Bonus Track – Cuando no quiero que mañana sea hoy

18/10/2009 por viviendoconelenemigo

Bonus Track – 8:10 – De esta asumida adversidad

18/10/2009 por viviendoconelenemigo

HAPPY NEW YEAR

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

J. C.

Bonus Track – 7:57 – No puedes, por razones técnicas

18/10/2009 por viviendoconelenemigo

SI HE DE VIVIR

Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento
la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad de la opulencia
se alce la rama seca de la tos, ladrándome
tu nombre deformado, las vocales de la espuma, y en los dedos
se me peguen las sábanas, y nada me dé paz
No aprenderé por eso a quererte mejor
pero desalojado de la felicidad
sabré cuanta me dabas con solamente a veces estar cerca
Esto creo entenderlo, pero me engaño:
hará falta la escarcha del dintel
para que el guarecido en el portal comprenda
la luz del comedor, los manteles de leche, y el aroma
del pan que pasa su morena mano por la hendija.
Tan lejos de ti
como un ojo dentro del otro
de esta asumida adversidad
nacerá la mirada que por fin te merezca…

J. C.

Bonus Track – ¿Cómo te lo imaginás a Gabriel?

15/10/2009 por viviendoconelenemigo

Los primeros envíos…

¡Participen! ¡Participen! Todas las fotos están en FB, donde también se pueden hacer fans del blog y hacerme sentir Axl Rose.

Día 25 – Dos citas y un exorcismo – Primera cita

14/10/2009 por viviendoconelenemigo

Todo está bajo control. Sabés qué decir, cuándo decirlo y el efecto que va a provocar. Caminás como Travolta, balanceando los brazos al ritmo de alguna canción que tarareás y los Bee Gees te hacen los coros. Sentís que estás surfeando la cresta de la ola hasta que, de pronto, el tsunami. Entonces, tu metro setenta y cinco se convierte en uno veinte, tu gesto de orgullo se empapa de arrebol y tu elocuencia se transforma en balbuceo.

-Sol: ¿Vamos? Yo invito, yo cobré mis deudas y… -me solté y, enseguida, agarré la cartera.

-Federico: ¿Y? –me preguntó como si nada hubiera ocurrido.

-Sol: Y yo, ya debería irme… porque… yo… porque…

-Federico: Tenés que ir al recital, recién te peleaste con tu novio y pensaste que no me iba a animar, ¿no?

-Superyó: ¡Histérica!

-Sol: ¡Callate, idiota! ¡Si fuera histérica no le hubiera correspondido el beso!

-Superyó: Ay, nena…

-Sol: ¡Confesá! Están complotados.

-Superyó: Lucha te lo avisó, no la escuchaste y ahora te querés escapar.

-Ello: No me digas que te querés escapar, Solcito… ¡si fue tan lindo! Hace tanto que no teníamos un primer beso.

-Yo: Esta situación se nos fue de control, nos equivocamos y, que quede claro, no huimos: nos retiramos con elegancia. Cuando Javi vuelva, queremos hablar con él y arreglar las cosas, así que dejemos de lado estas taradeces. Nosotros no somos así.

-Sol: Yo no soy así. Normalmente, no soy así. Te explico –traté de impostar un poco de seguridad y me sinceré-. Pasa lo siguiente… yo me di cuenta de que te fijabas en mí y me pareció divertido salir a tomar algo con vos y pensé que…

-Federico: Que no me iba a animar. Lo sé –sonrió satisfecho y envolvió con ambas manos las mías.

-Sol: Fede, ¿qué carajo me viste? Soy un desastre. ¿Vos viste mi casa? –la seriedad con la que formulaba mis preguntas no se correspondía con el gesto burlón de mi interlocutor, lo cual me desesperaba-. ¿Te acordás cuando llevé a Benito a la clínica?, ¿te acordás de que estaba en pijama? ¡Me tuviste que dejar $50 por caridad! Creo que hasta soy un poquito más alta que vos.

-Federico: Nah, mido un metro ochenta –no sé por qué, pero todos los hombres viven convencidos de medir de cinco a diez centímetros más de lo que miden en realidad-. Y sos divertida, cantás lindo y untás las tostadas como nadie.

