Archive for the ‘El plan’ Category

Día 29 – Instant Karma Is Gonna Get Ya

08/02/2010

Lore cree en esas cosas. Yo no, claro que no. Claro que yo no creo en esas cosas. Antes de decidir ser música, quería ser científica. Yo no creo en esas cosas, claro. ¿Por qué habría de hacerlo?

El “universo” no existe. No. Claro que el “universo” no existe.

Existe el Universo, sí. Pero es una constelación de cosas que giran alrededor de otras. El Universo existe, por supuesto. Es así: hubo una explosión originaria y -¡kapow!- con ustedes, ladies and gentlemen: el Universo.

Pero esa tarde todos los planetas se alinearon. Todos. O, al menos, sin saberlo, todas las personas significativas en mi vida se turnaron para llamarme.

Ok, ok. No todas. No existe cosa tal como un teléfono desde el más allá. Pero los que tenían que llamar, llamaron. Los que no pudieron estaban marcando los números o, al menos, eso quise creer.

Se preguntarán por qué. No tengo las respuestas. Pero esa tarde todo, todo se ordenó. Sin que yo hiciera nada. O sí. Hice mucho. Tal vez, fue por eso que todo lo que tenía que ocurrir, finalmente, ocurrió.

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 24 – El pollo de la discordia (III)

12/10/2009

-Lucha: Agarró mi cartera y me empezó a pedir que le convidara pollo al spiedo, Sol. ¡Pollo al spiedo!

-Sol: ¡Qué tarado! –me puse un almohadón en la cara fingiendo vergüenza ajena, aunque nuevamente sólo estuviera ocultando mi risa. Le pedí que me esperara, que iba a poner la pava. Fui hasta la cocina y me reí todo lo que no había podido frente a ella.

-Lucha: ¿De qué te reís?

-Sol: Es que Benito hizo una pirueta con el pañal… jijijijijijiji…

-Lucha: Qué gato de mierda… tiene la misma táctica que Rubén: se manda las cagadas y después hace alguna gracia para que lo perdones. Fijate si no rompió algo.

-Sol: No, todo bien. Ahí voy –me reí un poco más aprovechando que tenía coartada, respiré profundo, me concentré para no pensar en el pollo al spiedo y volví-. Dale, seguí contando.

-Lucha: Cuando llegamos al cine ya era re tarde y nada más había dos películas que no habían empezado. Yo quería ver la comedia y él la de artes marciales. Como pensé que me iba a dar todos los gustos para que nos reconciliáramos, directamente fui a la caja y pedí dos para la comedia, pero él se negó. ¿Sabés lo que me propuso? ¡Qué cada cual fuera a ver la que quería y después nos encontrábamos!

-Sol: ¿Es pelotudo?

-Lucha: Yo qué sé… ¡sí! Es un pelotudo, Sol. Era al pedo discutir, ya estaba encaprichado con ver la de artes marciales y yo no iba a ceder, así que fuimos a ver cada uno la película que quería. Las parejas se besaban al lado mío, Sol… y yo estaba ahí, con mi paquete de pochoclo chico, porque Rubén me dijo que el balde es “para las gordas” y me dio vergüenza pedirlo.

-Sol: No te puedo… -volví a taparme la cara, pero mi artilugio estaba perdiendo eficacia.

-Lucha: ¿Te estás riendo?

-Sol: No, Lucha… es que no lo puedo creer.

-Lucha: Yo tampoco… -suspiró y miró al techo, como tomando coraje para contarme lo que venía-. Cuando terminó la película, me dijo que fuéramos a tomar un helado, que esta vez “podía” pedir el gusto que quisiera. ¡Qué “podía”! ¿Entendés? ¡Que “él me dejaba” tomar un helado que no fuera light! Traté de contenerme y pensar que era un gesto, pero cuando llegamos a la heladería… ¡pidió helado de pitufresas!

-Sol: ¿Qué?

-Lucha: ¡Sí! ¡De pitufresas! El heladero lo miraba como si estuviera loco, pero él insistía: “quiero un helado de pitufresas, de pitufresas”. Al principio me causó gracia y le aclaré al heladero que se refería al helado de frutilla, pero él decía que no, que quería helado de pitufresas. Sol, no lo aguanté más, me quería morir, no sabés qué vergüenza: la cola era larguísima y él seguía con las “pitufresas, las que comen los Pitufos”. La gente se quejaba, los de atrás gritaban para que nos apuráramos y, antes de ponerme a llorar enfrente de todo el mundo, preferí irme. Me preguntó por qué me ponía así, si él nada más quería helado de pitufresas –cada vez que mencionaba la palabra “pitufresas” golpeaba un almohadón con furia-. Le dije que se fuera a la mierda, que era un imbécil y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: El pasito para atrás, ¿no?

