Archive for the ‘La convivencia’ Category

Día 29 – Loca de mierda

05/02/2010

-Sol: Estoy cansada de estar encerrada en mi cuarto, Gabriel. Tampoco puedo estar en el living porque entre el olor a podrido de tus cosas, las piedras de Benito que no puede salir al balcón y el incienso que prendió Lore, esto parece un templo construido para alabar a la mugre, de la cual sos devoto. Por tu culpa, tengo que soportar a Lucha diciendo que esto es un chiquero todo el santo día.

-Gabriel: Tenés razón, Sol.

-Sol: Sí, ya sé que tengo razón. ¡Tengo razón en todo! Estoy cansada, Gabriel.

-Gabriel: Bueno, tomate un descanso del trabajo y dormí un rato.

-Sol: No, tarado. Estoy cansada de vos. Estoy podrida de vos. No te aguanto más. Encima, por tu culpa, tengo que vivir aguantando a Pepita la pistolera amenazándome con hablar con el dueño de esta casa si no dejamos de hacer ruido.

-Gabriel: ¿Otra vez está jodiendo con eso?

-Sol: ¡Tiene razón! ¡Yo tengo razón! ¡Todos tienen razón, menos vos! –le grité con los brazos levantados, dándome vuelta para que no viera que en realidad me estaba riendo. Lo de Ezequiel me había colmado la paciencia y ya no pensaba ser tan meticulosa con mi plan para echarlo. No podía, no aguantaba más estar rodeada de gente que sacaba provecho de mí-. Yo no sé qué parte no entendés vos de que el alquiler de este departamento lo paga mi viejo. ¿Qué parte no entendés? Te lo aclaré mil veces, mil. Si la loca esta va a hablar con el dueño, el dueño va a hablar con mi viejo. Y, yo, no pienso hablar con él.

-Gabriel: Sí, claro. Ahí entiendo.

-Sol: De lo único que me doy cuenta, Gabriel, es que yo soy la única que actúa como amiga con todos los que dicen ser mis amigos. Te estoy dando un lugar para que te quedes, no le conté nada a Josefina y…

-Gabriel: Yo tampoco le conté nada a Javier…

-Sol: ¡Ahora te lo tengo que agradecer! ¿Tengo que agradecerte que hayas revisado mi computadora? Decime, tarado, ¿tengo que agradecerte por haberte confiado secretos como amigo y que después poco menos me chantajees? Mirá, vos no sólo sos un mentiroso. ¡Sos un ladrón!

-Gabriel: ¡Para vos todo fue fácil, Sol! ¡Todo!

-Sol: A ver, decime qué fue fácil para mí, ¡qué!

-Gabriel: Papi te regaló un departamento –me dijo con voz aniñada, como irónico-. Papi es tan, pero tan bueno, que le compró otro a tu hermana y le dio el tuyo para que viviera y mientras tanto te paga un alquiler. ¡Pobrecita, Sol!

-Sol: Mirá, cuando no tuve donde vivir no le mentí, ni le robé a nadie. Hasta donde yo sé, mientras estuve en tu casa cociné todos los días, te compré todo el alcohol que tomás en cantidades industriales, ¡hasta estuve toda una mañana limpiando tu bañadera que parecía un porquerizo! Yo no fui a tu casa con excusas falsas, ni llevé animales…

-Gabriel: ¡A Benito dejalo afuera de esto! Y si estás enojadita porque tu gran amiguito te recontra cagó de arriba de un árbol, ¡no te la agarres conmigo!

-Sol: El que me cagó primero, fuiste vos. Sabías que nunca te iba a dejar en la calle y, de última, ¿sabés qué? Vos también tenés suerte de que “papi” pague el alquiler, porque desde que estás acá no pagaste ni una factura, ¡ni una! ¿Josefina sabe que estás con Lore? ¿Sabe que la invitás acá y allá mientras ella paga el crédito que le hiciste sacar?

-Gabriel: Bueno, veo que te vino la regla y estás dominada por tus hormonas, querida. Me voy a dar una vueltita hasta que te calmes. Calmate, Sol. Estás muy nerviosita.

Los hombres nunca, nunca van a entender que lo peor que pueden hacer cuando efectivamente estás nerviosa es pedirte que te calmes. Las palabras mágicas para terminar de sacar a cualquier mujer de las casillas son: “calmate” y “tranquilízate”. O, peor, endosarle el motivo de tus nervios al período. Ambos recursos, utilizados de una misma oración, pueden tener efectos catastróficos.

-Sol: Fantástico. ¡Andate! –le grite desaforadamente mientras levantaba a Benito y se lo entregaba-. Ya que te vas a dar una vuelta, sacá a pasear a tu gato.

Gabriel me miraba sin entender que estaba hablando en serio. Le repetía que se fuera, pero no se movía, así que lo levanté de los hombros, lo llevé hasta la puerta y lo empujé para que saliera. Una vez que estuve en el pasillo, cerré la puerta rápidamente y sentí como si mil agujas se me clavaran en el tobillo.

-Sol: ¡Otra vez vos! ¡Vas a aprender a no arañar al pie que te da donde dormir, gato de porquería! –lo levanté nuevamente y me arañó la cara. Gabriel tocaba el timbre y golpeaba la puerta pidiéndome que lo dejara pasar para buscar su billetera.

-Sol: ¡No vas a pasar, ahora te doy tu billetera! ¿Dónde la dejaste?

-Gabriel: Está en el bolsillo interior de mi campera, loca de mierda.

“Calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda – calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda calmate, tenés la regla, loca de mierda”, eran las palabras que retumbaban en mi cabeza como si fuera un remix infernal, mientras buscaba la billetera.

“Ah, sí, mirá qué loca de mierda soy”, pensé y le saqué todo el dinero, le tiré la billetera vacía y, sin pensarlo dos veces, puse a Benito en el pasillo y cerré la puerta.

