Archive for the ‘La estafa’ Category

Día 23 – Trapitos al sol

21/09/2009

-Sol: ¿Entonces?

-Gabriel: Entonces, me voy a quedar acá hasta que estén listas….

-Sol: ¿Cuándo es eso?

-Gabriel: Hmmm… cinco meses más, creo…

Un yunque cayó en mi boca y dejó mi mandíbula al nivel de mis rodillas. Gabriel había hecho una inversión a mediano plazo y no se iba a ir hasta verla florecer.

-Sol: ¿No hiciste ninguna denuncia, no? –pregunté. Sinceramente, pregunté.

-Gabriel: Eso es cosa mía, Sol –respondió. Sinceramente, respondió.

-Sol: Deja de ser cosa tuya cuando se convierte en una mentira que me decís a mí –afirmé covencida.

-Gabriel: Es cosa mía, Sol. Tanto como es cosa tuya lo que hiciste con ese tal Ramiro –afirmó convencido.

Deposité mis ojos en los suyos tratando de confirmar lo que ya sabía.

-Gabriel: Es cosa tuya, ¿no?

Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.

Día 22 – Correo negro

02/09/2009

Mi mamá solía decir que lo único que nos quería dejar a mi hermana y a mí era una buena educación y un techo seguro porque, antes de morir, rifaría todo y se iría de viaje con mi papá. Si bien no pudo realizar su tercer deseo, el haber conseguido los otros dos le permitieron atravesar su enfermedad con la calma de las promesas cumplidas.

Cuando le diagnosticaron el primer tumor, ella supo que su destino –más pronto o más tarde- sería el del resto de su familia: todos habían muerto de cáncer, todos. Fue así que decidió empezar a preparar su partida. Un día le conté que me había costado mucho levantarme de la cama y en sus enormes ojos turquesa pude ver cómo se combinaban el enojo con la desesperación. Me dijo que yo ya sabía qué tenía que hacer en esos casos, que tenía que tener siempre mis gotas a mano, que tenía que comer cosas dulces aunque no me gustaran y, agregó seria, entera, que ella no iba a estar siempre para cuidarme. Dijo esto último y yo la reté, le pedí que no dijera esas cosas. Ella me tomó de las manos y me explicó serena que era el ciclo de la vida y ella quería cumplirlo bien, dejando como legado dos hijas autosuficientes e independientes. “Yo ya hice mi parte -solía decirme-, ahora te toca a vos”.

Es por ello que para mí, mi departamento, el que ella me legó, significa mucho más que dos habitaciones con cochera, es lo que mi mamá quiso que yo tuviera y, para lograrlo, tuvo que ponerse firme con mi papá, quien tiene un gusto especial por las carreras y el casino. Una mañana, me contó, mi papá le dijo que se iba a desayunar afuera como era su costumbre, pero notó algo extraño y lo siguió. Deben servir rico café en el casino de Puerto Madero, aunque seguramente no era lo que lo había motivado a ir a las nueve de la mañana. Al salir, mi papá encontró en el parabrisas de su auto una nota que le advertía: “Tu familia o esto”. Felizmente, eligió lo primero y desde ese momento todo el dinero pasó a ser administrado por mamá y, un año más tarde, mi hermana y yo recibíamos un mail con la escritura de nuestras futuras casas.

Sumada a la sensación de injusticia, la negativa de mi papá cuando le pedí mi departamento me dejó otra de desprotección y orfandad. Esas paredes eran el refugio que mamá me había dejado y él me lo negaba. Luna me dijo que ese espacio no sólo era un lugar para vivir, sino un campo de poder que materializaba otras cosas más complejas. Pola, por su parte, se puso como loca y quiso iniciar todo tipo de acciones legales, pero yo preferí no llegar a ese nivel de confrontación. Sin embargo, permití que leyera la escritura porque me quise asegurar de que no existiera ninguna cláusula de usufructo y esas cosas que yo no entiendo bien, pero ella sí. El archivo estaba en mi webmail y reenviárselo a Pola implicó reencontrarme con las palabras de mamá. “Hijas, les mando la escritura de… ¡sus futuras casas! Revísenla y nos vemos en una semana para la firma. La doctora me dijo que me queda un tiempo más con el tamoxifeno y después… ¡el alta!”

Aquella tarde, cuando increpé a Gabriel, todos estos recuerdos movilizaron en mí una furia que no me conocía. Sinceramente, lo hubiera golpeado, pero antes quería tener la certeza de saber qué lo había motivado a guardar ese archivo en su pendrive, porque sin las firmas, no sirve para mucho.

-Gabriel: ¡Es que me mentiste, Sol!

-Sol: ¡¿Vos me estás cargando, hijo de puta?!  ¡Te recibo en mi casa, te presto mi computadora y me tratás de mentirosa! ¡¿Qué carajo te falla?! –exclamé ya disfónica. Tiré la tijera contra una pared, más que nada para evitar la tentación de usarla contra él y me aferré a una silla, que terminé pateando de impotencia.

-Gabriel: ¡Me dijiste que estaba como bien de familia y por eso no me podías salir de garante! –tenía razón, le había mentido. ¿Y? Me reí como una chiflada en su punto de máximo desequilibrio y lo inquirí.