-Sol: Mirá, la verdad es que yo vine en plan de histérica y…

-Federico: Obvio –me interrumpió mientras apretaba suavemente mis manos-. Me di cuenta enseguida. “¿Hola, Fede? ¿Qué remedio tiene que tomar Benito?” –dijo con voz finita, imitándome-. Pero si te molestás en histeriquearme es porque te gusto.

-Sol: La verdad, cualquiera me venía bien. Estabas fácil, a mano… yo debería estar agradecida con vos y…

-Federico: Y pensaste que no me iba a animar. Bueno, me animé. Te di un beso, me correspondiste y te voy a llamar mañana para saber cómo estás e invitarte a salir en la semana.

De algún lugar recóndito de mi memoria de soltera saqué mi speech de mujer frontal y honesta y le dije que no iba a aceptar de ningún modo, que él no se merecía que yo lo tratara como a un “tipito” más y que diera por sentado que así iba a ser si lo seguía viendo. Creo que no le importó mucho, porque interrumpió todas mis promesas y aseveraciones con un nuevo beso, me invitó otra cerveza y yo accedí.

En aquel momento pensé que, habiendo sido absolutamente honesta con él, habiéndole dejado saber con quién, para qué y dónde estaba, podía relajarme y empezar a disfrutar. Estando en Antares, disfrutar es pedir otra porción de papas fritas y probar todas las variedades de cerveza que ofrece la extensa carta.

-Superyó: ¡Hic! Hacé lo que quierash, Shol. You me vo’a normir… ¡hic!

-Ello: ¡Invitémoshlo a casha! ¡Shí! ¡Hic! Total… después le pedimos que ze convierrrta en picsa. ¡Burp!

-Yo: Qué más da… mejor, ashí entiende que ez un tipitou… ¡hic!

-Sol: Hmmm… está tan fáshil… ¡hic! ¿Lo invito o no lo invito?

Bonus Track – ¿Cómo te lo imaginás a Gabriel?

13/10/2009 por viviendoconelenemigo

¡Sí!

¡Wííííííííííííííííííííí!

¡El concurso que todos estábamos esperando! (cuac)

La mecánica es la siguiente:

1- Imaginátelo a Gabriel y, si no vomitás o te dan convulsiones…

2-…buscá una foto, hacé un dibujo, un collage, un muñequito voodoo, una montaña de mierda (uy, esto no vale, porque es muy obvio que es idéntico) y mandámela a… viviendoconelenemigo@gmail.com

3- Todas las fotos serán subidas a la página del FB donde se realizará una votación por el People’s Choice Award, aunque…

4- …finalmente elegiré al ganador que tendrá un premio sorpresa (es decir, que todavía no decidí)

¡Sorpréndanme! No es tan difícil… ni publiqué el concurso y ya estoy segura de que va a ser un fracaso, así que mis expectativas no son muy altas.

Hay tiempo para enviar sus fotografías hasta el 28 de octubre (Halloween, fecha pertinente si las hay).

¡Que gane el más mejor!

Día 25 – Ay, nena

13/10/2009 por viviendoconelenemigo

A veces pienso que Lucha y Superyó están complotados, que hace años mantienen alguna especie de conexión telepática.

Todos tenemos nuestro “Pepe Grillo” interior. Yo tengo otro exterior y es una de mis dos mejores amigas. Con el tiempo aprendí a que su manía de objetar todo no es más que una muestra de cariño, pero no fue fácil llegar a esta conclusión.

Recuerdo que, cuando tenía siete años, un instinto asesino se apoderaba de mí cada vez que Lucha me reprobaba. No me importaba tanto que no estuviera de acuerdo con lo que yo hacía o las decisiones que tomaba. No. Lo único que me torturaba constantemente era la necesidad de contener mis ganas de acuchillarla cada vez que decía dos palabras: “ay, nena”. Pronunciaba esa odiosa frasecita con cierta cadencia, una musicalidad que detonaba mi ira, la cual debía reprimir en pos de preservar nuestra amistad y, naturalmente, su integridad física. Cual Alex y la Novena de Beethoven, la musiquita de su “ay, nena” me provocaba una sensación contradictoria: furia y represión, furia y represión. Pero sabía que llegaría el día en que no podría controlarme y la asesinaría, ya no podría conformarme con imaginármela degollada o apuñalada y le daría un buen tirón en las trencitas que usaba. Entonces fue cuando, en completo estado de desesperación, recurrí a mi mamá.

