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Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – ¿Blanca y radiante?

27/12/2009

-Pola: Disculpame que te lo diga así, Lucha, pero Rubén es un pelotudo.

-Lucha: Todo bien… hoy se lo merece.

-Sol: Y, sí. Mirá que llamarlo a Juan…

-Pola: Pobre, porque ni enojado estaba. Estaba como triste. Pero no importa. En realidad, Rubén es lo máximo.

-Sol: ¿Eh?

-Lucha: ¡Juan le propuso casamiento! –mírenla. Ella, la que no quería que nadie se adelantara a su relato, estaba anunciando uno de los grandes momentos de Pola, quien absorta desde su lugar asentía con la cabeza y después se tapaba la cara con las dos manos.

-Sol: ¡¿Qué?! ¡Me muero! –se me estrujó el alma de alegría y no sabía cómo reaccionar, porque mi felicidad contrastaba con la cara de preocupación de Pola. Finalmente, no pude con mi genio y los brazos no me alcanzaban para darle todos los abrazos que quería.

Lucha y yo empezamos a gritar como histéricas. Gabriel vino a ver qué pasaba, pero la noticia le pareció irrelevante y se retiró cabizbajo a seguir con su tarea.

-Sol: Jurame, jurame, jurame que no vas a hacer carnaval carioca, porfa –le supliqué, sin dejar de dar pequeños saltitos abrazada a Lucha.

-Pola: No sé, no sé, no sé… pará, pará –nosotras ya estábamos pensando cómo iba a ser nuestro vestido, recomendándole lugares para ir de luna de miel, pero Pola tenía otras cosas en la cabeza-. Le dije que sí, pero ahora me da miedo.

-Sol: ¿Por? Siempre le reprochabas que no se iban a vivir juntos. Ahora te ofrece casamiento y te da miedo. Estás loca…

-Pola: ¡Es que no sé, Sol!

-Lucha: Es por lo de los hijos, ¿no?

-Pola: Sí. Mirá, jamás pensé que nos íbamos a casar. Pensé que íbamos a vivir juntos para siempre y ya. Obvio que no tengo los mismos derechos siendo concubina…

-Sol: ¡Ay, Pola! ¡Qué importa eso! ¡Te casás! –Lucha y yo volvimos a los alaridos, pero esta vez sonaban bastante forzados y no alcanzaron para contagiar a Pola de nuestra alegría.

-Pola: Es que si ahora se quiere casar, después va a querer tener hijos.

-Sol: Y los van a tener. Vos siempre quisiste adoptar… -entonces, entendí- ¡Ah! Hijos naturales…

-Pola: Técnicamente, os hijos naturales son otra cosa –la miramos molestas. Siempre se esconde detrás de sus tecnicismos de abogada para evitar hablar de lo importante.

Desde que éramos nenas, Pola siempre quiso adoptar. Nos parecía muy noble de su parte y es un gesto que resume toda su generosidad. Con el tiempo, decidió que sólo adoptaría y hace años que lo sostiene. Difícilmente cambie de parecer y, eso, es algo que no sólo enerva a su suegra, es algo que a Juan le duele mucho.

-Sol: ¿Y cómo surgió esto del casamiento?

-Lucha: Rubén –se cruzó de brazos y continuó-. El tarado llamó a Juan para decirle que estábamos con otros chicos.

-Pola: Sí, pero Juan no le dio importancia. Mirá si iba a ir para controlarme…

-Sol: ¿Y por qué fue?

-Pola: Bueno, sí… en realidad, fue por Rubén. Me dijo que cuando Rubén lo llamó para contarle que estábamos con otros tipos, la idea de pensar que podía efectivamente estar con otra persona le hizo un click en la cabeza. Así que cayó de la nada con esta bomba…

-Sol: ¿Qué vas a hacer?

-Lucha: Sí, ¿qué vas a hacer?

-Pola: No sé.

Día 26 – Vení que te hago un perreo

12/12/2009

-Lucha: ¡Y dejala que se vaya ofendida! ¡Dejala a esa roñosa que duerme sin pijama! -falataba que se tirara de los pelos y se pusiera a hervir a Benito.

-Pola: Yo tampoco uso pijama… -confesó avergonzada.

-Sol: Y yo nada más me lo pongo cuando me ves, para que no me retes… -agregué con un poco de miedo.

-Lucha: ¡Roñosas! ¡No se dan cuenta de que transpiran las sábanas!

Lucha estaba hecha un demonio de Tazmania y no podía esperar a contar lo que le había pasado aquella eterna noche. Sin embargo, le cedió el lugar a Pola:

-Lucha: Empezá vos, que yo no puedo ni hablar -dijo y se cruzó de brazos.

-Pola: ¿Viste que fuimos a la Bizarren?

