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Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo

14/11/2009

-Disculpá que te joda a esta hora…

-Me estaba preparando para salir, pero me quedo. No te preocupes, Solcito –me abrazó y supe que estaba donde tenía que estar- ¿Te preparo un té?

-Si después no me proponés casamiento, sí –le dije en broma, sin soltarlo-. ¿Me puedo bañar? Estoy hecha un asco.

Siete años atrás, después de intentar por todos los medios estar juntos en una fiesta, buscarnos entre la gente sin éxito, Alfredo me llevó afuera del bar, me miró serio y me propuso: “casate conmigo”. Le dije que estaba borracho, que al día siguiente se iba a olvidar. Respondió que no, que no se olvidaría. Me advirtió que al día siguiente se levantaría, me prepararía una taza de té de canela y me lo volvería a preguntar. Esa noche no dormí. A la mañana, me acosté en silencio en el sillón del living de la casa de su madre, que estaba de viaje, y esperé a que se despertara. Cuando lo vi asomarse por la puerta y levantar las cejas, como ensayando una dulce amenaza, supe que no se había olvidado. Lo terminé de confirmar cuando fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de té y, con toda la seriedad que puede tener un hombre en bóxers de ositos, reiteró su propuesta: “casate conmigo”. En ese momento, fui realmente feliz. Sin embargo, me ganó la razón y le contraoferté una convivencia que aceptó entusiasmadísimo. Según él, no sería más que un paso previo antes de lo inevitable: estar juntos hasta que la muerte nos separara.

Yo creo que amar es para siempre. Si así no lo fuera, ¿qué valor tendría? El amor cambia de lugar, se transforma, pero no desaparece. El enamoramiento, en cambio, sí. Eso es otra cosa. Siempre voy a amar a Alfredo. Lo hago desde la primera vez que se lo dije a los dieciséis y jamás dejé o dejaré de hacerlo. Una de las pocas certezas que tengo en esta vida, es que Alfredo también me ama, desde aquella vez que me lo dejó saber frente a todos sus amigos en medio de un brindis, y que me va a amar por el resto de mi vida.

Cuatro años atrás, buscando terminar definitivamente una relación, acepté ir a la casa de un amigo de Rubén. Recuerdo que durante todo el trayecto en taxi me sentí una vaca desfilando hacia el matadero y que me negaba a que me abrazara y todo eso con codazos bastante antipáticos. No necesitaba crear una falsa atmósfera de romanticismo envasado para consumir antes de la fecha de vencimiento cuando sabía lo que realmente quería. O no.

Todo el tiempo me preguntaba qué hacía con ese tipo, en ese taxi. No la estaba pasando bien, pero aún así me estaba forzando a hacer algo que no quería, con la estúpida creencia de que, prostituyendo mi afecto por el tipo que quería dejar definitivamente, iba a lograr darle un cierre irreversible a nuestra relación.

Al llegar a su casa: el horror. Tenía una de esas camas funcionales de una plaza, con los cajones de abajo abiertos y llenos de medias y calzoncillos sucios. El olor a humedad era penetrante y las sábanas estaban roñosas. Sentada en el borde de la cama, lo vi prender velas sobre ceniceros de aluminio de McDonlad’s, sin dejar de preguntarme qué carajo hacía ahí. Decidí ir a meditarlo al baño, sin saber que ahí me esperaba lo peor. Mis ganas de hacer pis eran incontenibles y el inodoro estaba lleno de hongos, igualitos a los champignones del Mario Bross. Me quedé parada en una esquina mirando alternadamente mis pies y el inodoro. Pensé en usar el bidet, crasso error: tenía una de esas bañaderas repugnantes que en un borde tienen calada la silueta del tuges y largan el chorro desde donde uno apoya los pies para ducharse. El suelo de la bañadera estaba negro y podía ver la marca de los talones y los pulgares del tipo. Volví a mi esquina y me quedé ahí, parada, al menos quince minutos. Ya no me preguntaba qué hacía ahí, sino en quién me había convertido, qué me estaba pasando, qué estaba buscando. Mi vejiga estaba a punto de estallar y el tipo ya había tocado dos veces la puerta para ver si estaba bien. Entonces, tomé coraje, agarré una botella de Pino Lux que había ahí, la vacié en el inodoro, cerré los ojos, e hice lo que tenía que hacer. Salí y le pedí al tipo que me bajara a abrir. De más está decir que ni me acompañó hasta el taxi, así que caminé sola abajo de la lluvia hasta encontrar uno libre. Sin pensarlo dos veces le pedí que me llevara a la casa de Alfredo. Cuando llegué, el té de canela ya estaba listo. Me senté sobre su falda, le conté todo lo que había pasado y se rió. Me sentía la cosa más insignificante del mundo, pero él me miraba como siempre, como si hubiera algo especial en mí que, ante sus ojos, jamás podría cambiar.