-Mini Sol: Mamá, la odio. La voy a matar. Ya no sé qué hacer.

-Mamá: ¿Qué pasa, Sol? Es tu mejor amiga…

-Mini Sol: Sí, pero si tomo directamente de la latita y no uso la pajita: “ay, nena”. Si me pongo una media sin elástico: “ay, nena”. Si me río y hago ruido de chancho: “ay, nena”. Si me quejo porque me saco un “muy bien” en vez de un “sobresaliente”: “ay, nena”. Si me como dos paquetes de papas fritas: “ay, nena”. Si me trepo a un árbol: “ay, nena”.

-Mamá: Bueno, Solcito, tenés que ser más tolerante. Todos tenemos nuestros defectos.

-Mini Sol: Pero ella nada más ve los míos, Ma. Ya no sé qué hacer, porque me hace enojar y no me aguanto más. ¡Decime qué hago!

-Mamá: Vamos a preguntarle a alguien que sabe más que yo.

-Mini Sol: ¿Más que vos?

Esa persona era el cura.

-Mini Sol: Yo sé que está mal… no debería odiarla… es mi amiga… lo de la otra mejilla y el amor al prójimo, ¿no? ¡Pero no puedo más!

-Cura: Sí, pero también lo de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, Solcito. Lucha está confundida y se está desviando del rebaño del Señor.

-Mini Sol: ¡Pobre Lucha!

-Cura: Exacto. Pobre Lucha. Debemos orar por ella y su alma.

-Mini Sol: Es verdad… ¡está pecando! –exclamé con total convicción.

-Cura: Lo que tenés que hacer es rezar todas las mañanas y todas las noches por que Lucha encuentre el camino, deje de ser criticona y reflexione sobre su actitud.

Por aquel entonces yo estaba poseída por un pedo místico de aquellos. De hecho, como aprendí a leer a los cuatro años, a los cinco me aceptaron en catequesis y a los siete tomé la Primera Comunión y me convertí en monaguilla. Enseguida empecé con mi disciplinada rutina de rezos: todas las mañanas y todas las noches pidiéndole a Dios y a todos los santos que Lucha dejara de decirme “ay, nena”. Cada mañana se renovaba la ilusión y, después de rezar, me ponía al uniforme e iba al colegio convencida de que ése iba a ser el día en el cual Lucha no pronunciaría las dos malditas palabras. Pero Dios parecía no escuchar mis ruegos, así que decidí agregar un rezo extra durante el recreo.

-Mini Sol: Hola, Dios. Por favor, ayudala a Lucha a cambiar, porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio y el cura me dijo que si rezaba me iba a dejar de molestar con su “ay, nena”, pero hoy me lo volvió a decir porque tengo pelos de gato en el blazer.

Obviamente, jamás funcionó. Aún hoy recuerdo esta historia y tengo ganas de citarla en una esquina. Creo que jamás pude superarlo y mi ateísmo, en gran parte, se debe a que Lucha jamás cambió.

-Sol: Lucha, necesito que me hagas la gamba –le dije con tonito cómplice, regodeándome en la sola idea de lo que sería mi noche.

-Lucha: Dale, decime.

Le conté que tenía dos citas y que no quería que Gabriel sospechara nada. El plan era simple: cada cual saldría por su lado y nos encontraríamos para entrar a casa juntas.

-Lucha: Ay, nena –confirmado: Dios no existe-, ¿a vos te parece?

-Sol: Lucha… por favor, no me juzgues –apreté los dientes y puse en práctica el autocontrol que vengo cultivando hace años-. Es un favor re tonto.

-Lucha: Sí… pero vestida así no te creo que salís porque sí con esos tipos. Te acabás de separar, Sol.

-Sol: Gracias por recordármelo, Luchita.

-Lucha: Para eso estoy –me dijo como jactándose de su rol de Superyó suplente. Después se acercó y me observó de cerca-. ¡Ay, nena! ¡Te maquillaste!

-Sol: ¡Basta, basta! ¡Sí, me maquillé!

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡No te pongas nerviosa!

-Sol: ¡No estoy nerviosa!

-Lucha: Ay, nena… no parece… -revoleó los ojos, coronando sus palabras odiosas con un gesto más odioso aún.