-Lucha: ¡A la Bizarren Miusik Parti! -gritó y se acomodó en su lugar, se sonó los dedos y, finalmente, comenzó a contar- A esa fiesta bizarra, que van los mediáticos y cantantes pasados de moda y que…

-Sol: Sí, a la que va Rubén -me miró y gruñó:

-Lucha: ¿No querés contar vos? Parece que tenés mucha información… -me dijo con tono sarcástico. La miré descolocada y, creo, entendió que estaba fuera de sí-. Disculpame, Solcito… ¡es que fue terrible!

-Pola: Sí, le bailó un reggaeton enfrente de todo el mundo.

-Lucha: ¡Bueno! ¡Contalo vos! ¡Contalo vos!

-Pola: No, está bien, Luchita… es que… no sabés, Sol, estábamos bailando y…

-Lucha: Cortala -dijo tajante, soltó la tostada que tenía en la mano, se paró en el medio de la cocina y escenificó la situación- “La gasolina”, y dale que “dame más gasolina” -empezó a hacer un meneaito muy pronunciado. Cuando sus pompas ya casi tocaban el piso, se levantó de un tirón-. Cuestión que estábamos bailando “dame más gasolina, la gasolina…” -retomó su sensual trayectoria hacia abajo y la tuve que frenar. Me estaba empezando a poner nerviosa.

-Sol: ¡Ya entendí! ¡Estabas dale que te dale con tu culo jugoso! -dejó de bailar y me preguntó extrañada:

-Lucha: ¿Cómo sabías, eh? ¿Te lo contó ésta? -se refería a Pola- Claro, ustedes se drogan y el mundo desaparece.

-Pola: Nada que ver, Lucha. Seguí contando, que viene lo mejor.

-Lucha: Estábamos bailando con unos chicos y…

-Pola: Pará, pará -se puso seria-. ¡No sabés lo bueno que estaban esos chicos, Sol! Eran unos bombones… Yo no hice nada, ¡obvio! ¡Pero Lucha estaba como loca!

-Lucha: ¡Mosquita muerta! ¡Bien que “La gasolina” y “la gasolina” y… bueno, no importa… lo importante es que estábamos en la pista bailando y alguien me toca el culo.

-Sol: Rubén, seguro.

-Lucha: Le contaste… -increpó a Pola-. No importa… ¡es que fue terrible!

-Sol: ¡Basta, Doña Misterio! ¡¿Qué pasó!?

-Lucha: Me doy vuelta para boxear al que me había tocado el culo y siento una voz en el oído que me dice: “ay, qué culo jugoso”.

-Sol: ¿Viste? ¡Te lo dije!

-Pola: No te adelantes…

-Lucha: Me agarró delante de todo el mundo.

-Pola: Incluídos los bombones.

-Lucha: ¡Sí! Y me dijo: “vení que te hago un perreo”.

-Sol: ¡¿Qué?!

-Lucha: Se me prendió como una garrapata. Se movía y cantaba: “soy Elvis, soy Elvis y mírame cómo muevo la pelvis”.

-Pola: ¡Te juro, Sol! ¡Parecía un epiléptico!

-Sol: ¡No te puedo creer! ¡Se supera!

Pola y yo nos moríamos de risa.

-Lucha: Yo trataba de sonreir y hacer como si nada, pero era obvio que estaba incómoda.

-Pola: Sí, no sabés… Rubén la agarraba y se movía y Lucha se hacía la que quería dar una vueltita para escaparse.

-Lucha: ¡Pero era imposible! En un momento, me tiró al piso y siguió con lo suyo. Me dijo que lo había visto en la tele…

-Pola: El tipo que estaba bailando con Lu, lo agarró a Rubén del cuello y lo levantó de un tirón.

-Sol: Están locas, chicas. ¿Para qué fueron si sabían que iba a estar Rubén?

-Pola: Preguntale a tu amiga… -le tiró la pelota a Lucha.

-Lucha: Mirá, según él, estaba muy deprimido. ¿Cómo me iba a imaginar que terminaría a las trompadas?

-Sol: ¿Eh?

-Pola: ¡Sí, Sol! Cuando el tipo lo levantó, Rubén le preguntó. “¿Qué? ¿Te querés quedar con mis pechugas de pollito?”

-Lucha: El tipo casi le pega… le tuve que aclarar que era mi novio.

-Pola: ¿Novio?

-Lucha: Le dije eso para que lo soltara. Lo iba a matar. Después le aclaré que no era mi novio.

-Sol: ¿Al tipo? ¿Te quedaste con el tipo? -por un segundo, todas mis esperanzas de que Lucha se fuera de casa se diluyeron.

-Lucha: No, a Rubén, para que me dejara en paz…

-Pola: Si te encanta… te encanta que se ponga celoso… ¡qué histérica que sos!

-Lucha: ¿Vos viste lo del perreo?

-Pola: Sí, qué vergonzoso…

-Lucha: ¡Y bueno! Pero eso no es todo…

-Sol: ¿No?

-Pola: No.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo

14/11/2009

-Disculpá que te joda a esta hora…

-Me estaba preparando para salir, pero me quedo. No te preocupes, Solcito –me abrazó y supe que estaba donde tenía que estar- ¿Te preparo un té?