-Sol: ¡Mirá qué loca de mierda soy! ¡Mirá qué…! –no alcancé a avisarle que me había quedado con toda su plata y me pensaba pedir diez kilos de helado con ella, porque el teléfono sonó y sabía quién era.

Día 29 – In the Meantime

21/01/2010

-Ello: Qué bien, qué bien, Solcito. Ya era hora de que te avivaras: no-sos-Flanders.

-Sol: Es verdad. No lo soy y no tengo ninguna obligación de serlo. Menos con este ímbecil a rosca. Lo que no entiendo, realmente, es por qué hizo algo así. Digo… siempre fui buena con él. De hecho, así lo conocí…

-Superyó: Es lo que corresponde. ¿Vos hacés cosas buenas esperando algo a cambio?

-Yo: No creo que sea el caso, Superyó. No se trata de esperar algo a cambio, sino de mera reciprocidad.

-Superyó: ¡Pero yo quiero que nos construyan un monolito! Ehhh… ¿cómo sería un monolito de nosotros?

-Sol: ¿Una mujer de cuatro cabezas? Qué deforme –pensé antes de imaginarnos convertidos en una especie de medusa de bronce, toda cagada por palomas y grafiteada con frases tipo “Ramón Gato Pardo”, “Boca puto”, “Aguante Caballito”.

-Yo: Si fuera por vos, Superyó, más que en monolito, nos convertiríamos en la estatua del Príncipe Feliz y vos serías el pájaro que no migra para donar todas sus partes, sólo para darse cuenta que con su sacrificio no cambiaron nada sustancial de este mundo de mierda.

-Ello: Estoy muy movilizado, muy. No voy a poder disfrutar de nada hasta que no tomemos una decisión. Meditémoslo con una cerveza.

Salí al balcón a buscar algo de ropa limpia para cambiarme y me distraje viendo al vecino de la casa de enfrente que suele practicar algún arte marcial en la terraza. Siempre me divierte verlo pegándole a la pared o dando saltitos para esquivar a un oponente imaginario. Cada vez que lo veo, me juro que la próxima vez lo voy a filmar, le voy a poner de fondo la música de Rocky y lo voy a subir a YouTube, pero nunca lo hago.

Agazapada para que el tipo no pudiera verme en ropa interior, me reía bajito e intercalaba el tarareo del soundtrack de Rocky con frases como “Adriaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan”, hasta que el sonido de unas llaves tratando de abrir la puerta me interrumpió. Recordé que había dejado mi llave puesta y que en ese momento odiaba al mundo.

-Yo: De Gabriel nos ocupamos después. Dejalo entrar.

-Sol: Ok, ok.

Me puse lo primero que encontré en el tender y corrí a abrirle a Gabriel que estaba a punto de tirar la puerta abajo.

-Gabriel: ¡Abrime, Sol! –gritaba desesperado, mientras yo me debatía entre el bien y el mal-. Qué mina pelotuda –escuché que susurraba y la lucha la empezó a ganar el diablo que me hablaba al oído.

-Lore: Pobre Sol. Tal vez necesite un momento de intimidad. No la está pasando bien… vamos a tomar algo por ahí –conozco a Lorena desde los cinco años, sabía que lo decía sinceramente. Me quedé en silencio unos segundos y escuché que le proponía a Gabriel:- Vayamos a tomar un café a Bonafide y, de paso, le reponemos el café que te tomaste.

Tuve que contener el impulso que sentí de abrir la puerta y darle un abrazo. Después de todo, todavía tenía que hacerla sufrir un poco más por andar con ese cocoliche, así que me limité a abrir la puerta, darles un beso y salir, sin saberlo, al encuentro de una megaestrella.

Día 27 – La primera vez y la última

12/01/2010

(Advertencia: esta entrada es un bajón)

Pola se iba a casar, eventualmente. Lucha iba a volver con Rubén, eventualmente. Y yo había perdido mi norte, porque el único que de verdad tenía algún atisbo de realidad era con Javier, formando una familia. La que nunca tuve, tal vez. La que siempre quise, seguro.

Meses (que ya ni recuerdo cuántos) atrás…

Mi primera sesión con Luna

-Sol: Hola, me llamo Sol. Mi mamá se murió hace algunos meses y, desde entonces, lo único que hago es mirar series, tomar licor de huevo y comer papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Y lo hago todo tan bien, que ni Javier se da cuenta que estoy todo el día mirando series, tomando licor de huevo y comiendo papas fritas.

-Luna: Ajá…

-Sol: Pasa que para mí debe ser más difícil, me imagino… ¿no? Porque yo soy atea y, mi familia, no.  Entonces ellos saben que es una cuestión de tiempo. En realidad, que hay que invertir el tiempo y, entonces, tanto tiempo sin verla significa, en verdad, tanto tiempo menos para verla.

-Luna: Ajá…

-Sol: Porque la gente deja de existir, ¿no? Es eso: deja de existir. Muere y ya está: no existe más. Entonces, ¿cómo vivís con esa impotencia?

-Luna: Entiendo… tomá –me pasó una caja de tissues con aroma a melón y pepino, que sólo recordaría cuando ya no estuvieran a la venta y Luna me explicara el porqué de esos tissues corrientes.

-Sol: Es que la sola idea de que todo haya sido en vano…

-Luna: No lo fue –afirmó con seguridad.

-Sol: ¿Cómo que no? Después de todo… está muerta. Soy huérfana de madre. Tengo que aceptarlo, ¿qué más puedo hacer?

-Luna: Veo como si… como si en vos no existiera ninguna clase de pensamiento mágico.

-Sol: ¿Pensamiento qué? –dije entre los mocos que se drenaban hasta llegar al aroma que tantas contradicciones me provocaba. Había algo de vida en sentir aromas. Había algo de vida en olores distintos a los claveles, las rosas. Yo estaba respirando. ¿Qué otra prueba necesitaba de que no todo estaba tan muerto como yo pensaba?

-Luna: Pensamiento mágico. ¿No hay nada que guarde de ella?