-Sol: ¡Nada más quiero que se babeen por mí! ¡¿Tan mal está?! ¡¿Tan mal?! –pensé que si le metía la cabeza en el inodoro confesaría su relación telepática con Superyó, pero preferí calmarme y explicarle-. Lucha, es patético. Lo sé. Es que tengo la autoestima por el piso… además, le prometí a Ezequiel que le hacía el contacto con el Rockstar para conseguirle una fecha…

-Lucha: ¡Ay, nena! ¡Le vas a hacer un favor ese idiota de Ezequiel!

-Sol: No es tan grave lo que hizo… es egocéntrico, sí. Egoísta, también. Es innegable que es medio pelotudo… Pero a los amigos hay que aceptarlos como son en vez de tratar de cambiarlos, ¿no?

-Lucha: Y sí, otra no hay… así es la amistad –su cara se iluminó antes de comunicarme su decisión-. Dale, te banco.

Desafortunadamente, algunas cosas no cambian. Afortunadamente, otras tampoco.

Día 24 – El pollo de la discordia (III)

12/10/2009 por viviendoconelenemigo

-Lucha: Agarró mi cartera y me empezó a pedir que le convidara pollo al spiedo, Sol. ¡Pollo al spiedo!

-Sol: ¡Qué tarado! –me puse un almohadón en la cara fingiendo vergüenza ajena, aunque nuevamente sólo estuviera ocultando mi risa. Le pedí que me esperara, que iba a poner la pava. Fui hasta la cocina y me reí todo lo que no había podido frente a ella.

-Lucha: ¿De qué te reís?

-Sol: Es que Benito hizo una pirueta con el pañal… jijijijijijiji…

-Lucha: Qué gato de mierda… tiene la misma táctica que Rubén: se manda las cagadas y después hace alguna gracia para que lo perdones. Fijate si no rompió algo.

-Sol: No, todo bien. Ahí voy –me reí un poco más aprovechando que tenía coartada, respiré profundo, me concentré para no pensar en el pollo al spiedo y volví-. Dale, seguí contando.

-Lucha: Cuando llegamos al cine ya era re tarde y nada más había dos películas que no habían empezado. Yo quería ver la comedia y él la de artes marciales. Como pensé que me iba a dar todos los gustos para que nos reconciliáramos, directamente fui a la caja y pedí dos para la comedia, pero él se negó. ¿Sabés lo que me propuso? ¡Qué cada cual fuera a ver la que quería y después nos encontrábamos!

-Sol: ¿Es pelotudo?

-Lucha: Yo qué sé… ¡sí! Es un pelotudo, Sol. Era al pedo discutir, ya estaba encaprichado con ver la de artes marciales y yo no iba a ceder, así que fuimos a ver cada uno la película que quería. Las parejas se besaban al lado mío, Sol… y yo estaba ahí, con mi paquete de pochoclo chico, porque Rubén me dijo que el balde es “para las gordas” y me dio vergüenza pedirlo.

-Sol: No te puedo… -volví a taparme la cara, pero mi artilugio estaba perdiendo eficacia.

-Lucha: ¿Te estás riendo?

-Sol: No, Lucha… es que no lo puedo creer.

-Lucha: Yo tampoco… -suspiró y miró al techo, como tomando coraje para contarme lo que venía-. Cuando terminó la película, me dijo que fuéramos a tomar un helado, que esta vez “podía” pedir el gusto que quisiera. ¡Qué “podía”! ¿Entendés? ¡Que “él me dejaba” tomar un helado que no fuera light! Traté de contenerme y pensar que era un gesto, pero cuando llegamos a la heladería… ¡pidió helado de pitufresas!

-Sol: ¿Qué?

-Lucha: ¡Sí! ¡De pitufresas! El heladero lo miraba como si estuviera loco, pero él insistía: “quiero un helado de pitufresas, de pitufresas”. Al principio me causó gracia y le aclaré al heladero que se refería al helado de frutilla, pero él decía que no, que quería helado de pitufresas. Sol, no lo aguanté más, me quería morir, no sabés qué vergüenza: la cola era larguísima y él seguía con las “pitufresas, las que comen los Pitufos”. La gente se quejaba, los de atrás gritaban para que nos apuráramos y, antes de ponerme a llorar enfrente de todo el mundo, preferí irme. Me preguntó por qué me ponía así, si él nada más quería helado de pitufresas –cada vez que mencionaba la palabra “pitufresas” golpeaba un almohadón con furia-. Le dije que se fuera a la mierda, que era un imbécil y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: El pasito para atrás, ¿no?