-Lucha: Sí. Y gritó “¡Uh!” agarrándose las bolas enfrente de todo el mundo. Se reían, Sol, todos se reían, ni el heladero estaba enojado por el helado de pitufresas y yo me quería morir.

-Sol: ¿Y no te convenció como siempre, Lu?

-Lucha: Sol, ya no tengo 18 años y, encima, la gente no se reía de sus boludeces, se reía de mi ataque de histeria. ¡Qué humillación!

-Sol: ¿Ahí te viniste para acá?

-Lucha: Sí. Y mientras me iba me gritó delante de todo el mundo: “¡si no me vas a dejar comer helado de pitufresas, convidame del pollo que tenés en la cartera!”

Lo inevitable sucedió: me empecé a descostillar de risa sin ningún disimulo.

-Lucha: ¡Hija de puta! ¿¡De qué te reís!? ¡No es gracioso! –se levantó enfurecida.

-Sol: Perdoname… es que… lo del pollo, vos sabés que…

-Lucha: ¡No es divertido! –gritó enloquecida, mientras yo me reía como una oligofrénica. Cuando pensé que me iba a dar un zurdazo, mágicamente se tranquilizó, se sentó y me dijo:- ¿Sabés qué es gracioso? En el cine me pareció verlo a Gabriel.

-Sol: Sí, me dijo que iba al cine. Seguro fue con la pobre Josefina y le hizo pagar la entrada –apenas terminé de decir esto, imaginé a Rubén diciendo “pollo” y volví a reirme.

-Lucha: No, tarada. Lo perdí de vista enseguida, pero estaba con una chica rubia, como Lore, con pelo lacio, como Lore… bajita, de la misma altura que Lorena… por un segundo, pensé que era ella.

Día 24 – El pollo de la discordia (II)

12/10/2009

Cuando Lucha conoció a Rubén aquella Navidad, hace diez años, nosotras teníamos un ritual que se mantiene hasta el día de hoy: después de ir a bailar, vamos a desayunar a la misma estación de servicio y, en esa ocasión, Rubén vino con nosotras. Él era el típico punk que cada tanto va a un boliche “normal” a ver si se levanta a una chica del mismo tipo. Era flaquísimo, raquítico, usaba chupines negros y una remera con dragones estampados. Tenía aparatos y cada vez que contaba un chiste, aunque fuera pésimo, sonreía con todos los dientes y los brackets brillaban. Rubén es de esas personas que, no importa lo que digan, todo lo que sale de su boca suena gracioso.

En la estación de servicio el sistema es simple: uno elige lo que quiere, pasa por la caja y después se sienta a consumir. Aquella Navidad, había una promoción de un tostado y un jugo de naranja por $2. Lucha, con cara de nada, puso un tostado arriba del otro e intentó hacerlos pasar por uno. De lejos, Rubén y yo veíamos como ella se acercaba a la caja con cara de nada, mirando para los costados como la Monalisa, verificando que nadie descubriera su pequeña estafa. Rubén me relataba toda la escena: “ahí va, ahí va, nadie se dio cuenta, nadie se dio cuenta… está a punto de cruzar el disco… vamos Lucha, vamos, ¡dos tostados! Mirá Sol, ¡tiene un pollo en la cartera! ¡Y una Freshy!”. Acto seguido, hizo el “pasito para atrás” y esperó a que el cajero descubriera el artilugio de Lucha para gritar “¡Uh!”, agarrándose la entrepierna. Lucha lo escuchó y nos vio muriéndonos de la risa de ella. Rubén sonrió, sus aparatos brillaron y Lucha hizo un gesto de “no puedo enojarme con vos” y pagó por todo lo que llevaba en la bandeja.

El problema fue que cuando nos sentamos en la mesa, Pola nos preguntó de qué nos reíamos y Rubén le explicó: “Lucha quería pasar dos tostados, tres medialunas, un pollo, una freshy, un pernil de cerdo y pagar la promoción. Revisale la cartera que tiene un plato de pasta y un pollo al spiedo”. Sonrió, sus aparatos brillaron y Pola y yo empezamos a reir descontroladamente. Pasaron cinco minutos y Rubén seguía repitiendo “pollo al spiedo”, nos mostraba los aparatos y nosotras renovábamos la risa. Pasó una hora y nosotras seguíamos igual. Llegó el novio de Pola, Rubén volvió a contarle la historia y ahora éramos tres los que nos reíamos a carcajadas. Nadie pudo siquiera detenerse en la cara de culo de Lucha. Después llegó el que era mi novio, le pedimos que le contara la historia y así lo hizo, esta vez, en forma teatralizada. Recién había conocido a Lucha, pero ya su imitación era perfecta. No contento con esto, agarró su cartera y empezó a enumerar todas las comidas que Lucha, supuestamente, llevaba ahí. Cuando dijo “pollo al spiedo”, todos estallamos de risa y Lucha de ira. Le sacó la cartera y se levantó con la clara intención de irse. Rubén intentó con el “pasito para atrás”, pero no funcionó. Entonces, la tomó del brazo, la besó, se alejó un poco, sonrió, sus aparatos brillarlo y gritó “¡Uh!” Recién ahí, Lucha accedió a quedarse con la condición de que cambiáramos de tema.