Esa forma que tiene de verme como yo quisiera verme a veces fue lo que me llevó a bajarme del auto del Rockstar sin darle explicación alguna y tomarme un taxi hasta la casa de Alfredo.

Cuando terminé de bañarme, las tazas de té estaban sobre la mesa y Alfredo prendía dos Parisiennes a la vez, mientras miraba algo en la computadora.

-Alfredo: Mirá, Sol. Sos la nueva sensación de YouTube –me alcanzó uno de los cigarrillos y le dio play al video.

-Sol: No me digas que… -me agarré la cabeza.

-Alfredo: Sí. Vení para acá, loca linda. No parás de superarte, eh… el video ya tiene 100 visitas.

Por un segundo me quise morir, pero Alfredo miraba la pantalla como si fuera lo más encantador que hubiera visto en su vida y se reía. Me dijo que por cosas como esas me quería tanto y que dejara que la gente pensara lo que quisiera. Armó un porro, fumamos y vimos el video quinientas veces sin parar de reírnos.

Dormimos juntos, vestidos y abrazados, hasta las 5.30 am, cuando sonó la alarma de mi celular. Tenía que apurarme a llegar a casa a las 6 am, porque Lucha me iba a estar esperando en la puerta de entrada del edificio. Tratando de no hacer ningún ruido, me calcé, le di un beso en la frente a Alfredo y me fui sintiéndome liviana, contenta.

-Sol: Lucha, ¡no sabés todo lo que me pasó! –le dije, todavía agitada por las cuadras que había corrido.

-Lucha: Vos no sabés lo que me pasó a mí…

-Pola: Sí, Sol, ¡no sabés lo que nos pasó!

Creyendo ingenuamente que ya nos había pasado todo lo que nos podía pasar por una noche, decidimos ir a comprar facturas, desayunar juntas en casa y contarnos lo ocurrido.

Cada una estaba convencida de que lo peor le había pasado a ella. Lucha y Pola me decían que esperara a escuchar lo que tenían para contar y, obviamente, yo estaba segura de que su historia jamás superaría a la mía.

Qué equivocadas estábamos las tres.

Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.

Día 22 – Correo negro

02/09/2009

Mi mamá solía decir que lo único que nos quería dejar a mi hermana y a mí era una buena educación y un techo seguro porque, antes de morir, rifaría todo y se iría de viaje con mi papá. Si bien no pudo realizar su tercer deseo, el haber conseguido los otros dos le permitieron atravesar su enfermedad con la calma de las promesas cumplidas.

Cuando le diagnosticaron el primer tumor, ella supo que su destino –más pronto o más tarde- sería el del resto de su familia: todos habían muerto de cáncer, todos. Fue así que decidió empezar a preparar su partida. Un día le conté que me había costado mucho levantarme de la cama y en sus enormes ojos turquesa pude ver cómo se combinaban el enojo con la desesperación. Me dijo que yo ya sabía qué tenía que hacer en esos casos, que tenía que tener siempre mis gotas a mano, que tenía que comer cosas dulces aunque no me gustaran y, agregó seria, entera, que ella no iba a estar siempre para cuidarme. Dijo esto último y yo la reté, le pedí que no dijera esas cosas. Ella me tomó de las manos y me explicó serena que era el ciclo de la vida y ella quería cumplirlo bien, dejando como legado dos hijas autosuficientes e independientes. “Yo ya hice mi parte -solía decirme-, ahora te toca a vos”.