-Sol: ¿Pensaste en algún momento que yo te iba a salir de garante a vos? ¡A vos! ¡Ni a vos ni a nadie! –volví a mentir, porque no dudaría en hacerlo por Pola o por Lucha, pero no me preocupaba ser exacta, sino dañina e hiriente- ¿No te das cuenta de que no te quedan amigos? Cuando volviste de Brasil, nadie te hizo una fiesta de bienvenida. Cuando te mudaste, tuviste que contratar peones porque nadie, nadie, se molestaría en ayudar a una montaña de bosta como vos. Ninguno de los chicos te quiere ya –me refería a los amigos de Alfredo que teníamos en común-, ninguno te habla. Pensé que habías cambiado en algo, pero seguís siendo el mismo imbécil. ¡Jamás creciste!

-Gabriel: Claro… ¡para vos todo fue fácil! ¡Todo te vino de arriba!

-Sol: ¡A mí no me gritás! ¡Y te vas ya de mi casa!

Lucha entró corriendo y francamente preocupada.

-Lucha: ¡Se escuchan los gritos desde abajo! ¡Cálmense! –Gabriel se quedó inmóvil y yo me puse a llorar en el hombro de Lucha- ¿Qué pasa, Sol? ¿Qué te pasa?

-Sol: Este hijo de puta me revisó la computadora, Lucha. Tenía mi escritura, quiero que se vaya, ¡que se vaya ya! –la abracé más fuerte y ahogué mis lágrimas en su hombro. Empecé a tironear del sweater de Lucha como si fuera una nenita y así contenía mi violencia.

-Lucha: ¡Enfermo! ¡Andate! ¡Encima tenés toda la boca podrida! ¡Me das asco!

-Gabriel: ¡Vos no te metas!

-Sol: ¡Andate! –mis palabras sonaban a súplica. Me acerqué hasta donde estaba Gabriel y lo sacudí por los hombros.

-Gabriel: ¡Me mentiste! Y no sólo a mí, ¡le mentiste a Javier!

-Sol: ¡Andate!

-Gabriel: No me voy nada, no tengo a dónde ir. ¡No tengo garantía!

-Sol: ¡Andate o le cuento a Josefina que la estafaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Te vas a un hote, no me importal!–traté de llevarlo hasta la puerta, pero fácilmente Gabriel me sostuvo los brazos en el aire.

-Gabriel: ¿Qué? Yo no estafé a nadie, acá la única mentirosa sos vos.

-Lucha: ¡Soltala y andate! –Gabriel no le hizo caso y me dijo, mirándome fijo.

-Gabriel: Leí tus mails, Sol.

Repasé mentalmente mi correo sin poder descifrar a qué se refería. Traté de zafarme de Gabriel y después de forcejear un poco, ya no necesité hacerlo más: Lucha le había asestado una piña digna de un boxeador.

Día 18 – Contate otro

01/08/2009

Todas mis amigas respondieron al mail enseguida y, espontáneamente, se dieron cita al día siguiente en casa. Además de escribirme para confirmar su presencia, Lore me llamó para ver cómo estaba y, de paso, recomendarme una película que había visto recientemente y que le parecía que a mí me iba a encantar: “Once”.  Como se trataba de un musical, creí que sería ideal para reconfortarme, porque me conectaría con un amor que nunca jamás me abandonaría: la música.

Ese día, como todavía faltaban unas horas para que llegara el “comité de amigas en emergencia amorosa”, me hice de un paquete gigante de papas fritas Bum, me puse el pijama, los escarpines, una de las tantas bufandas que me tejió mamá, como para tenerla un poquito más cerca, y me dispuse a verla. Al comienzo, la imagen de un músico tan talentoso tocando en la calle, pasando desapercibido, me estrujó un poco el corazón, pero sobreviví. Lo peor llegaría cuando éste encuentra a una inmigrante pobre y ambos se van a tocar a una casa de instrumentos que siempre le permitía a ella usar el piano durante el horario del almuerzo. Él le da la letra de una canción de su autoría escrita en un cuadernito, le tira unos acordes y la melodía con la guitarra y ambos empiezan a tocar una de las piezas más lindas y conmovedoras que escuché en los últimos tiempos, llamada “Falling Slowly”. Sin darme cuenta, de pronto, estaba abrazada al rollo de papel absorbente, llorando como una condenada, con los mocos colgando y llena de migas de papas fritas desparramadas en la bufanda.

Gabriel: Sol, ¿qué te pasa? –me preguntaba desde la puerta de mi habitación, con voz suave y las cejas entornadas.

-Sol: Es que… ¡Bwwwwwwwwaaaaaaaaa! –apenas vi que Gabriel se acercaba con los brazos abiertos y con la clara intención de consolarme, me incorporé-. ¿No te enseñaron a tocar la puerta en tu casa? No pasa nada, me emocioné con la película. La tenés que ver…

-Gabriel: Ah, “Once”. La vi el otro día. Es linda, pero un poco aburrida… -me dijo, después de mirar la pantalla de la laptop para averiguar de qué película le hablaba.

-Sol: ¿Me trajiste la copia de la denuncia? Mirá que hoy viene Pola y en serio te puede ayudar –tuve la lucidez de recordar cómo deshacerme de Gabriel.

-Gabriel: Ehhh… en realidad, hoy se la llevé a Chiquito, él lo puede rastrear, pero dudo mucho que lo encuentre, seguro los datos que me dio el tipo son falsos –Chiquito no es justamente chiquito, es más bien un urso que trabaja para la SIDE y que yo conocí en la época en que estaba con Alfredo, era uno más del grupo y uno de los pocos que Gabriel seguía frecuentando.