-Lucha: Sí. Y gritó “¡Uh!” agarrándose las bolas enfrente de todo el mundo. Se reían, Sol, todos se reían, ni el heladero estaba enojado por el helado de pitufresas y yo me quería morir.

-Sol: ¿Y no te convenció como siempre, Lu?

-Lucha: Sol, ya no tengo 18 años y, encima, la gente no se reía de sus boludeces, se reía de mi ataque de histeria. ¡Qué humillación!

-Sol: ¿Ahí te viniste para acá?

-Lucha: Sí. Y mientras me iba me gritó delante de todo el mundo: “¡si no me vas a dejar comer helado de pitufresas, convidame del pollo que tenés en la cartera!”

Lo inevitable sucedió: me empecé a descostillar de risa sin ningún disimulo.

-Lucha: ¡Hija de puta! ¿¡De qué te reís!? ¡No es gracioso! –se levantó enfurecida.

-Sol: Perdoname… es que… lo del pollo, vos sabés que…

-Lucha: ¡No es divertido! –gritó enloquecida, mientras yo me reía como una oligofrénica. Cuando pensé que me iba a dar un zurdazo, mágicamente se tranquilizó, se sentó y me dijo:- ¿Sabés qué es gracioso? En el cine me pareció verlo a Gabriel.

-Sol: Sí, me dijo que iba al cine. Seguro fue con la pobre Josefina y le hizo pagar la entrada –apenas terminé de decir esto, imaginé a Rubén diciendo “pollo” y volví a reirme.

-Lucha: No, tarada. Lo perdí de vista enseguida, pero estaba con una chica rubia, como Lore, con pelo lacio, como Lore… bajita, de la misma altura que Lorena… por un segundo, pensé que era ella.

Día 24 – El pollo de la discordia (II)

12/10/2009 por viviendoconelenemigo

Cuando Lucha conoció a Rubén aquella Navidad, hace diez años, nosotras teníamos un ritual que se mantiene hasta el día de hoy: después de ir a bailar, vamos a desayunar a la misma estación de servicio y, en esa ocasión, Rubén vino con nosotras. Él era el típico punk que cada tanto va a un boliche “normal” a ver si se levanta a una chica del mismo tipo. Era flaquísimo, raquítico, usaba chupines negros y una remera con dragones estampados. Tenía aparatos y cada vez que contaba un chiste, aunque fuera pésimo, sonreía con todos los dientes y los brackets brillaban. Rubén es de esas personas que, no importa lo que digan, todo lo que sale de su boca suena gracioso.

En la estación de servicio el sistema es simple: uno elige lo que quiere, pasa por la caja y después se sienta a consumir. Aquella Navidad, había una promoción de un tostado y un jugo de naranja por $2. Lucha, con cara de nada, puso un tostado arriba del otro e intentó hacerlos pasar por uno. De lejos, Rubén y yo veíamos como ella se acercaba a la caja con cara de nada, mirando para los costados como la Monalisa, verificando que nadie descubriera su pequeña estafa. Rubén me relataba toda la escena: “ahí va, ahí va, nadie se dio cuenta, nadie se dio cuenta… está a punto de cruzar el disco… vamos Lucha, vamos, ¡dos tostados! Mirá Sol, ¡tiene un pollo en la cartera! ¡Y una Freshy!”. Acto seguido, hizo el “pasito para atrás” y esperó a que el cajero descubriera el artilugio de Lucha para gritar “¡Uh!”, agarrándose la entrepierna. Lucha lo escuchó y nos vio muriéndonos de la risa de ella. Rubén sonrió, sus aparatos brillaron y Lucha hizo un gesto de “no puedo enojarme con vos” y pagó por todo lo que llevaba en la bandeja.

