o tres veces y de repente, me invadió una calma rara, desconocida para mí. Me acordé de Luna, lo que habíamos hablado el día anterior y sin pensarlo dos veces, empecé a revisar todas las cosas de Gabriel en busca de dinero. De más está decir que no encontré el vil metal, pero sí algunas cosas de exiguo valor entre las que me llamó la atención un pen drive, de esos que también funcionan como reproductor de mp3, que estaba entre sus medias sucias. Me lo guardé en el bolsillo y, sin ordenar nada, saqué todas las cosas de Gabriel del living y las escondí en el estudio.

Estaba enjuagándome el tónico que me trajo Lucha, cuando el timbre sonó. Era el veloz Federico, mi salvador. Se veía cansado, estaba despeinado y tenía ojeras. Supuse que había estado de guardia cuando nos conocimos, así que mientras subíamos las escaleras le ofrecí un café, que rechazó apenas vio a Benito.

-Federico: A ver, Benito, vamos a sacarte el pañalito… -le hablaba amorosamente aunque el felino endemoniado estirara las patitas tratando de arañarlo-. Qué bravo que es tu gato, eh.

-Sol: No es mío –no quería tener nada que ver con ese animal. Estaba tan enojada con todo que llegué a creer que el gato era un maleducado que me estaba haciendo quedar mal-. Es de Gabriel, el otro chico que lo estuvo yendo a cuidar.

-Federico: ¿Sí? Ehhhh… -quitó la vista del gato y me miró confundido-. Bueno, sea de quien sea, este gato va a seguir vivo por mucho tiempo. Está terminando de eliminar lo que tenía retenido por la obstrucción de las vías urinarias. Se ve que no le cambiaron el pañal por mucho tiempo. No es nada serio. Tiene que seguir con el tratamiento ambulatorio. ¿Por qué no lo llevaste hoy como habíamos quedado con el otro chico?

-Sol: Es que no es mío, ni sabía que había que llevarlo a la clínica. Me desperté y cuando me puse a trabajar me encontré con el gato así y no supe qué hacer, por eso te llamé, disculpame… ¿podés cargar esta visita a domicilio a la cuenta de la clínica? Después pasa Gabriel, el otro chico y cancela la deuda –estaba realmente avergonzada, no tenía con qué pagarle a Federico y estaba segura de que él pensaba que yo era una roñosa que no le había cambiado el pañal al gato. No lo podía culpar: tenía un colchón inflable en el medio del living cubierto por las frazadas viejas de Gabriel y, en la mesa, había pedazos de papel que mi huésped usaba para hacer origami, además de vasos sucios y botellas de cerveza vacías.

-Federico: En realidad, esto es una visita particular. ¿Necesitás factura?

-Sol: No… -bajé la vista, encogí los hombros y le dije- es que… no tengo plata para pagarte… –“que implote el mundo, que implote el mundo, por favor, que implote el mundo”, pensé reiteradas veces.

-Federico: No te preocupes, preparame el café y explicame cuál es tu relación con el gato y el otro chico, que no entiendo nada. Después vemos cómo hacemos con el pago.

Se sacó la campera y la parte de arriba del ambo. No pude evitar reirme y señalar lo que tenía puesto.

-Federico: ¿Qué? –sonrió cómplice-. Andar en pijama está de moda.