-Sol: Serias dudas me da que un inepto como ése conserve su trabajo -siempre me causó gracia la paradoja de los servicios de “inteligencia”, que tienen entre sus huestes a giles como Chiquito, capaz de contarle a todo el mundo que trabajaba encubierto en tal o cual causa. Es como si 007 se infiltrara entre un grupo de malosos y se presentara diciendo: “Hola, ¿qué tal, malosos? Soy Bond, James Bond y vine a espiarlos”. Chiquito, además, es un fascista recalcitrante que una vez tuvo el tino de tildarme de “peligrosa” porque, según él, de protestas como las que organizábamos en el conservatorio por las pésimas condiciones edilicias, habían surgido los subversivos montoneros y marxistas. En fin, un idiota con licencia para matar.

-Gabriel: ¿Así que hoy vienen tus amigas?

-Sol: Sí, hoy, así que reponé de una buena vez todas las cervezas que te tomaste y nada de traer esas baratas que tomás vos.

-Gabriel: Bueno, pero antes me baño, quiero estar presentable.

-Sol: Eso no lo vas a lograr con una ducha. Además, ni te peines que en esta foto no salís. Es no-che-de-chi-cas –le guiñe un ojo y le pregunté-, ¿entendés? Así que armate un plan, porque queremos estar solas, sin buitres sobrevolando. De todos modos, con mis amigas no tenés chance, ya te lo dije.

-Gabriel: Está bien, Sol. Pero, ¿por qué estás tan agresiva conmigo? –me interrogó extrañado.

-Sol: ¡Jajajajajaja! ¡Al fin algo que te puedo agradecer! ¡Me hiciste reir!

Día 17 – El rock de la cárcel

29/07/2009

El despertador sonó a las siete de la mañana, tal como lo había programado. La noche anterior me había bañado y planchado el pelo, así que a las siete y cinco ya estaba con el vestido de mi mamá puesto y las llaves en la mano. Las cosas con Javier no podían terminar así, no lo podía permitir. Al menos, necesitaba sentir esa tranquilidad que da el saber que uno hizo todo lo posible. Cuando estaba saliendo rumbo a su casa, vi a Gabriel durmiendo y pensé en ahogarlo con la almohada, pero ya tendría tiempo para encargarme de él. En ese momento, sólo podía pensar en Javier y el taxi ya había llegado.

Supuse que Javi no me abriría la puerta y, aunque mucho no me agradaba la idea, tuve que engañarlo. Le toqué el timbre a la viejita de al lado, que también había sido mi vecina durante casi dos años y le pedí que fuera mi cómplice. Tuvo una idea fantástica: tacita en mano le pediría un poco de azúcar y, cuando él la fuera a buscar, yo haría mi espectacular aparición. Mientras esperaba atrás de un árbol, imaginé un reencuentro perfecto, en el cual la sorpresa de verme haría que se le cayera el paquete de azúcar y el calzón. Nos abrazaríamos, nos besaríamos y todo volvería a ser como era. A pesar del frío, me quité el saco para que lo primero que viera fuera el vestido. Tenía todo calculado, planeado, no podía fallar. Sin embargo, Javier jamás atendió los insistentes timbrazos de la viejita. Saqué “Salvo el crepúsculo de la cartera”, arranqué la página de “Para leer en forma interrogativa” y la pasé por debajo de la puerta. Después de saludarnos afectuosamente y de que me deseara mucha suerte con la reconciliación, me despedí de la viejita y emprendí el camino de regreso a casa.

“¿Y si no durmió en su casa?, ¿y si ya está con otra chica?, ¿me habrá estado engañando?”, eran las preguntas que me torturaban.

En el living de mi casa, Gabriel dormía plácidamente entre sus sábanas recién lavadas y perfumadas. Mi tristeza se tornó ira y, en un rapto de lucidez, dejé los interrogantes de lado y le envié un SMS a Pola. Después de poner la pava en el fuego, fui en puntitas de pie hasta el living, encendí el 5.1, conecté mi guitarra eléctrica al “Marshallito” y, control remoto en mano, le di play al disco de Soundgarden.

-Sol: ¡¡¡I caught the moon today, pick it up and throw it away all riiiiiiiiiiiiiiiight!!! –parada en una esquina, empecé a cantar “Pretty Noose” a los gritos mientras con la guitarra tocaba unos estridentes riffs que poco tenían que ver con el tema, pero eran perfectos para la ocasión.

-Gabriel: ¡AAAAYYYYYYY! –lamenté no haber prendido la cámara, porque el video del salto que dio en la cama hubiera sido un hit en YouTube- ¡Sol! ¡¿Qué carajo hacés?!

Dejé de tocar y puse la canción en pausa. Mirando fijo sus achinados y lagañosos ojos, le dije tranquilamente:

-Sol: A mí no me grités, ¿dale? –le guiñé un ojo y continué- ¿Qué carajo hago? Lo que quiero, Gabriel. Hago lo que quiero. Esta es mi casa y hago-lo-que-quiero. Si no te gusta… -aunque ya tuviera fecha de partida, nada me impedía disfrutar cínicamente del plan “te vas por las tuyas”. Después de señalarle el camino de salida, adelanté la canción hasta su clímax y continué con lo que (carajo) estaba haciendo-. ¡¡¡And I don’t like whatcha got me hanging froooooooooooom!!! ¡And I don’t care whatcha goooottttt! ¡I don’t care what you neeeeeeddd! ¡I don’t want anythiiiiiiiinnnngggg!