-Si después no me proponés casamiento, sí –le dije en broma, sin soltarlo-. ¿Me puedo bañar? Estoy hecha un asco.

Siete años atrás, después de intentar por todos los medios estar juntos en una fiesta, buscarnos entre la gente sin éxito, Alfredo me llevó afuera del bar, me miró serio y me propuso: “casate conmigo”. Le dije que estaba borracho, que al día siguiente se iba a olvidar. Respondió que no, que no se olvidaría. Me advirtió que al día siguiente se levantaría, me prepararía una taza de té de canela y me lo volvería a preguntar. Esa noche no dormí. A la mañana, me acosté en silencio en el sillón del living de la casa de su madre, que estaba de viaje, y esperé a que se despertara. Cuando lo vi asomarse por la puerta y levantar las cejas, como ensayando una dulce amenaza, supe que no se había olvidado. Lo terminé de confirmar cuando fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de té y, con toda la seriedad que puede tener un hombre en bóxers de ositos, reiteró su propuesta: “casate conmigo”. En ese momento, fui realmente feliz. Sin embargo, me ganó la razón y le contraoferté una convivencia que aceptó entusiasmadísimo. Según él, no sería más que un paso previo antes de lo inevitable: estar juntos hasta que la muerte nos separara.

Yo creo que amar es para siempre. Si así no lo fuera, ¿qué valor tendría? El amor cambia de lugar, se transforma, pero no desaparece. El enamoramiento, en cambio, sí. Eso es otra cosa. Siempre voy a amar a Alfredo. Lo hago desde la primera vez que se lo dije a los dieciséis y jamás dejé o dejaré de hacerlo. Una de las pocas certezas que tengo en esta vida, es que Alfredo también me ama, desde aquella vez que me lo dejó saber frente a todos sus amigos en medio de un brindis, y que me va a amar por el resto de mi vida.

Cuatro años atrás, buscando terminar definitivamente una relación, acepté ir a la casa de un amigo de Rubén. Recuerdo que durante todo el trayecto en taxi me sentí una vaca desfilando hacia el matadero y que me negaba a que me abrazara y todo eso con codazos bastante antipáticos. No necesitaba crear una falsa atmósfera de romanticismo envasado para consumir antes de la fecha de vencimiento cuando sabía lo que realmente quería. O no.

Todo el tiempo me preguntaba qué hacía con ese tipo, en ese taxi. No la estaba pasando bien, pero aún así me estaba forzando a hacer algo que no quería, con la estúpida creencia de que, prostituyendo mi afecto por el tipo que quería dejar definitivamente, iba a lograr darle un cierre irreversible a nuestra relación.

Al llegar a su casa: el horror. Tenía una de esas camas funcionales de una plaza, con los cajones de abajo abiertos y llenos de medias y calzoncillos sucios. El olor a humedad era penetrante y las sábanas estaban roñosas. Sentada en el borde de la cama, lo vi prender velas sobre ceniceros de aluminio de McDonlad’s, sin dejar de preguntarme qué carajo hacía ahí. Decidí ir a meditarlo al baño, sin saber que ahí me esperaba lo peor. Mis ganas de hacer pis eran incontenibles y el inodoro estaba lleno de hongos, igualitos a los champignones del Mario Bross. Me quedé parada en una esquina mirando alternadamente mis pies y el inodoro. Pensé en usar el bidet, crasso error: tenía una de esas bañaderas repugnantes que en un borde tienen calada la silueta del tuges y largan el chorro desde donde uno apoya los pies para ducharse. El suelo de la bañadera estaba negro y podía ver la marca de los talones y los pulgares del tipo. Volví a mi esquina y me quedé ahí, parada, al menos quince minutos. Ya no me preguntaba qué hacía ahí, sino en quién me había convertido, qué me estaba pasando, qué estaba buscando. Mi vejiga estaba a punto de estallar y el tipo ya había tocado dos veces la puerta para ver si estaba bien. Entonces, tomé coraje, agarré una botella de Pino Lux que había ahí, la vacié en el inodoro, cerré los ojos, e hice lo que tenía que hacer. Salí y le pedí al tipo que me bajara a abrir. De más está decir que ni me acompañó hasta el taxi, así que caminé sola abajo de la lluvia hasta encontrar uno libre. Sin pensarlo dos veces le pedí que me llevara a la casa de Alfredo. Cuando llegué, el té de canela ya estaba listo. Me senté sobre su falda, le conté todo lo que había pasado y se rió. Me sentía la cosa más insignificante del mundo, pero él me miraba como siempre, como si hubiera algo especial en mí que, ante sus ojos, jamás podría cambiar.

Esa forma que tiene de verme como yo quisiera verme a veces fue lo que me llevó a bajarme del auto del Rockstar sin darle explicación alguna y tomarme un taxi hasta la casa de Alfredo.

Cuando terminé de bañarme, las tazas de té estaban sobre la mesa y Alfredo prendía dos Parisiennes a la vez, mientras miraba algo en la computadora.