-Sol: Sí, claro… sus recuerdos… yo qué sé… algunas cosas que me dijo… Es que… -flexioné las piernas en posición fetal y deseé que lo que iba a decir no fuera cierto, que fuera el resultado de mi incredulidad, de mi ateísmo o, simplemente, de la ausencia de pensamiento mágico que, según Luna, explicaba todo.

-Luna: No. Algo, algo. Algo tangible, algo a lo que…

-Sol: No. Nunca más volví al cementerio. Quiero creer que si ella está en algún lado, no es ahí. Mi mamá no está en ese lugar silencioso, lleno de flores que tiene que sacar un cuidador para que no apesten a podrido. No. Si mi mamá está en algún lado, tenelo por seguro, no está ahí.

-Luna: ¿No podemos encontrar otro lugar? Tal vez sea mejor ubicarla en un lugar lleno de vida.

-Sol: Mirá, cuando se enfermó, no sé bien porqué, se le dio por tejer y por plantar. Lo último era lo más raro de todo. Ella decía que “las plantas se le morían”, como si fuera un orgullo. Las plantas se le morían porque ella no llevaba la vida de madre-cooperadora –así llamaba a las que amas de casa que llegaban media hora más temprano a la puerta del colegio para poder chusmear con las otras madres y, en ocasiones, hasta llegaban a participar de los actos escolares como si fuera una especie de revival de su infancia-. Pero cuando supo que se estaba por morir compró un rosal, un jazminero y un ficus.

-Luna: ¿Dónde están?

-Sol: Muertos.

-Luna: ¿Todos?

-Sol: El ficus tiene cuatro hojas, todavía… el resto: caput.

-Luna: ¿Quién va a cuidar del ficus?

-Sol: Magoya.

Luna me recomendó que me hiciera del ficus, que lo cuidara. Me dijo que tenía que resignificar a la planta. Ok. Juro que lo intenté. De hecho, hoy, veo el frondozo ficus crecer en mi balcón, pero jamás encontré el pensamiento mágico en él.

De verdad. Lo juro. Lo intenté. Le compré una maceta hermosa. Me senté a comer galletitas con él. Le hablé cuando nadie me veía. Le limpié las hojas con leche. Pensé que lo había logrado, pero no pasaba nada. Lo veía y me decía: “es un ficus, pelotuda”.

Día 27 propiamente dicho.

Las chicas se fueron ayer, pero todavía pienso en Rubén, en Juan y en Javier, que jamás volvería a hacer algo como lo que hicieron ellos por sus novias, mis amigas. Estoy en casa, sola. Gabriel se fue a comprar algo para desayunar, léase, se fue a buscar a Lorena que se fue dando un portazo el día anterior.

Estoy en casa sola. Estoy enfrente del ficus. Benito intenta provocar mi lástima y ternura con algunos ronroneos en pañales, pero enseguida se da cuenta de que es inútil. Tengo una tarea más importante: tengo que lograr que el ficus me reconforte.

Le hablo. Lo acaricio. Lo abrazo.

Ya es mediodía y estoy sin dormir y espero que el ficus me mande a descansar tranquila entre las sábanas, pero muy poco puede hacer un montón de hojas con tronco y nada puede decir que me acomode el pelo o me palmee la espalda. Lo mismo lo miro, como si en él durmiera alguna especie de cura eterna para la soledad que me estruja el alma y el cuerpo, dejándome sólo algunas lágrimas para la frustración cuando la fórmula mágica falla.

Me acaricio el brazo como tratando de reconfortarme y un recuerdo me invade.

Todos llevaban estampitas a los exámenes y yo llevaba la foto de mamá.

Hoy, a esa foto, la llevaba siempre encima. Encima. “Encima” es la clave. La necesito en mí.

Después de intentarlo tanto tiempo me doy cuenta de que necesito tenerla en algo vivo. Pero no como un ficus. La necesito en la piel, en la carne. Realmente, necesito llevarla conmigo.

Corro como desesperada, temiendo que se me pase el efecto del porro y el momento de lucidez se vaya con él.

Lo logro, llego a alcanzar el teléfono y marco el número de Colmillo. Le pido que me recomiende a alguien que pueda hacer bien ese trabajo. No porque fuera complicado. No lo era. Si no por lo que significaba. Iba a ser mi refugio. Así como las tortugas llevan su caparazón consigo, yo iba a tener mi refugio. Lo iba a tocar como si fuera mágico, eso que me había dicho Luna. Iba a ser algo para mí, una de esas cosas que si contás no se te cumplen.

Colmillo me dio un teléfono y una dirección. Llamé y me dijeron que necesitaba dejar $100 de adelanto. Le aseguré al tipo al teléfono que iba a costar mucho menos, pero que dejaba lo que fuera porque me cumpliera el deseo.

No se imaginan, no tienen idea. Encontrar el pensamiento mágico es increíble y yo pensaba que todo iba a resumirse en ese caracter. Esa letra que iba a estar siempre conmigo, porque la vida se parece mucho a un examen continuo y yo iba a tenerla a ella siempre conmigo. Mi estampita fotográfica. El único ser vivo beatificado por una imagen.

Le aclaré que yo no quería que fuera pura exhibición. Estaba agitada y tenía los ojos psicóticos del que no duerme. Lo acepto. Pero él se negó.

Él se negó a tatuarme con el argumento de que si uno se tatúa es para mostrarlo. Yo quería lo contrario, quería algo íntimo, algo que acariciar para reconfortarme. Algo que fuera mío y de nadie más. Me dijo que “no estaba lista” y que él ya había ayudado a mucha gente a superar duelos, pero que lo que yo le pedía no me iba a quedar bien y, por eso, no podía ayudarme con el mío.

Le dije que trataba de venderme algo que iba en contra del concepto que le estaba describiendo, que no le pedía que me ayudara a superar ningún duelo, que se limitara a hacer lo que le pedía y por lo cual estaba dispuesta a pagar, si quedaba mal, era cosa mía.