Es por ello que para mí, mi departamento, el que ella me legó, significa mucho más que dos habitaciones con cochera, es lo que mi mamá quiso que yo tuviera y, para lograrlo, tuvo que ponerse firme con mi papá, quien tiene un gusto especial por las carreras y el casino. Una mañana, me contó, mi papá le dijo que se iba a desayunar afuera como era su costumbre, pero notó algo extraño y lo siguió. Deben servir rico café en el casino de Puerto Madero, aunque seguramente no era lo que lo había motivado a ir a las nueve de la mañana. Al salir, mi papá encontró en el parabrisas de su auto una nota que le advertía: “Tu familia o esto”. Felizmente, eligió lo primero y desde ese momento todo el dinero pasó a ser administrado por mamá y, un año más tarde, mi hermana y yo recibíamos un mail con la escritura de nuestras futuras casas.

Sumada a la sensación de injusticia, la negativa de mi papá cuando le pedí mi departamento me dejó otra de desprotección y orfandad. Esas paredes eran el refugio que mamá me había dejado y él me lo negaba. Luna me dijo que ese espacio no sólo era un lugar para vivir, sino un campo de poder que materializaba otras cosas más complejas. Pola, por su parte, se puso como loca y quiso iniciar todo tipo de acciones legales, pero yo preferí no llegar a ese nivel de confrontación. Sin embargo, permití que leyera la escritura porque me quise asegurar de que no existiera ninguna cláusula de usufructo y esas cosas que yo no entiendo bien, pero ella sí. El archivo estaba en mi webmail y reenviárselo a Pola implicó reencontrarme con las palabras de mamá. “Hijas, les mando la escritura de… ¡sus futuras casas! Revísenla y nos vemos en una semana para la firma. La doctora me dijo que me queda un tiempo más con el tamoxifeno y después… ¡el alta!”

Aquella tarde, cuando increpé a Gabriel, todos estos recuerdos movilizaron en mí una furia que no me conocía. Sinceramente, lo hubiera golpeado, pero antes quería tener la certeza de saber qué lo había motivado a guardar ese archivo en su pendrive, porque sin las firmas, no sirve para mucho.

-Gabriel: ¡Es que me mentiste, Sol!

-Sol: ¡¿Vos me estás cargando, hijo de puta?!  ¡Te recibo en mi casa, te presto mi computadora y me tratás de mentirosa! ¡¿Qué carajo te falla?! –exclamé ya disfónica. Tiré la tijera contra una pared, más que nada para evitar la tentación de usarla contra él y me aferré a una silla, que terminé pateando de impotencia.

-Gabriel: ¡Me dijiste que estaba como bien de familia y por eso no me podías salir de garante! –tenía razón, le había mentido. ¿Y? Me reí como una chiflada en su punto de máximo desequilibrio y lo inquirí.

-Sol: ¿Pensaste en algún momento que yo te iba a salir de garante a vos? ¡A vos! ¡Ni a vos ni a nadie! –volví a mentir, porque no dudaría en hacerlo por Pola o por Lucha, pero no me preocupaba ser exacta, sino dañina e hiriente- ¿No te das cuenta de que no te quedan amigos? Cuando volviste de Brasil, nadie te hizo una fiesta de bienvenida. Cuando te mudaste, tuviste que contratar peones porque nadie, nadie, se molestaría en ayudar a una montaña de bosta como vos. Ninguno de los chicos te quiere ya –me refería a los amigos de Alfredo que teníamos en común-, ninguno te habla. Pensé que habías cambiado en algo, pero seguís siendo el mismo imbécil. ¡Jamás creciste!

-Gabriel: Claro… ¡para vos todo fue fácil! ¡Todo te vino de arriba!

-Sol: ¡A mí no me gritás! ¡Y te vas ya de mi casa!

Lucha entró corriendo y francamente preocupada.

-Lucha: ¡Se escuchan los gritos desde abajo! ¡Cálmense! –Gabriel se quedó inmóvil y yo me puse a llorar en el hombro de Lucha- ¿Qué pasa, Sol? ¿Qué te pasa?

-Sol: Este hijo de puta me revisó la computadora, Lucha. Tenía mi escritura, quiero que se vaya, ¡que se vaya ya! –la abracé más fuerte y ahogué mis lágrimas en su hombro. Empecé a tironear del sweater de Lucha como si fuera una nenita y así contenía mi violencia.