-Alfredo: Mirá, Sol. Sos la nueva sensación de YouTube –me alcanzó uno de los cigarrillos y le dio play al video.

-Sol: No me digas que… -me agarré la cabeza.

-Alfredo: Sí. Vení para acá, loca linda. No parás de superarte, eh… el video ya tiene 100 visitas.

Por un segundo me quise morir, pero Alfredo miraba la pantalla como si fuera lo más encantador que hubiera visto en su vida y se reía. Me dijo que por cosas como esas me quería tanto y que dejara que la gente pensara lo que quisiera. Armó un porro, fumamos y vimos el video quinientas veces sin parar de reírnos.

Dormimos juntos, vestidos y abrazados, hasta las 5.30 am, cuando sonó la alarma de mi celular. Tenía que apurarme a llegar a casa a las 6 am, porque Lucha me iba a estar esperando en la puerta de entrada del edificio. Tratando de no hacer ningún ruido, me calcé, le di un beso en la frente a Alfredo y me fui sintiéndome liviana, contenta.

-Sol: Lucha, ¡no sabés todo lo que me pasó! –le dije, todavía agitada por las cuadras que había corrido.

-Lucha: Vos no sabés lo que me pasó a mí…

-Pola: Sí, Sol, ¡no sabés lo que nos pasó!

Creyendo ingenuamente que ya nos había pasado todo lo que nos podía pasar por una noche, decidimos ir a comprar facturas, desayunar juntas en casa y contarnos lo ocurrido.

Cada una estaba convencida de que lo peor le había pasado a ella. Lucha y Pola me decían que esperara a escuchar lo que tenían para contar y, obviamente, yo estaba segura de que su historia jamás superaría a la mía.

Qué equivocadas estábamos las tres.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita II

12/11/2009

Hay gente que quiere escuchar lo que quiere. Esta clase de personas suele tener una visión muy distorsionada de sí misma y de lo que ocurre a su alrededor. Tienen una medida propia para cuantificar y cualificar, además de mostrar una fuerte tendencia a la auto-referencia. De alguna manera, perciben que todo pasa por ellos, a través de ellos o a pesar de ellos. Su radio de observación tiene por punto de referencia su orificio umbilical y, aún así, no llegan a ver la pelusa que acumula.

-Rockstar: Mirá, nena, yo no tengo tiempo para perder –no sé si en algún momento me miró, porque jamás se quitó los anteojos-. Está muy claro que acá pasa algo –hizo un rulo en el aire con un dedo y, luego, me ordenó-. Vení, dame un beso.

-Sol: ¿Sabés qué me vendría bárbaro ahora? Una cerveza –en el backstage las había de todas las marcas y, aunque mi estómago me pedía que parara, mi cabeza se estaba acomodando, señal de que en cualquier momento se despertaría La Pandilla y me torturaría con el recuerdo reciente de lo sucedido.

El Rockstar chistó una vez y un plomo se acercó a preguntarle qué quería. Su respuesta fue sucinta y precisa: “birra”.

-Plomo: ¿Vos sos la chica que se subió al escenario, no?

-Sol: En realidad, me subieron mis amigos… -algo me dijo que iba a tener que practicar el speech o iba a pasar a la historia como “la chica que se subió al escenario”.

-Rockstar: ¡Estuvo bárrrrbara! –exclamó buscando la complicidad del plomo y la consiguió.

-Plomo: ¡Sos un canpión, Rockstar! –le dijo mientras estiraba su brazo para estrecharle la mano.

-Rockstar: Traeme una birra para la nena, ¿dale? –fue toda su respuesta al gesto del plomo-. Bueno, nena, ya te dije, no tengo tiempo para perder.

-Sol: Ehhh… yo, en realidad, quería…

-Rockstar: Lo que quieras. Todo afirmativo. Todo –era el momento de usar mi baile engatusador para concretar el objetivo que me había llevado hasta ahí.

-Sol: Tengo un amigo, Ezequiel, que tiene una banda, y…

-Rockstar: Un fan. Seguro. ¿Qué quiere? Todo afirmativo, ya te dije.

-Sol: Sí, sí, tu fan. Traje un disco de su banda, mirá –metí la mano en mi cartera, pero no llegué a sacar nada. Por primera vez, el Rockstar giró en dirección a mí y se sacó los anteojos.

-Rockstar: ¿Es bueno?

-Sol: Sí –mentí con total naturalidad.

-Rockstar: ¿A vos te gusta?

-Sol: Sí, claro, por eso…

-Rockstar: Bueno, listo. Es todo lo que me importa. Todo afirmativo. La semana que viene toco. Decile que su banda puede tocar antes.

-Sol: ¿En serio? ¿En el festival de…? –me interrumpió.

-Rockstar: Todo afirmativo para vos, nena. Qué lindo momento… y la gente gritaba… ¿te subiste por mí, no? –en realidad, no me lo estaba preguntando: lo estaba afirmando con total certeza.