No hay nada peor que el ego de un pseudo artista. No hay nada más hipócrita que el artista que vende su arte a pedido y pretende que éste no sea una mera mercancía.

Cuestionó mi pedido, cuestionó mi deseo, cuestionó mi duelo. Yo sonreía y le refutaba cualquier argumento, para ponerlo incómodo, nada más que porque podía, porque estaba fácil.

Me dijo que no me iba a tatuar y yo volví llorando a casa.

El ficus, por lo menos, seguía en el balcón.

Día 26 – El gato volador

08/12/2009

Lucha me miró, Pola bostezó, Benito maulló y todo fue una confusión.

-Sol: ¡El coco! ¡El coco! -grité imitando la voz de Homero Simpson y su gesto de doblar los deditos de ambas manos y saltar en puntitas de pie. Las chicas estaban atónitas. Nada encajaba, nada tenía sentido.

Lore se levantó de golpe al escuchar mis gritos y empezó a buscar con qué cubrirse. Gabriel se limitó a taparse la cara con la almohada, girar y seguir durmiendo. Apenas Lore trató de esbozar alguna explicación, mientras miraba hacia los costados, como tratando de encontrar su ropa, Lucha bufó fastidiada y sentenció:

-Lucha: Me sacaste las ganas de comer, hija de puta. Vamos, chicas. Ustedes cómanse las facturas que yo me unto unas tostaditas.

Yo también tenía el estómago revuelto, producto de la resaca y la dantesca escena, pero no iba a sacrificar mis cañoncitos de pastelera por nada del mundo.

Lore gritaba desde el cuarto, pero nos importó muy poco lo que tuviera para decir. Pola y yo ya estábamos disfrazadas con las túnicas y girábamos alocadamente como creíamos que los umbandas lo hacían en sus rituales de gallinas degolladas y exorcismos.

Lore suplicaba a los gritos que le alcanzáramos la ropa que estaba sobre la colchoneta de Gabriel.

-Sol: ¡Que te la alcance tu novio! -grité sin dejar de dar vueltas. La túnica era bien amplia y daba gusto verla formar una especie de escarapela al girar.

Pola cayó rendida, víctima de un mareo atroz. Cuando vio a Lorena acercarse envuelta en mis sábanas, no pudo controlar su risa.

-Pola: ¡Decí que en este país hay libertad de culto, hija de puta! ¡No vas a ir presa por adorar eunucos!

Toda roja, Lore apenas levantaba la vista para no chocarse contra las paredes del pasillo. Estaba por llegar al living, cuando Lucha deja la bandeja sobre la mesa y, en una corrida digna de ganar los 100 metros llanos en cualquier olimpíada, la intercepta y le saca la sábana de un tirón.

-Lucha: ¡Cómo vas a arrastrar la sábana! ¡¿Te drogó ese pelotudo?! ¡Mirá, mirá! -señalaba la aureola negra que se había formado en la tela- ¡No te vayas! -le ordenó a Lore, que corrió a esconderse en el baño.

Pola y yo prendimos un porro a medio fumar que había en la mesa ratona y seguimos rodando en el piso. Lucha golpeaba la puerta del baño, sin dejar de increpar a Lore a los gritos. Súbitamente, se calló. Pola y yo nos miramos: sabíamos que era la calma que precede a la tormenta de Lucha.

-Lucha: ¡Salí de ahí, hijo de puta!

-Sol: Che, ¿tan mal les fue hoy, Pola? -le pregunté en voz baja, tapándome por momentos la boca para que Lucha no enloqueciera aún más por las risas.

-Pola: No creo que sea por eso, debe ser por…

-Lucha: ¡Hijo de puta, vení para acá! -escuché que mis bongos caían estrepitosamente y los pesados pasos de Lucha seguían un rumbo errático.

-Pola: Va a cagar a palos a Gabriel, otra vez. Andá a frenarla o nos va a denunciar…

-Sol: Ufa… ahí voy…

Afortunadamente, mis movimientos y mi perspectiva del mundo iban en cámara lenta y no me había movido del piso cuando lo peor pasó, y por encima de mi cabeza.

Después de unos segundos en silencio, Pola se paró, se acomodó delicadamente la túnica, levantó ambos brazos y entonó:

-Pola: ¡El gato voladoooooooooooor! ¡El gato voladoooooooorrr!

-Benito: ¡Miau!

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo II

18/11/2009

¿Por qué hay dos túnicas blancas tiradas en el living?

¿Por qué hay velas de todos los colores y tamaños diseminadas por toda la casa?

¿Qué es ese olor penetrante a incienso?

¿Quién escucha mantras en esta casa? Nadie. Entonces, ¿de quién son esos discos?

¿Y esa palangana de agua? Benito tiene su propio bebedero.

¿Por qué la colchoneta de Gabriel está vacía y cubierta por un lienzo blanco?

¿Y esta estatua de Buda?

¿Qué hacen los libros de Osho y Ari Paluch sobre la mesa?

¿Por qué Gabriel, Lore y Benito duermen en mi cama?

¿Por qué el único que no está desnudo es el gato en pañales?

Día 26 – Dos citas y un exorcismo – El exorcismo

14/11/2009

-Disculpá que te joda a esta hora…

-Me estaba preparando para salir, pero me quedo. No te preocupes, Solcito –me abrazó y supe que estaba donde tenía que estar- ¿Te preparo un té?

-Si después no me proponés casamiento, sí –le dije en broma, sin soltarlo-. ¿Me puedo bañar? Estoy hecha un asco.