Improvisé un solo cortito con los dientes y, cuando bajé la guitarra, pude ver la cara de desconcierto de Gabriel. Mi performance merecía un final apoteótico, así que ejecuté los últimos acordes arrodillada a los pies de su cama.

-Sol: ¿Vos no tenés que ir a trabajar? –le pregunté desde el piso, saboreando infinitamente la visión de su sufrimiento. Un llamado programado interrumpió mi concierto, pero no mi goce.

-Pola: Hola, Sol. –puntualmente, cumplió con lo que le había pedido minutos antes vía SMS.

-Sol: ¡Hola, Poooooola! ¿Cómo te está tratando la feria judicial? –tal como tenía planeado, enfaticé todas y cada una de las palabras que pudieran asustar a Gabriel.

-Pola: Bueh… hablá vos, yo te sigo la corriente.

-Sol: Dale, dale, unos de estos días te venís a tomar unos mates –Gabriel se levantó de la cama completamente vestido. Cuando digo “completamente vestido”, me refiero a jeans, medias, remera y sweater-. ¿A dónde vas, Gabriel?

-Gabriel: A bañarme, tengo que ir a trabajar.

-Sol: Esperá un segundo que se me acaba de ocurrir algo… –lo tomé de la mano para que no se fuera y seguí hablando con Pola-. ¿Vos sos penalista, no?

-Pola: No, tarada, laboral. Pero decile lo que quieras.

-Sol: ¡Uh! ¡Qué bueno! ¿Te acordás que a Gabriel lo estafaron? Hizo la denuncia y, quizás, lo puedas ayudar, ¿no?

-Pola: A ese hijo de puta lo mando preso, Sol. En una hora tenés una carta documento en la puerta de tu casa, ¿querés?

-Sol: No, no es necesario. ¿Vos podrás hacer algo con la denuncia?

-Pola: Sí, decile que tengo contactos en un juzgado y en la fiscalía, que le apuro la causa.

-Sol: Gaby, dice que necesita una copia de la denuncia que hiciste el otro día y, como tiene amigos en un juzgado y en una fiscalía puede acelerar el trámite. Copante, ¿no? –evidentemente, no lo era para Gabriel.

-Gaby: Ehhh… mejor… mejor te doy los datos escritos, es lo mismo… además, andá a saber si la información que me dio es verdadera… -titubeaba y miraba para todos lados. Cuando intentó zafarse, apreté su mano con más fuerza y le hice un gesto para que esperara.

-Sol: ¿Escuchaste, Pola? –hice una pausa, como si Pola realmente me estuviera respondiendo- Aaahhh… claro, claro. No, Gaby, dice que necesita una copia del original. Hiciste la denuncia, ¿no?

-Gabriel: Seh… sí, sí… en la comisaría que estaba cerca del lugar donde le di la guita…

-Pola: Decile que, como es una causa penal, el Estado la sigue aunque él no haga nada y, si la denuncia es falsa, se inician acciones contra él.

-Sol: Claro, claro. No hay problema, porque él hizo la denuncia con los datos del recibo que le dio el estafador, así que no va a ir a la cárcel por falsa denuncia. ¿No, Gabriel? –afirmó con la cabeza y señaló el reloj como para dejarme saber que estaba llegando tarde -. Ahora mismo hace la copia. Te la doy esta tarde.

-Pola: Creo que ya está, Sol. ¡Jajajajajaja! Ese tipo no hizo ninguna denuncia, te lo digo desde ya.

-Sol: ¡Qué perspicaz! ¿Se me nota en la voz? –solté a Gabriel y dejé que se fuera-. Pola, me peleé con Javi.

-Pola: ¡No! ¡El único novio decente que te conocí!

-Sol: Ay, Javi es lo máximo, pero tuve otros novios decentes, Pola…

-Pola: ¿Cuál? A ver, decime cuál… ¿el que tocaba el oboe, el que usaba los calzoncillos encima del pantalón, el mimo…?

-Sol: ¿Mimo? ¡Nunca! Ése hacía danza contemporánea y era un grosso, bailaba en la compañía de…

-Pola: Sí, re-grosso, todavía me acuerdo de cómo se tiraba contra las paredes o el piso y me río.

-Sol: Uy, tengo que cortar. Cerró la ducha. Después hablamos. Beso.

El ruido de la tapa de la pava me advirtió que el agua se había evaporado. Me senté sobre la mesada a esperar que el agua se volviera a calentar y vi cómo Gabriel pasaba raudamente por la puerta de la cocina.

-Sol: Dudo que puedas salir sin esto –sacudí las llaves en el aire y le sonreí burlona-. ¿Tenés la denuncia?

-Gabriel: Sí, sí, te doy la copia cuando vuelvo, estoy llegando tarde, Sol –se estiró para sacarme las llaves, pero yo no quería que la diversión se acabara tan pronto. Extendí el brazo y me puse en puntitas de pie.

-Sol: Osoooooooo… -daba saltitos e intentaba alcanzar mi mano en vano-. Ooooollleeee… vos eras de los que nunca agarraban la sortija en la calesita, ¿no?

-Gabriel: Sol, ¡por favor! –me pidió frustrado y desesperado.

-Sol: Tomá, andá –estaba por devolverle las llaves, pero me arrepentí y las escondí detrás de mi espalda-. OOOOllleeeeeeee. ¿Sabés? A Javi le re-molesta que viva con “un tipo como vos”. Siempre sospechó que tengo un morbo especial con los enanos de circo.