-Sol: ¿Eh? Colmillo te acaba de decir que…

-Rockstar: ¿Quién es Colmillo? –pasó otro integrante de la banda y le palmeó la espalda como felicitándolo. Entendí, por segunda vez en la noche, que había llegado la hora de huir con el festival para Ezequiel como botín-. Ah… ya sé. Es el fan, ¿no? Pero vos te subiste por mí.

-Sol: Sí, Rockstar, es tu fan y yo me subí por vos –si Charly García alguna vez le juró a sus seguidores “Me tiré por vos”, yo podía dejarle creer al tipo que me había subido por él.

-Rockstar: Sabía. Bueno, nena, dame un beso. La histeria no tiene rock –“¡Pomelo!”, exclamé mentalmente, “una curita en la herida de tu adolescencia”.

-Sol: Mirá, no te voy a dar un beso. De hecho, me tengo que ir… ¡adeus! –en silencio, me observó incrédulo unos segundos. Torcía la cabeza como una tortuga y yo no sabía si estaba tratando de ver a través de mis pupilas o se estaba haciendo el galán.

-Rockstar: Es por mi edad, ¿no?

-Sol: No, nada que ver –“ouch, hubiera sido la excusa perfecta, este tipo podría ser mi padre”, pensé y me contuve para no darme un golpecito en la frente-. Es que no me gustás… –“¡Ouch! ¡Callate, boluda!”

-Rockstar: Ah, ya sé… ya sé… mis groupies… mis fans… el noviazgo no tiene rock -dijo y se volvió a poner los anteojos.

El Rockstar es una de esas personas que escuchan lo que quieren, que tienen una percepción bastante distorsionada de la realidad. Yo quería dejarle en claro que no tenía la más mínima chance y sabía que para él nada era un obstáculo. Lo mismo pasa cuando le decís que no a alguien y la excusa es “porque tengo novio”: la persona piensa que, de no tenerlo, accederías. Tenía que ser implacable, de otro modo, sabía que iba a intentar cobrarse el favor.

-Sol: No, no es eso. No me gustas. No-me-gus-tás.

-Rockstar: Claro… es un bardo… mis groupies… los fans… claro… -volvió a ponerse los anteojos y levantó la mano para pedir otra cerveza para mí.

-Sol: No, Rockstar, no me gustás y me voy. Chau –cuando me estaba yendo, me suena el celular.

Era Lucha, avisándome que estaba en una fiesta con Pola y que volvería a casa recién a las 6 am. No sabía qué hacer, porque mis amigos ya se habían ido a otra fiesta y no tenía la dirección. Tampoco podía volver a casa sola, porque Gabriel se iba a dar cuenta de que no había salido con Lucha. Estaba pensando qué hacer, cuando escucho: “nena, vamos que te llevo”. Y acepté.

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – Segunda cita

08/11/2009

De pronto, mi cuerpo surfeaba sobre una marea de gente. Una ola incontenible me llevaba hasta tierra firme: el escenario. Miré hacia ambos lados, tratando de adivinar de cuál de ellos vendría el tipo de seguridad que me bajara de un modo poco amable, pero jamás llegó. Después de permanecer inerte frente a miles de personas, viendo que no tenía escapatoria, me entregué al momento y durante un minuto exacto, ni un segundo más, ni un segundo menos, me dediqué a destruir por completo mi imagen, al son de un rock bastante más pesado que mis movimientos indescifrables. El don de la gracia no me ha sido otorgado y eso es algo que jamás debería haber olvidado. Pero bailé como si nadie me viera durante exactamente un minuto, sin darme cuenta de la magnitud del papelón que estaba haciendo. La gente gritaba excitada, algunos púberes calenturientos le ordenaban al unísono al Rockstar: “culiátela, culiátela”, pero yo no iba a enterarme sino hasta el día siguiente. Cumplido el minuto, hice una reverencia al público y corrí a esconderme detrás de los enormes parlantes.

Me quería desintegrar, quería desaparecer del mundo. Estaba en el escenario sin saber cómo bajarme, mientras el Rockstar me invitaba constantemente a volver al centro de la escena. Me reía nerviosa, me tapaba la cara con las dos manos y parpadeaba constantemente tratando de convencerme de que nada había pasado.

Siento que alguien me toca el pie y atino a correrme para atrás. Cuando descubro los brazos abiertos de Colmillo -el mismo amigo que me había subido al escenario contra mi voluntad-, invitándome a bajar, sin dudarlo mucho di un salto y, una vez en el suelo, le propiné un coscorrón.

-Sol: ¡Sos un tarado! –repetía mientras me reía como una maniática que trata de sonar natural.

-Colmillo: ¡Estuviste bárbara! –me dijo satisfecho y me apuré a esconder mi cara en su hombro.

Caminé agarrada de su brazo, como buscando un punto de apoyo, hasta donde estaban mis amigos, mientras la gente me saludaba y yo impostaba una sonrisa victoriosa.