Desde aquel día, “pollo al spiedo” se convirtió en un tabú. Un tabú que Rubén decidió romper de la peor manera.

Día 24 – El pollo de la discordia (I)

12/10/2009

-Lucha: Siempre me hace lo mismo. Siempre. Siempre –las palabras de Lucha parecían digitadas por un DJ: mucho loop, mucho scratch y un pulso de fondo que ya me estaba poniendo nerviosa.

Para que el plan funcionara Lucha tenía que dejar de vivir en mi casa, por el simple motivo de que Gabriel no debía sospechar bajo ningún concepto que yo quería que se fuera. Obviamente, iba a ser muy difícil que él lo creyera si mi mejor amiga le pegaba, le decía que armara las valijas todo el tiempo y no podía disimular su rechazo. Pero más difícil iba a ser que Lucha se fuera de casa con su sueldo de docente y teniendo como únicas dos opciones volver a vivir con Rita a.k.a. “El Pastor Giménez” o Rubén a.k.a… bueno, no hay qué o quién pueda representar todo lo que es Rubén.

-Sol: Tranquilizate, Lu. Sentate, vení –la tomé de la mano y la llevé hasta el sillón-. Contame qué pasó.

-Lucha: ¿Viste que me mandó entradas para el cine con el helado? Bueno, no eran las entradas en sí, eran unos cupones que después se canjean en el cine por entradas. Como consiguió una promoción, tuvimos que ir hasta Martínez en colectivo. Digamos que lo que se ahorró con la entrada lo gastamos en el colectivo, porque insistió en que fuéramos en colectivo y yo quería ir en taxi, porque estuve trabajando todo el día, Sol. ¡Todo el día arriba de estos tacos! Pero me hizo un “pasito para atrás”, ¿te acordás? El pasito de Michael Jackson que hace siempre y me compra. Cuando gritó “¡Uh!” y se agarró la… la… la entrepierna, me hizo reir y zafó. No sólo no me enojé, sino que le di el gusto y fuimos en colectivo. Al principio tuvimos que viajar parados y yo ya me estaba poniendo de malhumor. ¡Mirá estos tacos, Sol! –me dijo mientras los señalaba.

-Sol: Sí, la verdad, vos sola podés usar eso todo el día. ¿Por qué no fuiste de zapatillas?

-Lucha: Porque quería estar linda, pero él ni lo notó.

-Sol: Hombres… -bufé con resignación.

-Lucha: Bueno, te sigo contando. Entonces, estábamos en el colectivo. Cuando nos sentamos, él me dice que fue la primera línea de colectivo que tomamos juntos cuando teníamos 18 años y nos conocimos. Me puse tan contenta de saber que se acordaba. A su manera y con sus limitaciones, había tenido un lindo gesto. Empezamos a hablar de nuestra primera cita y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: No me digas que empezó con lo del pollo…

-Lucha: ¡Sí! –exclamó mientras lloraba histéricamente y le daba golpecitos al respaldo del sillón, yo aprovechaba para taparme la cara fingiendo indignación. En realidad, me estaba muriendo de risa

Día 24 – Las enseñanzas de Don Tu Sam

06/10/2009

El primer presagio llegó a las once de la noche del día anterior. Tal como habíamos acordado con Rubén, Lucha recibió medio kilo de helado de dulce de leche y chocolate. Su rostro se iluminó y, mientras abría la nota que acompañaba al paquete, le supliqué al universo que no dijera lo que efectivamente decía.

“Oshita mía,

Para que veas tu serie favorita y alimentes tu culo jugoso. Volvé que la casa es un asco.

Te amo oshita linda.

Rubén”

Después de golpearme suavemente la frente, esperé a que Lucha hiciera un bollo con el papelito, insultara a Rubén y jurara jamás volver a su casa. Saqué un paquetito plástico de pañuelitos descartables del bolsillo y se lo alcancé con el brazo extendido, mientras me lamentaba:

-Sol: ¡Ay, este Rubén…! –miré al techo y me arrepentí de no haberme encargado personalmente del texto de la tarjeta.