Día 14 – Corderitos y nubecitas

19/07/2009

-Gabriel: Dale… que en cualquier momento llega la mina ésta…

Hubiera preferido que se refirieran a mí como “Sol, Santa Patrona de los Felinos”. Pero, en cambio, era la “mina ésta”, la que estaba hecha un esperpento impresentable después de pasar horas y horas esperando a que terminara la operación de Benito. La misma que apenas sí tenía unas horas de sueño encima y que, parada frente a la puerta de su casa, escuchaba cómo se reían de ella desde adentro.

La puerta se abrió de golpe y dos rostros rozagantes, con las mejillas ruborizadas y el pelo mojado me miraban descolocados.

-Gabriel: Hola, Sol. ¿Dónde está Benito?

-Josefina: ¿Saliste en pijama?

Efectivamente, debajo de mi larga campera, se podían ver corderitos y nubecitas estampados en un pantalón de franela celeste. Yo recién lo había notado una vez en la veterinaria y, a decir verdad, no le di mucha importancia.

-Sol: Seh. Intenté despertarte, Gabriel, pero dormías como una roca. Te sacudí un poquito y me insultaste –me miraban, se miraban, señalaban mi pijama y reían agarrándose la panza. Levanté la voz para tapar sus carcajadas e intentar convertir mis ganas de llorar en ira. No merecía esa bronca y estaba dispuesta a depositarla en ellos-. ¡Porque, por si no te enteraste, tu gato se estaba muriendo en mi bidet!

Pasé entre ellos sin pedir permiso y, ante sus caras de desconcierto, entré a la cocina y tomé agua de la jarra, volcándome la mitad encima. Josefina se acercó a mí con cuidado, como temerosa, me sacó la jarra de la mano y bajó el cierre de mi campera mojada. La delicadeza le duró lo que tardó en ver que debajo tenía el buzo del pijama.

-Sol: ¡De qué carajo se ríen! ¡De qué mierda se ríen! ¡No te va a alcanzar la vida para agradecerme, hijo de puta! –les grité sacudiendo el brazo con el puño cerrado, lo cual, parece, les causó más gracia aún-. Reíte lo que quieras, Gabriel…

Viéndola en retrospectiva, la escena debe haber sido graciosa o, al menos, lo fue por un instante. Enajenada como estaba, fui hasta el living e inspeccioné la campera de Gabriel hasta encontrar lo que estaba buscando. Para mi completa frustración, su billetera estaba vacía.

-Sol: ¡Tampoco te va a alcanzar la vida para pagarme lo que me debés, rata mutante! –me mordí los labios y grité hasta desgañitarme- ¡Spliiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnteeeeeeeerrrrrrr!

Su cara se transformó. Sus ojos buscaron los de Josefina, quien –nuevamente- había adoptado una actitud cautelosa y me acercaba un vaso de agua.

-Josefina: Yo vine por eso, Sol… -Gabriel la interrumpió.

-Gabriel: Sí, Sol. Yo te dije que Jose iba a venir hoy para llevar a Benito a una veterinaria amiga de ella y que no nos cobra.

-Sol: Callate, callate, callate… Benito estaba muy mal y yo… yo te quise despert… -no me dejó terminar y retrucó.

-Gabriel: Sí, ya sé que estaba mal. Seguro tenía una infección urinaria por dormir con frío en el balcón, cuando vos…

-Sol: ¿Yo, qué?, ¿yo, qué? ¿Querés saber qué dijo el veterinario, Gabrielito?, ¿querés saber?, ¿querés saber? –mentalmente, me estaba trepando a la esquina del ring para arrojarme encima de él haciendo “el carnero”, como había visto en “El luchador”. En la realidad, estaba a punto de empezar a tirarme de los pelos-. ¡Tenía las vías del intestino obstruidas porque le diste alimento marca “Kongo”!

Súbitamente, una mano apoyada en mi hombro me sacaba del trance. Miré al costado y vi a Josefina abriendo su billetera.

-Josefina: Tomá, Sol… yo nada más tengo $500 que traje por las dudas. Después, consigo el resto, en serio… disculpá…

-Sol: Guardá eso, Jose. Guardá la billetera, está bien… yo… yo tengo más plata acá… -su gesto me calmó, pero no porque me tranquilizara, sino porque me recordaba que estaba frente a una pobre buena mina, otra víctima de Gabriel, pero inconsciente y enamorada. Ella no era mi enemiga. Aunque se hubiera reído de mí tanto o más que Gabriel, ella no tenía la culpa de lo que había ocurrido o de mi odisea colectivera.

Sin embargo, no pude dejar de aprovechar la despedida para una pequeña venganza.

-Sol: Chau, Jose -después de besarla en la mejilla, tomé un mechoncito de su pelo aún húmedo y, en voz bajita, señalando la cama de Gabriel deshecha y con las mismas frazadas apestosas del primer día, le dije al oído-. ¡Qué estómago tenés, querida! Yo que vos, me baño otra vez… pero en mi casa.

Me desplomé en una silla y, cuando escuché que la puerta se abría, le grité a Gabriel:

-Sol: ¡Volvé rápido! Tenemos que hablar.

Día 13 – Historial de mentiras

13/07/2009

Mis cualidades para socializar son escasas, casi nulas. Entre mis defectos para la vida social se destacan dos. El más extraño, es que tengo la capacidad de ser odiada instantáneamente, sobre todo, por mis congéneres del sexo femenino. Cada vez que vamos a una fiesta o una reunión con gente que no conocemos, mis amigas se divierten contabilizando la cantidad de chicas que -seguro- ya me odian. “Es increíble –suelen decir-, apenas entrás, no decís nada, pero ya te odian”.