-Sol: Colmi, decime que no se me vio el calzón, por favor, decime que no se me vio el calzón –había caído en la cuenta del largo de mi vestido un poco tarde y sabía que el escarnio sería total si a la muestra de aparatosidad coreográfica le agregaba una cuota de exhibicionismo.

-Colmillo: Quedate tranquila… no se te vio nada.

-Sol: ¡Decime la verdad! ¡Perdí mi dignidad!

-Colmillo: Tenés lindas pompas, eso sí –dijo antes de que le asestara un nuevo coscorrón.

Mis amigos estaban sentados en ronda en el pasto, tomando cerveza, muertos de risa. Luis imitaba al Rockstar tratando de agarrarme en el escenario y Lele a mí, escapándome y bailando como una marioneta. Festejé la gracia de todos, traté de restarle importancia a lo que había pasado y mientras relataba lo ocurrido, sucedió lo –no tan- inesperado: vomité. Cuando acabé de hacerlo, todo en mi cabeza se acomodó. De pronto, todos dejaron de reírse y de mirarme. No llegué a preguntar qué pasaba, cuando alguien me toca la espalda. “¿Qué?”, pregunté mientras giraba. Era el Rockstar y todos mis amigos son fans. Tenía un gesto radiante que cambió de golpe para preguntar muy serio: “¿Quién la subió?” Colmillo se asumió como el autor intelectual y el Rockstar fue hasta donde estaba y lo abrazó.

-Rockstar: Gracias, pibe. Fue el highlight de mi carrera –lo más extraño fue que sonaba sincero. Entonces, todos se animaron a decirle que habían colaborado, pero el Rockstar se puso sus Ray-Ban y los ignoró- Vení, nena –me dijo seguro, mientras me llamaba con el dedo índice.

Su pose de estrella de rock me superaba. Su forma de caminar, de llamarme “nena”, de saludar a sus fans sin mirarlos, era demasiado para mí.

-Sol: Vení vos, nene –le respondí, como dejándole saber que yo no compraba su imagen de ser superior- Serás la estrella de rock, pero, nene, vos sos mi fan.

-Rockstar: Vamos al back –se refería al backstage-. Tenemos que hablar.

Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita II

07/11/2009

Ya estaba llegando tarde al recital y pensé que si me apuraba, podía llegar a los últimos temas y ver entonces al Rockstar. Después de darme cuenta de que el control era mío otra vez, acepté ir caminando hasta el evento en compañía de Federico. Travolta me poseyó nuevamente y, sin siquiera intentar disimularlo, comencé a balancear mis brazos y a tararear el soundtrack de “Saturday Night Fever”, mientras interiormente divagaba con la idea de que el “Saturday” era más bien un “Friday” para mí.

Algo interrumpió el aparatoso movimiento de mi cuerpo. Era la mano de Federico que estrechaba la mía, pretendiendo que así recorriéramos la distancia hasta el recital. Toda la música se convirtió en ruido blanco. Algo de toda la situación no me cerraba y, obviamente, era ese gesto tan tierno y afectuoso en una situación que yo había determinado de antemano que no lo sería.

Caminamos en silencio y tomados de la mano no más de diez metros, hasta que un maravilloso objeto se interpuso en mi trayecto: la taza de un auto. Me apuré a soltarme y agarrarla, lanzarla al aire y volver a agarrarla. Me felicité por tener tanto talento para los malabares y agradecí los aplausos de Federico.

-Fede: Deberías dedicarte a hacer malabares en los semáforos –dijo muy convencido antes de reírse e intentar sacarme la taza para volver a darme la mano.

-Sol: Dejámela. Esta taza me va a hacer millonaria, mirá –después de forcejear suavemente, me paré enfrente de los autos que esperaban a que el semáforo cambiara de color e hice mi gracia con la taza. Para mi sorpresa y la de Federico, en dos semáforos hice $20.

Debo confesar que los taxistas son muy generosos y aconsejarle a los que hacen esto como profesión, que el vestido es más efectivo que la cara pintada y la ropa hecha con patchwork.

También debo confesar que me sentí bien, plena. No eran las cervezas que había tomado: era yo misma, sin miedo al ridículo, divirtiéndome de verdad, sintiendo que la gente encontraba en mí ese encanto que siempre me distinguió. La misma espontaneidad que había enamorado a Javier en nuestra primera cita, cuando lo obligué a quedarse hasta la madrugada en una plaza, viendo cómo yo tocaba para todo el mundo, sin siquiera reparar en su presencia.

El sexo en sí, para mí, no es más que otra fuente de placer. Después de vivir mucho tiempo con culpa, creyendo que lo correcto era dejar pasar un determinado tiempo hasta llegar a ese nivel de intimidad, por el solo hecho de pensar que el otro debía sufrir hasta obtener lo que –en realidad- ambos queríamos, como prueba de su real interés en mi persona o de mi valía como mujer, me había dado cuenta de que todos estos rituales de espera, sufrimiento y culpa eran un sinsentido. El sexo no era más que otra fuente de placer: comer, leer un libro, escuchar música, tener relaciones. Si se hace responsablemente, dejándole saber al otro dónde está parado, la función que cumple y el lugar que tiene en tu vida, cuidándose y previniendo consecuencias no deseadas, no es más que eso: un momento en el cual dos personas la pasan bien, propinándose afecto o entregándose al más primitivo de los impulsos.