-Lucha: ¡Enfermo! ¡Andate! ¡Encima tenés toda la boca podrida! ¡Me das asco!

-Gabriel: ¡Vos no te metas!

-Sol: ¡Andate! –mis palabras sonaban a súplica. Me acerqué hasta donde estaba Gabriel y lo sacudí por los hombros.

-Gabriel: ¡Me mentiste! Y no sólo a mí, ¡le mentiste a Javier!

-Sol: ¡Andate!

-Gabriel: No me voy nada, no tengo a dónde ir. ¡No tengo garantía!

-Sol: ¡Andate o le cuento a Josefina que la estafaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Te vas a un hote, no me importal!–traté de llevarlo hasta la puerta, pero fácilmente Gabriel me sostuvo los brazos en el aire.

-Gabriel: ¿Qué? Yo no estafé a nadie, acá la única mentirosa sos vos.

-Lucha: ¡Soltala y andate! –Gabriel no le hizo caso y me dijo, mirándome fijo.

-Gabriel: Leí tus mails, Sol.

Repasé mentalmente mi correo sin poder descifrar a qué se refería. Traté de zafarme de Gabriel y después de forcejear un poco, ya no necesité hacerlo más: Lucha le había asestado una piña digna de un boxeador.

12 AÑOS ATRÁS – Pleased to meet you

26/06/2009

A Gabriel lo conocí a través de Alfredo, cuando yo tenía 16 años y él 20.

En ese entonces, yo estaba profundamente enamorada de Alfredo. Fue mi primer gran amor. Éramos dos personas muy distintas, pero yo estaba convencida de que me iba a casar con él y, obstinada como soy, casi lo hago. Alfredo venía de una historia de drogas bastante complicada, de una familia disfuncional, con un padre tipo playboy híper alcohólico y una madre que siempre lo disminuyó. Por mi parte, desde los 13 no comía carne roja, no fumaba, vivía con la familia Flanders y tomaba una vez cada tanto.

Todos los días, después del colegio, yo iba para su casa. Era siempre el mismo ritual: yo llegaba, él estaba rodeado de amigos, decidía faltar al colegio donde estaba terminando el secundario y nos quedábamos todos conversando mientras Alfredo jugaba al Counter Strike. Así podía estar por horas, pero los amigos, de a poco, se iban yendo. El último en irse, siempre fue Gabriel.

Uno de los tantos días en que nos quedamos solos conversando en el living de la casa de Alfredo, mientras él parecía mimetizarse con el mouse, Gabriel me dijo mirándome fijo a los ojos:

-Gabriel: ¿Cómo podés tolerar esto?

Ahí vi por primera vez esos ojos.

A mí me daba vergüenza decirle que esperábamos a que él se fuera para estar solos o contarle que Alfredo se enojaba conmigo porque le daba charla y por eso no se iba.

-Igual, aunque yo le dé charla, él podría largar la computadora o decirle, en confianza, que no se quedara hasta tan tarde, que después llega la madre y adiós privacidad… –pensé por adentro mientras le sostenía la mirada.

-Gabriel: Porque vos sos muy inteligente y es tan interesante conversar con vos… fijate que nosotros nos quedamos siempre charlando y el tipo no larga el Counter por nada del mundo… -me miraba, me miraba y me decía- yo no lo puedo entender. Con los chicos hablábamos de eso el otro día y yo les dije que no me iba para no dejarte en banda.

-Sol: ¿En serio? Pero mirá que está todo bien… en serio.

-Gabriel: ¿Y, qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar mirando cómo juega?

Ese mismo día me separé de Alfredo. En realidad, Gabriel tenía razón: varias veces había ocurrido cuando estábamos solos. Alfredo siempre vivió yendo de una adicción a otra. Primero, las drogas. Después, yo. Finalmente, la computadora. Pero, de todos modos, lo hice con una convicción increíble, aun estando perdidamente enamorada de Alfredo.