-Lucha: ¿Sí, no? ¡Qué divino! ¡Jamás hizo algo así por mí! –puse mi mejor cara para no arruinar el momento y, asintiendo cada palabra con gestos y sonrisas, la dejé continuar-. Siempre me está volviendo loca con lo que como… que voy a engordar, que me va a crecer el culo, que me va a dar celulitis… y ahora me manda helado. Helado, Sol. Para que mire una serie. Helado. Para que mire una serie… siempre me molestaba cuando veía Grey’s Anatomy… helado… -apretó la nota contra su pecho y se puso a dar vueltas con la mirada extraviada.

-Sol: Sí, sí. ¡Helado, Luchi! ¡Está taaaan cambiado! –traté de sonar convencida, pero poco importaba lo que yo dijera. Lucha estaba en un trance de amor, en éxtasis culinario: una oportunidad que no podía dejar pasar-. ¿Por qué no lo llamás? Tuvo un gesto re-lindo, Luchis.

-Lucha: Sí… ¡ay! –pocas veces en mi vida la había visto en semejante estado de pelotudez. De pronto, estaba dando vueltas por toda la casa, abrazada al pote de helado cual novicia rebelde danzando por la pradera. Nada, pero nada, la podía afectar. Ni siquiera los desafortunados comentarios de Gabriel.

-Gabriel: ¿Vas a comer todo eso? Hmmm…

-Sol: ¡Callate, pelotudo! –casi pierdo la compostura, pero después de una pausa me di cuenta de que era mejor manejar el asunto de otro modo. Le guiñé un ojo, señalé a Lucha y con un gesto, le expliqué que si estaba contenta se iría pronto.

-Lucha: No, Sol, tiene razón… pidamos más, que no va a alcanzar para las dos ¿Te gusta Grey’s Anatomy? Tendrían que hacer una serie de dentistas… siempre cirujanos y emergencias. Los dentistas también operamos, che –estaba volviendo en sí y no lo podía permitir, no antes de lograr que llamara a Rubén.

-Sol: ¡Pero qué divino, Rubén! ¡Ojalá Javi hiciera algo así por mí! –le alcancé el tubo del teléfono y le sugerí con las cejas entornadas:- Dale, llamalo.

-Lucha: Primero pidamos más, que van a cerrar. Pasame el folleto con los sabores, Sol.

-Sol: Sí, sí, tomá, tomá, pedí rápido. Después, llamamos a Rubén… ¡qué amor! –antes de terminar la frase, vi como la cara de Lucha se transformaba.

-Lucha: ¡Qué hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Me pidió sabores light! ¡Mirá, mirá! –señalaba el folleto y repetía- ¡Recomendado por la puta asociación de nutricionistas! ¡Me está diciendo gorda otra vez! –acto seguido, dejó el helado en el suelo y se fue corriendo al baño, tapándose la cara.

Desde su silla, Gabriel se descostillaba de la risa.

-Sol: ¡Callate, imbécil! ¿O querés seguir durmiendo en el suelo? –automáticamente se incorporó y me dijo.

-Gabriel: Sol, hacé lo que tengas que hacer.

Cuando saqué el helado para guardarlo en el freezer, descubrí algo que, creí, sería mi salvación.

-Sol: ¡Lucha, Lucha! ¡Salí del baño! ¡Mirá lo que encontré!

Después de golpear un par de veces la puerta, Lucha se asomó, agarró las dos entradas para el cine, esbozó una leve sonrisa y me ordenó: “decile que me pase a buscar mañana” y se volvió a encerrar.

El segundo presagio llegó el siguiente, día de la cita: una hora más tarde de lo acordado, cuando Lucha estaba a punto de llamar para cancelarla, sonó el portero. Lucha corrió a atenderlo y después de insultar a Rubén a los gritos, se empezó a reír. “Tenés razón”, le escuché decir antes de colgar el tubo y agarrar la cartera.

-Sol: ¿Qué te dijo?

-Lucha: Que vino una hora más tarde para respetar la hora que yo me tomo para bajar. ¿No es divino?

-Sol: Ehhh… sí, sí. Se nota que te conoce… Andá, que van a llegar tarde.

Como solía decir Tu Sam –mentalista y filósofo contemporáneo-: “puede fallar, puede fallar”.

Si esta cita de autoridad no es suficiente para que me crean, esperen a leer lo que ocurrió después.