Al quitarle toda la carga moral y no dejar que la sociedad y sus imperativos se interpusieran entre mi deseo y su concreción, aprendí a disfrutar verdaderamente. No sólo en aquellas relaciones esporádicas, casuales, sino en aquellas otras que encierran un profundo amor y una promesa de futuro cierta.

Pero éste no fue el descubrimiento más importante que hice. Esto no era más que una pista que me iba a llevar a la esencia de la cuestión: la elección.

Cuando ocurrió lo de Ramiro, por momentos, sentí culpa y hasta bronca por Javier. Sentía que él me había obligado tácitamente, me había puesto en la situación de estar con otra persona. Pensaba que si él hubiera venido con el ramo de flores antes, jamás hubiera pasado algo “tan terrible” como que yo pudiera estar con otra persona como si nada cuando nuestra separación todavía era reciente. Sin embargo, yo había cumplido con todos los mandatos sociales: estaba soltera, ya no vivía con mi novio y era libre de hacer lo que quisiera. Pero tenía otra obligación y no era para con nadie más que para conmigo misma. El haber estado con Ramiro no había cambiado ni un ápice de lo que yo sentía por Javier. Era una sensación rara y completamente novedosa: ¿cómo podía haber estado con alguien y que no significara nada más que un momento de placer que no influía en lo más mínimo en lo que sentía por otra persona? Me habían enseñado que amar a una persona no es decirle que “sí” a ella, sino decirle “no” al resto. En esa elección también se escondería la fidelidad. Sin embargo, yo no estaba siendo infiel, porque estaba soltera. Ahí me di cuenta de que a los mandatos sociales no sólo había que alejarlos de la cama, sino de las elecciones. Jamás dejé de elegir a Javier y, por más que tuviera todas las credenciales de inocencia y libre culpa, esa elección conlleva una responsabilidad y consecuencias. Lo que yo había hecho no tenía nada de malo, no era incorrecto, no era moralmente sancionable, pero podía herir a quien yo amaba. Seguir sintiendo lo mismo por Javier, también tenía que implicar demostrarlo del mismo modo. Hay quienes nos quieren y hay quienes nos quieren bien. Elegir a Javier también implicaba evitar hacer cualquier cosa que pudiera lastimarlo. Eso sería quererlo bien.

Yo sabía que podía llevar a Federico a mi casa, sabía que eso no cambiaría en nada lo que yo sentía por Javi, que estaba soltera y la mar en coche. Pero ahora también sabía que algo así podía lastimarlo y eso era lo último que quería hacer. Aunque no me respondiera los mails, aunque no me hablara, aunque me hubiera dicho que nuestra relación se había acabado y para mí un momento con Federico no fuera más que un espacio de placer instantáneo y perecedero, la cuestión ya no se dirimía en el ámbito de lo que está bien o lo que está mal.

Supe que era el momento de huir.

-Superyó: Con el último aliento no etílico que me queda, te recomiendo que huyas ya. Yo ya no soy responsable por lo que hagas. ¡Hic!

-Ello: ¡Ay, sí! ¡Qué divertido! ¡Vámonos al recital!

-Sol: Dishculpame, Fererico… pero lo nuestro nou puede zer… ¡hic! –dije antes de apoyar la taza en el asfalto y abordar el taxi de uno de los espectadores de mi maravilloso show.

Federico se quedó en su lugar, saludando con la mano alzada y una sonrisa de satisfacción. “Mañana te llamo”, alcancé a oir mientras me alejaba de él y me acercaba al que sería el papelón de mi vida.

Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita

14/10/2009

Todo está bajo control. Sabés qué decir, cuándo decirlo y el efecto que va a provocar. Caminás como Travolta, balanceando los brazos al ritmo de alguna canción que tarareás y los Bee Gees te hacen los coros. Sentís que estás surfeando la cresta de la ola hasta que, de pronto, el tsunami. Entonces, tu metro setenta y cinco se convierte en uno veinte, tu gesto de orgullo se empapa de arrebol y tu elocuencia se transforma en balbuceo.

-Sol: ¿Vamos? Yo invito, yo cobré mis deudas y… -me solté y, enseguida, agarré la cartera.

-Federico: ¿Y? –me preguntó como si nada hubiera ocurrido.

-Sol: Y yo, ya debería irme… porque… yo… porque…

-Federico: Tenés que ir al recital, recién te peleaste con tu novio y pensaste que no me iba a animar, ¿no?

-Superyó: ¡Histérica!

-Sol: ¡Callate, idiota! ¡Si fuera histérica no le hubiera correspondido el beso!