El problema fue que cuando nos sentamos en la mesa, Pola nos preguntó de qué nos reíamos y Rubén le explicó: “Lucha quería pasar dos tostados, tres medialunas, un pollo, una freshy, un pernil de cerdo y pagar la promoción. Revisale la cartera que tiene un plato de pasta y un pollo al spiedo”. Sonrió, sus aparatos brillaron y Pola y yo empezamos a reir descontroladamente. Pasaron cinco minutos y Rubén seguía repitiendo “pollo al spiedo”, nos mostraba los aparatos y nosotras renovábamos la risa. Pasó una hora y nosotras seguíamos igual. Llegó el novio de Pola, Rubén volvió a contarle la historia y ahora éramos tres los que nos reíamos a carcajadas. Nadie pudo siquiera detenerse en la cara de culo de Lucha. Después llegó el que era mi novio, le pedimos que le contara la historia y así lo hizo, esta vez, en forma teatralizada. Recién había conocido a Lucha, pero ya su imitación era perfecta. No contento con esto, agarró su cartera y empezó a enumerar todas las comidas que Lucha, supuestamente, llevaba ahí. Cuando dijo “pollo al spiedo”, todos estallamos de risa y Lucha de ira. Le sacó la cartera y se levantó con la clara intención de irse. Rubén intentó con el “pasito para atrás”, pero no funcionó. Entonces, la tomó del brazo, la besó, se alejó un poco, sonrió, sus aparatos brillarlo y gritó “¡Uh!” Recién ahí, Lucha accedió a quedarse con la condición de que cambiáramos de tema.

Desde aquel día, “pollo al spiedo” se convirtió en un tabú. Un tabú que Rubén decidió romper de la peor manera.

Día 24 – El pollo de la discordia (I)

12/10/2009 por viviendoconelenemigo

-Lucha: Siempre me hace lo mismo. Siempre. Siempre –las palabras de Lucha parecían digitadas por un DJ: mucho loop, mucho scratch y un pulso de fondo que ya me estaba poniendo nerviosa.

Para que el plan funcionara Lucha tenía que dejar de vivir en mi casa, por el simple motivo de que Gabriel no debía sospechar bajo ningún concepto que yo quería que se fuera. Obviamente, iba a ser muy difícil que él lo creyera si mi mejor amiga le pegaba, le decía que armara las valijas todo el tiempo y no podía disimular su rechazo. Pero más difícil iba a ser que Lucha se fuera de casa con su sueldo de docente y teniendo como únicas dos opciones volver a vivir con Rita a.k.a. “El Pastor Giménez” o Rubén a.k.a… bueno, no hay qué o quién pueda representar todo lo que es Rubén.

-Sol: Tranquilizate, Lu. Sentate, vení –la tomé de la mano y la llevé hasta el sillón-. Contame qué pasó.

-Lucha: ¿Viste que me mandó entradas para el cine con el helado? Bueno, no eran las entradas en sí, eran unos cupones que después se canjean en el cine por entradas. Como consiguió una promoción, tuvimos que ir hasta Martínez en colectivo. Digamos que lo que se ahorró con la entrada lo gastamos en el colectivo, porque insistió en que fuéramos en colectivo y yo quería ir en taxi, porque estuve trabajando todo el día, Sol. ¡Todo el día arriba de estos tacos! Pero me hizo un “pasito para atrás”, ¿te acordás? El pasito de Michael Jackson que hace siempre y me compra. Cuando gritó “¡Uh!” y se agarró la… la… la entrepierna, me hizo reir y zafó. No sólo no me enojé, sino que le di el gusto y fuimos en colectivo. Al principio tuvimos que viajar parados y yo ya me estaba poniendo de malhumor. ¡Mirá estos tacos, Sol! –me dijo mientras los señalaba.

-Sol: Sí, la verdad, vos sola podés usar eso todo el día. ¿Por qué no fuiste de zapatillas?

-Lucha: Porque quería estar linda, pero él ni lo notó.

-Sol: Hombres… -bufé con resignación.

-Lucha: Bueno, te sigo contando. Entonces, estábamos en el colectivo. Cuando nos sentamos, él me dice que fue la primera línea de colectivo que tomamos juntos cuando teníamos 18 años y nos conocimos. Me puse tan contenta de saber que se acordaba. A su manera y con sus limitaciones, había tenido un lindo gesto. Empezamos a hablar de nuestra primera cita y, ¿sabés lo que hizo?

-Sol: No me digas que empezó con lo del pollo…

-Lucha: ¡Sí! –exclamó mientras lloraba histéricamente y le daba golpecitos al respaldo del sillón, yo aprovechaba para taparme la cara fingiendo indignación. En realidad, me estaba muriendo de risa