Día 23 – Dra. Strangelove

28/09/2009

Benito me recibió con las patitas abiertas, ronroneando. Su pañalito y sus ojitos suplicantes me pudieron. Lo acomodé sobre mi falda y empecé a elucubrar los próximos pasos del plan, tomando unos mates en la cocina. Cuando caí en la cuenta de que estaba calculando con lujo de detalles todo lo que tenía que hacer, mientras acariciaba de punta a punta el lomo del felino, me toqué el brazo para comprobar que no me había convertido en el Doctor Garra. Afortunadamente, nada de eso había ocurrido. Desafortunadamente, aquella sensación despertó a La Pandilla.

Superyó: ¿Estás segura de lo que vas a hacer?

-Ello: ¿Le dejaste todo a Luna? Fumémonos otro porro.

-Yo: A mí me parece racional, chicos. Pongámoslo así: Lucha se arregla con Rubén, nosotros nos sacamos de encima a Gabriel, enmendamos sus errores y todos contentos.

-Superyó: Es verdad.

-Ello: Sí, es verdad. Y después nos fumamos un porro.

-Yo: Listo.

-Sol: ¡Me van a hacer llorar de la emoción! ¡Al fin están todos de acuerdo! ¡No lo puedo creer!

-Ello: ¡Esto se merece un brindis!

-Superyó: Bueh, bueh, tampoco te hagas el vivo. Primero, lo primero.

-Yo: Sí, dale.

Aunque Benito insistiera con maullidos y revuelcos para que lo siguiera mimando, tuve que hacer caso omiso a sus ojitos lastimosos y, después de dejarlo sobre la silla, fui hasta el living y teléfono en mano, puse en marcha la primera fase de mi plan.

-Sol: Hola, Rubén.

-Rubén: No me digas nada. No la aguantás más. ¿Viste? Es una dictadora de la limpieza y el orden… ¿tanto le cuesta pasarle un pedacito de papel al asiento del inodoro? –evidentemente, iba a ser más difícil de lo que pensaba- ¿Cuándo vuelve?

-Sol: Justamente por eso te llamaba, Rubén. No-va-a-vol-ver. Lucha está planeando largar alguna cátedra, atender a más pacientes particulares y juntar plata para mudarse sola a fin de año.

-Rubén: ¡¿Qué?! –touché, pensé.

-Sol: Lo que escuchás. Está enojadísima con vos y, a decir verdad, tiene razón.

-Rubén: ¡Pero si nadie la va a querer como yo! ¡Estamos juntos hace diez años! ¡No se va a ir a vivir sola nada!

-Sol: Revisa los clasificados todos los días, Rubén… -mentí, pero el fin justificaba los medios.

-Rubén: No, no, no. No puede ser… -me respondió incrédulo, con voz entrecortada-. No puede ser, Sol. Luchita, “oshita”, culo jugoso… Me tenés que ayudar. No la puedo perder.

-Sol: Por eso te llamaba. Yo te voy a ayudar, pero vos tenés que hacer todo lo que te diga, eh.

-Rubén: Lo que quieras, Solcito. Si pierdo a “osha” me muero. Yo sé que a veces soy desconsiderado…

-Sol: ¿A veces?

-Rubén: Sí, a veces. Mirá, antes de que se fuera, le compré unos guantes de hule geniales para que limpie y hasta le compré una escoba nueva.

-Sol: Sos un caso perdido, Rubén –le dije resignada.

-Rubén: ¡Pero si era uno de esos escobillones gigantes! Estuve re inteligente… ¡con ése barría toda la casa en media hora!

-Sol: Callate y escuchame que en cualquier momento llega. Anotá la dirección exacta de mi casa…

-Rubén: Sí, sí. Lo que digas.

Después de darle el resto de las instrucciones, nos despedimos.

-Superyó: Ahora me siento bien: estamos haciendo algo bueno por Luchita.

-Ello: ¿Podemos brindar?

-Yo: Hmmm… ¡y daaaaaaaale!

-Sol: ¡Salud!

Levanté mi porrón en soledad, satisfecha. No podía fallar.

¿No?

Día 23 – Sinrazón

08/09/2009

Extrañaba a Javier, la sensación de protección que me daba saberlo cerca. Recordaba en forma continua una tarde en la cocina de su casa, antes de vivir juntos, justo después de la muerte de mamá. Ese día le dije que éramos un equipo y se le llenaron los ojos de lágrimas, me abrazó y repitió varias veces “un equipo, un equipo”. Ahora estaba sola, urdiendo planes dignos de un culebrón y él estaba a miles de kilómetros de distancia, en un hotel cuyo número yo desconocía. Quizás me extrañaba, o no. ¿Cómo saberlo? No respondía mis mails y especulé que, tal vez, mi insistencia podía ser contraproducente.