-Superyó: Ay, nena…

-Sol: ¡Confesá! Están complotados.

-Superyó: Lucha te lo avisó, no la escuchaste y ahora te querés escapar.

-Ello: No me digas que te querés escapar, Solcito… ¡si fue tan lindo! Hace tanto que no teníamos un primer beso.

-Yo: Esta situación se nos fue de control, nos equivocamos y, que quede claro, no huimos: nos retiramos con elegancia. Cuando Javi vuelva, queremos hablar con él y arreglar las cosas, así que dejemos de lado estas taradeces. Nosotros no somos así.

-Sol: Yo no soy así. Normalmente, no soy así. Te explico –traté de impostar un poco de seguridad y me sinceré-. Pasa lo siguiente… yo me di cuenta de que te fijabas en mí y me pareció divertido salir a tomar algo con vos y pensé que…

-Federico: Que no me iba a animar. Lo sé –sonrió satisfecho y envolvió con ambas manos las mías.

-Sol: Fede, ¿qué carajo me viste? Soy un desastre. ¿Vos viste mi casa? –la seriedad con la que formulaba mis preguntas no se correspondía con el gesto burlón de mi interlocutor, lo cual me desesperaba-. ¿Te acordás cuando llevé a Benito a la clínica?, ¿te acordás de que estaba en pijama? ¡Me tuviste que dejar $50 por caridad! Creo que hasta soy un poquito más alta que vos.

-Federico: Nah, mido un metro ochenta –no sé por qué, pero todos los hombres viven convencidos de medir de cinco a diez centímetros más de lo que miden en realidad-. Y sos divertida, cantás lindo y untás las tostadas como nadie.

-Sol: Mirá, la verdad es que yo vine en plan de histérica y…

-Federico: Obvio –me interrumpió mientras apretaba suavemente mis manos-. Me di cuenta enseguida. “¿Hola, Fede? ¿Qué remedio tiene que tomar Benito?” –dijo con voz finita, imitándome-. Pero si te molestás en histeriquearme es porque te gusto.

-Sol: La verdad, cualquiera me venía bien. Estabas fácil, a mano… yo debería estar agradecida con vos y…

-Federico: Y pensaste que no me iba a animar. Bueno, me animé. Te di un beso, me correspondiste y te voy a llamar mañana para saber cómo estás e invitarte a salir en la semana.

De algún lugar recóndito de mi memoria de soltera saqué mi speech de mujer frontal y honesta y le dije que no iba a aceptar de ningún modo, que él no se merecía que yo lo tratara como a un “tipito” más y que diera por sentado que así iba a ser si lo seguía viendo. Creo que no le importó mucho, porque interrumpió todas mis promesas y aseveraciones con un nuevo beso, me invitó otra cerveza y yo accedí.

En aquel momento pensé que, habiendo sido absolutamente honesta con él, habiéndole dejado saber con quién, para qué y dónde estaba, podía relajarme y empezar a disfrutar. Estando en Antares, disfrutar es pedir otra porción de papas fritas y probar todas las variedades de cerveza que ofrece la extensa carta.

-Superyó: ¡Hic! Hacé lo que quierash, Shol. You me vo’a normir… ¡hic!

-Ello: ¡Invitémoshlo a casha! ¡Shí! ¡Hic! Total… después le pedimos que ze convierrrta en picsa. ¡Burp!

-Yo: Qué más da… mejor, ashí entiende que ez un tipitou… ¡hic!

-Sol: Hmmm… está tan fáshil… ¡hic! ¿Lo invito o no lo invito?

Bonus Track – En tiempo real

26/09/2009

Tanto tiempo y tantas cosas pasaron hasta volver a vernos.

Muchas cosas cambiaron, excepto un par: mi capacidad de arruinar todo y la de Gabriel para asegurarse de que así sea.

En el día de la fecha -tiempo real-, dentro de dos horas, Javier va a pasar a buscar el resto de sus cosas.

Tengo el alma estrujada, los ojos hinchados y los rulos deshechos. Pienso en qué tonta me vería artificialmente arreglada, con una sonrisa impostada y una actitud de “si es lo mejor para los dos, que sea lo que tenga que ser”. Tampoco me convence exponer esta inmensa tristeza, materializarla en mi aspecto.

Siempre creí que al corazón te lo rompen bien roto una sola vez en la vida y después todo se circunscribe a aplicar ese aprendizaje en cada ruptura. Acordarse de que se sobrevivió una vez, que nadie se murió de amor, que la alegría por lo vivido puede suplir con creces la de las cosas que ya no están por venir. Pero esta fórmula ya no surte efecto en mí. Al menos, no en este caso.

Faltan dos horas para que nos despidamos con los ojos henchidos de lágrimas, nos besemos en la mejilla y levantemos la mano mientras el otro se aleja.

No sé cómo voy a subir los tres pisos que separan mi casa de la calle sabiendo que nunca más voy a recorrer la misma distancia para verlo, atrás del vidrio de la puerta, esperando por mí.

Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.