Siete años atrás, después de intentar por todos los medios estar juntos en una fiesta, buscarnos entre la gente sin éxito, Alfredo me llevó afuera del bar, me miró serio y me propuso: “casate conmigo”. Le dije que estaba borracho, que al día siguiente se iba a olvidar. Respondió que no, que no se olvidaría. Me advirtió que al día siguiente se levantaría, me prepararía una taza de té de canela y me lo volvería a preguntar. Esa noche no dormí. A la mañana, me acosté en silencio en el sillón del living de la casa de su madre, que estaba de viaje, y esperé a que se despertara. Cuando lo vi asomarse por la puerta y levantar las cejas, como ensayando una dulce amenaza, supe que no se había olvidado. Lo terminé de confirmar cuando fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de té y, con toda la seriedad que puede tener un hombre en bóxers de ositos, reiteró su propuesta: “casate conmigo”. En ese momento, fui realmente feliz. Sin embargo, me ganó la razón y le contraoferté una convivencia que aceptó entusiasmadísimo. Según él, no sería más que un paso previo antes de lo inevitable: estar juntos hasta que la muerte nos separara.

Yo creo que amar es para siempre. Si así no lo fuera, ¿qué valor tendría? El amor cambia de lugar, se transforma, pero no desaparece. El enamoramiento, en cambio, sí. Eso es otra cosa. Siempre voy a amar a Alfredo. Lo hago desde la primera vez que se lo dije a los dieciséis y jamás dejé o dejaré de hacerlo. Una de las pocas certezas que tengo en esta vida, es que Alfredo también me ama, desde aquella vez que me lo dejó saber frente a todos sus amigos en medio de un brindis, y que me va a amar por el resto de mi vida.

Cuatro años atrás, buscando terminar definitivamente una relación, acepté ir a la casa de un amigo de Rubén. Recuerdo que durante todo el trayecto en taxi me sentí una vaca desfilando hacia el matadero y que me negaba a que me abrazara y todo eso con codazos bastante antipáticos. No necesitaba crear una falsa atmósfera de romanticismo envasado para consumir antes de la fecha de vencimiento cuando sabía lo que realmente quería. O no.

Todo el tiempo me preguntaba qué hacía con ese tipo, en ese taxi. No la estaba pasando bien, pero aún así me estaba forzando a hacer algo que no quería, con la estúpida creencia de que, prostituyendo mi afecto por el tipo que quería dejar definitivamente, iba a lograr darle un cierre irreversible a nuestra relación.

Al llegar a su casa: el horror. Tenía una de esas camas funcionales de una plaza, con los cajones de abajo abiertos y llenos de medias y calzoncillos sucios. El olor a humedad era penetrante y las sábanas estaban roñosas. Sentada en el borde de la cama, lo vi prender velas sobre ceniceros de aluminio de McDonlad’s, sin dejar de preguntarme qué carajo hacía ahí. Decidí ir a meditarlo al baño, sin saber que ahí me esperaba lo peor. Mis ganas de hacer pis eran incontenibles y el inodoro estaba lleno de hongos, igualitos a los champignones del Mario Bross. Me quedé parada en una esquina mirando alternadamente mis pies y el inodoro. Pensé en usar el bidet, crasso error: tenía una de esas bañaderas repugnantes que en un borde tienen calada la silueta del tuges y largan el chorro desde donde uno apoya los pies para ducharse. El suelo de la bañadera estaba negro y podía ver la marca de los talones y los pulgares del tipo. Volví a mi esquina y me quedé ahí, parada, al menos quince minutos. Ya no me preguntaba qué hacía ahí, sino en quién me había convertido, qué me estaba pasando, qué estaba buscando. Mi vejiga estaba a punto de estallar y el tipo ya había tocado dos veces la puerta para ver si estaba bien. Entonces, tomé coraje, agarré una botella de Pino Lux que había ahí, la vacié en el inodoro, cerré los ojos, e hice lo que tenía que hacer. Salí y le pedí al tipo que me bajara a abrir. De más está decir que ni me acompañó hasta el taxi, así que caminé sola abajo de la lluvia hasta encontrar uno libre. Sin pensarlo dos veces le pedí que me llevara a la casa de Alfredo. Cuando llegué, el té de canela ya estaba listo. Me senté sobre su falda, le conté todo lo que había pasado y se rió. Me sentía la cosa más insignificante del mundo, pero él me miraba como siempre, como si hubiera algo especial en mí que, ante sus ojos, jamás podría cambiar.

Esa forma que tiene de verme como yo quisiera verme a veces fue lo que me llevó a bajarme del auto del Rockstar sin darle explicación alguna y tomarme un taxi hasta la casa de Alfredo.

Cuando terminé de bañarme, las tazas de té estaban sobre la mesa y Alfredo prendía dos Parisiennes a la vez, mientras miraba algo en la computadora.

-Alfredo: Mirá, Sol. Sos la nueva sensación de YouTube –me alcanzó uno de los cigarrillos y le dio play al video.

-Sol: No me digas que… -me agarré la cabeza.

-Alfredo: Sí. Vení para acá, loca linda. No parás de superarte, eh… el video ya tiene 100 visitas.

Por un segundo me quise morir, pero Alfredo miraba la pantalla como si fuera lo más encantador que hubiera visto en su vida y se reía. Me dijo que por cosas como esas me quería tanto y que dejara que la gente pensara lo que quisiera. Armó un porro, fumamos y vimos el video quinientas veces sin parar de reírnos.

Dormimos juntos, vestidos y abrazados, hasta las 5.30 am, cuando sonó la alarma de mi celular. Tenía que apurarme a llegar a casa a las 6 am, porque Lucha me iba a estar esperando en la puerta de entrada del edificio. Tratando de no hacer ningún ruido, me calcé, le di un beso en la frente a Alfredo y me fui sintiéndome liviana, contenta.

-Sol: Lucha, ¡no sabés todo lo que me pasó! –le dije, todavía agitada por las cuadras que había corrido.

-Lucha: Vos no sabés lo que me pasó a mí…

-Pola: Sí, Sol, ¡no sabés lo que nos pasó!

Creyendo ingenuamente que ya nos había pasado todo lo que nos podía pasar por una noche, decidimos ir a comprar facturas, desayunar juntas en casa y contarnos lo ocurrido.

Cada una estaba convencida de que lo peor le había pasado a ella. Lucha y Pola me decían que esperara a escuchar lo que tenían para contar y, obviamente, yo estaba segura de que su historia jamás superaría a la mía.