A veces pienso que todo el tiempo que estuvimos juntos, él no estuvo enamorado de mí, sino de la idealización que construyó alrededor de mi imagen.

Después de tener relaciones por primera vez, me preguntó cuándo había sido la última vez que había estado con un hombre y yo le respondí que un día antes de salir por primera vez con él. Me dijo que a partir de ese momento confiaría en mí para siempre, porque cualquier otra chica le hubiera respondido “hace seis meses”, “con mi novio anterior” o algo por el estilo. Toda nuestra relación se basó en una confianza ciega que me permitió salir sola con mis amigos o hasta frecuentar a mis ex novios.

Cuando me propuso que volviéramos a ser novios en casas separadas por un tiempo, había pasado muy poco tiempo de nuestra separación. Es decir, lo de Ramiro ocurrió –técnicamente- durante un breve período de soltería y, para mí, no significó mucho más que una linda noche, un momento de placer y de volver a experimentar cosas que, con el tiempo, suelen desaparecer en cualquier relación larga. Nunca dejé de elegir a Javier y mis sentimientos por él se mantuvieron intactos, siguen intactos aún hoy. Sin embargo, cuando me preguntó si durante esos días, esas semanas, yo había estado con alguien más, mentí. ¿Cómo podía ser sincera sin herir de muerte esa imagen que él tenía de mí? Creí que hasta era egoísta contárselo, decirle la verdad, explicarle que estuve con alguien pero lo elegía a él, que quería conservarlo en mi vida para siempre. Porque mi consciencia hubiera quedado limpia, tranquila, pero sabía que lo lastimaría infinitamente por algo que no valía la pena, algo que cobraría una entidad que no tenía.

¿Importan las justificaciones? Creo que no. Creo que aunque racionalmente lo pudiera entender, algo en el plano de lo visceral, de las razones del corazón que la razón no entiende se hubiera perdido para siempre.

Si Gabriel le contaba la verdad, Javier no tendría ningún derecho a enojarse, pero nada me garantizaba que con la revelación de lo ocurrido el equipo no quedara disuelto para siempre. Tampoco tenía la certeza de que Gabriel fuera a hacer algo así, pero tenía bastante sentido pensar que era capaz de eso y mucho más. Al fin y al cabo, lo que había hecho con Josefina excedía mi imaginación y me demostraba que seguía siendo la persona que elegí alejar de mi entorno después de descubrir que él había sido el culpable de que, una década atrás, mi reencuentro con Alfredo se hubiera dilatado por más de dos años.

Esta vez, tenía que ser más inteligente que él, jugar con sus reglas aunque las detestara.

La mañana del vigesimotercer día de convivencia, lo desperté dos horas antes de su horario laboral, preparé el desayuno y supe, al fin, quién era esa persona que seguiría viviendo conmigo durante seis meses más.

Día 22 – La vieja, la lucha y el plan

07/09/2009

Días atrás, antes de la llegada de Lucha, estaba yo una mañana como cualquier otra discutiendo con Gabriel por el volumen de la tele, cuando el teléfono sonó. Una voz que me resultaba familiar, pero que jamás había escuchado a través del tubo, me preguntaba si podía ir hasta su casa. Bajé hasta el primer piso sufriendo, pensando qué macana me había mandado. Ensayé algunas excusas y disculpas en vano, porque era ella la que se quería disculpar. Me contó que su hija había cometido la crueldad de pedirle que dejara de ir a cuidar a sus nietos porque ya no la aguantaba y que eso la había llevado a un ataque de nervios. Quería disculparse porque asumía que yo había escuchado sus alaridos histéricos, algo que jamás sucedió. “Dice que hablo mucho y la pongo nerviosa”, me explicó mientras lloraba y me apretaba la mano.  Aunque me esforcé por manifestarle una falsa indignación y empatía, no podía dejar de pensar en la pobre mujer. Me refiero a la hija, porque la madre era una máquina de decir incoherencias y apenas si respiraba entre una y otra. La peor parte llegó cuando me confesó que durante su ataque de ira había pensado en suicidarse.

-Elvira: Tengo un arma –me miró de un modo penetrante-. De verdad, tengo un arma. ¿Querés que te la muestre? –insistió-. La tengo a mano,  en serio. ¡Porque mis nieto son la luz de mis ojos! –gritó y se tapó la cara con ambas manos.

-Sol: Elvira, no hace falta… no me gustan las armas –medí la distancia del sillón a la puerta y calculé que me tomaría aproximadamente veinte segundos salir de ahí corriendo. Me levanté para consolarla, pero con la única intención de estar de pie, lista para el escape-. Dale tiempo a tu hija, ya se va a dar cuenta solita de que está actuando como una desagradecida –“cu-cú, cu-cú”-. Yo ahora me tengo que ir, pero conversamos otro día, ¿te parece? –mentí y dando pasitos para atrás la saludé con la mano y me fui.