Estuvimos dos años separados y, en todo ese tiempo, yo había tenido otro novio al cual miraba y me preguntaba: ¿toda la vida va a ser así?, ¿voy a tener que vivir toda mi vida sin Alfredo? Resta decir que, después de un año y medio, a ese novio intermedio lo dejé convencidísima de que iba a volver a estar con Alfredo, aunque jamás lo viera, aunque fuera a todos los lugares donde Gabriel me decía que podía llegar a estar, porque a pesar de no ser más la novia de Alfredo todos los chicos siguieron siendo amigos míos y ninguno podía entender por qué Alfredo no había vuelto conmigo.

Hasta que llegó el día en que yo estaba en una fiesta de los chicos en un ph gigante de uno de ellos y me entero de que, no sólo era el cumpleaños de Juan, también iban a festejar el de Alfredo. Me desintegré, me puse pálida. Le pregunté a Gabriel y reaccionó de un modo muy extraño: realmente no sabía qué se festejaba ese día.

-Gabriel: Quedate tranqui, tranqui. Vos, nada. Ni le dirigís la mirada. Acordate de todas las cosas que hizo, cuando te conté que…

-Sol: Sí, sí. Tenés razón, ya está, después de lo que me contaste, ya está.

Tomé coraje y bajé al patio. En la puerta de entrada estaba Alfredo y, de sólo verlo, se me cayó el calzón. Nos miramos como idiotizados, nos saludamos, intercambiamos dos palabras en el pasillo del ph, me mordí los labios y, sin poder contenerme, lo besé. Y él me correspondió. Pero también me pidió que esperara un segundo, que tenía algo que hacer. Al minuto, aparece Alfredo con mi abrigo y una chica, envuelta en una ira incontrolable, sale insultando a todo el mundo y pega un portazo. Atrás de ella corre Gabriel, no sin antes girar y dedicarme, una vez más, una de esas miradas tan cuidadosamente ensayadas, tan peligrosas para una chica de 18 años.

Ahora tengo 28.

Día 1 – primera parte

09/06/2009

Mis papás se conocieron a los 15 años en un cumpleaños, a los 23 se casaron y se fueron de luna de miel a la Patagonia. En esa época, ambos militaban en una agrupación universitaria y, mientras disfrutaban de los primeros días de su matrimonio, supieron que estaban en una lista negra y ya no pudieron volver a Buenos Aires. Por ese motivo, yo nací en Río Negro, igual que mi hermana mayor.

Con el retorno de la democracia, decidieron que lo mejor para sus dos hijas era vivir en la ciudad, así que compraron una casita con jardín en Caballito, donde yo viví hasta los 20 años.

Mi hermana y yo siempre fuimos dos personas totalmente opuestas. Ella, contadora. Yo, música. Ella, ordenadísima. Yo, un desastre. Ella, fría como un témpano. Yo, sensible y generosa. Ella, una chica formal y tenaz, gerenta de un estudio que conoció la vida fuera de la casa de papá y mamá al casarse.

Yo me fui a vivir sola a los 20 años, sin heladera, sin mesa, sin sillas y sin televisor. Sólo tenía una laptop Pentium I con diskettera. Me fui dando un portazo y ganando $400 por mes trabajando como secretaria en un call center. Alfredo, mi novio, me propuso casamiento y yo contraoferté una convivencia de prueba. Nos mudamos a un dos ambientes por Parque Centenario, pero a los pocos meses comprobamos lo bien que habíamos hecho en no casarnos y cada cual siguió por su lado.

Viví sola 5 años y me dediqué a albergar a cuanto homeless se me cruzara: compañeros de trabajo, conocidos, un amigo sueco que conocí por ICQ y hasta novios de mis amigas.

Después llegó Javi, mi novio, con quien conviví durante dos años. Hace 6 meses decidimos que lo mejor era vivir separados mientras intentamos recomponer nuestra relación, así que pasé los dos primeros meses de este año yendo de casa en casa de mis amigos.

Una de esas casas fue la de Gabriel, donde me quedé una semana. Él había vuelto de Brasil para retomar sus estudios y no conseguía trabajo y como yo no tenía que entregar ninguna composición, nos pasamos 7 días tomando cerveza y jugando a la Playstation.

Cuando Gaby me llamó para preguntar si podía quedarse conmigo en mi flamante tres ambientes en Caballito, no lo dudé: era una ocasión genial para devolverle el favor.

Me había llamado desesperado: lo habían estafado. Pronto, yo descubriría quién era el verdadero estafador.