Qué equivocadas estábamos las tres.

Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.

Día 22 – La vieja, la lucha y el plan

07/09/2009

Días atrás, antes de la llegada de Lucha, estaba yo una mañana como cualquier otra discutiendo con Gabriel por el volumen de la tele, cuando el teléfono sonó. Una voz que me resultaba familiar, pero que jamás había escuchado a través del tubo, me preguntaba si podía ir hasta su casa. Bajé hasta el primer piso sufriendo, pensando qué macana me había mandado. Ensayé algunas excusas y disculpas en vano, porque era ella la que se quería disculpar. Me contó que su hija había cometido la crueldad de pedirle que dejara de ir a cuidar a sus nietos porque ya no la aguantaba y que eso la había llevado a un ataque de nervios. Quería disculparse porque asumía que yo había escuchado sus alaridos histéricos, algo que jamás sucedió. “Dice que hablo mucho y la pongo nerviosa”, me explicó mientras lloraba y me apretaba la mano.  Aunque me esforcé por manifestarle una falsa indignación y empatía, no podía dejar de pensar en la pobre mujer. Me refiero a la hija, porque la madre era una máquina de decir incoherencias y apenas si respiraba entre una y otra. La peor parte llegó cuando me confesó que durante su ataque de ira había pensado en suicidarse.

-Elvira: Tengo un arma –me miró de un modo penetrante-. De verdad, tengo un arma. ¿Querés que te la muestre? –insistió-. La tengo a mano,  en serio. ¡Porque mis nieto son la luz de mis ojos! –gritó y se tapó la cara con ambas manos.

-Sol: Elvira, no hace falta… no me gustan las armas –medí la distancia del sillón a la puerta y calculé que me tomaría aproximadamente veinte segundos salir de ahí corriendo. Me levanté para consolarla, pero con la única intención de estar de pie, lista para el escape-. Dale tiempo a tu hija, ya se va a dar cuenta solita de que está actuando como una desagradecida –“cu-cú, cu-cú”-. Yo ahora me tengo que ir, pero conversamos otro día, ¿te parece? –mentí y dando pasitos para atrás la saludé con la mano y me fui.

Cerré la puerta de mi departamento rápidamente y respiré aliviada.

-Gabriel: ¿Qué quería esa vieja loca?

-Sol: Me dijo que estaba cansada de los ruidos molestos y que si seguimos haciéndolos va a hablar con los dueños del departamento –me dieron ganas de reirme como Patán, pero me contuve hasta estar fuera de la vista de Gabriel y, desde ahí, le grité-. Si habla con los dueños por esto, te pongo de patitas en la calle  -sin saberlo, había dado el primer paso del Plan B, aún antes de haberlo urdido.

Casi como si supiera que la necesitaba, la vieja loca, Elvira, volvió a entrar en escena, esta vez, para cumplir un rol protagónico.

-Elvira: ¡Yo no voy a tolerar estos gritos! –exclamó antes de abrirse paso ante la mirada atónita de Lucha y verlo a Gabriel en el piso recuperándose del golpe que había recibido, mientras yo lloraba contra la pared como una nena en penitencia-. ¿Qué te pasa, querida? ¡¿Qué está pasando acá?!

-Lucha: ¿Usted quién es? –le preguntó altanera.

-Elvira: ¡Soy la persona que no puede descansar en paz desde que llegó esa chica! ¡Soy la vecina del primero y voy a hablar con los dueños!

-Lucha: Haga lo que quiera, vieja loca, pero váyase de acá a-hora –le señaló la puerta, pero la vieja se quedó en su lugar propinándole a mi amiga toda clase de improperios-. ¡Pero váyase, vieja de mierda!

-Sol: Pará, Lucha, la vie… digo, la señora tiene razón, estamos haciendo un escándalo terrible. Vení conmigo, Elvira. Yo te voy a explicar… -con la mente puesta en el Plan B, me tranquilicé un poco, la tomé del brazo amablemente y la acompañé hasta el pasillo. Una vez ahí, la abracé y me deshice en disculpas. Le conté lo ocurrido y le pedí que fuera comprensiva.

-Elvira: Ay, nenita, no te puedo creer. ¿Querés que traiga el arma? –me lo estaba ofreciendo en serio y con toda naturalidad me dio sus garantías-. Mirá que yo trabajé en el servicio penitenciario durante mucho tiempo, ¿eh?

-Sol: No… Elvira, no hace falta… -aunque ganas de ultimar a Gabriel no me faltaban, tampoco quería que la comedia de mi vida acabara en tragedia- eso sí, necesito que me hagas un favor –en voz bajita le expliqué lo que necesitaba y, después de despedirnos y que yo le prometiera que no íbamos a hacer más ruido, retorné a eso que ya era cualquier cosa menos mi hogar.

Lucha guardaba todas las cosas de Gabriel en bolsas de residuos y, cuando se daba vuelta, él las sacaba.

-Lucha: ¡Dejá eso ahí, hijo de puta! ¡Te voy a romper la cara!

-Gabriel: ¿A quién le vas a pegar, Karate Kid? ¡Que me eche Sol!

Evidentemente, el muy idiota no sabía con quién estaba lidiando. Una anécdota muy celebrada en cualquier reunión de amigas, es aquella en la cual un tipo piropeó a Lucha con palabras obscenas en Cabildo y Juramento. Automáticamente, Lucha se dio vuelta y le pegó una patada. El piropeador la empujó contra un volquete y se fue corriendo. Claro que ella no iba a dejar las cosas así y corrió atrás de él. Cuando lo alcanzó, sólo un policía la pudo frenar. Demás está decir que Gabriel no usa uniforme y que Lucha no iba a permitir que la desafiaran.

-Lucha: Si ella no te echa, te echo yo –cuando estaba a punto de tirar todas las cosas de Gabriel por la ventana, reaccioné. Tenía que ganar algo de tiempo y le pedí que, por favor, nos fuéramos a tomar un café a algún bar. No pudo negarse, realmente daba lástima-. Te salvás por ahora, pero yo que vos me iría solito, porque voy a volver.