El segundo, es que siempre meto la pata y digo lo que no debería decir. Por ejemplo, las esposas/novias/concubinas de los amigos de Javier se ponen a hablar de moda. En un esfuerzo supremo por integrarme a la tediosa conversación, aprovecho que alguien afirma detestar la moda de los ’80 y, como si realmente me interesara el tópico, agrego: “Ay, sí. Las calzas me parecen de trotacalles, dignas de una peluquera tilinga que de noche labura de ‘otra cosa’”. Enseguida, alguna opinará lo contrario y yo insistiré: “Por el amor de Jebús… las calzas son para hacer gimnasia o para ponerse stilettos e irse a yirar a Palermo con los travestis”. Como podrán imaginarse, todas tienen calzas o se compraron un par el día anterior y, recordando lo que me contó Lore sobre la ley de atracción, repito para adentro un millón de veces “que me crezca el pitulín, que me crezca el pitulín”. Así, al menos, podría estar tomando y haciendo payasadas con los maridos/novios/concubinos.

Estos dos defectos me han convertido en una varonera femenina. Pero hay un tercer elemento, que no sé si calificar como defecto, porque me ha traído grandes satisfacciones y, aunque no sea la mejor fórmula para hacer nuevos amigos, con los años comprobé que es la mejor forma de conservar a los que valen.

Para mí, el amor en sí es un asunto serio. Muy serio. Querer a alguien y verbalizarlo implica una promesa. Cuando digo “te quiero”, estoy jurando incondicionalidad eterna, por lo tanto, selecciono cuidadosamente a quién querer y cuándo manifestarlo. Recuerdo que al cuarto día de mi primer año en la secundaria, mis compañeras ya andaban a los besos y abrazos. Una de ellas, además, repartía indiscriminadamente “te quiero’s” a cualquiera que le devolviera una sonrisa. Yo estaba en pánico, cuando me llegara el turno no sabría cómo reaccionar. Finalmente, ocurrió lo que tanto temía y mi respuesta fue tan pragmática como odiosa: “Yo no. No te conozco todavía”.

En tercer grado del primario, le pedí a Lucha que le mandé a Dante una notita que decía: “sí, acepto ser tu novia. Te quiero, Sol”. En el recreo, Dante dejó de jugar a la mancha y vino hasta donde estaba yo. “También te quiero, Jirafa”, me dijo antes de estamparme un beso e irse como llegó: corriendo. Sin saberlo, ese día, nos estábamos prometiendo conservar al otro en nuestras vidas del modo que fuera y, si bien me rompió el corazón cuando no cumplió su juramento de venir a visitarme en las vacaciones del cole, veinte años después, me compensa con visitas sorpresa y tardes de zapadas interminables.

Esa tarde, en un bar, después de explicarle que no estaba viviendo nuevamente con Javier, sino que tenía a un energúmeno estafador en casa al que no sabía cómo echar, Dante se paró, agarró mi abrigo y me dijo:

-Dante: Vamos, Sol. Ese tipo se va. Lo voy a cagar a piñas –lo decía en serio. Dante tiene barrio, mucho, es más alto que yo y tiene una espalda que duplica la mía.

-Sol: Pará, no vas a cagar a piñas a nadie. En unos días se va, en serio –volví a poner nuestras cosas en su lugar y le señalé la silla para que se sentara.

-Dante: ¿Pero no me estás diciendo que te borró el historial? Sol, ¡es tu laburo! –se paró nuevamente y, otra vez, le hice un gesto para que se sentara.

-Sol: No, Dante. Escuchá… el historial de documentos recientes te muestra los últimos archivos que abriste. Como Gabriel borró el historial, yo no sé qué pensar. ¿Habrá abierto mis canciones, mis fotos? Yo qué sé, hay composiciones que no registré y este tipo es un jodido. ¿Por qué borró el historial de los archivos que abrió? De última, borrás el archivo y listo, ¿no?

-Dante: Mirá, Jirafa, vos sabés que la última vez que usé la computadora, fue para programar un cuadrado con Logo, el programa de la tortuguita, ¿te acordás? –nos reímos recordando las clases de computación del primario, sin siquiera necesitar mencionarlas-. Pero si este tipo te revisó la computadora, lo recago a trompadas. Decime, Sol… -bajó la voz y, con ojos pícaros, me preguntó:- ¿vos tenés fotos… “privadas”?

-Sol: ¡¡¡Dante!!! –primero me sonrojé, pero después me inquieté-. Sabés… nunca me filmé o fotografié “haciendo cositas”… pero hay fotos que no me gustaría que viera nadie.

-Dante: ¿Ni yo?

-Sol: No, tonto… Ni vos.

Día 13 – Preguntas que incomodan, respuestas que inquietan.

11/07/2009

Aunque insistí en llevar a Benito al Paunero, una clínica veterinaria reconocida y que –obviamente- tiene guardia, no tuve forma de convencer a Gabriel de que no podíamos esperar. Él quería ir al día siguiente a consultar a una veterinaria amiga de Josefina y, por ende, gratuita.

Benito estaba mejor, pero no comía ni tomaba agua. Era realmente patético ver a Gabriel acostado en su cama, en silencio, observando al gato doblarse de dolor. Cada vez que pasaba por ahí, me tenía que morder los labios para no soltarle una puteada.

-Sol: ¿Cómo sigue? (campeónolímpicodeempinamientodecodo) –le pregunté, mientras contenía mis ganas de partirle en la cabeza la botella que estaba tomando.