Cerré la puerta de mi departamento rápidamente y respiré aliviada.

-Gabriel: ¿Qué quería esa vieja loca?

-Sol: Me dijo que estaba cansada de los ruidos molestos y que si seguimos haciéndolos va a hablar con los dueños del departamento –me dieron ganas de reirme como Patán, pero me contuve hasta estar fuera de la vista de Gabriel y, desde ahí, le grité-. Si habla con los dueños por esto, te pongo de patitas en la calle  -sin saberlo, había dado el primer paso del Plan B, aún antes de haberlo urdido.

Casi como si supiera que la necesitaba, la vieja loca, Elvira, volvió a entrar en escena, esta vez, para cumplir un rol protagónico.

-Elvira: ¡Yo no voy a tolerar estos gritos! –exclamó antes de abrirse paso ante la mirada atónita de Lucha y verlo a Gabriel en el piso recuperándose del golpe que había recibido, mientras yo lloraba contra la pared como una nena en penitencia-. ¿Qué te pasa, querida? ¡¿Qué está pasando acá?!

-Lucha: ¿Usted quién es? –le preguntó altanera.

-Elvira: ¡Soy la persona que no puede descansar en paz desde que llegó esa chica! ¡Soy la vecina del primero y voy a hablar con los dueños!

-Lucha: Haga lo que quiera, vieja loca, pero váyase de acá a-hora –le señaló la puerta, pero la vieja se quedó en su lugar propinándole a mi amiga toda clase de improperios-. ¡Pero váyase, vieja de mierda!

-Sol: Pará, Lucha, la vie… digo, la señora tiene razón, estamos haciendo un escándalo terrible. Vení conmigo, Elvira. Yo te voy a explicar… -con la mente puesta en el Plan B, me tranquilicé un poco, la tomé del brazo amablemente y la acompañé hasta el pasillo. Una vez ahí, la abracé y me deshice en disculpas. Le conté lo ocurrido y le pedí que fuera comprensiva.

-Elvira: Ay, nenita, no te puedo creer. ¿Querés que traiga el arma? –me lo estaba ofreciendo en serio y con toda naturalidad me dio sus garantías-. Mirá que yo trabajé en el servicio penitenciario durante mucho tiempo, ¿eh?

-Sol: No… Elvira, no hace falta… -aunque ganas de ultimar a Gabriel no me faltaban, tampoco quería que la comedia de mi vida acabara en tragedia- eso sí, necesito que me hagas un favor –en voz bajita le expliqué lo que necesitaba y, después de despedirnos y que yo le prometiera que no íbamos a hacer más ruido, retorné a eso que ya era cualquier cosa menos mi hogar.

Lucha guardaba todas las cosas de Gabriel en bolsas de residuos y, cuando se daba vuelta, él las sacaba.

-Lucha: ¡Dejá eso ahí, hijo de puta! ¡Te voy a romper la cara!

-Gabriel: ¿A quién le vas a pegar, Karate Kid? ¡Que me eche Sol!

Evidentemente, el muy idiota no sabía con quién estaba lidiando. Una anécdota muy celebrada en cualquier reunión de amigas, es aquella en la cual un tipo piropeó a Lucha con palabras obscenas en Cabildo y Juramento. Automáticamente, Lucha se dio vuelta y le pegó una patada. El piropeador la empujó contra un volquete y se fue corriendo. Claro que ella no iba a dejar las cosas así y corrió atrás de él. Cuando lo alcanzó, sólo un policía la pudo frenar. Demás está decir que Gabriel no usa uniforme y que Lucha no iba a permitir que la desafiaran.

-Lucha: Si ella no te echa, te echo yo –cuando estaba a punto de tirar todas las cosas de Gabriel por la ventana, reaccioné. Tenía que ganar algo de tiempo y le pedí que, por favor, nos fuéramos a tomar un café a algún bar. No pudo negarse, realmente daba lástima-. Te salvás por ahora, pero yo que vos me iría solito, porque voy a volver.

En dos minutos estaba lista para salir. Es increíble ver cómo Lucha se calza los tacos y se convierte en una lady que camina con pasos firmes pero delicados.

Le propuse ir al bar de la esquina, pero ella prefirió parar un taxi e ir hasta Palermo. “Esos bodegones a los que vas no me gustan”, afirmó mientras le pagaba al taxista.

Fuimos a un lugar con jardín para poder fumar y, durante dos horas, le expliqué detalladamente mi masterplan.