En dos minutos estaba lista para salir. Es increíble ver cómo Lucha se calza los tacos y se convierte en una lady que camina con pasos firmes pero delicados.

Le propuse ir al bar de la esquina, pero ella prefirió parar un taxi e ir hasta Palermo. “Esos bodegones a los que vas no me gustan”, afirmó mientras le pagaba al taxista.

Fuimos a un lugar con jardín para poder fumar y, durante dos horas, le expliqué detalladamente mi masterplan.

Día 22 – Correo negro

02/09/2009

Mi mamá solía decir que lo único que nos quería dejar a mi hermana y a mí era una buena educación y un techo seguro porque, antes de morir, rifaría todo y se iría de viaje con mi papá. Si bien no pudo realizar su tercer deseo, el haber conseguido los otros dos le permitieron atravesar su enfermedad con la calma de las promesas cumplidas.

Cuando le diagnosticaron el primer tumor, ella supo que su destino –más pronto o más tarde- sería el del resto de su familia: todos habían muerto de cáncer, todos. Fue así que decidió empezar a preparar su partida. Un día le conté que me había costado mucho levantarme de la cama y en sus enormes ojos turquesa pude ver cómo se combinaban el enojo con la desesperación. Me dijo que yo ya sabía qué tenía que hacer en esos casos, que tenía que tener siempre mis gotas a mano, que tenía que comer cosas dulces aunque no me gustaran y, agregó seria, entera, que ella no iba a estar siempre para cuidarme. Dijo esto último y yo la reté, le pedí que no dijera esas cosas. Ella me tomó de las manos y me explicó serena que era el ciclo de la vida y ella quería cumplirlo bien, dejando como legado dos hijas autosuficientes e independientes. “Yo ya hice mi parte -solía decirme-, ahora te toca a vos”.

Es por ello que para mí, mi departamento, el que ella me legó, significa mucho más que dos habitaciones con cochera, es lo que mi mamá quiso que yo tuviera y, para lograrlo, tuvo que ponerse firme con mi papá, quien tiene un gusto especial por las carreras y el casino. Una mañana, me contó, mi papá le dijo que se iba a desayunar afuera como era su costumbre, pero notó algo extraño y lo siguió. Deben servir rico café en el casino de Puerto Madero, aunque seguramente no era lo que lo había motivado a ir a las nueve de la mañana. Al salir, mi papá encontró en el parabrisas de su auto una nota que le advertía: “Tu familia o esto”. Felizmente, eligió lo primero y desde ese momento todo el dinero pasó a ser administrado por mamá y, un año más tarde, mi hermana y yo recibíamos un mail con la escritura de nuestras futuras casas.

Sumada a la sensación de injusticia, la negativa de mi papá cuando le pedí mi departamento me dejó otra de desprotección y orfandad. Esas paredes eran el refugio que mamá me había dejado y él me lo negaba. Luna me dijo que ese espacio no sólo era un lugar para vivir, sino un campo de poder que materializaba otras cosas más complejas. Pola, por su parte, se puso como loca y quiso iniciar todo tipo de acciones legales, pero yo preferí no llegar a ese nivel de confrontación. Sin embargo, permití que leyera la escritura porque me quise asegurar de que no existiera ninguna cláusula de usufructo y esas cosas que yo no entiendo bien, pero ella sí. El archivo estaba en mi webmail y reenviárselo a Pola implicó reencontrarme con las palabras de mamá. “Hijas, les mando la escritura de… ¡sus futuras casas! Revísenla y nos vemos en una semana para la firma. La doctora me dijo que me queda un tiempo más con el tamoxifeno y después… ¡el alta!”

Aquella tarde, cuando increpé a Gabriel, todos estos recuerdos movilizaron en mí una furia que no me conocía. Sinceramente, lo hubiera golpeado, pero antes quería tener la certeza de saber qué lo había motivado a guardar ese archivo en su pendrive, porque sin las firmas, no sirve para mucho.

-Gabriel: ¡Es que me mentiste, Sol!

-Sol: ¡¿Vos me estás cargando, hijo de puta?!  ¡Te recibo en mi casa, te presto mi computadora y me tratás de mentirosa! ¡¿Qué carajo te falla?! –exclamé ya disfónica. Tiré la tijera contra una pared, más que nada para evitar la tentación de usarla contra él y me aferré a una silla, que terminé pateando de impotencia.

-Gabriel: ¡Me dijiste que estaba como bien de familia y por eso no me podías salir de garante! –tenía razón, le había mentido. ¿Y? Me reí como una chiflada en su punto de máximo desequilibrio y lo inquirí.

-Sol: ¿Pensaste en algún momento que yo te iba a salir de garante a vos? ¡A vos! ¡Ni a vos ni a nadie! –volví a mentir, porque no dudaría en hacerlo por Pola o por Lucha, pero no me preocupaba ser exacta, sino dañina e hiriente- ¿No te das cuenta de que no te quedan amigos? Cuando volviste de Brasil, nadie te hizo una fiesta de bienvenida. Cuando te mudaste, tuviste que contratar peones porque nadie, nadie, se molestaría en ayudar a una montaña de bosta como vos. Ninguno de los chicos te quiere ya –me refería a los amigos de Alfredo que teníamos en común-, ninguno te habla. Pensé que habías cambiado en algo, pero seguís siendo el mismo imbécil. ¡Jamás creciste!

-Gabriel: Claro… ¡para vos todo fue fácil! ¡Todo te vino de arriba!

-Sol: ¡A mí no me gritás! ¡Y te vas ya de mi casa!

Lucha entró corriendo y francamente preocupada.

-Lucha: ¡Se escuchan los gritos desde abajo! ¡Cálmense! –Gabriel se quedó inmóvil y yo me puse a llorar en el hombro de Lucha- ¿Qué pasa, Sol? ¿Qué te pasa?