-Gaby: Y… se ve que la noche en el balcón le hizo mal…

-Sol: Fue el alimento. Al principio, a mi gato le di Wiskas y casi se muere. Le tenés que dar Proplan (en vez de gastarte toda la guita en alcohol, borrachíndetabernadecuarta).

En un intento desesperado porque la urgencia de huir lo obligara a llevar al gato al veterinario, abrí mi repertorio de preguntas incómodas.

-Sol: ¿Hiciste la denuncia?, ¿llamaste al tipo que te estafó?, ¿cómo anda Josefina?

-Gaby: Sí, el otro día que saliste tarde… después me encontré con Jose, por eso llegué a las 12… anda bien. ¿Cómo te fue en esa fiesta?, ¿fuiste con Javier? –era claro que estábamos en una batalla de preguntas, pero las de él no lograban incomodarme. Sin embargo, lo sorprendente era que las mías tampoco.

-Sol: ¿En qué comisaría la hiciste? –hice caso omiso a su interrogatorio y seguí con el mío.

-Gaby: En una que queda por Warnes y Canning, cerca de donde le di la guita. ¿Cuándo vuelve a viajar Javier? Me gustaría que me trajera un perfume del free shop. Chatean mucho cuando viaja, ¿no?

-Sol: ¿Qué? –aunque no me inquietaba su pregunta sino su caradurismo, me descolocó.

-Gaby: Es que vi tu webcam. Te la trajo de afuera, ¿no? –la cámara tiene forma de Homero Simpson, así que todo parecía tener sentido.

-Sol: Sí, sí. No sé cuándo vuelve a viajar. Tiene programada una feria en Omán, pero es más adelante. Igual, vos no estás para perfumes, ¿no? –¡ja!, ¡tomá ésta!– Digo, te estafaron y tenés que pagar el adelanto y la comisión de un alquiler. Además, tenés que comprar una guitarra, un colchón… -enumeré mientras contaba con los dedos y revoleaba los ojos como tratando de no olvidar ningún ítem de su deuda.

-Gaby: Claro… pero vos no te preocupes por eso, yo me encargo -la seguridad de sus palabras contrastaba mucho con su situación, pero él parecía estar ajeno a la realidad.

-Sol: Buenísimo. Me tengo que ir a supervisar la grabación de la composición que hice para el documental de las ballenas. Nos vemos más tarde. Chau.

Inventé esa excusa en el momento. No aguantaba más estar en esa casa, escuchar los maullidos de Benito, verlo a Gabriel tomando cerveza con cara de sufrido, mientras el piso seguía ensangrentado, mi cama apestaba y ni en la cocina me podía refugiar de la mugre. Definitivamente, necesitaba salir.

-Gabriel: Dejame la computadora abierta, por favor. Quiero ver si me respondieron en el foro de Origami, porque estoy tratando de hacer…

-Sol: Disculpá, tengo que salir y ya la apagué. ¡Chauuuuuuuuu! -esa vez, lo interrumpí yo, detoné una bomba de humo y desaparecí cual ninja.

Bajé las escaleras corriendo, escapando. Cuando vi a Dante a través del vidrio de la puerta de entrada, aceleré aún más el paso y levanté los brazos como quien está a punto de romper la cinta de llegada de una maratón.

-Dante: Jirafa, ¿volviste a vivir con tu novio?

-Sol: Vení, vamos a un bar que te cuento.

Día 9 – Tiene un sapo en la barriga

05/07/2009

El día anterior me había ido a dormir con la certeza de que Gabriel era el estafador. Sin embargo, estaba llena de dudas.

¿Por qué estafaría a esa chica?, ¿qué había hecho con la plata? Porque, convengamos, si tenía los $3000 se podía ir a cualquier otro lugar. Entonces, ¿por qué se quedaba en mi casa? O, mejor aún, ¿por qué se había ido del departamento que compartía con Pedro?

Pola-Cola 🙂 dice:

▪No sé, Sol

▪no me importan los motivos

▪no viste lo que le pasó a esa mina en Caballito? Mirá si el tipo pira.

😦 Sol dice:

▪Ay, pará un poco…

▪tampoco me va a apuñalar…

Pola-Cola 🙂 dice:

▪te lo tenés que sacar de encima YAAAAA!

😦 Sol dice:

▪Sí, ya sé, ya sé

▪estoy tratando de que se vaya por las suyas, para no confrontar

El despacho se había convertido en mi búnker y desde ahí me comunicaba con el mundo. Mientras chateaba con Pola, la panza me hacía ruido. Desde que puse en marcha el plan, dejé de cocinar y esperé a ver qué hacía Gabriel. Así confirmé que si yo no cocinaba, en mi casa no se comía.

😦 Sol dice:

▪No puedo másssss, Pola

▪me muero de hambre!!! 😥

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Aguantá, nena, que si tiene todo servido no se va más.

😦 Sol dice:

▪Son las 11 de la noche y no como nada desde que este tipo volvió del laburo

▪Ayer me compré unas papas fritas y las metí a escondidas en el despacho

▪se ve que el tipo escuchó el ruido cuando las abría, porque entró a preguntarme una boludez y de paso me bajó medio paquete…

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Y qué come el chabón? No come? 😯

😦 Sol dice:

▪No… parece una lucha a muerte para ver quién cede primero…

▪A ver, esperá, esperá que escucho un ruido de cacerolas

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Andá, nenaaaa!