Día 9 – Tiene un sapo en la barriga

05/07/2009

El día anterior me había ido a dormir con la certeza de que Gabriel era el estafador. Sin embargo, estaba llena de dudas.

¿Por qué estafaría a esa chica?, ¿qué había hecho con la plata? Porque, convengamos, si tenía los $3000 se podía ir a cualquier otro lugar. Entonces, ¿por qué se quedaba en mi casa? O, mejor aún, ¿por qué se había ido del departamento que compartía con Pedro?

Pola-Cola 🙂 dice:

▪No sé, Sol

▪no me importan los motivos

▪no viste lo que le pasó a esa mina en Caballito? Mirá si el tipo pira.

😦 Sol dice:

▪Ay, pará un poco…

▪tampoco me va a apuñalar…

Pola-Cola 🙂 dice:

▪te lo tenés que sacar de encima YAAAAA!

😦 Sol dice:

▪Sí, ya sé, ya sé

▪estoy tratando de que se vaya por las suyas, para no confrontar

El despacho se había convertido en mi búnker y desde ahí me comunicaba con el mundo. Mientras chateaba con Pola, la panza me hacía ruido. Desde que puse en marcha el plan, dejé de cocinar y esperé a ver qué hacía Gabriel. Así confirmé que si yo no cocinaba, en mi casa no se comía.

😦 Sol dice:

▪No puedo másssss, Pola

▪me muero de hambre!!! 😥

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Aguantá, nena, que si tiene todo servido no se va más.

😦 Sol dice:

▪Son las 11 de la noche y no como nada desde que este tipo volvió del laburo

▪Ayer me compré unas papas fritas y las metí a escondidas en el despacho

▪se ve que el tipo escuchó el ruido cuando las abría, porque entró a preguntarme una boludez y de paso me bajó medio paquete…

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Y qué come el chabón? No come? 😯

😦 Sol dice:

▪No… parece una lucha a muerte para ver quién cede primero…

▪A ver, esperá, esperá que escucho un ruido de cacerolas

Pola-Cola 🙂 dice:

▪Andá, nenaaaa!

Corrí hasta la cocina y me quedé boquiabierta. La indignación casi me lleva a tirar medio paquete de azúcar en la olla donde se hervía un puñadito de fideos y un kilo de pimienta en la salsa de tomate que se cocinaba al lado. Respiré profundo, llené la pava y la puse en el fuego. Respiré otra vez y vacié el mate. Respiré una tercera vez y abrí la alacena, sólo para comprobar que Gabriel se estaba cocinando los últimos fideos que quedaban.

Sol: ¡Qué hijo de puta! –pensé– Le cociné durante toda una semana, al mediodía y a la noche, siempre fui yo la que compraba la comida, arrasó con todas las frutas, ¡las papas fritas…!

-Gabriel: ¿Querés que compartamos? No es mucho, pero comemos un poquito cada uno y listo…

-Sol: desgraciadocomemierdaylareputísimamadrequeteremilparió, ¡mis papas fritas, no! –me dije por dentro, mirándolo fijo hasta poder articular una oración que no incluyera uno de los tantos insultos que se me ocurrían-. No, no te preocupes, comételos vos, todo bien. Además, sabés que no me gusta la salsa de tomate.

-Gabriel: Pero tenés que comer algo, Sol. Estás encerrada trabajando desde temprano y algo tenés que ingerir, así no podés pensar.

-Sol: ¿Ahora te das cuenta, pedazodepelotudoenanodeporquería? En serio, no te preocupes, comé tranquilo… y fijate que no se te queme la salsa. Yo me voy a seguir trabajando.

A los 25 minutos suena el portero y mi corazón desborda de felicidad.

-Sol: ¡Es para mí!, ¡ya voy!

-Gaby: ¿A esta hora?

-Sol: Sí, a esta hora. Ya vuelvo… ¿estás viendo “Seinfield”? Uh, poné pausa que ahora lo vemos juntos.

Gentilmente, Gabriel esperó a que yo subiera sentado en el sillón y con el dvd en pausa.

-Sol: A ver, haceme un lugarcito y llevá tu plato para la cocina que esto no va a entrar –le pedí amablemente, mientras hacía equilibrio con una bandeja de 50 piezas de sushi y un porrón de cerveza importada.

-Gabriel: Bueno… -levantó el plato en el que había comido sus fideos, sin dejar de mirar de reojo mi delicioso pedido.

-Sol: Ah, ya que vas para allá, ¿no me traerías la salsa de soja? ¡Qué haaaambre! –exclamé mientras desenvolvía los palitos-. Tenías razón, no podía seguir trabajando sin comer. ¿Estaban ricos los fideos?

😦 Sol dice: 😈