-Sol: Este hijo de puta me revisó la computadora, Lucha. Tenía mi escritura, quiero que se vaya, ¡que se vaya ya! –la abracé más fuerte y ahogué mis lágrimas en su hombro. Empecé a tironear del sweater de Lucha como si fuera una nenita y así contenía mi violencia.

-Lucha: ¡Enfermo! ¡Andate! ¡Encima tenés toda la boca podrida! ¡Me das asco!

-Gabriel: ¡Vos no te metas!

-Sol: ¡Andate! –mis palabras sonaban a súplica. Me acerqué hasta donde estaba Gabriel y lo sacudí por los hombros.

-Gabriel: ¡Me mentiste! Y no sólo a mí, ¡le mentiste a Javier!

-Sol: ¡Andate!

-Gabriel: No me voy nada, no tengo a dónde ir. ¡No tengo garantía!

-Sol: ¡Andate o le cuento a Josefina que la estafaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Te vas a un hote, no me importal!–traté de llevarlo hasta la puerta, pero fácilmente Gabriel me sostuvo los brazos en el aire.

-Gabriel: ¿Qué? Yo no estafé a nadie, acá la única mentirosa sos vos.

-Lucha: ¡Soltala y andate! –Gabriel no le hizo caso y me dijo, mirándome fijo.

-Gabriel: Leí tus mails, Sol.

Repasé mentalmente mi correo sin poder descifrar a qué se refería. Traté de zafarme de Gabriel y después de forcejear un poco, ya no necesité hacerlo más: Lucha le había asestado una piña digna de un boxeador.

Día 22 – Pánico y locura en Caballito

31/08/2009

Después de cobrar el cheque volví a casa y me encontré con Gabriel tirado en el colchón inflable, abrazado a Benito, escuchando a Sting. Su tranquilidad me enloquecía, me parecía injusto que él pudiera estar tan tranquilo mientras yo tenía que lidiar con las consecuencias de su presencia en mi vida.

-Gabriel: Che, no es tan incómodo –me dijo mientras rodaba para un lado y para otro-. Además, es más grande que mi cama –estiró los brazos como adueñándose de las dos plazas ante mi mirada impávida.

-Sol: Sos lo que no hay. Me deprime verte ahí, tirado… -me agarré la cintura con ambas manos y, con tono sarcástico, le pregunté mientras recorría su miserable humanidad con la vista- ¿Sabés qué, Gabriel? Me das lástima. Tenés un laburo part-time cuando no tenés dónde vivir y desde que llegaste no parás de joderme, voluntaria o involuntariamente.

-Gabriel: ¿Por qué me decís eso, Sol?

-Sol: ¿Te parece que no tengo motivos? ¿Ni te vas a disculpar porque me dejaste con este gato de porquería enfermo, sabiendo que no tengo un mango por tu culpa? –levanté un poco la voz, pero no le grité- ¿Por qué Lucha me deja su tarjeta para pagar las cuentas? Habíamos quedado que las pagabas vos, pero llegó un aviso de corte.

-Gabriel: No lo llames así a Benito. No falta nada para que me vaya, Sol. Sos muy injusta, porque vos pasás más tiempo que yo acá y querés que me haga cargo de todas las cuentas.

-Sol: Sos un caradura. No te echo ahora porque falta un poquito más que una semana para que te vayas por las tuyas. Si te interesa algo, algo, un mínimo nuestra amistad, evitá que te eche a patadas antes, porque estoy así de cerca de hacerlo. ¿Me podés explicar qué hacés ahí tirado y no estás buscando departamento?

-Gabriel: Ya estoy en eso, Sol. Falta que me confirmen algo.

Sentí cierto alivio, pero estaba enajenada y llena de rabia. Recordé el desastre que había dejado en la habitación de Lucha –otrora mi despacho- y me encerré a ordenarlo. Entre todas las cosas que había ocultado de Federico, estaba el pendrive de Gabriel. No me detuve a pensar si estaba bien o mal, simplemente, decidí que ahora sería mío. Fui a mi habitación y lo conecté a mi laptop con la intención de borrar todo contenido y llenarlo con mi música. Mi reproductor de mp3 venía fallando y el de Gabriel era más nuevo y tenía una pila recargable.

Tal fue el ataque de furia que me provocó ver la pantalla, que tuve que ahogar mis alaridos con la almohada. Cuando me di cuenta de que estaba hiperventilada, golpeando el colchón y rompiendo la funda de la almohada con los dientes, pensé que me iba a volver definitivamente loca. Mi primer impulso fue pensar en llamar a Javier, pero enseguida recordé que ya no estábamos juntos y lloré con más ganas. Respiré profundo y cuando tuve el aire suficiente para volver a gritar, dejé la almohada de lado y lo hice con todas las fuerzas que me inspiraba el odio incontrolable que me poseía.

-Sol: ¡Gabrieeeeeeeeeeeeeeeeel! ¡La concha de tu hermana! ¡Vení para acá!

Pero no vino. Volví a gritarle inútilmente, así que fui hasta el living y empecé a romper todo su origami como una loca histérica. Gabriel seguía retozando y me ignoraba, lo cual me terminó de sacar de las casillas.

-Sol: ¡Hijo de puta! ¡¿No escuchás que te estoy llamando?!

-Gabriel: No voy a seguir hablando en estos términos. Estás loca, nena.

-Sol: Sí, estoy loquísima. Mirá que loca que estoy –lo desafié y ayudándome con la tijera que él usaba para hacer sus porquerías de papel, pinché el colchón inflable.

-Gabriel: ¡Qué hacés, loca de mierda! ¡¿A dónde voy a dormir ahora?! –que tuviera el tupé de hacerme semejante planteo me ayudó a tomar la decisión.

-Sol: ¡En cualquier lado menos acá! Pero antes de irte a la mierda, me vas a explicar qué hace la escritura de mi departamento, mi agenda de contactos del Outlook, mis mails y mis fotos tu pendrive.