Corrí hasta la cocina y me quedé boquiabierta. La indignación casi me lleva a tirar medio paquete de azúcar en la olla donde se hervía un puñadito de fideos y un kilo de pimienta en la salsa de tomate que se cocinaba al lado. Respiré profundo, llené la pava y la puse en el fuego. Respiré otra vez y vacié el mate. Respiré una tercera vez y abrí la alacena, sólo para comprobar que Gabriel se estaba cocinando los últimos fideos que quedaban.

Sol: ¡Qué hijo de puta! –pensé– Le cociné durante toda una semana, al mediodía y a la noche, siempre fui yo la que compraba la comida, arrasó con todas las frutas, ¡las papas fritas…!

-Gabriel: ¿Querés que compartamos? No es mucho, pero comemos un poquito cada uno y listo…

-Sol: desgraciadocomemierdaylareputísimamadrequeteremilparió, ¡mis papas fritas, no! –me dije por dentro, mirándolo fijo hasta poder articular una oración que no incluyera uno de los tantos insultos que se me ocurrían-. No, no te preocupes, comételos vos, todo bien. Además, sabés que no me gusta la salsa de tomate.

-Gabriel: Pero tenés que comer algo, Sol. Estás encerrada trabajando desde temprano y algo tenés que ingerir, así no podés pensar.

-Sol: ¿Ahora te das cuenta, pedazodepelotudoenanodeporquería? En serio, no te preocupes, comé tranquilo… y fijate que no se te queme la salsa. Yo me voy a seguir trabajando.

A los 25 minutos suena el portero y mi corazón desborda de felicidad.

-Sol: ¡Es para mí!, ¡ya voy!

-Gaby: ¿A esta hora?

-Sol: Sí, a esta hora. Ya vuelvo… ¿estás viendo “Seinfield”? Uh, poné pausa que ahora lo vemos juntos.

Gentilmente, Gabriel esperó a que yo subiera sentado en el sillón y con el dvd en pausa.

-Sol: A ver, haceme un lugarcito y llevá tu plato para la cocina que esto no va a entrar –le pedí amablemente, mientras hacía equilibrio con una bandeja de 50 piezas de sushi y un porrón de cerveza importada.

-Gabriel: Bueno… -levantó el plato en el que había comido sus fideos, sin dejar de mirar de reojo mi delicioso pedido.

-Sol: Ah, ya que vas para allá, ¿no me traerías la salsa de soja? ¡Qué haaaambre! –exclamé mientras desenvolvía los palitos-. Tenías razón, no podía seguir trabajando sin comer. ¿Estaban ricos los fideos?

😦 Sol dice: 😈

Día 8 – Gotcha!

04/07/2009

El plan “te vas por las tuyas” estaba funcionando a la perfección. Claro que no esperaba que Gabriel me pagara todo lo que me debía y eso me daba más bronca aún. Sin embargo, había logrado incomodarlo tanto que, para evadirme, empezó a pasar menos tiempo en casa.

“¿Cuándo me vas a comprar el colchón? Me siento una indigente durmiendo en uno inflable”, “¿cuándo se va Benito?”, “¿intentaste llamar al tipo que te estafó o hiciste la denuncia?”, se convirtieron en mis preguntas predilectas. Siempre encontraba alguna excusa tonta para tener que salir y, al segundo día de comenzado el plan, ya me sentía victoriosa. Si quería quedarme sola, todo lo que tenía que hacer era formular alguna de mis preguntas mágicas y esperar dos minutos hasta escuchar que la puerta de entrada se cerraba. De todos modos, sus excursiones al mundo exterior no duraban mucho y ahí estaba yo cuando volvía, acechando, esperando la oportunidad para intranquilizarlo.

Ese día, salió alrededor de las siete de la tarde y volvió a las diez. Escuché que había llegado y corrí sintiendo que flotaba en mis pantuflas de corderito blanco, como si fueran nubecitas que me elevaban hacia la gloria suprema. Cual ninja, me aposté silenciosa en la puerta de entrada de la cocina mientras esperaba que Gabriel terminara de llenar su segundo shot de vodka. Sin siquiera girar, supo que estaba ahí. Me sentí un poco torpe habiendo perdido la oportunidad de dar un gran golpe de efecto, pero hice lo que me pidió y revisé el bolsillo interno de su saco.

-Gabriel: Te la manda Josefina,  me dijo que te la había prometido  –seguía sin mirarme y llenando consecutivamente, una y otra vez, el shot. Cuando vi la crema humectante de vainilla, el placer de torturarlo dejó de ser tal y sentí la profunda necesidad de hacer algo por Jose.

-Sol: Llamá al tipo que te estafó, no podés dejar las cosas así, ese tipo es una basura.

Lo tomé de los hombros y lo llevé como una marioneta hasta el teléfono.

-Sol: Tomá, llamalo.

Gabriel agarró el tubo y marcó tres veces, obviamente, sin éxito.

-Gaby: Debe haber cambiado el chip.

-Sol: ¿No tenés un número fijo?

Hizo un gesto negativo con la cabeza y entró a bañarse, seguro que para evadirme o bajar la borrachera, porque estuvo casi una hora en la ducha.

Guardé la crema en el placard del pasillo y tomé una decisión: tenía que confirmar quién era el estafado y quién el estafador.

Levanté el tubo del teléfono, miré para todos lados y presioné redial.

“Hola, te comunicaste con la casa de Gabriel, Pedro y Benito. Después de la señal, dejanos tu mensaje”.